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En el cine

25 04 2012 - 09:07

Cine: reducto colectivo en donde podemos estar solos entre todos. Creo que el odio al BAFICI es el odio a la soledad. Puedo explicarlo.

Voy al BAFICI desde la primera edición. Eso quiere decir que las relaciones más importantes de mi vida fueron atravesadas por dicho festival. Abril durante muchos años fue un drama en el cual me veía obliagada a digitar mi grilla especulando con la idea, la fantasía, de lo que iba a hacer el otro. Sentadas en los bares del Abasto, o en los banquitos de esa plaza seca tan triste, mis amigas y yo dabamos por comenzado el ritual delirante de la marcación de grilla. Muy vivas sabíamos en que momento no dejarnos solas. Un ex no te puede ver sola a menos que te recubra el aura del nuevo amor, en caso de que aún estés sangrando por la herida es vital estar en compañía de alguien, no importa quién. He aceptado citas indeseables solo “por las dudas”. He corrido, tomado taxis y hasta cometido el sacrilegio de levantarme antes de que terminara la película para que una amiga no padeciera la soledad de la escalinata del Abasto. Sufrí, lloré y me fui devastada más de una noche. Recurrí sórdidamente a ex relaciones para que los abandonos recientes, en mi volunad o la voluntad del otro, no creyeran ni por un segundo que yo seguía llorando cada noche, caminando sola a la parada del 106 en avenida Córdoba en un infeliz retorno a la casa de mis padres. Nunca cedí. Jamás le entregué la verdad al que me lastimó. Siempre atenta para proteger a mis amigas de tipos que sabíamos eran una mierda. Hubo momentos en donde todo se parecía a una película muy torpe, muy amorosa, con pasos de comedia involuntarios, errores de cálculo fatales, torpezas y atropellos. Las chicas hacemos las valijas y nos vamos, cuando dejamos de amar es fatal, no hay duda de que ese amor se terminó y es para siempre. Pero qué terrible que en la vida todas tengamos un Jean Pierre Léaud.

Un abril se me juntaron 3 espacios temporales: me estaba separando, a ver la película fuí con un ex y en la librería que estaba en la cuadra del cine estaba mi futuro novio. Yo no sabía, no adivinaba mi futuro, pensaba como todas las chicas recientemente separadas no future, no future for you. Pero todo eso estaba pasando mientras mi amiga Maia se metía en un cabaret confundiéndoselo con un restaurant chino. Maia, le dije, cómo podes confundirte un puterío con un chino. Había muchos chinos en la puerta, me contestó. La verdad que su respuesta estaba bien fundamentada y si a eso le sumamos que coinciden también en la iluminación y ciertos farolitos decadentes, no entiendo como no nos confundimos muchas más veces. Así que ahí estaba yo, en el vórtice fatal entre lo viejo que no se termina de morir y lo nuevo que no acaba de nacer, usando unos jeans que ayer saqué del ropero, con las botamangas rotas, no pueden más, un agujero en el bolsillo derecho que se fue haciendo con el filo de las entraditas del BAFICI, las monedas para el colectivo, los billetes de $5 doblados en veinte esquinas y otras cosas inservibles que encontrás cuando no querás, cuando estás limpiando, sacando al sol cosas que enterraste por un verano o por más de un verano, pero aparecen, todo vuelve, siempre vuelve, metés la mano en el bolsillo y ahí esta la entrada de un cine que ya no existe donde hace muchos años te regalaban Fernet para que entraras alegre y predispuesta a ver un a película con un título que no podías ni pronunciar, lejos de todo, un poco atontada, más valiente, con el calor en el pecho y la frase en la cabeza, el mantra de la defensa, no me importa, ya se que estás ahí, pero no me importa, me rio de nerviosa, de que no sé, no quise, no supe y todavía duele pero no me importa, no me importa nada a mí, yo puedo sola, siempre pude y voy a poder, voy a sobrevivir a estos diez días de festival y que envien los ejércitos del terrorismo emocional que les presentaré batalla. No me importa, cuando me veas irme va a ser lo primero y lo último que vas a ver y después… después tengo todo un año, todo un año, para que las chances de la vida, el olvido a conciencia y la fe incondicional en el amor, me regalen una grilla de dos. Porque yo querré mucho a mis amigas, pero al cine me gusta ir con mi novio, darle la mano, buscarle el huequito más caliente, palparle las líneas de la vida, pensar de a dos.

