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Sandía con vino

1 08 2012 - 21:49

Raffo:

La lectura del post que te dedicó Charosky me resolvió a escribirte. Muy probablemente también porque –como me ocurre desde que vivo acá, esto es, sin entender bien por qué ni cuándo ni hasta cuándo– me toca pasar en estos días por uno de esos períodos de rabia e impotencia. Trances que juzgo –anticipando un poco lo que quería decirte- malos para mi vida e inútiles para el Universo.
Después de una primera lectura el post parece razonable, y tal vez lo sea. Pero un par de sus postulados claves son falsos, y alcanzan para que el todo se caiga.

Es falso que el mismo tipo que votó a Frondizi e Isabelita (a quien astutamente siempre se omite de estas listas) está motivado por “el amor”. Basta una charla de café para constatar que ese votante, sobre todo el votante peronista, está inspirado tanto por las cosas que desea como por las que odia. Las declamaciones de los kirchneristas están siempre cargadas de una cuota importante de odio: al establishment, a los medios, a los yanquis. Como las otrora a la moda palabras de odio hacia la oligarquía, los comunistas, los cipayos, el medio pelo, los yanquis, los ingleses, los franceses, los chilenos, los rubios, los porteños… Esto es desgraciadamente así, no importa si entendemos por qué, es un hecho.

Y lo mismo se puede afirmar de la presunción de “buena fe”: ¿acaso el votante nazi pecaba de “mala fe”? ¡Ay, el nazismo! La Historia nos dio este caso extremo para ayudarnos a detectar problemas en las teorías. Es como en la física, cuando la verosimilitud de una conjetura se pone a prueba mentalmente viendo qué pasa si se lleva uno de sus parámetros al infinito. Pero no es necesario ir tan lejos. Con idéntico optimismo podríamos hallar buena fe en todas las injusticias del mundo, y esto por la sencilla razón de que nadie se piensa a si mismo como malvado. Alguien como el Profesor Neurus, quien es malo y le gusta serlo, ni siquiera sería creíble como personaje de una novela del siglo XIX. Es un hecho que el cerebro humano es una máquina de armar teorías de la realidad, en particular teorías del propio comportamiento que siempre, invariablemente, termina siendo “moral”. Charosky te invita a la coexistencia pacífica con la gente de buena fe, sin darse cuenta de que el mismo argumento nos lleva a la coexistencia con los peores canallas que, como venimos de explicar, también son bona fide y en el mismo grado. Absurdo.

La verdad es que la iraní es una dictadura y la gente la vota (la dictadura era una institución de la república romana). Los iraníes tendrían que encontrarle la vuelta para cambiar las cosas, pero no lo van a hacer afirmando lo que no es. Admitiría casi sin reservas que Charosky te hubiera explicado que, para no enloquecer, la mente de los que habitan allá (o acá) debe construir un modelo menos afligente de la realidad. Que mirar de frente las cosas es como si el que se quedó paralítico se empecinase en que correr por Palermo es la única posible razón de la existencia. Pero se debe transformar lo último sin pretender, como el post lo hace, que el poder caminar o no es una verdad relativa sujeta a debate o márgenes de tolerancia.

La verdad, por más desagradable que sea, es que la gente en Argentina unge concientemente gobiernos autoritarios porque está convencida de que para conseguir las cosas se debe emplear —o es más eficaz— la fuerza, no la ley. Y porque piensa que la democracia se define como el gobierno en el que los que perdieron las elecciones perdieron todos sus derechos, se quedaron fuera del torneo, como si se tratase de un partido de tenis. Esa es la ética del argentino y entonces tal vez sí, en ese sentido, esta gente actúa de “buena fe”, esto es, de manera consistente con esos sus valores, que tendrían entonces menos que ver con el amor que con el egoísmo.

Mucha gente piensa –Charosky más bien parece fervorosamente desearlo– que todo esto es asunto de una exaltada pero mera divergencia de puntos de vista.

A la mañana escuchaba en la radio (Nota de TP: Alé no vive en Argentina) un debate sin muchas pretensiones entre un sindicalista y una empresaria acerca del salario mínimo, que sin embargo contenía los ingredientes básicos de una legítima puja de opiniones. Ambos tenían argumentos: lo que se ganaba, lo que se perdía (basados en datos de la realidad y de cómo funciona la economía, sin que ninguna boca babease demonizando al Mercado o al Capital o a los Zurditos cuando la discusión se le tornaba desfavorable), el grado de probabilidad de ocurrencia de cada una de estas cosas y, finalmente, los elementos “valores”, “modelo de sociedad deseable”, etc. En fin, había un marco de referencia común que permitía estar seguro de que se estaba hablando de las mismas cosas y de poder eventualmente concluir algo basado en una serie de convenciones –por ejemplo, criterios éticos como “no robarás“– prefijadas de antemano contra las cuales cotejar la realidad que se debatía.

Pero en Argentina inmediatamente lo acusan a uno de intolerante cuando se niega a conversar acerca de los efectos letales de la sandía con vino, teoría ésta llevada adelante por sus prosélitos porque se les metió en la cabeza que era de naturaleza “nacional y popular”, sin referencia alguna a ninguna convención de lo que define “nacional y popular” o mucho menos a por qué se presume que “nacional y popular” es equivalente a “bueno y justo”. Y se lo condena a uno incluso habiendo ya concedido una prueba experimental ingiriendo ambos sin perder la vida, como si no hubiese sido una teoría ridícula desde el principio. Es que al fin y al cabo la prueba es menos importante que la sospecha de derechismo que emerge de refutarla o de la práctica misma de la refutación basada en hechos y razonamientos.

