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Argentinísimo

17 07 2012 - 18:18

Debe haber sido en primer año del secundario, porque creo que en segundo ya no me agarraban. Así que vamos a convenir en que corría el año 77 cuando el Hormiga Guerrero se presentó en el curso y nos notificó que había una actividad a la tarde en la Sarmiento, que era obligatoria, que se iba a tomar asistencia y que el que no fuese tendría doble falta. Imaginate que era raro: el Instituto Técnico era un colegio sólo de varones —ya no lo es— y la Escuela Sarmiento exclusivamente de mujeres. ¿Cómo te iba a presionar un preceptor con la doble falta, si con sólo informar que había algo para hacer en la escuela de las chicas iríamos voluntarios y corriendo?

Por esa desconfianza es que fuimos llegando de a uno, encontrándonos adentro del patio enorme en donde las chicas jugaban de local y eran más que nosotros. La corriente nos fue llevando a un aula en donde las maestras organizaban malamente coros imposibles siguiendo las indicaciones de una señora de pelo corto. No entendíamos nada y además éramos varones recién conociéndonos en un colegio nuevo, nos sentimos estafados y en medio del desorden nos escapamos y nos fuimos por ahí. No sé en qué habrá quedado el coro aluvional de chicas y muchachos cantando bagualas que Leda Valladares quería grabar aquella tarde de mi secundario.

Cuando Argentina es sus provincias se achica, le quedan grandes los seis grados de separación. Sólo así puedo haberme cruzado –y tan temprano– con una talibana internacional de la antropología del folklore. Y yo era chico, pero ya detestaba el folklore.

Acordemos de antemano que el folklore es el mainstream del folklore. Es la línea que arranca en un asado cuando alguien saca una guitarra, y termina en la eterna despedida de los Chalchaleros, que ya nos dejaron a Facundo Saravia, pero igual se resisten a morir. El folklore es el logotipo capitalino del interior; un doble remache que te fija a un significado único e inamovible del paisaje en el que naciste, y del que escaparse equivale a traición. El Folklore es la patria conservadora que se nutre de cuatro postales acuareladas de la factoría Billiken, que nos educan desde el principio en el dogma de la tradición.

Si en los albores de la dictadura le permitieron a Leda Valladares movilizar dos colegios para un experimento improbable, fue porque se trataba de folklore. Si lo hubiera pedido un músico de jazz, lo habrían sacado a patadas por foráneo o por incomprensible. Porque el folklore es básico, un mínimo común denominador que no exige mayores complicaciones e imposibilita las complicidades: el gaucho, amigos. El gaucho. ¿Cómo podemos tener una comunión a través del gaucho, la china, el rancho y el caballo por afuera y después de Inodoro Pereyra? Es imposible.

El folklore es un conglomerado ideológico compacto del que la música ocupará a lo sumo un diez por ciento, porque al fin y al cabo si hay algo que al folklore no le quita el sueño es la música. Ni el punk, ni el rock chabón: el folklore es el inventor del aguante. Sigamos al tipo que peló la guitarra en el asado y rasgueó una chacarera con palmas de fondo. Después de ese debut toma coraje, se junta con tres amigos, se sube al escenario de un evento comunal. Y ya tenemos un conjunto folklórico. No hace falta que afine; con que grite ya es “primal” y enardece a una audiencia que de por sí se enfiesta a la primera de cambio. Y sí: el folklore es la suma de todos los sobrentendidos que quedaron a contramano y a los que nadie puede tocar, porque si sacás uno solo se cae el conjunto y el sistema no funciona. Y no hay salida. Hasta el mismo Atahualpa se los tomó a la chacota cuando preguntaron sobre un grupo vocal de folklore y respondió “¿cuál? ¿ése donde uno canta y los demás le hacen burla?”

El folklore es el refugio del porteño culposo por escuchar buena música. Así que cada tanto agarra el auto, se mete unos kilómetros tierra adentro, come los regionales del lugar y se escucha unas horitas de FM Mangrullo para darse un baño de argentinidad. Después vuelve a la Capital y se baja la edición aniversario de Bitches Brew, pero ya con la vacuna de charango encima para tirar un tiempo sin sentir que con el buen gusto fisura el estatuto de la nación.

El Folklore es el camperazo en un estadio de los suburbios; el Festival del Limón en pleno frío con vino de damajuana en vaso de plástico; Cacharpaya por Canal 10, con escenografía de cartón, exteriores en el Parque 9 de Julio y señores que se visten con bombacha blanca para bailar en la tele algo llamado “danza criolla”, que no bailarán ni en un casamiento, ni en un cumpleaños, ni el quince de la nena.

A ver si nos entendemos: si rasguea las cuerdas al montón es folklore. Si puntea con delicadeza es Eduardo Falú o Pedro Aznar. Y ahí, señores, ya hablamos de otra cosa. Mercedes Sosa es nuestra Ella Fitzgerald y cuando se convenció de que lo era empezó a cantar lo que quiso. Folklore es Soledad, que algún día puede ser que sea Mercedes, pero por lo pronto es la Julia Helena Dávalos de la nueva generación.
Una vez tocó en Tucumán Woody Herman junto a su “séptimo rebaño atronador”. Tocaron en el Teatro San Martín en algún Septiembre Musical que me queda ya lejos. Los de la banda eran unos muchachos relajados que salieron al escenario con el instrumento en una mano y una botella de cerveza en la otra. Recuerdo que Herman dijo “señores, prepárense. Los vamos a aturdir”. Y cómo sonó. La diferencia entre esos muchachos jazzeros y estos aspirantes a promesas de Cosquín está en que con la voluntad y las ganas de joda no te alcanza para encarar un bronce, pero para rasguñar dos acordes con un vino en el pecho sí.

Folklore era mi vecina que se compró un bombo y lo estudiaba con el balcón abierto, porque “adónde más voy a ir a practicar con el bombo”. Eso y el nene bailando el malambo en la fiesta escolar son el folklore.
El folklore es el cinturón blanco de la música, el preescolar de algo con otros horizontes. Lito Nebbia y Domingo Cura trataron de empujar un poco esa puerta… y ya ves: la historia argentina la cerró de un portazo con la mano del Chaqueño Palavecino.

Mientras siga habiendo efemérides y actos patrios, mientras continúen las maestras reproduciendo en entrelíneas la dicotomía de ciudad moderna/caca- campo/arcadia feliz, no tenemos mucha esperanza de escaparnos del folklore. La Zamba de mi esperanza, ícono si los hay, suena con toda la depresión que puede y lo dice con forma de desesperanza pura. Escapar de la opresión ideológica que eleva al folklore a la categoría de jingle patrio es un sueño del alma que a veces muere sin florecer.

Hay que irse del asado antes de que alguno desempolve la guitarra.


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