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Saqueos del fin del mundo

29 12 2012 - 15:45

Estamos viviendo la peor crisis de la historia argentina. Una crisis definitiva, cuyo final bien puede ser el final de la democracia representativa y la instauración de un régimen autocrático donde el gesto democrático quede reducido al voto, donde quizás aparezcan solamente opositores puntuales a ciertos elementos de contexto político (para decirlo en criollo: habrá quien gane una banca diciendo que hay que meter preso a tal o cual.) Quien piense que esto es decir que el kirchnerismo habrá de perpetuarse ad aeternum se equivoca: el kirchnerismo es hoy el actor principal de esta debacle; pero considerando lo que dicen, hacen y piensan los demás partidos políticos, no parece haber salida. Cuando la supuesta oposición levanta la mano para aprobar una iniciativa estalinista como la Ley de Música, cuando pacta negocios inmobiliarios millonarios, o cuando —como el perverso Hermes Binner— dice que los saqueos son “robos que no tienen nada que ver con la pobreza”, sabemos que estamos perdidos. Suponiendo que el kirchnerismo caiga, igual parece haber una dictadura en nuestro horizonte: CFK habrá pavimentado el camino.

Los saqueos de hace unos días son un indicador importante de que el país se encamina a una implosión. La prensa y los políticos trataron el asunto colocando el acento en la excepcionalidad, en lo extraordinario. Rápidamente, el Gobierno buscó culpables fuera de casa y eliminó del vocabulario la palabra “saqueo”. La idea final, apoyada por gran parte del arco progrista-opositor, es que lo que pasó fue producto de la maldad y no la explosión de una olla a presión que podía haber estallado en cualquier momento y que, probablemente, volverá a estallar con mayor violencia. Se quiso culpar a organizaciones que avalaron o alentaron la serie de robos que tuvo como consecuencia medio millar de detenidos y —se olvida seguido en el mundo del Nuevo Orden Nacional y Popular que tanto les gusta a los Abal Medina, los Boudou, los Benjamín Ávila, los Pino Solanas y las Vicky Donda de este mundo— también varios muertos, tanto entre los saqueadores como entre las paupérrimas, inexpertas, ineficientes e inútiles fuerzas de seguridad.

Una semana antes, el festejo del día del hincha de Boca había terminado en destrozos millonarios en pleno centro porteño. Nadie fue preso, le sirvió a la presidente para atacar a los jueces y se demostró, una vez más, que hay una enorme connivencia entre todos los estratos del poder político y la delincuencia escondida en parte —pero no exclusivamente— en las barras de los clubes de fútbol. Todos se acusan entre sí y aprovechan robos y muerte para hacer su agosto. Una semana después, los saqueos. Ahí aparecen Binner o el “cronista literario” Cristian Alarcón repitiendo el mantra del “robo organizado”. El texto de Alarcón es central en todo esto, y puede leerse aquí. Alarcón es un periodista por lo general preciso y el texto demuestra que hay que manipular demasiado la realidad para que el relato cierre, pero que ya no cierra.

Supongamos que todo, absolutamente todo, lo que dice Alarcón es rigurosamente cierto. Que no hay hipérboles ni escenas de alto impacto emocional dispuestas con el talento del cuentista. Al pie, la firma de un tal Federico Schirmer como autor del “informe” nos dice que el texto se basa en testimonios de segunda mano. Pero no importa mucho, porque incluso si la agencia Télam lo ha publicado para que quede clarísimo que hubo una “manipulación” (así lo dice el título, así lo subraya el dibujo inmoral de un “saqueador” como un títere, una especie de sincericidio gráfico del kirchnerismo mostrando qué es lo que piensa de los pobres y miserables), la cosa no cierra. El texto tiene varios datos: que muchos saqueadores aparecían bajando de micros escolares, que había autos de alta gama con ellos. Recuerda muchísimo a lo que sucedió en Humahuaca en septiembre de este año, cuando un desprendimiento de la Tupac Amaru de Milagro Sala, la “Tití Guerra” (por el nombre del miembro de la Tupac y ahora imputado Marco Antonio Guerra) quiso ocupar un predio por la fuerza y terminó asesinando al joven Luis Darío Condorí, que simplemente quería que no lo echaran de su casa. Ahí había micros, autos de alta gama y mucha plata (30.000 pesos en bolsones) negra. Si el relato que le dieron a Alarcón es cierto, las coincidencias metodológicas serían demasiadas. Y supongamos que son ciertas.

