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10 12 2004 - 09:16

Está el aumento y la reacción de los (algunos) empresarios que no leyeron Scrooge, o sí lo leyeron y lo asumieron como texto de cabecera. También la chica holandesa de envidiable escote y no tan envidiable tarea — la de asumir una de las cruzadas más conflictivas, nada menos que en barco (una gran idea, en principio, aunque no estoy al tanto de los detalles). Pero como todas esas cosas (o las que él quisiera elegir) le tocaban a Semán, que no aparece, yo voy a seguir avanzando (o retrocediendo, según la óptica) sobre el Affair Ferrari, que a medida que se apacigua se pone más interesante. [Hace días que intento organizar lo dicho sobre el tema en una nota, pero todas las mañanas aparece algo nuevo, así que lo voy poniendo acá y después habrá copypaste en alguna otra sección.]

Aportando alguna claridad, Ferrari escribe su descargo en Página/12. Es un manifiesto de cierta ternura y una óptica casi infantil: a Ferrari le preocupa el infierno. O, mejor dicho, le molesta que lo anden amenazando con torturas en el más allá, considerando la ubicuidad de la tortura en el más acá. No es una preocupación que yo comparta; mi educación más o menos laica me permitió disfrutar de El Jardín de las Delicias desde muy chiquito, e incluso hoy me cuesta percibir algo extorsivo en aquellos tormentos. Siempre fue evidente para mí que El Bosco no estaba en condiciones de exponer en Recoleta, y por lo tanto se las arreglaba para contrabandear universos que le resultaban fascinantes a través de lo que la policía mística de su época podía esgrimir como pesadilla rectora. Al mismo tiempo, un discurrir agnóstico tiene la ventaja de que el más allá no te asusta con demonios y pajarracos defecando personas enteras en su trono (y la desventaja de que sí te asusta con la nada, el vacío que no funciona como consuelo mejor de lo que lo hacen los infiernos de Ferrari).

El debate instalado gracias a Bergoglio (que enseguida volvió a refugiarse en su cueva después de haber lanzado el grito de guerra) se pone más interesante si uno lo explora en sus manifestaciones más oblicuas. La más diagonal de todas —tan diagonal que podría, tranquilamente, parecer caprichosa su inclusión aquí— es la nota sobre el mingitorio de Duchamp que firma un tal Sebastián Dozo Moreno. En el limitado espacio que La Nación le permite, el tipo se lanza a una ambiciosa deconstrucción de esa obra de Duchamp y del gesto que ésta constituye, con el fin de sugerir que el arte moderno es una mierda porque no se entiende o porque es un asco. Ni hace falta leer lo que dice ni hay nada nuevo aquí, ni se trata de una visión particularmente argentina. Si bien los argumentos del profesor Dozo sólo pueden resultar sorprendentes para quien haya entrado a dos o tres galerías de arte en su vida, hay que tener en cuenta que no tanta gente frecuenta galerías de arte y (algo más significativo aun) que lo que le preocupa a Dozo no es tanto la existencia de obras que lo superan sino su validación institucional — una recompensa que llega, como siempre, un poco tarde, y de la mano en este caso del Brit Pack noventista y sus consecuencias. No será difícil encontrar motivos para denostar al Turner Prize (pese a que en la última edición hicieron los deberes, y que a mí Whiteread me gusta). Al mingitorio de Duchamp, sin embargo, no hay con qué darle, y cabe preguntarse por qué La Nación estaría dispuesta a hacer el ridículo de una manera tan flagrante.

La respuesta obvia, dados la fecha de publicación y el clima reinante, es que también este traspié deviene del escándalo provocado por la exposición de Ferrari. En cuanto esta tensión se hizo pública quedó claro que La Nación no iba a poder resistirse a una descalificación en términos artísticos. Curiosamente, sin embargo, y pese a la babosidad de los funcionarios competentes, demasiadas voces autorizadas llovieron refrendando a Ferrari desde rincones demasiado diversos del planeta como para permitir semejante margen de maniobra. Después de todo, La Nación encarna a una derecha que suele hacer los deberes en el ámbito cultural y no les debe hacer gracia este tironeo entre valores religiosos y valores artísticos. Pero la tentación es irresistible. Sabiendo que contaría con aliados de escasa relevancia en un ataque directo contra Ferrari, Dozo se vale de aliados aun peores (pero prolijos, como Kim Howells) para atacar, directamente, a la dirección mayoritaria del arte en los últimos treinta años. Nice try.

Una característica inquietante de Internet es su implacabilidad. Unos meses atrás, el Señor Dozo (en su intimidante, awe-inspiring condición de “profesor de literatura”) había publicado otra nota en La Nación, reproducida luego en “Panorama Católico Internacional” que sí vale la pena leer. Mediante un procedimiento similar al empleado con Duchamp, “Preguntas sobre Harry Potter” se ocupa de demostrar lo que todos sabemos: que la saga de JK Rowling no es sino un manual para inducir a los niños a prácticas satánicas. Estos ingleses son de temer. Primero Damien Hirst y después el anticristo.

No sé cómo se me había pasado en su momento. El estilo de Dozo y su particular proceso deductivo elevan su nota sobre Harry Potter bien por encima de la medianía vacilante y miserable que define a la prensa escrita en Argentina. Dozo está loco de atar, y lo exhibe en construcciones sublimes, como la aclaración entre paréntesis al final de este párrafo:

En otra escena del libro, una “figura encapuchada” también bebe sangre para fortalecerse (beber sangre es una de las más típicas prácticas de la magia negra).

Yo, más que nadie, soy víctima propicia para este tipo de literatura; me resulta tan extrema, tan osada que al final termino por encariñarme con tipos como Dozo. Problema, sin embargo: tipos como Dozo nos cagan la vida. Sin extrapolar, sin siquiera salir del terreno de la literatura juvenil, esta bitácora nos conduce naturalmente a una noticia terrible: como si prescindir de Stoppard no hubiera sido suficiente, los responsables de la adaptación al cine de la trilogía de Philip Pullman han decidido eliminar en ella toda referencia a la Iglesia. Para quienes no hayan leído a Pullman: los malos son la Iglesia. Ocupan un cuarenta por ciento del libro. De eso se trata la trilogía. La decisión implica algo así como una remake de Alien sin monstruo, o una de Gremlins sin bichos. Dozo, contento. La mínima consistencia necesaria para entender algo en el mundo, en problemas.

Más al respecto, luego.


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