Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







La burocratización del sonido

30 11 2012 - 22:37

A la comunidad de quienes intentan hacer música, sean músicos o no:

Durante toda la vida escuchamos en Argentina las quejas (disfrazadas de reflexiones sobre problemas complejos) de los músicos que no acceden al éxito que supuestamente deberían tener. Estas quejas podían orientarse hacia la insensibilidad del público en general (que no estaría apreciando la música de buena calidad), hacia el Imperialismo (que con sus productos masivos invade a precio de dumping todos los mercados) o hacia el Estado que, haciendo caso omiso de estas relaciones de dominación, no les brinda el apoyo necesario a los músicos nacionales.

Con el tiempo, con la sucesión de generaciones de músicos creciendo, desarrollándose (y muriendo) esas quejas se van atemperando. Por un lado, la mayoría de los músicos también se hacen adultos, forman familias, consiguen puestos como docentes o como integrantes de alguna orquesta estable, dan clases particulares, ganan algún concurso, tocan en fiestas. Con eso más o menos van apechugando, una vida austera que de repente les permite poner grifería moderna y venecitas en el baño, renovar la PC o la Mac para poder tener la última versión del Sibelius o el Finale (nunca comprarlo porque, paradójicamente, suele ser gente que no cree mucho en el valor de esos bienes intangibles) o veranear en Traslasierra, que es un lugar elegido por quienes creen tener dominadas sus ambiciones y se jactan de ello. “Yo ya sé que no voy a ser Michael Jackson, y tampoco me interesa” vendría a ser el resumen de este proceso de maduración.

Sin embargo, la queja fundacional se va cristalizando en resentimiento a medida que el tiempo erosiona los grandes sueños de juventud. El conformismo opera milagros. Así, quien piensa “el mundo no se ha dado cuenta de que soy el que la tiene más grande” reflexiona en los encuentros con amigos que en realidad hay cosas más importantes que el éxito, como ser una persona íntegra, mantener una familia y apreciar las cosas en su justo contexto. La vida transcurre y las urgencias se hacen visibles porque las groupies ya no están (o ya no da la relación costo/beneficio), hay que hacer controles periódicos de PSA (o papanicolau o mamografías, para el caso) y a los chicos hay que buscarles colegio secundario. Pero —sobre todo con los chicos— hay que enfrentarse no a la encrucijada del éxito versus el deseo (que es la encrucijada falaz por antonomasia del resentimiento establecido), sino a otra: la de laburar por lo que se quiere comprendiendo al mundo versus esperar el premio nobel rogándole a todos los santos que la derecha no tome el poder, lo cual significaría la angustia y la incertidumbre por la posible pérdida de un nombramiento.

No todos los músicos nacionales responden a este patrón. Quienes más se alejan del molde son aquellos que consiguen irse del país, de manera definitiva o provisional, haciendo giras con emprendimientos que a veces logran vender sus productos en Europa, en USA, en Latinoamérica, en Japón, en Israel. Los que tienen contacto laboral con el mundo exterior se encuentran con la universalidad del sacrificio en la vida de los músicos profesionales, que en general se resume en laburar bastante por relativamente poca guita y poco glamour. Se convierten en laburantes un poco más parecidos al resto de los que están en cualquier departamento de marketing, o con los auriculares en el call center o merodeando los percheros de las boutiques de avenida Santa Fe repitiendo el mantra “¿te puedo ayudar en algo?”: personas conscientes de que todos estamos sometidos a los caprichos del que pone la guita.

El de la queja, como todo sistema multidimensional, admite resultantes que dependerán de la evolución de las variables. Si tenemos X: el control sobre la invasión Imperialista, Y: el nivel de apoyo del Estado y Z: el gusto del público, en seguida resultará evidente que las únicas variables controlables son X e Y, de manera que manejando esas dos se podrán obtener resultados que si bien se mueven en un solo plano cuando el gusto del público es igual a cero, pueden abarcar bastante.

Con este esquema como idea guía parece estar construida la Ley de creación del Instituto Nacional de la Música, que se está votando en estos días.

