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Ambar Violeta

13 07 2012 - 18:21

Cuando murió María Elena Walsh la Rolling Stone me pidió un obituario y escribí esto que sigue. No lo publicaron porque les pareció que no hablaba de ella lo suficiente, o porque no lo entendieron, o porque no decía nada bueno de Boudou. Andá a saber. Hoy murió Leda Valladares y sé que si le mando este obituario a alguien me van a decir que habla demasiado de María Elena Walsh (la vida está llena de malentendidos como ese). Pero es para las dos.

Pasarán siglos, plagas, diez generaciones, y ni aun entonces podrá la música de este planeta recuperarse como para empezar a evaluar el daño que le hizo Oscar Cardozo Ocampo. Compositor, sindicalista, arreglador, no se privó de nada: Jairo, Teresa Parodi, Lolita Torres, el Evangelio Criollo. Sergio Shoklender lo va a invocar el día del juicio final. Va a decir: “La música de Pasajeros de una pesadilla la hizo Cardozo Ocampo.” Y lo van a dejar pasar, porque eso solo ya equivale a diez eternidades en el purgatorio. Cardozo Ocampo nos legó el arreglo de Canción con todos, la Misa por la paz y la justicia de Ariel Ramírez, y una obra póstuma sobre “el diario imaginario de la vida del Che Guevara”, que según las gacetillas transcurría desde su muerte hasta el regreso de sus restos a Cuba. Una vida rarísima, treinta años bajo tierra, una vida muerto. La vida y la muerte es un punto en el cual la izquierda latinoamericana tiende a confundirse.

En 1974 (con música y arreglos de, sí, Cardozo Ocampo) Pepe Soriano recitaba todas las noches los versos iniciales de El Inglés: Y sí, yo he muerto señores / no una vez, cientas morí / pero estoy vivo y contando / las cosas que yo viví. Hoy sigue insistiendo: “María Elena cumple el destino de todo ser humano. La muerte es una consecuencia de la vida. Mientras esté en nuestra memoria, María Elena seguirá viva. Era una mujer encantadora, sencilla.” Encantadora puede ser. Sencilla no era. Y si vive en nuestra memoria podremos elegir, espero, cómo y adónde vive. Empecemos por mudarla lo más lejos posible de Cardozo Ocampo.

Es un ejercicio factible, porque la mayoría de las canciones para chicos que le dieron fama permanente ya habían sido grabadas antes bajo la dirección musical de Leda Valladares, la otra mitad de Leda y María, el dúo de jóvenes santas que se quedó en Tom & Jerry cuando podrían, soñemos, haber sido Simon & Garfunkel. Son cosas que en la vida a veces pasan, y en Argentina pasan siempre: sucede algo, no sabemos qué, y todo se va al carajo. La historia oficial alega diferencias creativas: Leda radicalizándose hacia el indigenismo y el folklore puro, Maria Elena optando por destilar esas tradiciones en material original con contenido social acorde con la época. Esto es verosímil, pero no es cierto. Las diferencias entre ambas son constatables y su separación sentimental fue pública, pero en el primer disco solista de Leda (Garfunkel) queda constancia de una historia muy distinta.

El disco se llama Canciones de Leda Valladares y no es fácil de conseguir (aunque Internet todo lo puede). No se parece a nada que yo haya escuchado antes o después. Si digo Mercedes Sosa acompañada por Monk tocando Debussy en la casa de David Lynch me quedo corto, porque las influencias ni siquiera son tan obvias, porque David Lynch estaba en la secundaria y porque la intención no es académica. Es el disco amargo, tenebroso y desesperado de alguien que maldice un amor del que no puede recuperarse. Si fuera posible ordenar los discos temáticamente, habría que ponerlo entre Insignificance, de Jim O’Rourke, y Sea Change de Beck. Pero uno no ordena los discos así, y la vida tampoco.

A Leda la conocí bien, aunque tarde; a principios de los ’80 ya había fundado su propia religión del Canto Mineral, intentando ella también resucitar a los muertos; completamente refractaria a cualquiera expresión musical impura. Yendo de la cama al living era para ella el sonido del infierno. O tal vez la conocí temprano: yo tenía doce años, no había descubierto aun su break-up record y le discutía su tradicionalismo férreo suponiéndome representante de vanguardias que ella conocía perfectamente y yo todavía no. Nunca nos entendimos. Ahora tiene Alzheimer y más de noventa años. No puedo ir a preguntarle qué la hizo abandonar esa experimentación fascinante para pasarse el resto de su vida con cien bagualas horribles que son todas iguales, pero me lo pregunto yo solo, mientras sigo escuchando su primer disco, en bicicleta, bajo la lluvia.

