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El anacronismo

1 09 2012 - 12:04

En los últimos días de 2001, un fantasma recorría las bocas de los manifestantes, expresándose al grito de “que se vayan todos”. Era infinitamente elástico, como todo ectoplasma, y lograba expresar en su canto ideas no sólo disímiles sino también antagónicas. La izquierda radicalizada veía en “que se vayan todos” el grito del cambio definitivo de un sistema político por otro. Los ciudadanos más simples, para quienes la política se reduce a las declaraciones de tal o cual ministro, veían el desplazamiento de quienes, catártica y tranquilizadoramente, sindicaba como culpables personales de la debacle. El fantasma se sentía muy contento: hacía de esa falsa identificación entre deseos disímiles el campo para el caos y para que el grito terminase en un “que venga alguno”.

El fantasma, finalmente, también se llamaba Peronismo, ese elemento que parece imprescindible a nuestra vida moderna, sin el cual no concebimos un gobierno. Y Duhalde, que ya había parido a Menem (!), parió a Kirchner (!!), demostrando que se puede tropezar más de dos veces con la misma piedra. Démosle algún mérito a Duhalde: estabilizó al Titanic, puso a Lavagna a eliminar cuasi-monedas y reparar el daño demagógico causado por Rodríguez Saá, e hizo algo impensable: cuando asesinaron a Kosteki y Santillán, contra cualquier tipo de pronóstico, dio un paso al costado y cedió la presidencia. El malo Duhalde, el asesino Duhalde, el “gorila” Duhalde es el único político peronista que, habiendo podido soslayar un crimen para perpetuarse en el poder, no lo hizo. La clase media, agradecida ante la estabilidad del 3 a 1, se lo hubiera permitido. El villano Duhalde tuvo el único gesto de grandeza de un político argentino desde 1989.

Néstor. Néstor había gobernado Santa Cruz como un menemista más. En 1995, como senador, fue uno de los firmantes de las exenciones impositivas (un regalazo impensable salvo en dictaduras) a las petroleras, e incluso formó después en su provincia una sociedad del estado (Formicruz) que provee servicios y explota algunas minas importantes para ranfañar parte de las regalías para la provincia. Nadie dudó durante el menemato —más allá de que Cristina, como senadora, fuera una opositora importante al entonces presidente—, que era parte de la corte. En la Patagonia, todos sabían de su ambición y de su manejo del poder. No era diferente de Insfrán hoy, por ejemplo.

Tras ser ungido por Duhalde, Kirchner llegó al Gobierno perdiendo unas elecciones que había ganado el antes amigo después enemigo ahora amigo Carlos Menem. Y entonces toda la oposición a Menem, incluyendo los entonces referentes de mayor peso (Elisa Carrió y Ricardo López Murphy), explicaron que era mejor votar a Néstor. En aquel momento se consideraba que cualquiera que no tuviera un poder absoluto podía ser controlado por el resto de los poderes (formales e informales) que actuaban en la sociedad. Por lo demás, la propia “sociedad” había vuelto a cortarse: ya nunca más “piquete y cacerola / la lucha es una sola”, algo que solo creyeron los progres voluntaristas de siempre que repiten slogans como si fueran fórmulas mágicas.

Kirchner comprendió que su victoria era, en cierto sentido, pírrica. Comprendió también que no podía solo con un país que comenzaba a crecer nuevamente. Se rodeó de personas que tenían ideales, sin dejar de lado a sus socios comerciales. Así, Rafael Bielsa, por ejemplo, se sintió atraído porque el tipo le decía que iba a acabar con la corrupción estructural. Que el que afanara, se iba. Que había que unir voluntades para cambiar la política. No fue el único: Alberto Fernández fue otro. Y Roberto Lavagna (el único semi-héroe de toda esta época), otro. Todos esperaban un cambio, pero no todos esperaban el mismo cambio. El que esperaba Bielsa era ético: que no hubiera más chorros. Algo parecido esperaba Fernández, incluyendo el hecho de acabar con el menemismo residual y los barones del Conurbano (por lo menos en parte); Lavagna, todos coinciden, creía que era la hora y la oportunidad de acabar de una buena vez con la política clientelar.

La respuesta de Néstor a estos asuntos fue bajar el cuadro. Eso: conseguir de la clase media joven medianamente ilustrada la base de sustentación necesaria. Jamás había sido un gran luchador por los derechos humanos y a esta altura no es necesario demostrar que se hizo rico gracias a la dictadura. Si alguna vez habló de desaparecidos y luchadores en la campaña electoral del ’83 —como lo intenta demostrar un video que anda dando vueltas en Internet— era solamente porque su edad y la época imponían tal discurso. Tuvo compañeros muertos y le desaparecieron amigos, pero el asunto no le tocó de modo diferente que a la enorme mayoría de los argentinos, que trataban de vivir como se podía ante esa otra gran peste que comenzó a asolar el país en los setenta: la inflación y la destrucción del aparato industrial. Hoy es fácil pedir valentía y denuncias y heroísmo a quienes laburaban todos los días y ni simpatizaban con los militares ni con una banda de asesinos y matones que, en nombre de vaya uno a saber qué futuro venturoso, no cejaban en mandar a la muerte a cientos de personas, en asesinar solo para subrayar un punto. La mayoría tuvo también otras urgencias: comer, por ejemplo.

