Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







Los Documentos

6 06 2012 - 09:14

Hace un montón de años, en otra vida, tuve que hacer un corto documental para aprobar el año en la escuela de cine en donde estudie las pocas cosas que se y que nunca, o casi nunca, puse en práctica. Estudiando en Avellaneda no vas a llegar muy lejos, no vas a llegar a ningún lado, en realidad. Ninguno. Pero fue mucho el sacrificio para llegar a ese rincón del mundo, habíamos pasado cinco exámenes, dos coloquios y una entrevista, todo para estudiar en un edificio de paredes electrificadas, sin calefacción, con una letrina como baño y cámaras betacam como lujo. Entonces —obvio— hicimos un corto sobre la pobreza.

Uno de los pobres que entrevistamos (teníamos 18 años y con esto no justifico nada) se mudó a la vuelta de mi casa. ¿A un departamento? No, a un tolderío que se armó en la calle, con cajas repletas de metales, cartones, diarios, revistas, libros, botellas. Y un perro. De él se muchas cosas y no se cuáles son ciertas, cuáles fueron dichas para la cámara y cuáles producto de respuestas forzadas a preguntas mal hechas. Salí a la tardecita, saqué a mi perra y se olió con el perro de él. ¿Hembra? me preguntó. Si, le dije. Mi perra tenía puesto un pilotín y con la cola entre las patas resistía los embates del perro enano y guapo, que sacaba pecho, mostraba los dientes y paraba el rabo. ¿La puedo acariciar? me preguntó. Levantó las manos de gigante y le dijo a la perra so, so. Como si fuera un caballo. Mi perra agachó la cabeza y sumisa movió un poco el rabo y sonrió como sólo sonrien los galgos y los dálmatas: con todos los dientes, con esos ojos acuosos siempre melancólicos. Es un caballito en miniatura, me dijo, qué linda es. Mi perra tomó confianza y se afanó un pan. ¡No! le grité. Pero era tarde y el pan ya había desaparecido. Dejála que es flaquita, me dijo, qué flaquita linda.

Pensé que habían pasado 10 años. Yo me mudé de Villa Luro a Boedo y él se mudó de Almagro a Boedo y acá estamos, pero él no me recuerda, y yo a mí misma de antes tampoco. Tomás mate, me dijo. Asentí porque no era una pregunta, era invitación.  Me sentí aislada del mundo, fuera de mi tiempo. Agarrate el banquito, me dijo. La perra se echó ahí abajo entre nosotros dos. ¿Cómo se llama su perro? pregunté. Severino, me dijo. Hacía todo muy lento, hace diez años hacía las cosas un poco más rápido. En una hornallita que no me da la cabeza para saber a qué anda hervía el agua. En una serie que se llama Okupas había un perrito muy parecido a este que se llamaba igual, le dije, tiene como 12 años esa serie ya. Ajá, que interesante dijo y me dio un mate. ¿No tenés miedo que un viejo como yo te contagie hepatítis? Me terminé el mate y le dije que no, que ya la había tenido a la A y que en caso de temer por las otras a menos que me estuviera cebando con su propia sangre estábamos bien. ¿Y SIDA? me dijo. Me reí. ¿Y si lo contagio yo a usted de SIDA? ¿Qué sabe usted si yo no tengo SIDA?, le dije. Se cebó un mate y me dijo  que el SIDA no se contagia así. Entonces estamos bien, le contesté. Si, me dijo, estamos bien, somos sanos.

Después me pidió que le contara sobre la serie esa de Okupas. Le conté que era una serie que veía yo cuando era chica y que era la mejor serie del mundo, lo juro, hace poco la volví a ver y sigue siendo la mejor serie del mundo. ¿Qué te gusta de esa serie? me preguntó mientras le daba un pancito a mi perra que se había puesto inquieta. Me quede pensando qué me gustaba tanto de esa serie de solo once capítulos. Le dije que me gustaba Okupas primero porque estaba re enamorada de un personaje, El Pollo, que me parecía el hombre que muchas chicas queremos tener, no el boludo que anda con la libreta de poemas: el tipo que te resuelve el tema  de la cañería, que te arregla la luz, que sabe armar una mezcla para apilar ladrillos y no te pide permiso para nada y te quiere entre el límite de la fuerza y la fuerza irracional y vos lo querés entre el límite del pudor y la búsqueda del alivio eterno. Al Pollo no le daba miedo tocar a los hombres y eso me encantaba, porque cuando el banana de Ricardo se toma la cocaína que fueron a buscar a la costa de Quilmes y después cuando amanece se cae, se estrella en el bajón contra la arena marrón de esa costa, El Pollo lo abraza, se pone la cabeza de Ricky entre las piernas y le dice “mirame a mi Ricardo ¿de que cuadro sos? ¿viste que todo va a estar bien?”. Y Ricado llora y dice la verdad, esa verdad que los cagones no dicen, “yo no quería tomar esa mierda” y llora, llora, dejandose abrazar por El Pollo. Aparte, El Pollo sabe tomar, no es un gil de esos que toman y se encierran o se mandan cagadas que no puede arreglar, sabe tomar cocaína y de hecho ya se la tomó toda, por eso puede cuidar a pibes débiles como Ricky, lúmpenes por elección que saben que pueden volver a empezar porque tienen adónde volver. En cambio El Pollo no tiene adónde ir, y cuando lo miras así con la camperita de Adidas verde, la cabeza rapada y los ojos que te miran siempre directo a tus ojos, lo querés, le querés decir mirá, es acá, acá conmigo es donde tenes que estar, porque los giles como Ricardo no nos pueden cuidar a las chicas. Creo que por eso me gusta Okupas, le dije.  Entiendo, me dijo. Pero no te casaste con alguien como El Pollo ¿no? No, la verdad que no.

Me contó que él tenía una hija, y que ella sí se había casado con El Pollo, pero que era transa y de arreglar paredes no sabía nada. Entonces es el Negro Pablo, le dije, El Negro era transa en Okupas. Bueno con ese, se casó, con El Negro Pablo. Pero en vez de Pablo, Oscar. Tuvieron hijos, ella robó de caño con él y les fue mal, es muy nerviosa mi nena, estuvo en Ezeiza, al pabellón llegó embarazada y por eso se salvó un poco. Crió al nene ahí un tiempo, se hizo evangelista y empezó a creer. Sobrevivió cambiando tarjetas de celular. Para los hijos quería otra cosa, le mintieron que uno era abanderado en la escuela, pero mentira salió ladrón como el padre y de caño para el paco, y la otra se fue porque no le quería chupar la pija al hermano degenerado de El Negro Oscar, si lo veo lo mato. Se fue y hace la suya, milita en la izquierda, es buena piba, es un milagro entre la mugre que somos todos o un milagro no, es mucho, es la excepción, la verdad es que la piba puso huevos y se olvidó de todos, incluída la madre que seguía en Ezeiza y vendía los cigarrillos y ponía un buen precio, no se zarpaba, entonces la respetaban. Ahí se hizo vieja antes de cumplir 27 años, salió mujer mayor y con varios kilos de más. La torta frita, decía, y se reía. Tiene dos dientes negros, nunca habló si la fajaron o no. El —su padre— cree que no, pero cree como creen los padres para no volverse locos. Que no la hirieron en lo más íntimo, que pasaron muchos años de todo eso que yo jamás le pregunté cuando estaba filmando mi documental.


————————————

Del mismo autor: