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Hogueras

6 01 2013 - 15:10

Uno de los síntomas del caos sistemático de la Argentina es que la Ley de Medios se discuta cuando está (en realidad “debería estar”, porque estar, no está) en aplicación semiplena. Sé que “caos sistemático” es un oxímoron, aclaro que no es una paradoja; escribiremos sobre eso. Ahora “nos empezamos a dar cuenta” de que es un mamotreto plagado de errores, omisiones, anacronismos y boludeces que no solucionan ningún problema, aunque crea algunos nuevos. Como se ha repetido hasta el hartazgo en la televisión en las últimas semanas, prácticamente nada de lo que debe hacerse con ella se ha hecho (por ejemplo, saber cuántos medios electrónicos hay en el país y a quién pertenecen de modo fehaciente; cómo debería repartirse el espectro radioeléctrico; etcétera). Y como todos sabemos, la Ley es solo una herramienta —torpe— del Gobierno para hundir al grupo Clarín, a esta altura más por venganza y para callar cualquier crítica o denuncia pública que porque realmente les moleste la existencia de un oligopolio, toda vez que el propio Gobierno se ha encargado de mantener esa figura (muchos medios, pocas manos, la cosa sigue así). El desguace de Clarín, Cablevisión y Fibertel quizás afecte económicamente menos al grupo de lo que podría parecer: a nadie le extrañaría —todos comentan sotto voce en pasillos— que la dirección de El 13 quede en manos de la nueva empresa que está fundando Marcelo Tinelli, que le “compraría” contenidos a Ideas del Sur y Pol-ka, ambas manejadas por Clarín: ninguna ley puede impedirle “a la corpo” transformarse en productora de contenidos, por ahora. Pero sería una tremenda victoria simbólica para mucha gente. Desgraciadamente, sería también la derrota definitiva de cualquier intento de pensar el mundo desde el siglo XXI, dado que todos los discursos de defensa y ataque de estas estrategias se basan en un dogma idiota nunca discutido como se debe: que los medios influyen en los ciudadanos.

Es evidente que los intelectuales argentinos comprometidos no leyeron bien a McLuhan y que Understanding Media se ha convertido en una antigualla. De sus lectores setentistas, sólo quedaron y progresaron los más superficiales y sobacales. McLuhan fue una especie de profeta o, más bien, un pensador lúcido que comprendió hacia dónde iba el mundo. Aldea global, dijo, pero no se lo entendió. En fin, pobre McLuhan: hoy cuando se ve Annie Hall, hay que explicar el mejor chiste de la película, la aparición de este señor. De todos modos, hay un bajo continuo en la obra de McLuhan que me parece relevante: la idea de que es la Humanidad la que configura y reconfigura sus medios (entendiendo “medios” en sentido tanto amplio como estricto). Para sobrevivir, seres sin garras, ni colmillos, ni especiales habilidades físicas, tenemos la comunicación como arma. Es la “función simbólica”, la posibilidad de operar con sucedáneos de las cosas (el sistema del lenguaje) lo que nos permite construir casas mejores, transmitir conocimiento clave para la supervivencia, cazar un mamut. Cuando esos medios no son suficientes, hay un estancamiento hasta que se encuentra una solución a los problemas que no podíamos resolver. Y ahí, a veces de modo acelerado, hay un avance hacia una vida un poco mejor. ¿Qué es una vida “un poco mejor”? Que sobrevivamos más años amenazados por menos peligros. La constante en todos estos casos es que somos nosotros, individuos y comunidades, los que mejoramos nuestros “medios” de acuerdo con nuestras necesidades. A eso, a veces, solemos llamarlo “progreso”.

Los medios de comunicación existieron siempre. Lo que llamamos arte en general nació como medio para comunicar ideas para coordinar acciones con otras personas, y para acumular experiencia. Pinturas rupestres: primero servía como “instructivo” (“así cazamos gacelas”), luego como archivo (“ché, ustedes, Picapiedra y Mármol, ¿se acuerdan cómo cazamos las gacelas aquella vez? Qué joda…buéh, hay que salir de nuevo que se acaba la nerca.”). De allí al relato mítico (“chicos, había una vez una banda de hambrientos donde estaban Picapiedra y Mármol que, un día, se pusieron de acuerdo y fueron a cazar gacelas”) que es al mismo tiempo educativo. Pero en un momento alguien introdujo una modificación en la experiencia que obligó a una reconfiguración del relato (“cazaban tirándoles piedras, hasta que el señor Rajuela agarró una rama, le puso una piedra en la punta y se la tiró al cuello de una gacela”). Y así. Es cierto que el ejemplo puede sonar trivial, pero también esconde una pequeña enseñanza: fue el invento de la lanza, independiente del relato, lo que modificó al relato. Es el mundo, las necesidades de quienes vivimos en el mundo y nuestras ideas prácticas para vivir en él, lo que modifica los relatos. El relato es testimonio y memoria, información de lo pasado (si no fuera de “lo pasado”, de hecho, no sería información) que carece del poder mágico de modificar el comportamiento de las personas a menos que, voluntariamente, tomemos de esa información un detalle nuevo que nos sirva mejor al mundo tal como lo experimentamos.

