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Rammstein, Thou Thinkst?

20 11 2012 - 15:11

Hace un rato terminé de escribir la columna que de vez en cuando sale en un periódico local. Son cuatrocientas palabras en las que puedo hablar de lo que quiero: si tengo ganas de hablar de un fotógrafo japonés que no conoce nadie, hablo de eso; si tengo ganas de escribir sobre los dibujos que un posadolescente sube a la web, ídem; si quiero reseñar una jugada de Messi en la que deja desmayado a un arquero, ídem. Espacios como twitter o facebook e incluso las secciones culturales mismas de los periódicos del mundo me han educado en el arte de usar un espacio cada vez más limitado, apropiándome del arte del aforismo, la síntesis, la necesidad y la contundencia, que pueden ser tanto un efecto de las palabras como el resultado de las limitaciones.

Sin embargo a veces (como hace un rato, mientras escribía las benditas cuatrocientas palabras y me pasaba de mambo) es difícil no sentirse como un niño a la mesa, un niño que todas las fiestas se las ha pasado inquieto queriendo opinar sobre cualquier cosa hasta que finalmente le dan la oportunidad y le dicen: “bueno, está bien, hablá de lo que quieras, tenés exactamente treinta segundos”.

El tema del que había elegido hablar en la columna era sobre una banda de niños, llamada “Children Medieval Band” o sea, “Banda medieval de niños”. Son tres chicos cuyos padres han estado subiendo videos a youtube desde 2011. En los videos, los niños (uno de 10, otra de 8, la más pequeña de 5) tocan todo tipo de instrumentos (posta). Empezaron haciendo música medieval pero como que no les copó tanto y pidieron cosas más actuales, así que pasaron a los Beatles y a los White Stripes. Los videos se viralizaron luego de los dos covers de Rammstein que hicieron.

Por alguna razón fue “Sonne” el que más me llamó la atención. Quizás porque en él la niña de 5 años tiene un manejo ultra apropiado del ritmo y la intensidad, quizás porque yo había escuchado la canción original una década atrás y había visto el video, que había quedado guardado entre el inconciente y la memoria de la retina; quizás porque en los últimos segundos del tema el mayor de los niños, Stefan (que canta y toca la guitarra) pela un violín y emula el final lírico de la canción original. O quizás porque en el tema hay una cuenta progresiva: “uno”, “dos”, “tres”, decía la letra original en alemán y dice la Banda medieval de niños, en inglés. Parecería no existir nada más apropiado que niños contando del uno al diez, como si estuviesen jugando a las escondidas o enumerando las cosas que aprenden, o contando el paso de los años con los dedos de la mano lentamente, como si quisieran decirnos otra cosa.

Claro que luego del “efecto Rammstein” los videos se empezaron a llenar de comentarios, casi todos cortos y contundentes. En ellos se alababan las dotes musicales de los niños, se decía “es lo más metalero que vi” y se hablaba de los sueños, del talento y de la infancia (“hermosos niños, como quisiera que todos fuésemos así”, dijo alguno). Los ciudadanos del mundo web se preguntaban por el acento y origen de los chicos (el mayor en una parte canta en inglés y en otra en alemán) y por el futuro promisorio y por las próximas canciones. Luego había algunos comentaristas abiertamente críticos que señalaban que los niños jamás sonreían en los videos, y otros que decían que hacerlos tocar así era perverso, y otros que denunciaban que los niños estaban siendo sometidos a una disciplina inhumana y estricta, y algunos que recordaban los antecedentes de ultraderecha de Rammstein. Estaban incluso quienes pedían por el encarcelamiento de los padres y la censura de los videos.

Por esos motivos, los padres de los niños cerraron el espacio de comentarios en youtube y abrieron un sitio web dando aclaraciones y contestando a las críticas. Hablaban en nombre de sus hijos, claro está: decían que los niños estaban así de serios y firmes en los videos porque querían que la canción les saliera bien, eran muy perfeccionistas y no querían subir porquería a la web. Decían que Olga, la hija del medio, tenía una capacidad de respuesta muy particular y había escrito “por favor, dejen de molestar, tengo que venir a la computadora a responder sus comentarios y dejar de hacer música”.

La seriedad como el rostro de aquellos que quieren que algo salga perfecto.

La naturaleza no es seria, pienso ahora. La niñez es seria, vuelvo a pensar.