El segundo dato del texto es que hubo desidia policial de parte de los uniformados de Provincia. Pero también de la fuerza directamente vinculada al Ejecutivo, Gendarmería. Se habla en el texto de “zona liberada” y es probable que en Campana y alrededores haya sido así. Otra vez, creámosle al no testigo Alarcón lo que dice en este texto. Hay un momento interesante que es el núcleo de este asunto. Copio porque el detalle central y político aparece incluso en destacado en la página de Télam y hace tambalear todo el tinglado oficialista. A modo de juego, disponga el lector de unos minutos para encontrar el término clave:

Al saqueo planificado y orquestado, con logística, con transporte, con herramientas; le siguió una tanda de desesperados de barrios cercanos, que enterados de lo que había pasado aprovecharon la volada.

Es “bolada” (tiro de boleadora, “aprovechar la bolada” es agarrar aquello que se “boleó” incluso si no era el primer blanco, una metáfora campera que bien puede no comprenderse porque ya nadie usa boleadoras) y no “volada”, pero no importa. La palabra importante es “desesperados”. Y podemos agregar el sintagma central de la nota: “desesperados de barrios cercanos”.

Lo que el texto dice sin querer, por accidente pero con peso, es que en la Argentina de Cristina y Néstor hay desesperados, gente que puede acompañar o protagonizar, en cualquier momento y porque sí, un saqueo. En caso de que efectivamente fuesen orquestados, todo indica estamentos gubernamentales detrás y no “Moyano y Miceli”, porque no son ellos quienes pueden impedir que actúe la Gendarmería, incluso si en un acto de máxima perversidad Scioli fuera capaz de decirle a la Bonaerense que se quedase piola, algo que a todas luces es improbable. No sólo eso: puestos a pensar hipótesis de “quién fue”, hoy es más fácil pensar en alguna organización paragubernamental (la gente de D’Elía, la gente de Pérssico, algún camporista radicalizado, incluso un cuentapropista de Kolina) que en otra cosa. Pero volvamos: eso es el chiquitaje de mirar las cosas demasiado cerca, de caer en la explicación de interna peronista que nos termina ocultando el auténtico dato de la realidad.

El dato de la realidad, repitamos una vez más y volvámoslo mantra, es que hay miserables y desesperados. Que tanto los que bajaron de los micros como los que “aprovecharon la bolada” fueron porque no tienen otra alternativa. Aceptaron robar, saquear, agarrar lo que fuere porque están excluidos de todo excepto de algunos subsidios cada vez más miserables, cada vez más corroídos por esa inflación que en El Mejor de los Mundos los voceros del gobierno se niegan a aceptar. Cada vez que la oposición habla de la inflación (otra vez, ese señor Hermes Binner que salió segundo en una elección nacional y se bajó los pantalones en lugar de construir una alternativa política, pero lo hizo porque en realidad es lo mismo que el kirchnerismo aunque con alergia sojera al exceso pejotista) se dice “bueno, sí, este Gobierno creó empleo y las condiciones son mejores que en 2001 y crecemos” y esas mentiras. Lo que los saqueos demuestran es que de 2001 para acá nada ha cambiado y que hay una multitud de desesperados, de excluidos, de carne de cañón que sobrevive de la limosna electoral. ¿Quién subiría a un micro para robar si tiene un trabajo? ¿Quién “aprovecharía la bolada” en el caso de tener con qué vivir tranquilo, en el caso de tener un presente y un futuro? Seguramente también en ese caso habría algún delincuente capaz, pero también seguramente la cantidad habría sido insuficiente para que sucedieran tantos hechos en gran parte del país.

Para que quede claro: hay pobres, hay miserables, hay excluidos y los mecanismos de contención del subsidio y la organización social-mafiosa ya no los contienen.

Lo notable de estos relatos es que la realidad es tan aplastante, tan abrumadora, tan enorme, que incluso en las crónicas oficialistas el mundo tal cual es aparece colándose a la fuerza. No puede negarse, no puede ocultarse, es cada vez más fuerte y más pesado. Y en la medida en que el Gobierno o quienes supuestamente se oponen a él sigan haciendo oídos sordos y hablar, de traje y corbata, de cómo “capitalizar el descontento de una amplia franja de la población” en lugar de ver que los ciudadanos no afiliados a un partido político están hartos y cada vez son más capaces de cualquier cosa, seguiremos en camino hacia una dictadura.

Porque mañana puede caer el kirchnerismo (y caerá, tarde o temprano, y el verbo no es accidental y que caiga no es una buena noticia), pero el daño de diez años de construcción de miseria y obscenidad ya está hecho. Las herramientas para el control absoluto de ciudadanía, datos y opinión pública están ahí. Y lo que nuestra “clase política” dice es que cualquiera que venga las va a tomar para sí, con dos manos o con una sola, porque con eso alcanza. No por nada, por primera vez desde hace décadas, la presidente de la República obvió el mensaje de Navidad, una fiesta que, religión aparte, siempre implicó renacimiento, alegría y esperanza. Es evidente que ni siquiera ella cree en eso y que Calafate es, ya, su búnker en el mundo.


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