El proyecto de ley enuncia brevemente objetivos (básicamente la promoción de todas las actividades relacionadas con la producción musical) y exhibe en detalle la conformación de una burocracia (gigantesca, abrumadora, ubicua) en la que piramidalmente se encuentran el INAMU (Instituto de la Música) y su directorio, Comité Representativo, Sedes Regionales (con Coordinadores Regionales), Sedes Provinciales, Regiones Culturales, Asamblea Federal, Centros de Producción Musical. También hace referencia a una serie de registros para todo: Músicos Nacionales Registrados Independientes, Agrupaciones Musicales Nacionales Registradas Independientes, Registro Único de Músicos Nacionales y Agrupaciones Musicales Nacionales. Todo tiene nombres con muchas palabras que empiezan con mayúsculas, como para dar lugar a muchas siglas.

La forma en que se integran y se conforman las distintas partes, la elección de autoridades, sus mandatos, las formas de representación y las funciones de cada parte son intrincadísimas, y si bien tanta complejidad en un sistema de representación me parece a priori sospechoso (¿sospechoso por qué? Porque cuando se organizan tantas estructuras representativas y evaluadoras el resultado suele ser una casta de parásitos que hacen lobby para negocios propios o ajenos), todo ese armado no es el motivo principal de mi diatriba. Vamos por los vales.

La entelequia más peculiar de esta ley son los Centros de Producción Musical. Según la definición de la ley, no hay definición. No dice qué son sino que “estarán compuestos por tres modalidades”. Si alguien menciona un organismo público que es un centro de algo, me imagino un sitio: una oficina, un galpón, un local. No me puedo imaginar ninguna modalidad que componga nada. Pero bueno, los Centros de Producción Musical están definidos solamente por sus modalidades. Así que para intentar comprender, pongamos que un Centro de Producción Musical es un coso que tiene tres modalidades: Música en vivo, Difusión y Música Grabada. La especificación de lo que debería ser un CPM está en el artículo 16, y es tan difícil de aprehender como una paradoja, porque todo se remite a la conformación de las modalidades, y después de leer y releer es imposible entender qué cosa es una modalidad. Se habla de Asociaciones de Establecimientos Privados, pero no de empresas. En todo el texto de la ley no aparece una sola vez la palabra empresa, parece que fuera una mala palabra.

Si los Centros de Producción Musical son imposibles de dilucidar, la moneda de cambio que usarán cobra nuevos grados de inverosimilitud. La ley dice que los centros deberán implementar Vales de Producción y Vales de Difusión. Nuevamente, no se explica qué son estos vales, aunque dice que podrán “ser utilizados en cualquiera de las instancias del proceso de producción musical” o “para publicitar los distintos espectáculos”. Si uno quiere verlo como un chiste, podría pensar que es un juego de realidad virtual tipo Second Life (o simplemente el Estanciero) donde hay plata de juguete. Pero mirándolo con seriedad aparece como un mecanismo para eliminar el dinero en el intercambio de servicios. Como la otra atribución que tienen los CPM es la de concursar prensa, salas y estudios de grabación (todo aparece con nombres más atravesados, pero se trata de eso), entonces de a poco se configura un cuadro más preciso: las personas que producen las cosas, quienes tienen los medios de producción (los músicos, los dueños de medios de comunicación, de salas, de estudios) no manejan plata entre ellos. El manejo de la plata lo hacen los funcionarios. No resulta muy claro cómo este sistema fomenta la música, pero sin dudas fomenta la discrecionalidad.

La plata. El dinero. Money. La caja registradora en El lado oscuro de la luna con las monedas cayendo. Tun tu ru run tun tun tun tun Tun tu ru run tun tun tun tun Tun. La guita tiene mala prensa. Muchísimas personas la desprecian como forma de solucionar problemas pero al mismo tiempo es algo de lo cual no pueden prescindir, y eso los pone locos. En los ambientes artísticos, la esquizofrenia de la plata es malvada pero no me la toques llega al paroxismo. Músicos hablando con sorna de cómo la plata arruina a la gente pero al mismo tiempo preguntándose cómo conseguir los muebles del bajomesada. Y planteando el problema de la plata, la dependencia de la plata como algo siniestro, oscuro, injusto, que beneficia a los poderosos por sobre los humildes. Los ricos tienen toda la plata, los pobres nada. Esas cosas. Esta gente se entusiasma cuando aparecen mecanismos de trueque, los celebran como si fueran una instancia superadora cuando en realidad son un síntoma de miseria y empobrecimiento, la expresión de una hecatombe.

