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El Closet

24 04 2013 - 08:53

A veces, las personas que pasamos muchos años recibiendo tratamiento psicoanalítico, desarrollamos una gran capacidad para reconocer algunos funcionamientos básicos de la psyche: temas como la compulsión, la neurosis, la manía no nos son ajenos y podemos usar esos conceptos en conversaciones vulgares, como quien da cuenta de cómo se hace la masa de la pizza.

Hace tres semanas me peleé por Facebook con una amiga de toda la vida. Una boludez. El motivo del conflicto fue un comentario sobre las próximas elecciones parlamentarias. Un típico cruce de “no los voto nunca más” interpelado por un “y a quién vas a votar” terminó con 1000 caracteres enumerando 8 motivos para no votar al oficialismo. La pelea me puso una o dos cosas en perspectiva. Yo había estado engañando a mi amiga todo este tiempo. No le decía lo que me parecían las medidas del gobierno, ni le contaba que me reía a carcajadas de los firuletes discursivos con los que Horacio González se refería a cualquier cosa de este mundo. No le decía que Página/12 me parece un compendio de obviedades, propaganda mal escrita con veleidades literarias. No se lo decía porque sabía que eso significaba una discusión, discusión “acalorada” para usar un adjetivo literario, pero en realidad era una discusión atroz, que podía incluír lágrimas y portazos. Le tengo miedo a la confrontación, especialmente cuando el conflicto involucra a personas que quiero.

Así las cosas, ella y yo pasábamos largas horas hablando de temas universales: el amor, la muerte, los celos, los hermanos, los padres, la envidia, la desidia, el aburrimiento, el desgano. El trabajo. Compartimos muchas ideas sobre estas cosas. Nos gusta conversar. Nos gusta salir a caminar por un barrio con mansiones y arboledas añosas que está justo entre su barrio y el mío. Lo recorremos a menudo, felicitándonos por vivir tan cerca de semejante urbanización. Nos preguntamos quiénes vivirán en esas casas. ¿Serán malos? (Ella dice: ¿serán gorilas?) ¿Será tan caro comprarse una casa acá? Y capaz podés comprar la casita más fea, más chica y sin jardín. Para eso me quedo en mi barrio. Bueno, al menos no construyen —Dios nos libre— edificios, o condominios, previa demolición de estos petit hoteles majestuosos. Sabemos que son pensamientos extraños en el contexto progresista de la repartija justa, pero cierta fijación con la belleza del paisaje nos hace venerar estos castillos, estos árboles, estos jardines, en los que viven no sabemos quiénes. Nos gustan incluso algunos autores en común, y nos disguntan otras cosas en común. Pero últimamente cada vez más temas iban a parar al Index.

Mi salida del closet via facebook fue idiota y excéntrica. No es necesario decir por escrito, en forma pública, lo que pensás, a una amiga de toda la vida, con la que hablás por teléfono al menos una vez por semana. La verdad es que este último tiempo yo me sentía Snape. Diciéndole Ahá cuando ella celebraba que el Juez Zaffaroni fuera a presentar el decálogo de Kieslowski en televisión, como Severus charlando con la mamá de Draco Malfoy. Y después escondía Holy Fuck, lo sacaba del living cuando venía de visita, porque decía, si nunca le conté que publicaron algunos textos míós ¡en un libro! En un libro que es más lindo que comer con las manos, que tiene dibujos, que no es una autoedición de editorial Dunken, y yo no se lo conté. Va a ver que tiene ese título con la palabra kirchnerismo. Le va a parecer mal. Me va a querer menos. Esa necesidad permanente de que te quiera todo el mundo.

