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Village of the cookie

21 12 2012 - 02:41

Todas las noches sueño cosas bien bizarras. Mi pesadilla de anoche trataba más o menos de esto: el gobierno de la Nación pasaba escuela por escuela para revisar la situación de los alumnos. Con “situación” me refiero a que querían verificar quiénes eran kirchneristas y quiénes no. Al no serlo, yo era uno de los objetivos principales de Cristina. Entonces mi grupo de amigos, que tampoco son partidarios del gobierno, me ayudaban a esconderme hasta que la presidenta finalmente pasara por mi colegio.

Si bien en la vida real allí solo se cursa el colegio secundario, en el mundo de los sueños, al parecer, también tienen lugar para el primario y jardín de infantes. Los niños, todos menores de ocho años, tenían el mismo aspecto que los infantes de peluca rubia en “El pueblo de los malditos”. Adoraban la figura de Cristina como si fuera un Dios.

Cuando la presidenta llegó, se puso a vender galletitas. Y como yo tenía hambre decidí comprarle dos. Me dio cinco. Porque ella sabía que yo no la quería. Y porque esas galletitas tenían un ingrediente que las hacía totalmente adictivas; cuantas más comías más kirchnerista te hacías. Me desperté antes de probar bocado.

Como todas las mañanas, durante el desayuno, analicé las situaciones y hechos que que podrían haber sugerido esta historia a mi inconsciente. Supongo que en parte fue el último programa de Lanata que me hizo repasar todo lo sucedido en el 2012 en cuanto a cuestiones políticas. O también que algunas personas específicas de la vida real decidieron dejar su forma y convertirse en los niños diabólicos, todo puede ser. Lo cierto es que después de unos quince minutos me di cuenta de que el sueño tan irreal no era. No son todos nenes con pelucas rubias y caras de endemoniados, pero tan alejado de la realidad no está.

Se me pasaron por la cabeza los miles de nombres de quienes hoy ya no son las personas que conocí alguna vez. Recordé a un compañero que nunca toleré, que cuando tuvo que subir una foto a Facebook de alguien que lo inspiraba eligió a Néstor acompañado de una leyenda que decía “Esa convicción, esa decisión y fortaleza para hacer las cosas”.

Pensé en aquella hija de una docente a la que adoro, que llamó varias veces llorando a su madre el día de la muerte de Néstor y hasta hizo fila para tocar el féretro. Y pensé en otras personas más, con las cuales no puedo entablar una conversación del todo sincera, ya que el tema “Cristina” no se toca.

Así todo lo que pensaba se fue acercando más a lo que sintió el “Gran Jefe” de “Atrapado sin salida” cuando vio al personaje de Jack Nicholson irreconocible tras una lobotomía. El, al quererlo tanto, lo termina matando para que Nicholson (o McMurphy, como se llamaba en la película) no se convierta en lo que le hizo ese procedimiento, que lo alejó de ser como realmente era. El Gran Jefe se escapa al final. Y me pregunto si algún día podré huir yo también de este manicomio, lleno de personas que parecen haber sufrido su propia lobotomía, y de chicos que aunque no tengan pelucas rubias, me recuerdan a los niños malditos de ese pueblo, cuando gritan a todo pulmón los cánticos de La Cámpora.


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