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Crack-up en Palermo

21 04 2012 - 14:07

Una colmena de lolitas con botas y chicos malos con camperas. Eso era Palermo ese jueves de abril humedecido. Había fiesta en un rincón: era el cumpleaños de Gaby Alvarez, un RRPP que se maquilló de Gran Gatsby a mediados de la década pasada, que cultivó amistades fast food en el rock y en la tevé, que cocinó su ascenso de vértigo en las noches largas y blancas de Capital a golpes de efecto y afecto rentado, a tarascones y desquicio, pero que después se fue a la banquina: atropelló, mató, terminó en cana.

Pues Gaby, el pelado Gaby, el amigo de todos, el factótum inexplicable del jet set, un sujeto ambigüo de 1,70 y 65 kilos, está volviendo. Ya no se viste de blanco sino que nos obligó a todos a ir de negro. Me puse un vestido oscuro que es la gloria y me calza bárbaro y llegué del brazo de un rockero que se acortó el cabello para siempre hace unos años y dejó el conurbano por Barrio Norte. La cita era en el patio trasero de un restaurante de comida peruana de la calle Uriarte. Era temprano, y nos sentamos en una mesa en la que dos chicas conversaban. Una había trabajado en Duro de domar e hizo temporada en Carlos Paz —Josefina Pouso—; la otra era una amiga que, me contaría después, la acompañó porque no quería ir sola. Las dos hicieron lo mismo cuando entré: me escanearon de cabo a rabo e inmediatamente después, acaso intentando atemperar el gesto, chequearon sus blackberrys. Hasta entonces había solo una mesa ocupada en la que estaban Dante Spinetta, Emanuel Horvilleur y un par de músicos más. Mientras llegaban invitados, me senté en la mesa de Pouso y su amiga con el rockero que se cortó el pelo. El primero que llegó fue Iván Noble, acompañado por una modelito con la mitad de su edad y con el doble de piernas. Los acompañaba un escritor sub—40, macanudo pero sin obra, que repetía frases como slongans (Del tipo “A la sabiduría llega aquel que aprende a elaborar el dolor y mantiene los sueños”). Un denso. Todos pedimos champagne aunque mi amigo y el pseudo escritor pidieron caipiroshka. Ibamos por la mitad del trago cuando empezó a pasar lo mejor. O lo peor, según cómo lo miremos.

Primero llegó el Negro García López —histórico guitarrista de Charly— con su novia, una morocha de barrio, junto con Fabián Quintiero, el zorro, bajista de la banda de García. Los saludé a los dos, aunque con el Negro yo no había tenido ninguna historia. Al Zorro le pregunté cómo hacía para mantenerse así, impecable. “Deporte, como bien y cojo poco”, me dijo. “¿What?” “Y sí, mirá como están Moria, la Alfano, todas esas. Están estropeadas de tanto ponerla”. Me quedé mirándolo por unos segundos, buscando alguna sonrisa que rematara el comentario, pero no hubo caso: mientras liquidaba una copa de champagne, giraba despacio la cabeza para otro lado con ojos de Snoopy.

“A ver, a ver si se corren y le hacen lugar a mis amigos”. A esa altura, 11 de la noche, Alvarez había sobrevendido su cumpleaños y entraba gente a raudales. Quedaban poco asientos: la mesa de al lado estaba ocupada por la plana mayor de la revista Gente, (Costi Vigil, su hermana y más gente de esa calaña), de histórica amistad —y funcionalidad— con Alvarez. En otra mesa se desplegaban algunos representantes de la burguesía industrial vernácula, comandada por el chispeante y fiestero Cristiano Ratazzi. Mientras servían el ceviche, le hice caso a Gaby y me corrí hacia mi izquierda para hacer lugar en el asiento alargado de arpillera en el que estábamos. Al lado mío, a mi derecha, entró una pareja a presión. A la derecha de ellos quedó el Negro García López, que vestía una musculosa y estaba exultante. Inquiriéndole, levantando y bajando bruscamente el mentón, la chica de la pareja nueva le preguntó al Negro: “¿Vos sos guitarrista de Iván Noble?” Hubo unos segundos de silencio, en el que pudo pasar cualquier cosa. “No”, dijo el Negro con mala onda. Mientras le pedía al mozo un balde con hielo, la rubia insistió: “¿Y quién sos?”. “El Negro García López. ¿y vos quién sos?”. “Maru”, dijo. El Negro buscó complicidad en mis ojos: “¿Maru? ¿Maru qué? ¿Botana?” “No, ¿cómo no me conocés?” “No te conozco, ¿qué tiene? No te conozco —repitió el Negro, un gorila nervioso—. Vos no me conocés a mí, yo no te conozco a vos. ¿Y?” “Soy María Eugenia Ritó. Y él es mi marido”. El marido reía nervioso. Era un urso que no le hablaría a ella en toda la noche. A mí no paró de mirarme y de preguntarme cosas. En verdad, no sé quién de los dos me miró más: si Urso o ella. La Ritó, de todas formas, nos miró a todas: a la ex de Duro de domar, a la modelito de Noble, a mí. No paró de hablar, de gestualizar. Por momentos parecía una Nini Marchall de la B metropolitana que buscaba novia y se había comido un playmobil electrónico.