Algunos temas dejaron de ser posibles, por ejemplo cuando el asunto Vargas Llosa, empezaron a quedar algunos libros afuera de la conversación. Por suerte nunca leí a Vargas Llosa, así que no tuvimos que hablar de eso. Después tampoco se podía nombrar a Campanella. Igual tampoco vi ninguna película de Campanella. Después Uruguay. “¿Para qué vas a Uruguay? ¿Si es igual que acá y encima es más caro?” O sea, mejor no hablar tampoco de las vacaciones. Así llegamos a las inundaciones. Estábamos juntas mientras se inundaba La Plata, eso decían los de tuiter. Pero en el grupo de referencia de ese feriado por las Malvinas —¡las Malvinas!— sólo se hablaba del fiasco que era tener a Macri como Jefe de Gobierno.

Ya lo deben saber, pero si alguno no se enteró: ya no está de moda ser Nac and Pop. Atrás quedaron los días en que los hipsters iban al 24 de marzo, en que los setenta garpaban y los anteojos de montura a lo Rodolfo Walsh y el pelo largo eran parte del atuendo de una chica de Palermo. Ahora ya hay permiso ideológico para cuestionar a los montoneros sin que te crucifiquen por bestia satánica. Esos días en los que nadie se animaba a decir “negro” quedaron atrás. Ahora es más grave decir “puta”, sin hacer antes una reverencia a la mamá de Marita Verón. La corrección política en el discurso, algo sobre lo que Teun Van Dick escribió un libro hace varias décadas (claro, en Holanda todo pasa antes que acá) muchas veces no es más que la muestra de la más profunda incorrección en el pensamiento.

Cuando era adolescente y joven no pasaban dos días sin que discutiera con mis padres y personas de esa generación cada vez que decían “los negros”, “los negros de mierda”, “los cabecitas negras”. La discusión era de verdad, y yo tenía razón: no podés usar ese lenguaje. Mi vieja decía, pero yo no tengo nada contra los negros de raza, me refiero a los negros de alma. Lo cual, claramente, empeoraba las cosas. Ah, la negritud está en el alma, eso es todavía peor, trasladás tu racismo a todo, hasta el alma de las personas, si es que existe el alma. Y ahí probablemente discutiéramos también sobre religión. Con el tiempo, mi familia se cuidó muy bien de no llamar “negro” a nadie. Incluso, una parte de esa familia ya no existe. Ellos empezaron a portarse de modo más correcto, especialmente en mi presencia.

Como una Myrna Minkoff, yo encarnaba todas las causas que tuvieran cualquier viso de independencia. He llegado a decir que si un tipo se masturba en un vagón es porque no puede controlar esa pulsión de vida, y que bueno, allá él. Y mi hermano me decía: Ivana, si un tipo no puede controlar hacerse la paja en un tren, es un tipo que no debería andar suelto por ahí. Y yo: ves que sos un fascista, que querés encerrar a todos los que no están sujetos, etc. La relatividad del mal sin duda era uno de mis temas preferidos. Ojo, puedo seguir siendo bastante forra en ese aspecto. Puedo seguir pensando que hay personas que no se pueden controlar, y mientras no le hagan daño a nadie, por mí, pueden masturbarse donde quieran. Sigo pensando que los médicos —salvo en los accidentes y en las cirugías— son una pandilla de la que es mejor estar lejos, sigo teniendo un enorme prejuicio con las personas que hablan con la papa en la boca. Mauricio Macri, que no puede pronunciar algunas consonantes por haber pasado tantos años encerrado entre esas personas paposas, por ejemplo. (Por favor, les ruego, no me hagan votar a Mauricio Macri, porque sépanlo: si no queda otra, yo también lo voy a votar.) Las vecinas hippie chic de una amiga que vive en zona norte también, que aunque fumen porro y usen túnicas se les nota lo rancio y no pueden decir “yo pienso”, ni “yo siento”, porque no saben si se puede pensar o sentir en primera persona y decirlo en una reunión social. Incluso hasta hace poco pensaba bastante mal de las personas que llevaban a sus hijos a Disney. También tuve mi época de rechazar a los que vivían en barrios cerrados, a los que mandaban a sus hijos a colegios privados, a las que se ponian siliconas en las tetas, a las que no le daban la teta a sus bebés. A todos esos, entre otros, los prejuzgué sin importarme si eran o no kirchneristas. La polaridad se está terminando. Y eso es bárbaro.

