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El salario del medio

11 12 2004 - 17:05

Acaba de aumentar el salario mínimo en el Estado de Nueva York, por lo que los empleados más bajos de los restaurantes, hoteles, delis, fábricas textiles, contratistas de la construcción, peluquerías, agencias de remises y servicios de limpieza llegarán a cobrar 7,15 dólares la hora en 2007, dos dólares más que ahora. No suena como un terremoto económico ni la llegada de la clase obrera al paraíso. Pero multiplicando esos dos míseros dólares por cada hora, por cada trabajador, por cada día trabajado, el resultado es la consolidación de una interesante retención de la capacidad de compra de los sectores con ingresos fijos (also known as asalariados). No es una transferencia de ingresos espectacular, no es el peronismo del ‘45 (mucha de esa capacidad de compra va detrás de la capacidad de endeudamiento de los asalariados), pero aún así.

Tanta presión hubo de sindicatos y sectores interesados que la legislatura tuvo que revocar incluso el veto del Gobernador George Pataki, que en el discurso más usual durante la discusión sobre la flexibilización laboral en la Argentina, había rechazado la decisión legislativa con el argumento de que el aumento dañaría la economía neoyorkina. Cámaras de comercio y asociaciones de empresarios se alinearon con Pataki —por decir de alguna manera elegante lo que en realidad sucede cada vez más en la política norteamericana: Pataki, Republicano él, financió su campaña de hace 2 años (y la de hace 6 años, y así...) con la plata de un puñado de empresas de las que hoy son cautivos él y sus políticas, sobre todo cuando se trata de la economía local.

Nada nuevo bajo el sol. Sólo quizás agregar que lo más interesante de la comparación entre la Argentina y Nueva York en este caso es que la ruta de los argumentos es inverso a la que solemos imaginar: las razones y “preocupaciones” esgrimidas acá están copiadas de los debates ocurridos hace ya 15 años en las economías en desarrollo, y no al revés. Del mismo modo, la sociedad anticipada por esos debates acá es la que vivimos allá, y no al revés, por lo que no sólo es cierto que el sueño americano no estaba esperándonos detrás de las reformas realizadas en la Argentina, sino que es The Latin American Nightmare lo que se avecina acá.

Para contrarrestar públicamente a Pataki, los datos para fundamentar el aumento de sueldo también son sólidos, de larga data, bien preparados. Para el Fiscal Policy Institute, hay cerca de 750 mil trabajadores en el Estado de Nueva York que ganan entre 5,15 y 7,09 dólares por hora, algo así como el 10 por ciento de la mano de obra, muchos de ellos en condiciones laborales precarias, muchos de ellos inmigrantes, la mayoría de ellos “indocumentados” o ilegales. El aumento no sólo sube el ingreso de esa franja, sino el de la inmediatamente superior, que gana hasta 8,15 dólares la hora.

En conclusión, el 15,9 por ciento de la mano de obra del Estado vivirá un impacto positivo en sus ingresos, y ese número se eleva más en la ciudad de Nueva York (al 16,5) y más aun en las zonas pobres de la ciudad, como el Bronx (20 por ciento) o Brooklyn (18,2 por ciento). Contando que en los países desarrollados el consumo de los sectores urbanos (sobre todo el consumo de los más pobres, cuyos ingresos se van mayormente en alimentos) suele subsidiar con precios ridículos a los productores rurales protegidos, el aumento también compensa algo de aquella injusticia (reparación que nunca será total, porque es absolutamente inconcebible que una ciudad que produce la riqueza que produce Nueva York tenga problemas de pobreza. A diferencia de casos como el argentino, no hay aquí ni siquiera una racionalidad económica moralmente objetable, sino una moral indecible que no responde a ninguna racionalidad económica).

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Otra página. En la Argentina, el gobierno tambien acaba de aumentar en 100 pesos el salario mínimo, poniendo un piso de 600 pesos mensuales para los trabajadores del sector privado, y de 700 para los empleados públicos. El aumento rige a partir del 1 de enero de 2005. Es decir, dentro de 20 días. Como la fuerza laboral en la Argentina es distinta a la de los Estados Unidos, es difícil medir el impacto: desocupación del 15 por ciento, trabajo informal o en negro de algo más del 50 por ciento, todo torna al “mercado” menos sensible a las medidas del gobierno.

Aun así, se trata de un bruto aumento. Basta ver que una familia de cuatro miembros necesita de 735 pesos para vivir para tener una idea del impacto.

