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Nadanauta

31 10 2012 - 00:28

Estoy seguro de que el endiosamiento de El Eternauta proviene de una poco razonada conjunción de causas. Entre ellas —no menor— la de entronizar como “novela” lo que no es más que una historieta bien dibujada y bien guionada pero mal coordinada. Es cierto: tiene demasiado texto y demasiada poca acción para ser una historieta. Y el gran problema estético no es que haya mucho texto sino que éste, en la mayoría de los casos, suple a la gráfica. Sin embargo, no carece de virtudes: lo que más hay que agradecerle a Oesterheld es que los personajes parecen existir y que inventa peripecias increíbles. Personalmente, prefiero Sargento Kirk, Ticonderoga o Bull Rockett, que considero mejores como historietas. No así Mort Cinder, donde la pretensión literaria de Oesterheld y la pretensión plástica de Breccia logran el milagro de una tira hermosa de ver pero difícil de leer (salvo algunos episodios, como los dos de la penitenciaría). El Eternauta —y en esto espero que no se lea algo ideológico, eso viene después— siempre vi una buena novela de ciencia ficción a medio camino de su adaptación cinematográfica.

Otra de las causas del endiosamiento de El Eternauta, justamente, es un corolario: no ser considerada una “historieta” sino parte de la “literatura”. Se sabe que en las artes hay una especie de jerarquía: la historieta es menor que el cine que es menor que la literatura. Sigue siendo así, y basta ver Palmas de Oro (que han vuelto a la qualité) y premios de “bande desinée” últimos para percibirlo. No por nada, Clarín incluyó El Eternauta en su colección de grandes obras literarias argentinas, entre las que —no podía faltar— figura la Antología Personal de Borges. Por cierto, Clarín debe haber sido, en el último decenio, el grupo editorial que mayor cantidad de veces reimprimió las tiras: también lo hizo en su colección de Historietas, primera serie, tomo cinco.

Un pequeño desvío: el gobierno cristinista tuvo buena puntería a la hora de transformar al Grupo en el enemigo. A la mayoría de la gente le importa(ba) un pito. Y hay en el medio periodístico mucho resentimiento por las malandanzas y el maltrato que Clarín ha dado a sus empleados, por su ilógica y caótica política de méritos y deméritos, por su trivialización constante de noticias y campos. La “cultura según Clarín” es un puñado de nombres que incluye a Julio Bocca, Oesterheld, Mercedes Sosa, Borges, Quino, Fito Páez, probablemente hoy Martha Argerich (ciertamente no hace una década) o cualquier joven argentino que triunfe en el exterior incluso si no es tan joven y mejor si es en Grandes Disciplinas del Arte (Baremboim y Lavandera, teléfono). Incluso en una época figuró Andahazi y quizás se esté esperando que Muscari gane una beca Guggenheim o haga una régie en París o Nueva York para darle cartas de nobleza. Que hoy Páez sea maltratado es lo de menos, porque si se leen con atención las notas respecto del rosarino, parecen decir “uy, Fito, qué te pasa, volvé del lado de los buenos, de los lavados, de aquellos a los que pudimos extirparle toda ideología y conflicto y son exitosos y vendedores”. Sospecho que el maltrato que el ex suplemento de espectáculos dejaba traslucir respecto del universo Tinelli tiene que ver con la prepotencia del bolivariano (de Bolívar, claro) tanto como hasta dónde desentona con el progrismo que inunda la redacción de El Gran Diario Etcétera. Porque Clarín, amigos, siempre fue un diario progrista. Enjuagado por los clasificados y deportes, claro, pero progrista al fin.

Volvamos a El Eternauta, que como se ve forma parte del canon Clarín casi por naturaleza. El Nestornauta no está forjado alrededor de la reversión creada por Breccia para Gente en 1969 sino del dibujo clásico de Solano López de fines de los cincuenta. Esto es importante, porque la versión políticamente explícita, la que habla de los países centrales “cediendo” el Tercer Mundo a los invasores es la del 69, no la original. Es difícil conseguir esa versión, aunque en los 80, gracias al movimiento que impulsó la revista Fierro, se había vuelto a publicar. Difícilmente los militontos de hoy la hayan leído.

