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La única dueña

12 12 2004 - 18:13

Hace unos tres años, en medio de la más complicada y agotadora de las mudanzas (Los Angeles-Buenos Aires-Madrid-Buenos Aires-Madrid, en ese orden) me tocó una larga escala en Londres. Larga para estar sentado en el aeropuerto; corta para cualquier otra cosa. Respiré hondo, cerré los ojos y me puse con la suma exorbitante que pide el Gatwick Express para tomarme al menos seis horas de recreo en las librerías de Charing Cross. Llegué de mucho mejor humor (aunque tarde) a mi asiento en el vuelo 459 de British, con destino EZE a las 06:55. No me acordaría de estos detalles, pero están anotados ahí arriba, demostrándome que lo que sigue es cierto.

Por suerte no se me sentó nadie al lado; un asiento vacío era un privilegio incluso en la era pre 9/11 pero en este caso era casi un milagro. Asiento de por medio, entonces, había un tipo que sin duda estaba disfrutando de ese viaje mucho más que yo. Mi inclinación natural por espiar lo que ponía en su discman (Marianne Faithfull) me alentó a curiosear sobre lo que iba leyendo — unos papeles que mencionaban nombres sorprendentemente familiares. Pensé en hablarle, pero cuando después de la cena el tipo seguía sin sacarse los auriculares, escribí esto en mi libretita antes de deslizarla hacia su asiento:

— Really? Why would you say that?

El tipo era Simon Field, director del Festival de Rotterdam, aunque no por mucho tiempo más (al año siguiente le harían una cama bastante más elegante que la que le hicieron a Quintín el mes pasado). A él le debía yo, curiosamente, mi último sueldo ganado honestamente como escritor en Argentina (no al Instituto, que no asume la existencia de escritores, ni al gobierno de la Ciudad, ni a nadie que subsidie hoy nada en Argentina: al Festival de Rotterdam) y con eso solo ya me caía más o menos bien. Pero terminamos conversando animadamente durante el resto del vuelo y, llegando a Ezeiza, empezó a quedarme claro que lo que Quintín estaba haciendo con el Bafici era algo decididamente fuera de lo común.

Field compartía (y comparte) con Quintín una característica extremadamente inusual en su ámbito: a ambos les gusta el cine y pueden explicar por qué. O, mejor dicho, se trata de dos personas que, por experiencia, han observado la necesidad de articular racionalmente su pasión por el cine de un modo que la preserve en vez de aniquilarla. Para mí, que tengo serias diferencias estéticas con ambos, no se trata precisamente de un detalle. Tanto en Argentina como en la mayor parte de Europa, es muy difícil encontrar interlocutores para una discusión sobre cine en términos teóricos, ni hablar de una en términos estructurales. (Hollywood es un caso aparte, que escapa al horizonte de esta nota.) Si, encima, uno tiene una idea del cine que no encaja en ninguno de los dos moldes más o menos percibidos como posibles dentro de las cinematografías no-americanas, cualquier conversación se vuelve imposible. Muy poca gente entiende algo (en general, en el mundo), pero son poquísimos quienes además de saber explicar lo que les gusta pueden entender por qué a otros les gusta otra cosa. Esa capacidad, que tipos como Quintín y Field parecen portar naturalmente aunque les ha costado, sin duda, su buena dosis de trabajo, es la que les permitió crear, en el sentido más profundo del término, cada uno de sus festivales.

Me desencontré entonces con Quintín en Buenos Aires y pasó bastante tiempo hasta que pudiéramos sentarnos a charlar tranquilamente, de Field y de muchas otras cosas, en el Festival de Berlín del 2004. Nos sorprendió comprobar dos cosas: la larga tradición de la milanesa alemana y el hecho de que nuestro disenso en lo estético había ido dando lugar, a lo largo de los cinco o seis años que llevábamos sin vernos, a una coincidencia abrumadora en cuanto al estado de la Industria, acá y allá.

Conocí a Quintín de la manera más exótica: a través de un BBS porteño llamado “Interlink”, cuando el acceso a Internet era una quimera y nuestras Macs clamaban por una conectividad que imaginábamos necesaria. Como sucede con todos los foros (aunque un poco menos por razones que también escapan a esta nota), todo el mundo decía boludeces en Interlink. Salvo Piscitelli (que puede decir una boludez y una genialidad absoluta en el espacio de un microsegundo, porque así le funciona el cerebro) y Quintín, que incluso siendo director de El Amante y teniendo, por decirlo de alguna manera, su foro propio con validación social previa, se quedaba hasta las cinco de la mañana contestando un thread particularmente obtuso, porque sí, porque le preocupaba entender, y que los demás entendieran al menos algo de lo que el veía. Otra quimera, pero una que nos hermana.