Pero ahí está Néstor bajando el cuadro y adoptando a algunas organizaciones sociales y de DDHH. Ahí estaban, finalmente abrazadas con un presidente, Hebe y Carlotto y D’Elía y Pérsico. Aún no eran visibles del todo los Boudou, Miceli, De Vido —De Vido estaba, ¿pero quién lo veía?— y muchos compraron el paquete. Las causas pueden ser muchas: culpa por haberse callado durante el menemismo, necesidad de volver a la adolescencia para quienes vieron trunca su primaver(it)a alfonsinista, sobre todo la necesidad de creer que, esta vez sí, alguien iba a hacer lo que había que hacer. Se suponía que había que bajar el cuadro, y ese alguien que lo bajó quizás podía también arreglar muchas otras cosas.

Lo que hizo fue negocios, mientras posaba de líder campechano y un algo chambón, de pícaro juvenil con predilección por los jóvenes. A veces parecía —y Cristina a veces también lo parece ahora— uno de esos cincuentones en situación de viejazo, aunque en su caso, en lugar de irse a tomar algo y levantarse a una pendeja, se traía a Charly García a la Casa Rosada. Ché, pero qué bueno. Mientras, por debajo, Skanska y Jaime. Y Carrió diciendo que De Vido era un delincuente. Y los trenes del Sarmiento haciéndose pedazos, pero (sic Néstor Carlos) “estamos saliendo del Infierno”, así que qué vamos a hacer, mientras esperamos a que finalmente todo mejore, por lo menos bajemos el cuadro.

Todo hasta aquí es más o menos conocido. No sólo eso: también, además de “más o menos conocido”, tiene una entrelínea interesante. ¿Se dieron cuenta de que entendieron todas las idas y vueltas? En caso de que Néstor realmente haya sido un ángel con seis alas en cada omóplato, algo que a todas luces no fue (fue un chorro, ni más ni menos; un vivillo, un paranoico y un desbocado), el problema es que no hay que explicar absolutamente ninguno de los mecanismos por los cuales se fue creando este seudo poder que es el kirchnerismo (“seudo” porque, sin líder, se atomizaría de modo violento rápidamente: de allí la obsesión por la reforma constitucional y la perpetuación en el trono). Y no hay que explicar nada porque lo que el kirchnerismo hizo no fue iniciar “la nueva política” sino restaurar la política que todos conocemos, enterrar para siempre la idea de que era posible pensar, siquiera, un “que se vayan todos”.

La lista de los funcionarios de la Alianza (una de las experiencias políticas más retrógradas e imposibles de nuestra historia reciente) reciclados como cristinonestorianos es extensa: Abal Medina, Diana Conti, Nilda Garré, Abel Fatala y siguen firmas. Los que deberían mantener aún hoy escondida la cabeza bajo varias toneladas de arena, están en el gobierno. (Por lo menos la tenista siempre en ciernes Graciela Fernández Meijide tuvo la dignidad de hablar de los errores y abandonar la acción directa.) Chacho hoy es un kirchnerista más. Se acomoda al salario y el eslógan de turno; más allá de su ideología —nadie duda del estalinismo de Conti; sólo ocurre que ahora su pensamiento coincide con el gobierno— siempre habrán cumplido órdenes. Pero no es ésta la prueba central de que el kirchnerismo es un paso atrás en la política.

La prueba de fuego es La Cámpora. La Cámpora tiene como nombre el de uno de los políticos argentinos más inútiles y chupamedias desde 1948 —cuando asumió la presidencia de la Cámara de Diputados— hasta la fecha. El Tío, como lo llamaba la juventud ex-maravillosa, ni siquiera quería sacar a los presos aquel 25 de Mayo; las orgas se lo impusieron. Tampoco pudo controlar nada, y de no ser por Gelbard la economía habría sangrado antes de tiempo (igual no tardó mucho, queda claro: cuando nació Lopecito, nació Celestino Rodrigo).

Héctor J. Cámpora era la nada misma, un político patinado con los discursos á la mode de izquierdismo popular de mercado y remeras del Che. Las apelaciones a la liberación a las que son afectos quienes en aquellos años no eran ni el sueño de sus abuelos ya eran anacrónicas en el mundo de 1973. ¿Alguien vio Morir a los 30 años, de Romain Goupil? ¿Alguien vio La Chinoise? El mundo se encaminaba a Star Wars primero y al Disco después. En fin, quién podía saberlo en un país donde el blues era la última novedad y recién aparecían los hippies años después de que en el resto del Universo la gente susurrara en voz baja “Altamont”.