Me acuerdo uno de esos eventos literarios de fin de año. Había gente leyendo, otros tomando y unos poemas con paisaje proyectados en una pantalla. Una niña había descubierto que sobre la pantalla desplegada (luego de tapar parte de los poemas) podía hacer juegos de sombras, y estaba absorta en el reflejo de los movimientos de sus dedos. No hay nada más serio que un niño conociendo un juego nuevo, encontrándole otro uso a una cosa.

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Escribir no más de cuatrocientas palabras puede ser arduo. Como todo, resulta un oficio, algo a lo que uno se adapta y cuyos pequeños secretos termina conociendo. Podría haberme pasado toda la noche mirando los comentarios de los videos o investigando sobre los temas que los niños medievales hacían, o pensando si era más apropiado citar a los niños artistas de la literatura de Salinger o a la Cruzada de los niños de Marcel Schwob, o al grupo de niños mercenarios de la película Hostel. Los niños de Salinger eran lúcidos y tajantes, estaban asqueados de la mediocridad, eran parte de una misma familia y se amaban muchísimo unos a otros, como si fuesen lo único que tuvieran en el mundo. Los niños de Schwob eran fabulosos, épicos, parecían embrujados y avanzaban como ciegos hacia el mar, guiados por la fe y la locura. Los niños de la película Hostel estaban sucios y vivían en la calle; por una bolsa de caramelos podían partirte una piedra en la cabeza. Las tres eran imágenes perturbadoras y nítidas de la niñez, de lo que los adultos piensan de la niñez, o de lo que yo mismo creía o buscaba en ella, o de las tardes que había vivido, de lo que había perdido y encontrado esas tardes, entre los juegos y los pensamientos que se unían unos a otros, en su propio incesto, en los momentos de soledad, con la boca cerrada.

Cuando sólo se pueden escribir cierta cantidad de palabras, se debe prescindir de varios detalles: citas cultas, la intromisión del “yo”, las inevitables dudas ante las propias elecciones, los significados múltiples, paradójicos y probables de los artefactos culturales, una apelación a la interferencia, la huída de un tiempo que transcurre lento, reflexivo, disperso y pausado. Quizás seamos la generación de las pocas palabras, la del etiquetado, los viajes previsibles, el turismo como forma de conocimiento. Así es como nos olvidamos del calor del hogar y de aquellos que llegan a casa y desean hablarnos del viaje que han hecho y que necesitan inventar mientras los miramos azorados, olvidando la hora.

Lo que más me interesaba no era el futuro de la Banda medieval de niños o su talento probable, o si eran rusos, australianos, o extraterrestres. El primer atajo de interés, la caja de Pandora, era la remera que, durante los videos de Rammstein, llevaba la niña tecladista. La remera decía “Hope” (Esperanza). En los videos los niños se muestran serios y erguidos, como maniquíes o profesionales o chicos que prueban ser filmados por primera vez: ¿cómo podía ser que la remera dijera “Esperanza”? ¿Había elegido esa remera la niña o los padres? ¿Esperanza respecto a qué? ¿Era una ironía, una forma de darle “metal” al “metal”? ¿Era un gesto dulce que refería a las perspectivas de futuro de los padres respecto a los niños o de los niños respecto al mundo? ¿Era un chiste? ¿Era un mensaje interior indescifrable, quizás destinado a alguna abuela en coma o algo así?

Por ese camino me fui perdiendo: la pose profesional de un niño, el compromiso con la imitación (el tema era de otra banda, lo habían reversionado y probablemente era la décima o trigésima vez que lo tocaban), el hecho de que los padres subieran eso a la web, como si fuese parte coherente de su proyecto de “enseñar música a los niños”. También pensaba en los programas televisivos al estilo “cantando por un sueño” o “american idol” en los que (casi por mayoría) gente joven se disputa una cantidad de dinero y de fama interpretando temas populares. ¿No era esto lo mismo? ¿No era al mismo tiempo otra cosa, una versión familiar y al mismo tiempo distinta de la soberana capacidad y necesidad de imitación que tienen los hombres, tengan la edad que tengan?