También es importante señalar que hay pocas ediciones de El Eternauta II, y la única completa (oia) es la de la colección Clarín de historietas, de 2007, cuando Néstor era amigo del Grupo y aún a nadie —a nadie— se le ocurría pegar la imagen de ese empresario campechano y seudo progre a la de Juan Salvo en traje de goma. El Eternauta II es una alegoría —no una metáfora— de la guerrilla revolucionaria. Hacia el final, Juan Salvo permite la muerte de su mujer y su hija, Elena y Martita, en pos de un “futuro mejor”, e incluso se alía con uno de los “Ellos”. Juan Salvo es, en esa historieta, duro, dogmático, ostensiblemente no humano. Y si bien es mucho mejor como relato gráfico que la primera —realmente hay acción y aventuras— no deja de ser una especie de manual de la militancia revolucionaria. Sería lo de menos, claro. Solano López dudó siempre de que los últimos episodios, donde se narra la masacre de los militantes/resistentes, Elena y Martita incluidas, hayan sido escritos por Oesterheld. Conocida la historia familiar del personaje, no se me hacen inverosímiles esos episodios donde el autor abandona la humanidad de sus criaturas (la sutil tridimensionalidad de sus personajes era quizás su mejor rasgo) por un panfleto a tiro limpio que nada tiene que envidiarle al (mal) cine americano que aquellos militontos criticaban. Finalmente no hay héroe colectivo sino un iluminado que convence a los demás —incluso a quienes más ama— a dar la vida por el futuro.

En cambio, El Eternauta original es otra cosa. Con aires de la novela de ciencia ficción americana clásica, con desbordes que parecen provenir del protofascista Heinlein o el cientificista Asimov (toda la secuencia del “mano” alabando una tetera parece una parodia involuntaria del autor de Yo, Robot), su originalidad se basaba primero en el escenario: la invasión extraterrestre ocurría en Buenos Aires y podíamos reconocer el ambiente. Que está, sobre todo en los primeros episodios, bastante subrayado, con el nombre de Frondizi borroneado en alguna pared. El héroe de El Eternauta es un héroe colectivo, aunque el personaje central sea Juan Salvo y sigamos sus esfuerzos. Pero no es un héroe colectivo especial, sino uno más, más cercano a Hawks que a Firmenich (que si en realidad creyó en el “héroe colectivo” alguna vez, fue por creer que los términos “héroe”, “mártir”, “víctima propiciatoria” y “perejil” eran lo mismo), el grupo heterogéneo que coordina individualidades para solucionar un problema que atañe a todos, no el grupo de personas que piensa lo mismo sin discusión en pos de un “modelo de sociedad” único y estable.

Sin embargo, hay sutilezas. El Eternauta habla bien y hasta muy bien de los militares cuando ejercen una tarea que les es propia: los soldados de esta tira son muy parecidos a los que combatían monstruos en películas como The Beast of 20.000 Fathoms, por ejemplo. Se ríe bastante del escriba, del tipo que registra las cosas “para la posteridad”, del periodista, del que cree que es un momento histórico, al que transforma en un comic relief tratado con pena, una molestia (de hecho lo bautiza “Mosca”). Coloca en el primer lugar de la vanguardia al obrero (Franco) que, salvo porque tiene alguna habilidad, bien podría ser el descartado en primera instancia (no puedo menos que recordar el “batallón negro” de la película de South Park en esta distribución de roles). Salvo es el burgués de clase media, aficionado a la ciencia como un hobbista; Favalli es el maestro de la tecnocracia, finalmente el tipo que más o menos sabe qué corno hacer. A Salvo no lo impulsa la necesidad de salvar el mundo o la patria, sino la de la pura supervivencia, primero, y el amor por su familia, después. En las últimas páginas, ante la derrota inevitable, cuando Franco, Favalli, Mosca y los demás han sucumbido y han sido transformados en robots, Salvo escapa con su familia. Y por accidente, la pierde entre las dimensiones y los tiempos, hasta volver, cerrando en círculos la historia, a relatarle el cuento a Oesterheld y luego, ya sin memoria, a su casa, dos años antes de la invasión.

Quedémonos con esto: Salvo escapa.

Salvo, Juan Salvo, El Eternauta, comprende que a veces es inútil luchar contra lo imposible y que lo que cuenta es salvar lo que se puede, rescatar a los seres queridos que aún pueden ser ellos mismos. El Eternauta, la historieta, no es la historia de un héroe, sino la historia de un hombre que trata de sobrevivir en circunstancias extraordinarias: su “héroe colectivo” se diluye en el sobreviviente que vuelve y da testimonio. Es la historia de un testigo, digamos.

