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AL.FVD0014: Dar la teta

6 04 2012 - 04:31

Como pasa con todo fenómeno biológico, llega un punto en el que uno ya no sabe quién es pero sin embargo se erige como sujeto. Para amamantar se deben dar unas prerrogativas esenciales y determinantes: ser mujer y haber albergado por lo menos a un espermatozoide en el aparato reproductor. Espermatozoide es el renacuajo microscópico del varón. Esta sería la expresión mínima de requisitoria, que por naturaleza, por derroche o por placer, siempre es superada millonariamente, groseramente y tal vez por eso funciona. Después hay un viaje interno, del espermatozoide, no del sujeto. Como si el espermatozoide supiera que la vida es una sola y que es corta y que es para adelante, sólo se dedica a vivir en movimiento. El pobre hace el viaje o es viajado. No se sabe; como le pasa al sujeto, si queremos seguir paralelizando. Un periplo larguísimo, a escala microscópica, claro está, en un breve tracto del interior femenino hasta la casita del amor, el monstruo maternal, el tú y yo, la célula magnética y obstruccionista, y cuando llega, mal o bien, digamos mejor que muy bien, cogen el espermatozoide y el óvulo, únicamente, sin lengua ni bombeo, una vez, es decir que no cogen, pero sí, y madre química hace su sopa inentendible, la vasta sopa elemental, que replica misteriosamente de una persona, o dos en una antigua fusión, a una miniatura, el más joven de los jóvenes, la chispa de sangre que ya empieza a escaparle a la muerte. Luego el cigotito toma forma como es debido a expensas de la mujer, que organiza automáticamente en un despliegue orgánico la comida para el bebé, un menjunje como de morcilla fresca que nunca toca el aire. Cuando el bebé está apto en el plano formal y la mujer grácil y semimuerta lo expele, quiere decir que una nueva persona nació y que la mujer es su dueña y ostenta el derecho de llamarlo hijo y el otrora cigoto la obligación de llamarla madre.

El bebé pequeño y desconocedor empieza con la rutina diaria del comer, que se activa por el dolor del hambre, al bebé el hambre le duele así que hay que tener ojo. La mamá que no es menos hembra que una vaca, da la leche, y el dulce de leche, o podría darlo porque es humana y tiene la receta y tiene una cacerola de cobre y gas de red, y ella que ya leyó todos los programas y folletos y soñó con mecedoras bajo una ventana y mucha luz solar blanqueando la imagen, sabe que la leche está en sus pechos, aunque no se la puede ver, pero tampoco vio al niño en su útero, y sin embargo creýó, por eso siempre que me preguntan digo que mi especie es la especie con mayor fe morando sobre esta tierra. En el primer instante la madre sabe, también, que si ella le acerca candorosamente su cuerpo, si afecta su mama al rostro succionador, a la boquita intuitiva, manará el alimento que no se ve, por obra y gracia hormonal; como siempre ella vuelta ante el mundo un ser hormonal, pobre santa. La mujer que se comporta por etapas como una niña en su ignorancia de rol, hace, empujada por una enfermera quizás, por una comadrona quizás menos, por una doula contratada a sabiendas, por su madre y el pediatra, por la misma historia, hace, después de todo, lo que tiene que hacer: torpemente abre el escote de un camisón púdico y lastimoso, y creyéndose buena deja la teta a la intemperie, como siempre quiso pero nunca pudo, y esa teta, que antes fue la arcilla loca de tantos hombres temblorosos es por fin, el cénit de la lucha contra el cáncer. Pero es ahí que la sanguijuela muerde desesperada, golosa, y el dolor aparta a la madre de su hijo y a la fuente del placer, lo que en un principio era parte perfecta de una rueda natural ahora es un artificio que también deberá aprender, un terruño de puericultoras y psicoanalistas con su objeto de estudio estudiado. Y la maleza simbólica, proclive a las infecciones, resulta que le amargó la leche, le aguó el sentido, le tapó los conductos, le revirtió el pezón, y la secó por dentro. Ya no hay mamá. Mamá se fue. Y nuestra salvadora llora y se frustra por no poder seguir con la especie, porque le van a sacar al chico para alimentarlo con leche de vaca o leche de fórmula trayéndole a la criatura disminuciones considerables en el tamaño de su cerebro y en el tamaño de su amor propio, es decir puro potencial de delincuente. Cuánto mal hay en el mundo, sospecha la mujer. Pero mamá siempre vuelve.

“¿Que no eras la dadora de vida? ¡Pero tampoco es tan difícil, nena! ¡Dale la teta! ¡Dale la teta!”, le dicen los mayores, increpándola, mereciéndola. La madre tangencialmente amenazada por todo lo que está en juego: crimen, muerte y fracaso, alista el dispositivo: las fauces del niño apretadas contra el pecho hinchado, que por adaptación biológica no dejan de tomar aire, pezón y aureola totalmente inyectados hacia el paladar del lactante, los labios trémulos y buscones para afuera que la aprietan y ordeñan rítmicamente, y el pecho izquierdo al fin dispara los chorritos lácteos. Así nuestra ídola le da al hijo lo que el hijo esperaba: el sustento, el modo de vivir, la idiosincrasia de la dependencia, la demanda y el placer, el color de la voz, las primeras traiciones, la proteína y la grasa, todo un sentido figurado de lo que será el amor.


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