Empezó a ser muy difícil no hablar de Macaulay Culkin, la explotación artística a la que lo sometieron sus padres y su posterior vida marginal. Y de ahí pasar a Gummo, la película dirigida por Harmony Corine, quien a su vez había dirigido un video protagonizado por Culkin devenido adolescente, con acné en el rostro, flaco, pálido y desganado. La cosa empezaba a ponerse oscura. Era casi inevitable girar hacia la crítica de la seriedad, la imitación y la espectacularización del humilde trabajo musical de un par de niños. Para salir del atolladero y no caer en la negativa, traté de recordarme a mí mismo que había visto el video muchas veces. Traté de no olvidar que lo había compartido y difundido con estupor y alegría.

Entonces di con la que creí que era la palabra correcta. “Encantamiento”.

Varios comentarios de youtube usaban esa palabra o se referían a esa impresión: “es increíble”; “no puedo creerlo”; “es la décima vez que lo veo”, “se lo tengo que mostrar a mis hijos”.

Encanto: eso era lo que me tenía agarrado a los niños, allí y acá, sentado a la mesa.

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Había algo más en el video de “Sonne”
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La canción hablaba del sol que se eleva, del sol que nunca se oculta. Decía “el sol está brillando fuera de mis ojos”, y “todos esperan la luz / teme / no temas”. Redactada por el líder de Rammstein, la canción estaba inspirada en un boxeador (por eso la cuenta regresiva). La letra era ambigua y épica: el grito de los hombres ante el sol que está por venir, la promesa de un nuevo tiempo, una nueva época, un Acontecimiento brillante en el camino de los seres.

La Banda medieval de niños también le estaba cantando a eso.

En realidad, los padres y los niños le estaban cantando a eso, haciendo una especie de parodia familiar de una parodia (las performances y letras de Rammstein no dejan de ser una provocación, como todo lo que se hace llamar “rock”).

“El sol está viniendo”, cantan a coro los Rammstein y los niños.

¿De qué soles hablaban entonces? ¿Qué cambio proponían?

La pregunta, que en parte resultaba imbécil, servía para recordarme también que el modelo educativo espectacularizado y difundido por los padres resultaba más que interesante y aleccionador: 1) Si los niños desean tener una banda e insisten con ello, pues démosle los instrumentos necesarios. 2) Una banda no es sólo hacer música sino filmarse haciendo música. 3) Para tener una banda tienen que conocer un poco la historia de la música. 4) Eso implica escuchar canciones pero también imitar los diferentes estilos y usar diferentes instrumentos. 5) No hace falta seguir una línea de tiempo. Se puede pasar de la música tradicional del medioevo a los Beatles y Rammstein o al revés.

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Había también una frase de Cuqui, la multi-artista cordobesa, que me venía dando vueltas y para la que no encontraba lugar: “La maternidad es la forma de esclavitud más terrible de la naturaleza”. Es de un libro que habla de la decadencia de los cuerpos, de la naturaleza y su violencia, de la pareja, pero, sobre todo, del amor, la maternidad y el aborto.

¿Qué tenía que ver esa cita con el video? ¿Me estaba poniendo negativo y oscuro de nuevo?

Sucede que con la celebración explícita y reiterada de la paternidad y de la crianza que había en varios de los comentarios de los videos, parecía que todos querían de pronto ser padres en el mundo, que todos consideraban una buena idea proveer de instrumentos a sus tres hijos. Y por otra parte: ¿por qué nunca ninguno de los padres de la Banda medieval de niños salían en cámara? (había incluso una foto de los tres niños junto a los Rammstein. En ambos costados superiores aparece una franja negra, como si alguien hubiese querido preservar su imagen o como si se considerara “fuera de escena”).

“La maternidad es la forma de esclavitud más terrible de la naturaleza”. Veo a uno de los niños de Salinger diciendo eso a la mesa. Bastan menos de treinta segundos para tirar esa frase.

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Finalmente, estaba el video original de Rammstein.

Había visto ese video once años atrás, cuando todavía miraba Mtv, todavía tenía tele y podía ser considerado un adolescente. Escribía un par de líneas por noche en un cuaderno que luego guardaba en un cajón. Claro que el cajón quedó en un sótano y una noche lo buscamos y lo incendiamos con un amigo en medio del bosque, sin piedad y con alegría, porque todo lo que estábamos haciendo era copiar ideas sin habitarlas.