Este punto es, para mí, crucial. No creo que los medios modifiquen nuestra percepción del mundo ni nuestra mentalidad, ni nuestras ideas; la realidad es muchísimo más compleja y tomamos de los medios la información que nos resulta pertinente en algún sentido y le damos un uso. En la batalla simbólica contra Clarín y en el dispendio megamillonario de pauta oficial se esconde la idea de que repetir ad náuseam una “idea” la vuelve realidad, o al menos la vuelve aceptada como hecho (incluso si no hay ningún hecho real que la certifique) por el conjunto de los receptores del mensaje. O que “la gente” (esa entelequia que aplana lo que es una multiplicidad inabarcable) pensará lo que le digamos que piense. Nada más falso. El mundo es como es y no como lo representamos: las gacelas son gacelas y no unicornios, qué le vamos a hacer, aunque los unicornios sean más lindos.

En este sentido, es clarísimo como ejemplo la intervención del INDEC. Todos saben que las estadísticas post-intervención son falsas. Cualquiera sabe, porque va a comprar todos los días, que los precios aumentan por encima de lo que marca el IPC. Los ciudadanos lo han aceptado en la medida en que el desfase entre los números del INDEC y su poder adquisitivo no implicase un detrimento notable en su calidad de vida. La población prefiere, en general, creer que las cosas están bien y votar por la estabilidad salvo cuando las condiciones de vida de una sociedad son tan caóticas que se busca un “cambio” (que, por norma, es en realidad un reencauce hacia formas previsibles de vida que permitan darle un sentido a la experiencia y seguir adelante sin problemas). Cuando esa falsedad informativa implica un deterioro real de la calidad de vida, el ciudadano comienza a protestar contra ella. El resultado es notable: el Gobierno insiste en comunicar datos que sabe que son falsos a una ciudadanía que sabe que son falsos y los rechaza. Mientras, las relaciones laborales se rigen por una información más fehaciente: el propio Gobierno aumenta los salarios de acuerdo no con el índice oficial sino con un número negociado basado en lo que efectivamente sucede en el mundo “real”. Lo que me interesa de este mecanismo es el hecho de que la repetición de una idea fija no implica que el receptor considere la aserción como real, sino que se basa en su propia experiencia fáctica para aceptar o rechazar tal idea.

En las últimas dos décadas, la idea de “lavado de cerebro” se ha vuelto impracticable. Internet y la libertad casi ilimitada que proveen los medios digitales (incluso en países con enormes restricciones como China) vuelven todo inabarcable e inmanejable. Pero se da un fenómeno curioso: la ausencia de curiosidad. Otra vez, el público —esta vez global— no busca multiplicidad de fuentes de información sino que accede a unas pocas. ¿Está mal? No, es parte de la dinámica física del universo establecer rutinas y disminuir la incertidumbre yendo hacia lo más seguro o conocido, no gastar energía al cuete, digamos. Me dan ganas de invocar la Ley de Entropía para esto, pero sería engorroso. Como sea, lo importante en este caso es que, de todos modos (y eso mismo se verifica con el éxito de las redes globales y sitios específicos en Internet), cuando la información es insuficiente o no cuaja con la realidad, se buscan fuentes alternativas que permitan un ajuste mayor entre lo que experimentamos y lo que nos dicen que experimentamos. Los medios, y esto es especialmente visible en Internet y sus derivados, se acoplan cada vez más a los deseos y necesidades del usuario (“usuario”, hoy, es un término mucho más preciso que “lector” o incluso “receptor”). Como nunca antes, las tecnologías han dejado de lado la idea de un receptor pasivo. E incluso la labilidad de modas y costumbres es una prueba de cómo los seres humanos reconfiguramos constantemente las representaciones que se nos proponen.

Otro ejemplo clave: Marcelo Tinelli. Para quien esto escribe, Tinelli es un tipo inculto, de pésimo gusto y de valores inciertos. Pero además, es un genio. Ha descubierto, espontáneamente (es decir, en un ataque de genio, justamente) cómo utilizar la interactividad en su favor. El tipo lleva una “cucaracha” en la oreja durante todo su programa. De acuerdo con cómo el rating responde o no, mantiene una conversación, una pelea o una ruptura de rutina más o menos tiempo. Es decir: actúa y hace actuar a quienes lo rodean de acuerdo con los deseos de los televidentes, que se expresan de modo binario (ver a Tinelli, cambiar de canal). En 2010, por ejemplo, el día del strip-tease de una de sus bailarinas, que terminó con su partenaire lamiéndole un pezón en primer plano, el rating reaccionó negativamente: para el público que ve “en familia” el programa, eso era demasiado. Tinelli de pronto llevó la conversación con su bailarina a la afición por el yo-yo que tenía el padre de la susodicha y terminó jugando al yo-yo en cámara mientras el rating familiar volvía a subir y marcaba un pico. Tinelli fue, en ese momento ejemplar, el catalizador del deseo colectivo de su audiencia: no, ché, eso de tetas lamidas no, los chicos miran, vamos por otra cosa. Es raro: los Horacio González de este mundo, con su verba incomprensible, no prestan atención a estos fenómenos notables.

