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Cinco puntos

20 11 2012 - 15:25

Hay un relato de Alice Munro, Five Points, dedicado a describir el momento anterior al cambio. En este caso —digamos en este caso porque la obra de Munro (y de tantos otros, pero bueno, estamos hablando de Munro) está llena de turning points, de historias en donde los detalles indican que una chica del campo, una familia, una ciudad, Canadá entero, el mundo, una época, están a punto de convertirse en otra cosa— trata sobre una pareja de amantes, Brenda y Neil, que están en la puerta de empezar una pelea. Su primera pelea como pareja.

Nunca en todo el relato se habla sobre la discusión que van a tener, y tampoco hay indicios de que los encuentros que mantienen —van cada uno en su coche hasta un bosque, ella deja su furgoneta estacionada, sube al auto de Neil y los dos viajan ocho kilómetros hasta una casa rodante a la orilla del lago Hurón, a veces no aguantan y terminan cogiendo en el Ford a un costado de la ruta— puedan terminar alguna vez en una discusión como las que puede mantener cualquier matrimonio. Entre ellos dos no existe ninguna normalidad: arreglan un encuentro a escondidas, se involucran en pequeñas aventuras para que no los descubran, mezclan adrenalina y calentura, cogen y se despiden.

Pero la discusión llega. Sólo al final del cuento, creo que en el último párrafo, a lo sumo en el anteúltimo, el lector se da cuenta de que por primera vez Brenda y Neil sentirán el malestar que ya han sentido tantas veces en sus otras vidas, la desilusión que llega detrás de una discusión tonta, cuyo origen parece incomprensible, que no alcanza para romper la relación —Munro no lo dice, pero uno piensa que podrían mantener esos mismos encuentros por años— pero que hace nacer una grieta que antes no estaba allí.

A la manga de relatistas que una vez regenteó Carver y que ahora comanda la señora Munro desde alguna garden office de Ontario los finales redondos les parecen una ayuda para tarados que no están dispuestos a dar, así que el texto termina así: con los dos amantes recién peleados y reconciliados a medias, con un poco de culpa por haber dicho algo con la expresa intención de generar quilombo, pero con la certeza de que esa grieta había convertido la relación entre ellos en otra cosa.

Algo de eso debió haber sentido esta mañana un kirchnerista —una familia de kirchneristas, el kirchnerismo entero— cuando percibió que se escuchan los pájaros porque casi no hay colectivos, que no hay gente en los andenes porque los trenes no andan, que los padres preguntan en la puerta de las escuelas si vino la maestra de su hijo y que ni siquiera sirve decir que los que protestan son ricos, extorsionadores, malos, zombies, dráculas, freedies, asesinos seriales o protagonistas de cualquier otra película que haya mandado a alquilar el Cuervo Larroque. Debió caer en la cuenta, ese kirchnerista, esa familia de kirchneristas, el kirchnerismo entero, de que Cristina Kirchner tendrá su paro general como lo tuvieron todos los otros presidentes desde la restauración democrática excepto Néstor Kirchner.

Supongo que ese instante, ese momento previo al cambio, se debe sentir de alguna manera alguna vez. Tal vez algún kirchnerista lo sienta hoy. Desde este balcón de Villa del Parque, en el este canadiense, en la región de los grandes lagos, ya se vieron muchos otros turning points y uno piensa que el kirchnerismo nunca fue lo que dice que es o al menos ya no es lo que alguna vez dijo que era. Pero bueno, siempre hay tiempo para que, como le pasó a Brenda —en los relatos de Munro las que entienden las cosas suelen ser las minas— alguien encuentre una novedad.


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