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¡Dios!

11 10 2012 - 17:53

Trato de entender el progrismo. Expresamente no escribo “progresismo” porque considero que puede ser válido apostar a una especie de “progreso”. De hecho, todos quienes creemos en una democracia republicana donde el pueblo no tenga que temer al Estado somos progresistas: sería un progreso social para nosotros. Todos los que creemos en la igualdad de oportunidades y una vida mejor para cada ciudadano, y en que los derechos no sean para privilegiados; todos quienes creemos que el Estado tiene sólo obligaciones, somos progresistas. En términos más precisos, quienes estamos a favor del aborto libre y gratuito, de la movilidad social ascendente, en contra de la pena de muerte, a favor de una auténtica redistribución de la riqueza, a favor de una educación laica de calidad y una mayor inversión del Estado en mejorarla; en la libertad de culto, de opinión y de prensa; en hacer con lo que ganamos legítimamente lo que querramos mientras no violemos los derechos de otro, somos progresistas. El “progre” es otra cosa: es quien en el fondo no quiere un progreso de la sociedad; simpatiza con algunas causas para lavar su moral, para mostrarse a los ojos de los demás como una persona no “justa” sino “buena”. El progre, por lo general, es conservador, burgués, incluso reaccionario. Abraza esas causas sin importar las consecuencias de las políticas escondidas detrás de los slógans: son el estadio superior del marxista de sobaco. Por eso son progres y no progresistas: son la mitad de algo que no serán nunca.

Pero trato de entenderlos, porque comprender cómo funciona el progrismo es también una forma de tratar con él, de convivir con él. Aunque el progre no quiere necesariamente convivir más que con aquellos que portan los mismos slógans. Hoy, por ejemplo, un progre odia moralmente a Macri: Macri es el mal absoluto. Y quienes están —aparentemente— contra el kirchnerismo dentro del campo “progre” prefieren a Amado Boudou antes que a alguien que dice ser del PRO, cuando se ha comprobado que Boudou es mucho más nocivo para el progresismo que Macri. Macri puede vetar la ley de aborto (en realidad es algo mucho más complejo lo que sucedió), y está en su derecho aunque no estemos de acuerdo. Los ciudadanos podemos discutirle eso y actuar, de modo republicano, contra esa decisión. Pero no podemos evitar que Boudou se enriquezca comprando y luego cediendo bajo expropiación de modo espurio la imprenta Ciccone. Pero Boudou abraza a Estela de Carlotto, entonces es bueno. La relación entre “bueno y malo” y política va por otros carriles: es bueno aquel político que hace aquello que permite progresar a los ciudadanos; malo aquel que se lo impide. ¿Entonces?

Aclaremos: Boudou y Macri funcionan aquí como ejemplos. Lo que quiero es saber qué hay detrás del progrismo. Y creo que lo mejor es analizar su himno. Creo que su himno es “Sólo le pido a Dios”, un tema compuesto por León Gieco en 1982 y tocado en el festival de solidaridad por Malvinas, un hecho vergonzoso y sucio del que nadie, jamás, pidió perdón. Porque, seamos francos, los progres están a favor de la guerra si es contra quienes consideran moralmente malos. Los progres son, en ese sentido, fanáticos religiosos (“bueno”, “malo”) vergonzantes.

“Solo le pido a Dios” dice lo siguiente:


Sólo le pido a Dios

que el dolor no me sea indiferente,
que la reseca muerta no me encuentre

vacio y solo sin haber hecho lo suficiente.


sólo le pido a Dios

que lo injusto no me sea indiferente,

que no me abofeteen la otra mejilla

despues que una garra me araño esta suerte.


sólo le pido a Dios

que la guerra no me sea indiferente,

es un monstruo grande y pisa fuerte

toda la pobre inocencia de la gente.



sólo le pido a Dios

que el engaño no me sea indifferent

si un traidor puede mas que unos cuantos,

que esos cuantos no lo olviden fácilmente.


sólo le pido a Dios

que el futuro no me sea indiferente,

desahuciado esta el que tiene que marchar

a vivir una cultura diferente.


Empecemos por esto: pedirle a Dios algo por lo que uno debería luchar es lo que siempre los progres terminan criticándole a los cristianos (o a los creyentes en general). Uno se pregunta cuál era el grado de desesperación, de falta de fe en la sociedad, para que un montón de personas crean que eso un buen himno. Resulta un contradictorio que un progre “le pida a Dios” si uno considera al progre como un laico o un marxista. Pero no si pensamos que no es ni una cosa ni la otra.

Dejemos de lado su rima fácil, su construcción torpe, su melodía repetitiva y su baja calidad musical. En 1984, Carlos Abrevaya escribió un gran artículo en Humor que condenaba todos estos elementos y se preguntaba cómo una sociedad pasó de “La marcha de la bronca” a “Sólo le pido a Dios”, de pedir acción y rechazar comportamientos dictatoriales a suplicarle a la divinidad alguna cosa. También “La marcha…” era una canción repetitiva (bueno, era una marcha) y melódicamente pobre. Y también era, como “Solo le pido…” algo compuesto con urgencia, como un grito ante cierto estado de cosas. No está mal eso y el arte popular también es documento de nuestros tiempos. Sin embargo, Abrevaya no analizaba algunos puntos oscurísimos del tema de Gieco que, bien vistos, no dejan de ser preocupantes.

Podemos entender la primera estrofa como una invocación: “que la reseca muerta no me encuentre vacío y solo sin haber hecho lo suficiente”. Podemos preguntarnos “¿Suficiente para qué?”, pero es lo de menos: es una estrofa universal. Pedirle a Dios que nos dé fuerzas para hacer algo (imaginemos “bueno”, imaginemos “por los demás”) sin definir qué sería lo bueno y quiénes serían los demás es algo si se quiere noble.