El video oficial de “Sonne”, uno de los mejores de la banda, es una reversión de Blancanieves y los siete enanitos. Los enanos son los miembros de la banda, que trabajan arduamente en una mina para satisfacer los deseos de Blancanieves, quien los castiga, los seduce, los explota y termina muriendo de sobredosis. En la escena final nieva y todos los enanos están consternados, con signos visibles de asombro y pena. Cae una manzana del árbol que está sobre la tumba, golpea el féretro y entonces Blancanieves resucita. Los enanos vuelven a trabajar a la mina, balbuceando, taladrando, sucios y oscuros.

Todo esto podía verse como una clara alusión a la drogodependencia, una crítica que podría resultar conservadora o alarmista, más digna de la DEA que de una banda de rock famosa por autoincendiarse en público. Pero resulta que al final la manzana (el pecado, la tentación) es la que resucita a la mismísima y sexy Blancanieves (que por ahí sólo había tenido un mal viaje).

El foco de atención cambia de lugar: ¿es que estaban tristes los enanos ante la muerte de aquella a quienes estaban sometidos? ¿Es que habían sonreído alguna vez, como no lo hicieron jamás en sus videos caseros los niños medievales?

El video de Rammstein, que comenzaba pareciendo una crítica al consumo de drogas, se había convertido en una teatralización del modo en que los humanos se someten al trabajo y a la belleza, o quedan, porqué no, “pasmados” ante lo encantador.

Encantamiento, encantador: la misma palabra aparecía otra vez.

Y de pronto los dos videos (el de los niños medievales, el de Rammstein) resultaron uno solo.

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Ese es uno de mis momentos preferidos en los textos de cuatrocientas o trescientas mil palabras. Cuando una idea se une con otra y funcionan, cuando una palabra regresa, junto con su reverso, o cuando algo que estaba siendo “observado” de un modo reclama un distinto modo de atención y todo empieza a encajar y al mismo tiempo estalla. Los dos videos eran uno solo. ¡Eureka!

La familia y la música (tales como las conocemos) son instituciones recientes continuamente celebradas, con un intenso poder de “encantamiento”: basta pensar en frases como “qué linda familia”, en el día del padre, de la madre, de la abuela y del tataratío, en las navidades y en los reyes magros. Los niños suelen ser abiertamente festejados por cualquier cosa creativa que hagan e incluso se los suele incitar (siempre que sean “inocentes” y no deban elegir su futuro laboral y/o universitario) a “expresarse artísticamente”.

Por otra parte, el trabajo arduo, la disciplina y la dedicación en aras de lo que se desea son parte del culto al esfuerzo y a la superación personal fruto de la misma visión de mundo que festeja la familia, la música y el documentalismo tecnológico a la youtube. La manzana que cae y resucita a Blancanieves, la tentación, el trabajo, “la belleza”, los niños: ¿no son todas pócimas encantatorias, al fin y al cabo?

Mi caso era el de quien había visto el video más de treinta veces, lo había compartido igual cantidad de veces por mensaje privado, lo había mostrado, había dado una clase usándolo y estaba escribiendo dos textos de diferente extensión teniéndolo como base: a las claras, me estaba comportando como un adicto a los niños medievales. Estaba y estoy absolutamente encantado con ellos. “Niños”: algo tan antiguo como la historia del capitalismo. Niños medievales, niños filmados, algo tan contemporáneo y tan antiguo como youtube, que apenas si va a cumplir diez años y parece de cien. Y en el video de Rammstein, Blancanieves que resucita, los enanos que trabajan para ella, los enanos que sufren y son explotados para poder verla: ellos también estaban encantados, ellos tampoco podían dejar de verla.

Lo encantador es una droga. El trabajo, la seriedad, la inocencia, la familia, la creatividad, el pecado, en cierto modo todo formaba parte de los mismos rituales de consumo. La historia entre 2001, cuando salió el video original de Rammstein, y el 2012, cuando aparecieron los niños, volvía a repetirse, se hacía coro, estribillo, bis.

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Allí estoy, como al principio, sentado a la mesa.

Una mesa familiar, en la que los mayores están por concederme la capacidad de hablar, de decir en pocas palabras lo que sea que se me ocurra. Lo cierto es que ha pasado demasiado tiempo desde que esperaba que me den una oportunidad y ya no es eso lo que necesito. Quiero una remera que diga “Esperanza”, con letras mayúsculas, y una cuenta regresiva sonando en mi cabeza. Quiero creer, otra vez, en la posibilidad de empezar de nuevo, contar todo de otra manera, lograr tener un pie en la palabra y otro afuera, encantado y desencantado a la vez.


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