A uno lo puede afligir el kirchnerismo, pero hay otros temas igual o más afligentes donde nos confrontamos con el mismo tipo de dificultad. Me permito una digresión. Sam Harris en “Letter to a christian nation” dice:

“In the broadest sense, “science” represents our best efforts to know what is true about our world. We need not distinguish between “hard” and “soft” science here, or between science and a branch of the humanities like history. It is a historical fact, for instance, that the Japanese bombed Pearl Harbor on December 7, 1941. Consequently, this fact forms part of the worldview of scientific rationality. Given the evidence that attests to this fact, anyone believing that it happened on another date, or that the Egyptians really dropped those bombs, has a lot of explaining to do. The core of science is not controlled experiment or mathematical modeling; it is intellectual honesty. It is time we acknowledged a basic feature of human discourse: when considering the truth of a proposition, one is either engaged in an honest appraisal of the evidence and logical arguments, or one isn’t. Religion is the one area of our lives where people imagine that some other standard of intellectual integrity applies.”

Me permito agregar que la política es otra área de nuestra vida donde nos pasamos la integridad intelectual por los huevos. Podemos ahogar una sandía entera con una damajuana de vino que igual –o peor– se nos acusará de vendidos al establishment, traidores a la patria, enemigos del pueblo o mal cogidos. Es un asunto religioso la política, y en estos asuntos los argumentos no sirven para nada. Lo único eficaz es la seducción: un clavo que saque a otro clavo.

En otras palabras (y ésta es otra afirmación falsa del post):  el que realmente no quiere conversar es el que viene con la teoría de la sandía con vino, y esto sobre todo porque el que viene con esa teoría seguro que ya la vio refutada, ya sabe perfectamente bien que es falsa, y sin embargo viene igual. ¿En qué clase de “conversación” podría entonces estar interesada esa persona? No quiere conversación: quiere guerra. Quiere convertirnos o eliminarnos. Es un fanático al que aguardan 72 vírgenes.

En resumen: el post está mal fundamentado. Y sin embargo lo que propone merece reflexionarse.

Huili, te entiendo y te apoyo pero, sin embargo, de un exiliado a otro: ¿vale la pena? ¿Tenemos algo para ganar? Porque para perder tenemos muchísimo. Desde el buen humor hasta la dignidad. Pues, como te dije en algún tweet, te arrastran a ensuciarte, a ser inferior a vos mismo.

Estamos lejos y, al contrario de como lo vivió Cortázar, esta circunstancia parece hacernos más mal que bien. Posiblemente porque nuestra realidad cotidiana nos confirma que las cosas distintas sí existen y, en lugar de como él focalizarnos exclusivamente en disfrutarlas, pensamos en lo fácil que sería llevar un enorme número de ellas a la práctica en la patria sin demasiados cuestionamientos ideológicos o dificultades materiales. Y nos emperramos en explicárselas a quienes se emperran en no querer escuchar.

La distancia pone en relieve la locura que se vive allá, y al volvernos locos de rabia e impotencia, paradójicamente, corremos el serio riesgo de volvernos parte de ella.

De allí mi primer párrafo: ¿sirve de algo enloquecerse? Sufrimos y nadie nos escucha. Al revés: cuantas más demostraciones de sandía y vino, menor credibilidad y más indigestiones.

Y desde afuera, es verdad, es más difícil, si no imposible, y no por esas espurias razones psicoanalíticas del post que nos atribuyen una distorsionada visión apocalíptica para justificar nuestro exilio. Ese país es objetivamente bananero.

No, es más difícil por otra de las razones que nos hacen rabiar. Conozco a indios con estudio y éxito en Occidente que me cuentan con orgullo cómo pasan parte del año allá para ayudar a su país –y lo bien que ese esfuerzo es recibido. Ese esfuerzo consiste, para ser más claros, en transferir lo que adquirieron en Occidente. Puede ser cuento, puede que esté creyendo en lo que quiero creer, pero sé que en Argentina a los que nos fuimos nos odian. Nos aceptarían si volviésemos con una beca en el Conicet o hechos mierda y derrotados. Pero volver con conocimiento, con contactos y hasta con capital es masoquista. En el mejor de los casos nos seguirán tachando –como lo hacen ahora– de “agrandadados”. No podemos hacer la de Sarmiento con lo que aprendió durante sus viajes. Parte del rechazo a tus palabras viene de ahí, del hecho de que vivís afuera. Todo lo que decís está irremediablemente teñido de “extranjero”. Hasta ser racional es extranjero. Es como en Japón durante la vigencia del Edicto de Sakoku: al que venía de afuera lo amasijaban. Ellos como máximo quieren mirar hacia afuera a través del telescopio o de los viajes al exterior con mirada parcial al estilo de las visitas guiadas a la URSS durante el stalinismo.

Para ser aceptado allá, para sentir simpatía por ese compatriota que piensa “cosas increíblemente equivocadas” (como si los actos de corrupción flagrante fueran cosas que sólo ocurren en ciertas mentes y no en el mundo material), tenés que quererlo y hacerte querer, es lo que dice el post, y para ello no te queda más remedio que aceptar un grado de irracionalidad, aceptar que a veces la sandía con vino mata aunque esto no ocurra, doublethink, cosas que viviendo acá son dificilísimas. Si no lo lográs, dice el post, perdés tracción, y si no la tenés, ¿vale la pena tanta mala sangre?

Esta nota es parte de
The Pickled Nazis Conversation,
que conviene leer entera y en orden.
Igual no se entiende.


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