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Un día a la vez

19 10 2012 - 18:57

Martes. Estaba en el 7 y un tipo me sometió a su vida privada a las tres de la tarde, sin derecho y sin razón. No sabés las cosas que te haría, le gritaba a una mina que también gritaba mucho, porque era sorda o porque le cabía el grito. Qué puta, pensé, tres de la tarde y le está haciendo el sexo telefónico en transporte público al impúdico este. Crucé las piernas y me toqué los pantalones nuevos para confirmar que yo era yo. El libidinoso se reía y escupía todo el vidrio, rocío para pobres. La conversación seguía por los carriles de la calentura de los honestos: que te digo lo que te hago pero no te digo, que te cuento más tarde a la noche si me decís que nos vemos, que las calzas que te pusiste el otro día me volvieron loco, que toca Bandy2, que dale vamos a vernos y ponete las calcitas rojas que te marcan la colo como una cereza. Así hasta que llegamos a Once y yo pensé listo acá se baja, pero no, la suerte es algo que me fue negado de nacimiento y seguimos en este trío infame rumbo a ya no sabía dónde. Se me aceleró el pulso y acepté que estaba por hacer una locura. No pensé ni medí condiciones de fuerza: le agarré el teléfono ese que quiere ser iPhone pero es Tierra del Fuego y le grité a la dientuda (me la imagine dientuda a la mina que se yo): habla de coger, que te quiere coger sin forro, sin forro para cagarte la vida. Le devolví el teléfono, toqué el timbre, me bajé y me di cuenta de que  —garrón, una más— estaba en Callao. Tengo que afinar la puntería.

Jueves hace mucho: Está de moda ir a jugar el ping pong al bar-billar-despacho San Bernardo. El pibe que laburaba en la librería La Internacional Argentina y me quería afanar con un libro de Sara Gallardo me invitó a jugar al ping pong ahí nomás, a unas cuadras sobre Corrientes. No tengo paleta, le dije, la gente no anda con una paleta todos los días. No hace falta, te dan ahí, me dijo agitando los brazos como queriendo volar. No sé jugar al ping pong, contesté ya incómoda y cuando alguien me incomoda ya no me mido. No, insistió, pero se re pone no sabes lo que es, un descontrol bárbaro en el baño hacen cualquiera. Tomé impulso y le pregunté qué era hacer cualquiera en el baño. Me contestó, con nerviosismo fingido: van poetas  y tomas merca. Ah, mirá, le dije, qué interesante. Agarré un libro que había en la mesa y le pregunté, señalando al autor: ¿este va? Sí, me dijo, ese re-va no falta. ¿Toma merca también? le pregunté. Se volvió a reir con el nerviosismo fingido que me ponía a mí cada vez un poquito más nerviosa de verdad. Venite y lo comprobás, me dijo, apostando a la carta del misterio. Abrí el libro, leí un poema y le dije: escuchame una cosa, ¿este tipo escribe así porque toma merca y se le quemo la bocha o no toma nada y es así naturalmente? No seas mala, che, qué mala sos, dale venite, hacete amiga, ¿no querés ser mi amiga? Me quedé pensando qué amigo que quiere ser tu más amigo intenta afanarte con un libro que saldado salía $15 mangos y disfrazado de inconseguible $100.

Sábado. Terminé en el San Bernardo luego de un largo periplo para conseguir un plato de ñoquis. Primero fuimos a una cantina y me dijeron que tenía para una hora. No terminaron de decir una hora que yo ya estaba a dos cuadras. Crucé Scalabrini y encaré para los outlets hasta que encontré esa esquina con la bandera de argentina y las fotos de boxeadores en las paredes. Qué quiere la señorita, me preguntó un muchacho con remera de Atlanta. La señorita quiere mesa para tres y comer ñoquis. Me sentaron enseguida y esa noche casi ni hablé. Voy al baño, le dije a dos personas que estaban en otra. Me encerré en ese subsuelo que parece sacado de alguna novela de Dickens. Me senté en el último escalón y comprobé que todo estaba congelado, que podía apoyar la frente contra la pared de cal helada y dejar las piernas contra el cemento alisado y sentir frío, la sensación que más seguridad me da en la vida. Me miré en el espejo y empecé a contar la cantidad de cosas que quiero arreglar. Me puse triste pero le di pelea, se me pasó, me metí en el baño, entró una madre con el hijo varón, me puse mal como me pongo siempre que veo que al matriarcado insistir con el error, apuré el trámite y me fui. Pagamos, nos fuimos al San Bernardo porque a Martín le queda cerca de su casa. Pedí un cortado y me senté en la barra, los chicos que no me daban bola se pusieron a hablar de un cabaret que parecía una película nacional en el barrio de Flores. Me preguntaron qué opinaba de un cabaret en Flores y les dije que opinaba lo mismo que opino del cine nacional. Qué tiene que ver, me contestaron riéndose.