A María Elena le fue mejor. No quiero discutir la calidad de sus canciones para chicos, entre otras cosas porque no hay con qué compararlas y porque me gustaban cuando era chico, aunque no tenía ninguna necesidad de que existieran. Si algo tenía la psicodelia eran canciones para chicos. A los seis años, Breathe de Pink Floyd es una canción sobre conejos; Lucy es sobre Lucy en el cielo con diamantes; Yo soy la morsa es, obviamente, sobre una morsa, y sobre Edgar Allan Poe que lo cagan a patadas. A esa edad yo hacía dibujos extremadamente literales ilustrando esas canciones que no me abandonaron nunca. Las de María Elena sí me abandonaron, porque en ellas la ilustración literal era la única posible. No les guardo rencor, no destruyeron mi vida. Pero no estaban ahí para siempre: estaban haciendo su trabajo. Paradójicamente, o al revés, las canciones de ella que conservo, las que todavía me acompañan, son las que hablan de eso, de la soledad y el abandono. Son unas cuantas, y son las mejores: Barco quieto, Los Castillos (si puede ser en la versión extraordinaria que grabaron Liliana Vitale y Verónica Condomi), Las Estatuas (pese a Cardozo Ocampo, por Dios, me está matando esto, no puedo dejar de pensar en Cardozo Ocampo).

Los obituarios de estos días, y la multiplicación del bronce, anuncian que María Elena Walsh no nos abandonará nunca. Yo creo que nos abandonó siempre. O mejor dicho: se nos escapó siempre, como la chica de Ambar Violeta, que tiene un gran cuerno bajo el corazón y se escapa de todos los hombres que quieren tenerla. Alguna vez fue tan linda como esa chica, más linda, y se le escapó a Bonomini, y a Juan Ramón Jiménez, y después a Leda, y a los peronistas, a los antiperonistas, a las maestras, a los chicos, a los periodistas, y a todos los otros que quieren tenerla. Cuando publicó lo del País jardín-de-infantes la odié momentáneamente. ¿Cómo “Jardín de Infantes”? ¿Qué tipo de metáfora era esa para describir el fascismo? Se entendía, claro, lo que quería decir, pero no estaba bien. Es como si uno dijera “no soy mujer para que me pegues.” La intención es correcta (no me pegues); el enunciado es macabro. Que la reina de los niños elija al jardín de infantes como símil del infierno sugiere algo oscuro, revelador. ¿Revelador de qué?

“Murió María Elena Walsh: lesbiana, feminista y abanderada de la subversión.” Así titula Radio Cristiandad (24 horas online para que Cristo reine!) Ellos también quieren tenerla, ¿por qué no? La quieren como ícono. Y en un movimiento estratégico que revela su inteligencia de mosquito, deciden predicarle en contra esta semana, lo cual equivale a predicar contra los Beatles, que como todo el mundo sabe, no necesitan estar online las 24 horas para ser más populares que Cristo. Caso cerrado.

Apenas más sutil es la operación-obituario que publica en Página/12 Horacio Verbitsky, que sorprendentemente también quería tenerla. Es una pieza única de periodismo psicótico, de lectura obligatoria, cuyo objetivo central es reivindicar, sin fundamento, el cuerpo ideológico de María Elena Walsh como perteneciente a la fe que Verbitsky profesa. Pero también es, al mismo tiempo, una declaración de amor bizarra en la cual se confunden otras idolatrías, hasta el punto culminante en el que Verbitsky hace hablar a María Elena igual que Néstor Kirchner: “¿Y a vosh qué te pasha?” Algo está pasando ahí. Jim Jones Alert.

Murió María Elena Walsh. No fue Maradona, no fue la birome, no unió a los argentinos, ni vive para siempre. Fue libre. No fue sencilla. La queríamos todos por cosas distintas. Post-mortem, Verbitsky y Radio Cristiandad fracasan en su intento de tenerla. Otros, menos exaltados, también fracasan. Todos los hijos de puta de nuestra generación se criaron escuchando sus canciones, lo cual podría demostrar de una vez y para siempre que el arte no está ahí para cambiar la sociedad sino para cambiar a las personas, una por una y en dosis homeopáticas, preservando así su continuidad (del arte y de las personas). O que el arte no sirve para nada. O que sí sirve, y todo podría haber sido mucho peor. Jamás sabremos.


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