Urso me preguntó si quería tomar vino. Accedí y pidió un Merlot de la bodega Cobos de Mendoza. Le sirvió al Negro García López, con quien comenzó a confraternizar. Acaso entrando en confianza porque su vino había sido aceptado, Urso estiró su mano sobre el respaldo, quedando su reloj al descubierto: un portaviones plateado de origen suizo que si lo vendíamos alcanzaba para pagar Repsol y con el vuelto comprar la colección completa de zapatos de Anna Wintour. La mesa se completó con Erica García. “Erica — le dije— me encanta cuando twiteás sobre fútbol”. Se rió y me miró el escote.

A medida que el champagne hacía su trabajo, la noche ganaba en intensidad. Ritó, desenvuelta, manejaba los tiempos. En un momento, quiso pararse para ir al baño y quedó atrapada entre los apoyabrazos de los largos asientos y el borde de la mesa. Intentó salir ejerciendo presión con aquello que le dio fama y fortuna pero que ahora parecía tenderle una trampa, su culo, un culo mitológico surgido en Floresta, que fatigó gimnasios y quirófanos, que sufrió intemperies e incertidumbres, pero que gracias a su sólida edificación se deparó un destino más estimulante que el de sus compañeras de curso. Incómoda y ancha, Ritó quedó colgando con sus piernitas en el aire y con sus tetas, descollantes, en primer plano. Nuestras caras eran de estupor. “Saquenmé, saquenmé, no puedo salir”, pedía a los gritos. Miré a todos los integrantes de la mesa y no hacían más que mirarle las tetas: eran dos planetas apuntando al horizonte. Urso estaba al lado, pero no atinaba a ayudarla. Solo reía. Fue el Negro García López, embriagado para entonces pero también oriundo de Floresta, quien la levantó como si fuera un paquete de pañales mojados y la volvió a depositar en el suelo.

Al término de la tercera botella, la Ritó puso en su mira a Pouso, la ex Duro de Domar. Acaso para no correr el riesgo de volver a engolfar su anatomía en el mobiliario, decidió caminar por encima de los asientos y se sentó detrás de la Pouso, que se sorprendió por la vehemencia de la vedete. Ni bien se acomodó, Ritó lanzó una advertencia incomprensible: “Mmmm, huelo a cocaína, huelo a cocaína”. Al tiempo que decía eso, giraba su cabeza y oteaba la mesa de al lado. Efectivamente, unas lolitas sin rasgos hociqueaban los pliegues de esa mesa y miraban la nada con vacía expresión. “Ja, anoréxicas y cocainómanas”, acusó la Ritó y abrazó a la Pouso. La ex de Duro de domar sentía que al lado suyo se había sentado la bomba atómica.

Lo poco bueno que pasaba, pasaba en otro lado evidentemente. A esa altura, el pseudo escritor comenzó a decirme, convencido, que el kirchnerismo había tenido tanta fiesta como el menemismo, que nadie lo decía y que, ahora, la cocaína era Nacional y Popular. O sea berreta. “Toda la buena pala que quedaba se la tomó Fogwill”, me dijo. “La de ahora es basura, pero se aspira y se roba más que en los 90. El rock, en cambio, es mucho peor, el fútbol es mucho peor y la literatura directamente está acabada. Y encima se coje mucho menos”. A mí me pareció un imbécil que me quería impresionar con frases rimbombantes. Después del tercer bostezo, viendo que ese lugar sin alma ya me había dado lo mejor que podía darme —o sea decadencia—, decidí hacer lo que hago siempre cuando la noche se vuelve pueril y tilinga: agarré mi cartera, fui al baño, me puse perfume y me fui a casa comiendo un Milka blanco y repitiendo en voz baja una vieja canción que entonaba Mick Jones: “If the keeper of time runs slowly, He won’t be alive for long”.


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