Volvamos al principio: ¿qué le ven? Políticamente hablando, quiero decir. Es una historieta sobre lo buenos que pueden ser los militares, sobre la necesidad de unirse contra la adversidad, sobre el poder del conocimiento como arma, sobre la protección sobre todo de la familia y el techo. Ninguno de los personajes quiere una revolución o algo por el estilo, sino que viven contentos en su partido de truco, parten de una situación donde se sienten perfectamente cómodos. Se recuerda que es la Argentina de Frondizi, de paso, y ya posterior a la “traición” que el desarrollista le hace a Perón al no levantar la proscripción. Da la impresión, también, por la manera en que en los primeros episodios esos náufragos en propia tierra improvisan en los tallercitos caseros las herramientas para salvarse de los copos, de que comparten el ideario frondicista. Tampoco hay una mirada bella respecto de la Humanidad: Favalli es el primero en decir que harán falta armas porque la sociedad, ante la catástrofe, se envilece. Es el que convence a los demás de conseguir armas y de desarrollar una estrategia para huir. En el mejor de los casos, y confiados en no ser los únicos, en una vana esperanza, resisten al invasor. Pero son cualquier cosa menos revolucionarios.

¿Qué se reivindica, entonces, políticamente, de El Eternauta? En el fondo, su conservadurismo de viejo cuño, la idea —siempre una idea fascista— de que ante el colapso de la civilización sólo el orden militar puede organizar lo que quede para sobrevivir. Orden militar, militancia, etcétera. Imagino que se lee eso.

Y se lee mal: el endiosamiento absurdo de una buena (no “genial”, no “gran”, no “extraordinaria”, no “sublime”, no “magistral”) historieta como manual de militancia es un poco torpe, sobre todo porque es inútil (aunque es probable que tal sea el objetivo). Pero cuaja con la visión idílica del camporismo, la de una sociedad con burguesía nacional y fuerzas armadas del pueblo y coloritos. Como se lee mal Mafalda, otro inexplicable mito argentino, que siempre fue patriotera y reaccionaria (buscar el chiste sobre “las invasiones inglesas”). Sin embargo, el progrismo, ya lo dijimos, es la lavada de cara políticamente correcta del conservadurismo de la clase media alta urbana, la que puede ser de izquierda mientras pueda pagar el lomo de salmón al horno. Y así, parece bastar con que Juan Salvo no sea un militar de carrera sino un ciudadano en defensa de sus seres queridos para que cualquiera sienta que es lícito llevar un arma al hombro. Después de todo, los Ellos nunca aparecían en escena y, para el pensador servil, todo lo que no es aquello que le ordena el jefe es “ello”. Extraño, lejano, perdido y no humano; algo que puede aniquilarse porque, en el fondo, no existe, o es tan proteico que puede ser cualquier cosa. Clarín, Mauricio Macri, el campo, el imperialismo (?), etcétera. Mañana también puede ser el resto del periodismo, o los pueblos originarios, o incluso los militontos ya inútiles con la burguesía nacional plenamente instalada.

Clarín sí leyó bien El Eternauta, por eso siempre fue parte del panteón políticamente correcto de su progrismo. Se dio cuenta de que es ideológicamente inocua e incluso —y este es otro de los problemas, y no el menor— anacrónica: ya nadie tomará las armas. ¿Nadie? Bueno, justamente.

El gran problema del cristinismo es que El Eternauta es catártico (de paso: el gran problema del clarinismo es que Lanata es catártico, y en ambos casos nada más que eso). Que la militancia que intenta torcer la realidad sólo puede realizarse plenamente mediante la violencia no sólo simbólica, pero que los tiempos han hecho de las ideologías algo mucho más proteico y menos dogmático de lo necesario para que, en nombre de ellas, alguien en su sano juicio lleve una Colt en el cinto. Juan Salvo, nadie lo ve pero es así, necesita de algo tan enorme y fuera de proporción como una invasión extraterrestre a escala mundial (¿se entiende ahora la indiferencia civil ante los golpes de estado?) Si no, no saldría jamás de su casa y seguiría comprando Clarín cada mañana. Y si tuviera una ideología política explícita y denominable —de la que afortunadamente, por suerte para el relato, carece— sería algo más que un resistente.

En el fondo, el endiosamiento de El Eternauta y su asimiliación a Néstor Kirchner es correcta por parte del cristinismo: Juan Salvo es apenas un burgués asustado que trata de salvar la ropa, el arquetípico consumidor de “la corpo”. Sic transit Nestornauta.


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