Hay noticias, chicos: la plata es un mecanismo de intercambio superador, el más avanzado que se ha descubierto hasta el momento. Y el reino de la plata, el capitalismo, es el sistema más igualitario que hay: sólo hace falta tener plata para pagar lo que se puede pagar con plata. Es así de simple. Si juntaste la guita y te querés comprar una noche en el Ritz, basta con que la pagues. Antes de que se generalizara el uso del dinero con el capitalismo, si no pertenecías a una determinada clase de gente sencillamente no lo podías hacer, aunque consiguieras el dinero.

El problema esencial con la plata como método de intercambio es que mantenga su valor a lo largo del tiempo, si no el mecanismo se empieza a tornar un poco más injusto. Cuando la plata no conserva su valor a lo largo del tiempo se dice que hay inflación. Eso provoca que las personas que ahorraron plata quieran cambiarla por plata de otro país, que sí conserve su valor. Porque a nadie le gusta perder. O también hace que otras personas traten de comprar cualquier cosa que más o menos les sirva, porque suponen que esa cosa va a conservar su valor más que la plata que tienen en la mano.

Por eso cuando en un proyecto que se supone va a mejorar las cosas aparece un ente paterno que te dice “tomá este papelito, vale por 3 avisos en la radio, no te preocupes que yo después lo pago” o “andá con esto al señor del estudio de grabación y decile que tenés 10 horas”, vos estás asumiendo el papel del nene que no quiere saber cuánto valen las cosas. ¿Cuál será el precio que estás pagando?

——————————

Entre los derrumbes que trajo aparejado el cambio de milenio estuvo incluído el del antiguo modelo de negocios de las compañías discográficas, tema que a esta altura está muy trillado. Las ventas de discos cayeron, las grandes cadenas de disquerías con local a la calle cerraron, la piratería creció, floreció la locura del download irrestricto y descontrolado. Las discográficas, como es lógico, intentaron e intentan defender su negocio. Lo hicieron por un lado con la estrategia del miedo, que consistió en iniciarles juicios a un par de infelices como ejemplo para el resto del mundo, que se cagó en sus amenazas. Pero también lo hicieron mirando cómo se mueve el mundo, dándose cuenta de que la mayoría de la gente no quiere tener más discos sino “algo” que pase la música que se les canta en el momento que se les canta y no los haga esperar.

En un primer momento pensaron que la tecnología (la posibilidad de transmitir música de un lugar a otro del mundo sin control) los había perjudicado: suponían que el mundo quería tomar gratis aquello por lo cual antes pagaba. Pero más tarde se dieron cuenta de que el peso de la ecuación no estaba tanto en el factor “gratis” como en el factor “bajar”. No era que la gente no quisiera pagar, sino que la gente quiere el acceso online, sin medios físicos que haya que poner y sacar y buscar y guardar. El público en general busca más la experiencia que el objeto y sí, está dispuesto a pagar por eso. El mundo parece ir en esa dirección.

Pero todos estos vaivenes de la industria provocaron paralelamente la algarabía del mundo progre-reaccionario, que en cualquier sacudón cree ver el fin del capitalismo y la unción de la Utopía, que siempre fracasó porque hubo malvados que quisieron privar a la humanidad de un orden más justo (nunca por deficiencias o contradicciones intrínsecas). Entonces el naomikleinismo dijo “esto es el fin de las megacorporaciones discográficas, no las necesitamos más. Todos estos empresarios se llevaban enormes ganancias por nada o muy poco a cambio. Ahora el artista tiene a mano todos los medios para llegar a su público sin intermediarios, el artista tiene el control. Ahora podemos autogestionarnos”