Después de ganar 3 partidos de pool y perder dos —uno de ellos, quiero aclarar, robado— me fui a sentar contra la ventana. Como la ventana estaba ocupada me paré en la puerta y ahí lo vi a Roberto sosteniendose contra la columna del edificio vecino. Estaba comiendo unos mogul, me ofreció uno y le dije sólo si puedo excavar hasta el verde. Se rió con tres dientes y me pidió que le recordara mi nombre. Para mi sorpresa hizo un chiste con el caballo de Troya. Le pregunté que tenía hoy en la bolsa y me contestó: 4 biromes por $5. Nada, le dije, hay que subir el precio Roberto. Me contestó que no, que es toda gente de trabajo la que va ahí, que les cuesta mucho todo. Giré y a mis espaldas tres pibas cortadas con la misma tijera, disfrazadas de pobre, con los sneakers que me obligaron a usar todo el primario como calzado reglamentario de colegio católico, dos con nariz de aguila y otra con un botón en el medio de la cara, rompiéndole la cabeza al encargado para que les dejara poner música. Más atrás en una mesa unos pibes se ponían carteles en la frente, que contra toda lógica no decían la verdad, decían todas mentiras: pintor, diseñador en Lanvain, chica Truffaut. Del fondo venían unos gritos y en el medio de todo eso una chica leía 1984 y puede ser que este exagerando, puede ser que haya tenido un mal día, pero me parece que sólo un sociópata se pone a leer a mitad de camino entre la cumbiamba y Roberto con su bolsa de consorcio. Tomé aire, hice las cinco respiraciones que no sirven para nada, sólo para retrasar un poco lo que está por venir y le dije a Roberto: mire, para mí usted les tiene que cobrar $20 pesos cada birome y si le dicen epa Roberto se pasó de rosca usted les dice cuando ustedes se vayan yo voy a seguir acá, cuando ustedes se cansen yo voy a seguir cansado acá, cuando ustedes se aburran yo voy a seguir haciendo mi vida acá y cuando yo me muera seguro me voy a morir acá en alguna de estas mesas y a todos ustedes se les va a desfigurar la cara, aún más mucho más, cuando noten la mano en el pecho, los pasos que no van a ser dados, la frente perlada del último sudor, el miedo, las lágrimas por lo inevitable, el sonido del SAME que viene, angel vengador de estos tiempos. Cuando yo me muera seguro me muero acá o, peor, me caigo antes de llegar a la esquina en la antesala de la salida del camión de los bomberos, antes de llegar a una sinagoga a santificar mi última estadía en la tierra, sin ninguna demostración de cariño que habilite mi traspaso a la otra realidad, a la segunda chance, a la revancha por una vida mejor y con todos los molares. Cuando yo me muera no quiero escuchar esta música, quiero el sonido de algo mío, no quiero estar entre desconocidos, no me quiero ir con miedo entre caras de terror, quiero tomar la mano de una mujer joven que me mienta que es mi hija. Cuando yo me muera, cuando finalmente se termine, cuando en ese momento único admita que ya no hay más nada, que no voy a volver, no quiero estar entre gente que no percibe los pequeños detalles perdida en la vinculación estéril de los espacios del capital de lo que conocimos como arte. Nos miramos con Roberto, nos miramos fijo. Vendiste algo Roberto, le pregunté. No, me dijo. Necesito vivir bajo nuevas leyes, pensé, necesito inventar un nuevo mundo.

Dos días después. Lunes con la lluvia. Me abrieron una ventana de chat color verde que identifico con el nacimiento del nuevo día; las luces amarillas las identifico con la fuga en la noche. Hablamos de un par de cosas y yo pensé en decirle que había averiguado mi ascendente en Cáncer pero era mentira, ni recuerdo la hora de mi nacimiento. Igual quería mentir con algún signo terrible, más terrible que Cáncer, decir y de lejos me vigila Escorpio, haciéndome la interesante, pero la verdad es que no me sale. Me pone más nerviosa la perspectiva de un amigo nuevo que la de un novio nuevo, porque el amigo se va a quedar y el novio se va a ir, entonces para mi no es cualquier cosa, es un momento crucial. Escribí, borré, volví a escribir pero no íbamos a ningún lado. Siempre que conozco a un varón se me aparecen una serie de palabras y la peor, la más terrible, es la palabra hermano. No, miento, la peor, la más terrible es la combinación de hermano con mayor, hermano mayor. Aflojá, pensé, es más fácil, no mientas más, no confundas a la gente. Le pegué la foto de una llama y automáticamente pensé que tenía todos los galardones para ser una boba. Estoy llegando tarde a muchas cosas pero estoy llegando, estoy llegando. Inventé una pelea para discutir y que él abandonara rápido pero me discutió no una vez, me discutió dos veces y despues dijo que ya estaba, que no discutiéramos más. Escribí una cosa horrenda: te tengo aprecio, y no pude borrar, no me pude cortar la mano antes. La ventanita se quedo titilando y mientras caía la noche pensaba que no migre al amarillo, a lo mejor podemos arreglar la cosas. Me fuí a la cocina, puse la pava, hice el tercer mate del día y cuando volví me senté, tomé aire y dije sin miedo: mire la ventanita. Escrito apareció un poco ya te quiero, si es que se puede. Mi color volvió a verde y le dije: lo tengo que pensar. Es mentira, no tengo que pensar nadar, pero dilatar los tiempos de la amistad es preservar los tiempos del amor, tener paciencia y sembrar de expectativas lo que yo considero la aventura de conocer a alguien, sin la presión del sexo, sin el arrebato del gusto, sin la violencia de los juramentos en la eternidad. Ya pensaste, me escribieron. Suspiré, apague todo y dije, un día a la vez, vamos de un día a la vez.


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