Previsiblemente, los empresarios patalearon. El último de los cuales, Cristiano Ratazzi de Fiat, dijo que la medida “podría provocar un aumento en la inflación del 4 o 5 por ciento.” (Curiosidades: tuve la oportunidad de conocer al joven, ordinario, snob Ratazzi. La primera vez que lo ví fue en 1994, a bordo de un catamarán que navegaba frente al glaciar Upsala en Santa Cruz, en un viaje organizado por el gobernador Néstor Kirchner para que periodistas y formadores de opinión en general tomaran contacto con los hielos continentales y otros territorios en disputa con Chile u olvidados por Argentina. Recuerdo una discusión memorable que tuvo entonces con el gobernador y su esposa).

Según Ratazzi, el aumento “debió negociarse” entre trabajadores y empresarios, frase hecha que desconoce algunos datos básicos, como la relativa imposibilidad de “los trabajadores” de participar de esa mesa, con la mitad de los asalariados sin representación, una cúpula sindical autonomizada de su base declinante y los fantasmas del desempleo y la inflación sobre sus cabezas.

Más sorprendente —y también mas interesante para detenerse— fue lo de Elisa Carrió advirtiendo que el gobierno provoca “imprevisión en la economía”. Hay muchos elementos para tratar a Carrió como una loca. Por cierto que no ayuda la nueva costumbre de hablar de ella misma en tercera persona como Maradona. Y, a esta altura, cuesta creer que el tono “qué-loca-que-estoy” no lo esté impostando, aunque más difícil resulta imaginar los beneficios de la operación narrativa en cuestión.

Quizás por eso mismo vale la pena hacer el esfuerzo y tomársela en serio. La “titular del ARI” (los diarios siguen nombrandola así, como si fuera la Chairman del Partido Comunista Chino) dice:

“Si yo le digo a los empresarios que en seis meses vamos a un sistema de aumento salarial, tomo previsiones, pero si yo digo que eso será por decreto diez días antes del cobro (de los sueldos), lo que estoy creando es imprevisibilidad.”

O:

“Si yo armo esta cadena de anuncios sin un plan, armo un desorden a tres o cuatro meses”.

Y como estaba con el ventilador abierto, aplicó la combinación de primera y tercera persona en direcciones múltiples para construir la siguiente escena:

“Si reconstruyo la industria del calzado y textil y en el medio me dicen: ‘reconocemos la economía de mercado para China’, me cambiaron el futuro, y estamos llevando a la gente a la economía informal que ya es muy grande.”

Y como final:

“La misma imprevisión se genera en la economía si los aumentos salariales se deciden de un día para el otro”.

Uno (yo al menos) tiende tener una reacción automática en sentido contrario: todo aumento salarial es bueno a priori, a menos que esté visiblemente atado a una trampa (inflacionaria o de otro tipo). Ahora bien, asumiendo que la locura no es el único movil de Carrió, su argumento se torna más interesante. Carrió no lo hace porque le convenga política o electoralmente, y ciertamente no se gana la simpatía de la opinión pública ni la de los sindicatos, ni de los trabajadores ni de la clase media (algo que probablemente sí espere obtener el gobierno) y lo mas probable es que esto tampoco la acerque a los empresarios, que la consideran un ser demente, diga lo que diga.

Conclusión: Carrió no lo hace buscando algún beneficio inmediato visible sino porque, en algún punto, cree que es así. Cree que las cosas deberían decidirse de forma distinta, y que si no, no tienen sentido.

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Todo es distinto en la Argentina, y la discusión parece volver siempre al mismo punto: si se quieren aplicar los estándares de economías prósperas, nada de lo que se hace se ve bien y la Argentina es simplemente un pais bananero; si se acepta el “color local” que toma la gestión pública, parece estar avalándose la resignación a una política de baja calidad.

Carrió, en este caso, opta por el primer camino, sabiéndolo o no, dentro del sobreentendido: “si las cosas no se hacen bien, como en los países serios, como en Estados Unidos por ejemplo, la Argentina no va a cambiar jamás.” Una versión de los tantos subtítulos que acompañan a la frase “por un país serio” —original de alguna campaña política italiana post mani pulite, que la Alianza se encargó luego de aggiornar y deformar a su antojo.

En este caso, Carrió supone —compartiendo quizás sin saberlo el imaginario de Ratazzi y el del club de los “somos de izquierda pero no somos loquitos”— que en la Argentina se tienen que sentar trabajadores y empresarios, discutir públicamente en un tira y afloja argumentativo y de poder, para que luego eso tenga un reflejo en las instituciones, empezando por el Congreso, donde los legisladores —para no enemistarse por completo con su base electoral— se harán eco del asunto y elevarán un proyecto estableciendo un aumento razonable de salarios. Para ese entonces, tanto los sindicatos y los empresarios como las ONGs interesadas en el tema van a haber realizado y divulgado decenas de trabajos sobre el impacto que tal o cual aumento tendría sobre la economía en general, el bolsillo de los trabajadores, las arcas de los banqueros y la cartera de la dama. El resultado es un aumento bueno ma non troppo, escalonado a lo largo de un par de años, y anunciado con tiempo suficiente como para que los factores de la economía afectados se reacomoden sin sobresaltos.