¿Cuál fue el resultado de toda esta algarabía progresista autogestiva? En Argentina, los músicos tradicionalmente incomprendidos empezaron a imprimir sus propios discos y ofrecerlos en mesitas a la salida de sus conciertos, con ventas comparables a las de los artesanos que venden sahumerios o velas en las ferias hippies, incluso menos. “El otro día vendí como quince” es un testimonio corriente bastante optimista. El músico se hizo cargo de producir la música, conseguir la gráfica, buscar editora que le haga la tirada de 300 ó 500 ejemplares, stockearlos, llevarlos a los conciertos y traer de vuelta los que no se vendieron. Pero ahora no depende del sello discográfico, ese monstruo grande que pisaba fuerte toda la pobre inocencia de la gente, para vender sus quince discos.

La ley hace referencia a la autogestión cuando define al Músico Nacional: “persona física de nacionalidad argentina o extranjera con residencia en el territorio argentino, que cante, recite, declame, interprete, ejecute y/o componga de manera instrumental y/o vocal una obra musical, o que imparta conocimientos sobre el arte de la música en forma autogestionada, ejerciendo de esta manera el arte de la música”

¿Qué quiere decir ahí “autogestionada”? La autogestión es un sistema de organización de una empresa según el cual los trabajadores participan en todas las decisiones. La definición de algo individual acá hace referencia a una forma de organización colectiva. No se entiende, a menos que “autogestionada” sea un eufemismo por “monotributista”.

Sospecho que “autogestionada” ahí no tiene más sentido que el de un guiño ideológico, que está en sintonía con aquella algarabía progresista por la destrucción de las corporaciones. Un estímulo pavloviano que define el foco de su interés: vos, que rompiste con los sellos discográficos (o que nunca te dieron bola); vos, que sos ese que pucherea con los disquitos de tapa fea porque la amiga de tu hermana no es una diseñadora grossa; vos, que tuviste que pagarte las horas de estudio de grabación porque el público no te comprende, vení conmigo que voy a perpetuar tu condición para que nunca se te ocurra pensar a lo grande o suponer que una corporación capitalista te pueda contratar. Las corporaciones capitalistas son malas, te obligan a hacer concesiones, no te permiten desarrollar lo tuyo, que es Lo Nuestro. Son extranjerizantes, mientras que vos sos independiente, un Músico Nacional autogestivo.

——————————

La ley tiene otros condimentos nacionalpopulistas, como la obligación de un productor que contrata a un número extranjero de incluir en el programa a un número nacional, otorgamiento de Credenciales de Músico Nacional (que serán requeridas para acceder a cualquier beneficio de la ley), la condición de músico que se acreditará por declaración jurada del músico y sin examen (no habla de tener algún título, asumo que no hace falta). Y como premisa fundamental sostiene: “Esta Ley tiene por objeto el fomento de la actividad musical en general y la nacional en particular”

No se entiende la distinción. Para obtener los beneficios de la ley hay que tener carnet de músico nacional, pero en el fundamento se dice fomentar la actividad en general ¿cuál sería la parte general y no nacional que se estaría fomentando? ¿Por qué no se pone “Esta Ley tiene por objeto el fomento de la actividad musical nacional” a secas? Tengo una corazonada: los que hacen esta ley saben que hay un engaño, pero lo disfrazan por conveniencia, lo que vulgarmente se llama mentir a sabiendas.

Volviendo a las variables de las que hablaba al principio, hay un aspecto que a esta ley se le pasa completamente por alto:

¿Al público le va a gustar?

Estamos haciendo una inversión gigante, ponemos impuestos para financiar una estructura omnipresente, metemos un montón de gente a trabajar en ella, interactuamos con músicos, dueños de salas, de medios de comunicación, de estudios de grabación, producimos conciertos, grabaciones. Pero resulta que dentro de todas esas definiciones no existe la inquietud o la más mínima mención de si va a haber alguien interesado en el producto de todo eso. ¿No es pertinente la pregunta?