Y volvamos al principio: la debacle absoluta que sufrirá el kirchnerismo con la Ley de Medios consiste en que está construida desde los supuestos de, digamos, un Horacio González, bobadas científicamente insostenibles (como su apego al lombrosianismo, digamos), pseudoeruditas que se concentran en la idea de que “el poder a través de los medios puede hacerle creer a las personas lo que quiera”. Pues no es así: una de las pruebas es que la abrumadora mayoría de los medios gráficos y electrónicos hoy está en manos del Gobierno o del aparato sostenido por la pauta oficial y, si se lee más arriba, nadie cree en la inflación del INDEC. Otrosí: todos saben que Clarín dice lo que dice porque está en guerra con el Gobierno. Pero la diferencia es que la mayoría de la población cree que Clarín manipula titulares y el Gobierno, directamente, miente. La mayor parte de lo que dice hoy Clarín es cierto (y el progre culposo a lo sumo acusa su “parcialidad” o su “intencionalidad” en decir tal o cual cosa que es verdad, no que no sea verdad), lo que no es cierto es porque entra en el terreno del potencial (que no totalmente falso, sino transitoriamente indecidible). Y esto no es porque “Clarín es bueno”, sino porque la gente que lo hace sabe de medios y ha venido acompañando el cambio en el rol de la audiencia respecto de esos medios y el Gobierno, no. El Gobierno sigue apostando a la lógica setentista de contar la Historia argentina con dibujitos animados, a editar propaganda en forma gráfica y, en suma, a creer aún en que cuanto más grande es un medio, más influye en el cerebro del público.

Es importante tener en cuenta esta matriz, porque la mismísima idea de que una representación puede influir en “la gente” es lo que siempre ha justificado la censura. No a los desnudos porque estimula las violaciones en masa; no a palabras de simpatía por el comunismo porque “la gente” saldrá a tomar el Palacio de Invierno, etcétera. Nada de eso sucede ni ha sucedido nunca, y de hecho el rol que tiene el lector-espectador-usuario es mucho más activo y crítico (siempre lo fue, hoy solo es más autoconsciente), al punto de modificar radicalmente las representaciones. Justamente, el mayor rasgo de estalinismo de este Gobierno consiste en que cree que el ciudadano es un receptor pasivo de un bombardeo de información que modifica su conducta, y actúa en consecuencia. Si esas ideas triunfaran, triunfaría definitivamente la censura. Y eso sucede porque nuestros intelectuales “canónicos” son reacios a ver el mundo contemporáneo. Perdieron una batalla en los 70, suele decirse, y ahora vuelven por la revancha. Seamos piadosos y digamos solamente que el mundo ya no es como en los 70, sin agregar que el mundo jamás fue como ellos creían en los 70. No les digamos que La Chinoise era de 1968, de antes de aquel Mayo, y que ellos, tan frecuentadores del Lorraine y discutidores en La Paz, no la entendieron jamás. O mejor no. No seamos piadosos: digamos que nunca entendieron nada y que, peor, hoy intentan poner en práctica ideas que ni siquiera están de moda como entonces en aquella América Latina a años luz del mundo. Hoy Brasil es el BRIC. No se puede pensar igual.

La gran tragedia del kirchnerismo —y del binnerismo, y del progrismo en general— es creer que el mundo es como algunos artistas y sociólogos lo pintaron —por puro voluntarismo, carentes de cualquier rigor científico— a mediados de los años sesenta. Es creer que Guy Débord es la respuesta a todos nuestros males, cuando hoy hacen falta miles de notas al pie para explicar quién es Guy Débord o, incluso, Vance Packard. Ideas de hace más de cuatro décadas, del siglo pasado, cuando la tele argentina tenía cuatro canales y cuando había seis o siete diarios en los quioscos cada día, y todavía había canillitas en la calle. Cuando la información sobre algo era inaccesible hasta un par de horas después de que ocurriese. Estos tiempos ven la entronización imbécil de una clase intelectual que no ha comprendido que ya nadie usa papel, y que por lo tanto quienes nos oponemos a ellos estamos a salvo de sus potenciales —o reales— hogueras.


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