Si estos anacronismos desordenados (y sin articulación real en una política que no fuese el puro ejercicio de la voluntad maximalista) fueran todo lo que implica La Cámpora, no tendríamos demasiados problemas. Se los obtura con Twitter y se acabó el problema. (Disgresión: ¿vieron cómo cuesta mantener el aparato de cibermilitantes rentados? Lo peor es que el costo es enorme y el beneficio, en un lugar donde reinan la libre expresión y la democracia directa como la web, nulo: en seguida te sacan la ficha y fuiste). Mucho más jodido es que militen en las escuelas.

No me parece un problema que hablen de El Eternauta. Como si lo hubieran leído, como si pudieran ver de una historieta o una película más que su utilidad o aplicación, como si tuvieran imaginación e inteligencia para comprender lo que sucede en El Eternauta II, cuando Juan Salvo provoca la muerte de Susana y Martita porque es mejor que mueran algunos combatientes para salvar a la masa, como lo hizo el propio Oesterheld, otro personaje trágico y aberrante de nuestra historia. Tampoco me parece un problema que le hagan hacer la “V” a pibes de ocho años que ni saben qué están haciendo. O mejor dicho: sí es un problema, pero es menor respecto de otra cosa: hacen vieja política.

La Cámpora hace lo mismo que los punteros conservadores de Barceló y su “una zapatilla ahora, otra después”.

La Cámpora organiza asados de comités para gritar “vivaldotorrrrr” y les explica a los chicos que la política es eso: que una gente angelical que sabe lo que es bueno para vos te pinte una escuela y vos digas “chas gracias” y votes a la Líder.

El gran problema de La Cámpora es que su existencia es la prueba de que aquel “que se vayan todos” era en realidad un “hagan como antes, pero ya”. No sólo han vuelto al pasado con sus discursos y sus menciones a una heroicidad inexistente entre asesinos consumados, sino que han vuelto a establecer el modus operandi de los viejos partidos oligárquicos. Porque (claro) pertenecen a una oligarquía.

La Cámpora es la prueba no del fracaso sino del triunfo auténtico de Carlos Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, cuyo objetivo era NO renovar la política —lo que habría implicado cambios no sólo en los nombres sino en sistemas y en educación; y también diálogo, conformación de nuevas estructuras partidarias, nuevas formas de participación democrática, anticuerpos contra la concentración de poder— sino simplemente reconstruir un orden conservador. La Cámpora puede verse como caudillismo puro con tendencia estalinista, pero en última instancia no es más que clientelismo del peor color: el Estado se ausenta para que actúe el Partido; el Partido copa el Estado para que el Estado se ausente.

Tras el desencanto y la expulsión de Lavagna, Néstor decidió comprar el Conurbano. Hoy, salvo para los fanáticos convencidos, Carta Abierta es apenas un chiste cruel que produce textos sin cohesión gramatical. La política no cambió, el regreso setentista es “funcional” (otro término que es signo de los tiempos) al regreso del orden conservador. Para reconstruir el conservadurismo barceloniano, se apoyaron en una serie de enajenados que aún creen que los Estados Unidos son un enemigo ideológico, que ignoran las transformaciones tecnológicas, que no comprendieron que la calle ya no es un espacio político (en general: desgraciadamente; en este caso particular: por suerte) y que ya es imposible utilizar categorías como “derecha” e “izquierda” cuando China es capitalismo de Estado y Brasil una potencia mundial.

El mal del anacronismo, que es motor de La Cámpora (pero también de la Tupac Amaru, de Kolina, del Movimiento Evita) tiene un gran demonio escondido: que al ser imposible volver el tiempo atrás para que los postulados de estos militantes concuerden con el contexto, sólo se puede amoldar la realidad a pura violencia. Por ahora esta ambición de forzar la realidad se expresa más que nada en la repetición chamánica de palabras y fórmulas, que intentan sustituirla por otra cosa (sí, eso fue la URSS entre 1922 y 1986), que la disfrazan. Pero creo que cuando las palabras no alcancen y los líderes de estos movimientos anacrónicos quieran mantener su lugar en la sociedad (o sus privilegios, sobre todo sus privilegios de casta oligárquica), no dudarán en usar la violencia física y el crimen. La enajenación de un gobierno que quiso ser el orden conservador antiguo puede volver a abrir, paradójicamente, la jaula de la falsa violencia revolucionaria. Pero esta vez no será para salvar al “hombre nuevo” sino las piletas de natación del viejo.

No por nada —y proporcionalmente— lo más grande que construyó el kirchnerismo ha sido el mausoleo a su primer líder.


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