No sólo no se menciona si a alguien le va a interesar lo producido, sino que tampoco hay una inquietud por saber si a alguien le interesó cualquiera de las cosas que se produjeron en el pasado. En el primer caso se trata de una especulación o una proyección. En el segundo, de algo medible.

El interés del público es el gran fantasma de los músicos argentinos que se sienten incomprendidos. Como grandes audiencias avalan el éxito de músicos argentinos que no se sienten incomprendidos (y suelen representar ante todo la miseria, la decadencia, la vulgaridad y el desprecio por la belleza), los músicos incomprendidos se sienten justificados para la aplicación de cualquier subterfugio compensatorio. Así arrecian los lamentos: “¡qué injusto que es todo!” “¿Cómo puede ser que este analfabeto musical tenga una fortuna y yo esté dando Audioperceptiva en el conservatorio?”

El incomprendido teme y elude enfrentarse con el gusto del público, ese espejo que devuelve una imagen propia, y prefiere tenerlo clasificado de antemano: si el público es refinado, inteligente, sagaz, despierto y con mucha sensibilidad, mi música le va a gustar. Y si mi música no le gusta, será que se trata de gente bruta, insensible, anestesiada por productos enlatados de baja calidad (que muchas veces son importados). Mi música define la calidad del público y nunca al revés. Esta clasificación lleva directo a la mayor ceguera consciente, el desprecio contradictorio de “yo quiero a los humildes pero ellos me ignoran, entonces los detesto”. Y a la fantasía un poco perversa pero sobre todo errónea, de que si se insiste con “lo bueno” durante el tiempo suficiente, entonces los brutos lo elegirán de buena gana. De ahí hay un paso a la justificación más vil, esencialmente equivocada y nuclear en todo el desastre en que nos movemos:

“Lo que pasa es que acá no hay apoyo para Lo Nuestro

Y ahí aparece el Ser Nacional en todo su esplendor y todo se mezcla con la tierra, las raíces, el Federalismo, el Unitarismo, la Soberanía, la Liberación, la Dependencia, el Imperialismo, la Mazorca, la Identidad Nacional y la concha del pato mono. Basta entonces que aparezca una ley que dice que va a defender Lo Nuestro para apoyarla sin dudar, sin preguntarse si acaso la ley no va a promover en realidad los negocios personales de una casta de funcionarios a escala nacional. Como sin dudas formo parte de Lo Nuestro, entonces la ley también me va a defender a mí, y está bien que así sea y que yo aproveche mis vales de producción para grabar el disco que voy a vender en los conciertos que voy a promocionar en los diarios que acepten mis vales de difusión, parecen pensar los músicos incomprendidos al aceptar esta ley.

A todos ustedes, músicos incomprendidos: les van a ofrecer una limosna a cambio de que se vuelvan lo suficientemente lúmpenes como para merecerla.

No existe Lo Nuestro. O sí, existe, pero abarca mucho más de lo que las mentalidades chiquititas de los músicos incomprendidos y los funcionarios populistas consideran.

A esta altura del partido, Lo nuestro abarca todo el mundo conocido, todos los fenómenos humanos que podemos explorar. Y por lo tanto, no quiere decir nada. Es una tautología que sólo desmiente la entelequia de las fronteras nacionales. Es lógico y razonable identificarse más con Bob Dylan que con Uña Ramos. Seguramente Dylan es más nuestro.

El espíritu de la ley, bajo el amparo de lo nacional, es reaccionario, conservador, oscurantista. No existe, no puede existir para el arte una ley que divida al mundo entre nacional e importado en vez de elegir lo lindo por sobre lo feo, o lo verdadero por sobre lo falso.

Esta ley no perjudica a nadie a corto plazo, pero a la larga significa un empobrecimiento aún mayor de la música y de los músicos mediante un sistema controlado de dádivas y complacencias.


————————————

Del mismo autor:
Correspondencia Escolar (02)
Pagliaccio
Big Band Revival
Las dos caras de la enfermera
Rewind
Un final
Ceremonias de iniciación
Esclavos
Del orden de las verduras
La Más Mínima Sospecha