Bueno, eso no es así. Y difícilmente pueda serlo. El gobierno de Kirchner tiene interlocutores débiles y/o venales y/o en extinción del lado de los trabajadores. También tiene enfrente a un pool de empresas de dudosa agremiación, en muchos casos con propietarios indistinguibles pero con el margen de maniobra suficiente como para hacer tambalear un plan económico o un gobierno, y un grupo de empresas locales en ascenso en los últimos tres años cuyas mañas dejan a los sindicatos a la altura de una democracia escandinava.

Como decía hace unos meses Julio Nudler, la eventual negociación se daría sobre una cancha inclinada. Y en esas circunstancias “ninguna de las partes desea realmente la negociación. A los sindicalistas no les conviene aparecer refrendando logros ínfimos, y los empleadores no encuentran razonable entregar en una mesa de discusión lo que el mercado laboral no les impone.”

“Las herramientas son escasas,” decía. En aquel entonces, Nudler —que se dedicaba a analizar en serio las limitaciones del gobierno— suponía que Kirchner no forzaba aumentos por decreto porque sabía que solo lo cobraría una fracción de los trabajadores y porque muchas empresas responderían con alzas de precios”.

Bueno, ese conjunto de advertencias está todavía en la base del aumento. De ese enjambre, de la inyección “extra” de divisas que la Argentina recibe por tercer año consecutivo, de la buena tasa de crecimiento del año y la necesidad de pautar una similar hasta lograr que la misma impacte en el empleo, de los límites redistributivos de las políticas sociales, de la necesidad del gobierno de darle de comer a la prensa cada día, de la necesidad de empezar a buscar efectos en la economía que puedan traducirse en algún rédito electoral; de todo eso, sale el aumento módico anunciado.

El anuncio, luego, tiene el tono peronistoso que el gobierno le imprime a sus anuncios en materia social. El problema no es el populismo, sino la exacercbación narrativa que invita a imaginar al país siempre al borde de algo, aun si se trata de un aumento de cien putos pesos.

La suposición de que debería surgir de un contexto distinto es tan cierta como cínica. Podría salir de una negociación transparente, sí, pero no hay actores que la encarnen. Podría pensarse en aumentos escalonados a dos años, sí, pero en la Argentina no hay reaseguros institucionales para asegurar que no se anunció una nube de humo. Podría anunciarse con un año de anticipación, sí, pero en la Argentina lo más posible es que las empresas recuperen posiciones via aumento de precios bien por adelantado, anulando el eventual efecto positivo. En los tres “podría” anteriores debe agregarse como coda la casi nula capacidad del Estado para intervenir en la negociación, asegurar que sus propias políticas puedan perdurar en el tiempo, o controlar eficazmente el comportamiento de los agentes económicos.

El optimismo institucionalista tiene reminiscencias de los que militan por temas tales como “la independencia del Banco Central” como si se tratara del futuro de la patria. Entre nos, la independencia del Central a semejanza de la Reserva Federal o el Bundesbank con la que tanto rompen la paciencia Terragno o Lopez Murphy o gente del mismo gobierno (curiosamente, no su titular, Hernán Perez) se respalda en que los tipos emiten dólares o euros y no pesos, por no mencionar que en un país con el 50 por ciento de la población bajo la línea de pobreza lo mejor es que la “autoridad monetaria” sea un poco menos independiente y un poco más sensible a la presión contextual.

Más temible aun, el argumento se lleva de maravillas con la deformación genética operada por la Alianza sobre el lema “un país normal” y que tuvo a Chacho Alvarez como cabeza pensante y visible.

[La cruzada moral de Alvarez contra la reforma laboral tiene también su paradoja: fue su eficaz prédica la que permitió reponer arrolladoramente en la opinión pública —y luego como presión sobre las instituciones— lo que Menem había instalado y la Alianza hubiera podido relativizar: la desesperada necesidad de la economía argentina de adaptarse al mundo, responder a las realidades de un mercado laboral flexible, la inclusión de la expresión “costos laborales” en el argot de la izquierda, la desaparición del mundo del trabajo del imaginario progresista].

Si Carrió está cuerda, es posible que sea conciente de todo esto, y que no crea que la Argentina es Nueva York. Lo cual empeora todo, porque no puede alegar demencia ni homicidio culposo y va derecho al cadalso de la ideologia, algo que, no sé bien por que, no me hubiera imaginado.


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