En un BAFICI un chico me invitó a salir y yo no me di cuenta. Eramos amigos y los amigos van al cine juntos. Me vino a buscar a casa. Hace frío, me avisó, mientras yo me cepillaba los dientes y me excusaba por no tener nada de alcohol para tomar en casa. Fuimos al Atlas Santa Fe y no había más entradas, fuimos al Cosmos y no había más entradas, fuimos a la Lugones y no había más entradas, un tour de france del fracaso. Me estaba por dar por vencida cuando un chico con una remera de My Bloody Valentine me tocó el hombro. Te quiero decir algo, susurró: me dejó mi novia y tengo dos entradas, te las regalo. Le quise pagar y se negó. Son diez pesos, me dijo. Y se puso a llorar sin hacer ruido, sin casi mover la cara, mirando un punto fijo. Busqué en mi bolso un toblerone que había llevado y se lo regalé. Que raro un toblerone, me dijo, son tan ricos. Me están esperando, le contesté. Siento que sólo nosotros dos conocíamos esta banda, me dijo, sólo nosotros dos en el mundo. No te conozco pero no quiero escuchar algo así, le dije. Rearmó en un segundo su posición y me preguntó por qué. Porque es una boludez, le contesté. Yo no tengo la culpa de que te duela el alma. Aparentemente yo también había rearmado mi centro.

Con las entradas malditas subimos los diez pisos que separan la tierra de la sala Lugones. Él los subió pensando que era nuestra primer cita y yo los subí pensando que él era muy raro porque no conocía la Lugones. Subí pensando: tengo un nuevo amigo y es particular, particularmente raro. Buscamos asientos en la sala a medio iluminar. Llevábamos poco tiempo siendo amigos. Apenas nos conocíamos, aunque en las cuadras de búsqueda de entradas había descubierto que era hijo único como yo y eso me alcanzaba para sentirme unida a él. Le pregunté donde vivía, que hacía su mamá, si le gustaba su trabajo. Me contestó todo con muchos detalles y paciencia. Qué hace tu papa, me preguntó. No hace nada, se murió hace 5 meses, hoy es el aniversario, le contesté. Le vi la cara. Es la primera vez que lo digo en voz alta, le dije. Gracias, agregué poniendo mi mano sobre la suya. Sentí ardor en la cara, deseé estar sola. Nunca conocí a nadie que tuviera un muerto tan reciente, me contestó, no se te nota. Cómo que no se me nota pensé, si es el primer BAFICI al que vengo, esta es la primera película que comparto con alguien. Las luces se apagaron y algo se volvió a ordenar inmediatamente. Estábamos rodeados de ancianos.

La película trataba de una prostituta de Europa del este que resistía el frío abismal con botas altas pero sin medias. A los veinte minutos le pregunté: disculpame, ¿yo a vos te gusto? Sí, me contestó. La chica prostituida a voluntad hacía sexo oral por webcam, se chupaba los dedos y gemía en otro idioma. Una jubilada nos mandó a discutir el asunto a otro lado. Cállese señora, le dije, mire la película. Nos miramos un poco extrañados y él arreglo ese abismo dándome un beso. A mi esta película me importa una mierda, le dije, ¿a vos te importa? No, me contestó. Nos fuimos, dos adolescentes nos aplaudieron, en el baño nadie los va a molestar chicos, nos gritaron. El mundo se había hecho cine, nunca me habían dado un beso fundacional en la Lugones y eso que venía insistiendo hacía años. Nunca había estado tan sola tampoco. La alfombra roja del piso once era la alfombra roja de la premiación de la fantasía de amor de mi vida.


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