La segunda estrofa tiene la misma universalidad: “lo injusto”. Para un nazi, es injusto que un judío tenga más dinero que un ario; para un peronista, fue injusta la proscripción a Perón durante 18 años. Lo primero es falaz, lo segundo es cierto. “Lo injusto” es algo tan universal que puede servir para cualquiera. La estrofa, baladí y todo, tiene la vacuidad suficiente como para que cualquiera la adopte y se sienta “del lado de los buenos”. Pero no es un problema, aunque está lo de “que no me abofeteen la otra mejilla después de que una garra me arañó esta suerte”. O sea, no se ensañen conmigo. Pongo la otra mejilla como buen cristiano pero apiádense de lo mal que me va, no peguen. Decir eso cuando la dictadura iba a la aventura malvinera era como decirles que se los apoyaba pero que no abusaran, que ya uno se había dejado abusar. Es raro, por lo menos.

Veamos la cuarta estrofa, el núcleo del problema. “Que el engaño no me sea indiferente; si un traidor puede más que unos cuantos, que esos cuantos no lo olviden fácilmente”. Pues bien: el término “traidor”, mítica y desgraciadamente arraigado en lo peor de la mitología peronista, ha designado siempre a ese enemigo (el peor, el que se da vuelta, el de adentro) al cual no le cabe “ni justicia”. Siempre pensé qué significaba la estrofa, y entiendo que se trata de venganza: no olvidar al traidor que nos ha engañado. No olvidemos que, entre nosotros, anidó ese traidor y que, por lo tanto, puede volver a anidar. No olvidemos que cualquiera de nosotros (unos cuantos) puede ser un traidor. Jamás olvidar. Muchos progres que se dicen defensores de los derechos humanos hacen un culto del torturado que no se “quebró”. Nunca han mostrado piedad por el que sí, el que en una circunstancia tan extrema como el dolor más terrible hace lo que fuere por salvar la vida o al menos detener el tormento. No: el martirologio es el destino más alto para el progre y no se olvida a quien ha “traicionado”. Es raro, porque en primer lugar atenta contra lo que los progresistas entendemos como derechos humanos; y porque en el “quiebre” de una persona bajo tortura lo primero que cede es la voluntad: justamente es lo que buscan los torturadores, que la confesión sea automática, instantánea, fuera de todo deseo. Es posible que haya quienes puedan resistir, pero depende más de la biología que de la convicción ideológica. Eso en principio.

También pasa con otros que no fueron sometidos a tortura. Pienso en Jorge Lanata o Susana Viau. Me consta que ninguno de los dos ha cambiado realmente de posición ideológica. En todo caso, han morigerado algunas ideas mientras siguen manteniendo otras como válidas. Pero no son progres, en todo caso son progresistas. Y no aceptar a un líder por coincidencia de slógans, y revisar si el Estado cumple sus obligaciones más allá de si es de derecha o de izquierda implica una “traición”. Que esos cuantos no los olviden fácilmente, entonces, y los castiguen. Venganza contra el traidor.

No es lo único. También uno puede pensar que el “traidor” es visto siempre como un ser que conscientemente engaña (“el engaño…”), alguien moralmente malo por naturaleza, ontológicamente malvado. Y esa traición sería su costumbre. Aquí entonces el Dios al que se le canta y reza y pide encuentra su Satán: el traidor. Nada más alejado del progresismo, pues, que implica comprender, encauzar y tolerar antes que condenar. O condenar cuando es la última de las alternativas posibles, sin olvidar que somos humanos y, por lo tanto —ya que estamos con Dios y la religión y Satán y la mar en divino coche— pecadores. Es raro, también, porque Dios perdona el pecado. Pero los progres no, porque están —aparentemente— por encima de lo divino. Le piden a Dios, pero en el fondo le exigen que sea ¡Ni más ni menos Dios! Lo que ellos quieren y no lo que es. La negación de lo real, que es central en la publicidad (y, obviamente, en su casi sinónima la propaganda) llega en el progre hasta ese nivel de estulticia.

“Que la guerra no me sea indiferente, es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente” es uno de los versos más canallescos escritos en la Argentina. Por cierto, escrito durante Malvinas, o al menos difundido en paralelo. No pedía que no hubiera guerra: pedía que no la olvidáramos. No pedía que frenase porque es un asesinato masivo y sin sentido, sino porque terminaba con la “pobre inocencia” de la gente. Decir “pobre inocencia de la gente”, nuevamente, es colocarse en el pedestal de subestimar a la gente (bueno, si se le ordena a Dios…) y de paso, implica colocar la “inocencia” (“pobre”, ironía involuntaria) como valor supremo. La gente debería ser, ni más ni menos, para León Gieco, el buen salvaje. Él sabe más, de hecho sabe más que Dios, así que seguro sabe que debemos conservar la inocencia. Y no ser indiferentes a la guerra, no olvidarla, porque es lo que acaba con la posibilidad de que “la gente” mantenga su “pobre inocencia” que nos permite encauzarla hacia el progre(so) venturoso.

Este es el himno progre: el canto repetitivo de pedido u orden a un ser cuya existencia es improbable, para que ponga orden en el mundo, para que castigue al traidor, para que mantenga a la gente en su pobre inocencia, y para que (“desgraciado está el que tiene que marchar…”, etcétera) se afirme a la Patria como valor supremo, porque vivir en otra cultura es una desgracia. Sí, lo es si te obligan, claro. Pero no habla de desarraigo, ni exactamente de exilio: se le pide a Dios que ordene la Patria para no tener que irnos. Dios, Patria, Hogar, los tres valores progres que los progres, y solo ellos, saben lo que valen y para quienes. Pero, si Dios existe, parece que no les hace caso.


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