Entre aquél primer contacto electrónico en 1995 y la milanesa berlinesa del 2004, de algún modo, sin hablar más que esporádicamente (casi siempre larga distancia), Quintín y yo nos habíamos puesto de acuerdo en muchas cosas, algunas de las cuales no tienen nada que ver con el cine. De entre las que sí tienen que ver con el cine, quedaba claro que el fomento de películas portadoras de sentido se hacía cada vez más difícil, y que el stalinismo pelotudo del cual los funcionarios de la ciudad eran ejemplo se podía poner pesado.

En algún momento (no encuentro link ahora), Pablo Sirvén había agitado desde La Nación un debate que podría haber desembocado en algo interesante, acerca de un supuesto “elitismo” del Nuevo Cine Argentino, que como todos sabemos no existe pero todo lo puede. El problema era el de siempre: los argumentos no estaban a la altura del enunciado. No, mentira. El enunciado no estaba a la altura de sí mismo, porque al decir “elitista” Sirvén se descalificaba solo y no te daban ganas siquiera de contestarle. Varios, sin embargo, le contestaron bastante bien. Entre ellos (sorprendentemente) Monteagudo y Sergio Wolf. De ahí se desprendía un nuevo problema, desde mi francamente minoritario punto de vista: todo el mundo pasaba de largo ante la posibilidad de que algo atendible pudiera subyacer en la nota de Sirvén. Y había algo ahí: a la gran mayoría de las películas que se hacen en Argentina (como en gran parte de Europa) no las ve nadie. Las ven cinco tipos. Y en una abrumadora mayoría de los casos, esos cinco tipos estaban equivocados, lo cual se puede comprobar fácilmente hablando con ellos a la salida. Si yo tenía alguna esperanza de que Sirvén pudiera contraatacar después de haber hecho los deberes, ya no la tengo después de leer su nota sobre la destitución de Quintín.

Para responder las impugnaciones escandalizadas de Sirvén habría en realidad que hablar con Pustelnik o López, que son quienes le dictan la nota. Pero no se trata tanto de las acusaciones (absurdas) de corrupción hacia Quintín, que no podría estafar ni al diariero de la esquina, sino de todas las otras: una parva de señalamientos, en la línea que de la manera más consistente viene exponiendo el Gobierno de la Ciudad, que no hacen más que demostrar que López, Telerman y sus amigos (entre quienes ahora se cuenta Sirvén, aparentemente) ni siquiera se dan cuenta de que lo que hacen mal está mal.

Escribe Sirvén:

“Si Julio Márbiz —se escuchó decir con picardía en una de las últimas «privadas» de películas a estrenar— hubiese hecho la mitad de lo que hizo Quintín, lo denunciaban en la Corte de La Haya.”

Y lo bien que hubieran hecho. Es duro, y posiblemente sea injusto, pero las gestiones (acá y en la China) se miden por una ecuación que contempla como principales variables las intenciones y los resultados. En el caso de Quintín, un poco porque él se toma en serio su trabajo y un poco porque sí, porque tuvo suerte, porque la gente que va al cine en Buenos Aires tenía ganas de ver otras cosas, las intenciones estaban bien y los resultados fueron de la mano a tal punto que (estoy seguro que sin querer) la incapacidad de atarse los zapatos de los funcionarios Ibarristas quedó repentinamente a la vista. Lo irónico de todo esto es que podrían haberse hecho los boludos —podrían haberse arrogado el triunfo del Bafici (que en términos industriales no quería decir mucho, pero era sin duda el único éxito señalable en el área de Cultura) y haber seguido sacándose fotos en el hall del cine como si tuvieran la más mínima idea de lo que se proyectaba adentro. Pero no lo aguantan, eh. Es más fuerte que ellos.

Ni yo ni ningún otro de quienes contemplamos asombrados (no somos pocos) la virulencia de estas maniobras deberíamos tener tiempo para contestar en detalle las indignidades de Sirvén. Entre sus impugnaciones a Quintín están las de ser matemático (shame!) o fundar la única revista argentina con cierta entidad desde la aparición de Punto de Vista, con dinero del papá de Flavia. Dicho de otro modo: una revista como El Amante jamás podría haber existido sin el esfuerzo material de dos o tres tipos que creían en lo que hacían. Flor de acusación.

Pero así es como razona esta gente, y es lógico que así sea —sólo estaría mal si pasara desapercibido. Así como el vicealgo del INCAA le contestó punto por punto a Sarlo, en Página 12, una pregunta que ella no había hecho, seguirán apareciendo funcionarios acusando a individuos de ser tales. “Usted es una persona.” “Usted estudió.” “Yo a usted no le entiendo lo que dice.” Given time, o quedan en evidencia o se abre la tierra y nos traga a todos.


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