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El miedo a la esquizofrenia

22 11 2012 - 23:46

No hubo anuncios, y eso que era la apertura del festival. Hubo un poco de demora, pero nada que inquietara a nadie. En los momentos previos en La Usina del Arte la puesta en situación era la proyección de un cartel amarillo de gobBsAs con el slogan En todo estás vos. La imagen del cartel sobrevolaba la platea y se posaba en una pared o en otra, mientras de fondo sonaba Tutu de Miles Davis.

Yo no me había enterado hasta pocos minutos antes de que iba a ver el concierto de un psicótico.

Cuando uno dice que alguien es psicótico suena feo, como que arrancamos (o terminamos) mal. Parece un insulto desproporcionado, un exabrupto dirigido a alguien que colmó mi paciencia y me sacó de quicio, con quien no vale la pena discutir, que no merece demasiada reflexión y entonces lo aparto de mi mundo, le etiqueto la foto y tomo distancia como para que cualquiera que se acerque tenga bien en claro que no quiero tener nada que ver con el etiquetado. Y sigo mi camino.

Sin embargo, en este caso es un dato de la realidad. Tom Harrell, trompetista de jazz, es esquizofrénico declarado. Escucha voces. Sufre. Wikipedia nos dice que tocar música le calma los síntomas, que vuelven tan pronto como deja de hacerlo. Cuando asoma su estampa a través del hueco de la escalera que lleva al escenario aparece un silencio que por un instante se superpone a los aplausos de bienvenida. Durante todo su periplo, que consistirá en avanzar hasta el proscenio para quedarse ahí petrificado y al final del concierto dar media vuelta y retirarse, su cabeza estará inclinada a noventa grados de su torso, de manera que el rostro que ofrece al público es el de su coronilla. Sus pasos son ínfimos y eternos. Por un instante uno desea que todo sea un chiste, que ese mayordomo de terror expresionista haya estado apenas distraído o ensimismado y se reponga y sea un anfitrión de su universo musical, el que conduzca durante el viaje. O por el contrario, que la locura reconfirmada encuentre su cauce en algo nuevo, contenido por su entorno. Un acto de redención, que sostenga al artista que en su fragilidad tiene algo para dar, pero que requiere una dosis de amor redoblada.

En el instante inmediatamente previo al comienzo, con los cinco músicos ubicados en sus sitios, la expectativa y el desconcierto están en su punto culminante. Imposible imaginarse cómo habrá de comenzar todo, cuando el líder no parece capaz de encontrar o distinguir el límite entre el final de algo y el principio de otra cosa. Pero de repente, con su rictus paralizado, el trompetista hace una cuenta de cuatro tiempos que suena como “agh, ugh…. agh ugh ogh ogh”. Y ahí comienza lo verdaderamente aterrador.

Los otros músicos que integran el quinteto demuestran desde el primer instante que van a tratar de impedir que suceda cualquier cosa que tenga que ver con el fenómeno de la música. En particular Adam Cruz, quien durante el transcurso del concierto se abocará a llenar de golpes todo lo que ocurra a su alrededor, pretendiendo que la batería es lo más importante no ya de la música, sino de cualquier arte escénica. Con fuerza, con ensimismamiento a veces rayano en el autismo. El bajista Ugonna Okegwo hará lo propio intentando llenar todo lo llenable, sin detenerse nunca ni pensar una nota o prolongarla o esperar. Entre los dos conformarán un dispositivo de ritmo que está en otra parte, en otro concierto. Algo que parece decir yo no soy el loco, no quiero escucharlo, y no soy parte de esto.

El pianista Danny Grissett y el saxofonista Wayne Escoffery no son ajenos a este complot anti musical, aunque desarrollarán un perfil apenas más bajo. El saxofonista, como suele pasar en los conciertos donde se suceden los solos, se aparta al terminar cada entrada que hace. El pianista está bastante guarecido entre el piano de cola y el piano eléctrico que ejecuta en algunos pasajes.

Pero lo notable, lo único que se asemeja a un hecho artístico en medio de tanta desaprensión es la figura misma de Tom Harrell. Cuando su cabeza no está inclinada a 90 grados, está a 45. Esa es la posición en el momento en el que espera hacer una entrada con la trompeta. Y cuando se desarrolla la pieza y él no tiene nada que hacer, se queda en el mismo lugar con la cabeza más o menos derecha y la mirada perdida. ¿Qué es lo que piensa en ese momento? Es el gran misterio, el hecho que más nos llama la atención. Un hombre que está ausente, en silencio, con aspecto angustiado, que sólo responde a los pies sonoros. Es una gran tentación atribuirle pensamientos, y a eso nos dedicamos. Y comentamos que no podemos creer lo que está sucediendo. Es la imagen de un hombre impertérrito ante un mundo que se derrumba a su alrededor. Parece que cada tanto tomara su trompeta o su fliscornio para ver si tocando un poco repara las cosas, pero cada vez que lo intenta las cosas se ponen peor y entonces él desiste. Y lo vuelve a intentar al rato y otra vez lo mismo, y así hasta el final. Una voz impotente.

En el final propiamente dicho hay una reparación modesta. Después de haberse retirado todos los músicos, vuelve Harrell al escenario acompañado por el bajista. Ejecutarán como bis una balada que será el punto más alto del concierto, donde sentimos alivio por la sustracción de los otros tres. El bajista como único acompañante no dejará de tocar más de lo necesario aún en ese momento, pero no logrará arruinarlo por completo. Y quedará así el esbozo de lo que podría haber sido un concierto más cálido y amable si no hubiese quedado sepultado bajo el miedo a la esquizofrenia.


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