El tiempo pasó para mí también. Tus padres se mueren y te encontrás con que heredaste un local en Villa Ballester, dos terrenos no sabés bien dónde y que tenés que ver con tus hermanos, cómo hacés para que no desaparezcan por no pagar los impuestos, cómo hacés para que sirvan para comprarte una casa, o si ya tenés una, para mudarte a una mejor, incluso para comprarte un terreno donde construir una casa a la que te puedas ir, ponele, de vacaciones. Tenés hijos, te empezás a preocupar por ellos cuando viajan solos en el tren. Te preocupa la gente por ahí que no se puede controlar. Ponés parquet en el piso del living y tapizás el sillón racionalista que estaba en el departamento de tus viejos. Le ponés mármol a una mesita divina de bar que estaba en la casa a la que te mudaste. Vivís en una ciudad, vivís en un burgo: sos un burgués. Tenés un trabajo, obvio, ya trabajabas desde antes, siempre fuiste una persona que trabaja, igual, aunque quieras nunca vas a ser de la clase obrera. Tampoco vas a ser nunca de la clase alta.

La discusión con mi amiga me sirvió para tomar posición. Ojo, no en contra de mi amiga. Sino más bien para parar de girar alrededor de los demás y decir cosas en relación a, de acuerdo con. O sea, ahora yo puedo decir algo que ella o los demás, estén o no de acuerdo con. Me reconcilié con la clase a la que pertenezco. Soy de clase media y quiero seguir siéndolo. No voy a alienar mis bienes y me voy a ir a vivir a la villa. Voy sí a pagar todos los impuestos, todos, todos, y voy a educar a mis hijos para que ellos también paguen. Para que los jóvenes paguen la pensión de los viejos, para que de un fondo común gigantesco se saquen los recursos necesarios para beneficiar a los que necesitan ayuda para mejorar su calidad de vida, etc. Y si tengo ganas, voy a ayudar incluso un poco más, como manera de reafirmar la suerte de haber nacido en esta clase y no del lado de afuera del sistema. Pero para eso no es necesario ser peronista, ni avergonzarse de aborrecer un gobierno lleno de ladrones, encaprichado con la idea de cargarse a los programas de televisión que publican denuncias o que son críticos al régimen, o de instalar a presión la idea de que si leés un diario y no otro, vas a recibir un tratamiento de electroshock que te lavará el cerebro y empezarás a intentar destituir al gobierno de turno.

El tipo de la fábrica de pastas me dijo el domingo pasado (desde que salí del closet hablo con la gente) “te voy a traer para que leas todos los diarios de la época de Alfonsín para que veas que fue Clarín el que lo destituyó”. No, flaco, no fue Clarín. Fueron los gremios, los peronistas y una política económica llena de especuladores y delincuentes. Hoy, al final, fui a comprar ñoquis a La Juvenil, que tiene tarjeta de crédito (soy de clase media, pero a esta altura del mes ya no tengo efectivo) porque el flaco de la fábrica de pastas no tiene tarjeta, y por supuesto jamás te da la factura. Pero usa pelo largo y escucha a los Redondos.

Fui a la psicoanalista el miércoles y le conté todo esto, y le dije: siento que ahora que se murieron mis padres yo puedo pensar lo que quiero, puedo ser por ejemplo, radical, como era mi papá, sin tener que llevarle la contra siendo peronista. “Yo fui peronista durante bastantos años” Ambas notamos el fallido. Sigo hablando y al rato ella me dice: ¿a qué te suena “bastantos”? Bastardo, le digo. ¿Y qué es un bastardo? Un hijo no reconocido. ¿Y quién sería? Bueno, capaz que yo, porque en el fondo me la pasé haciendo cosas para que mis padres no me reconocieran ¿viste cuándo decís, no la reconozco a Ivana? ¿Lo dejamos acá? dice mi analista como si fuera Berrnardo Neustadt. Me voy de su consulta, con 250 pesos menos, repitiendo “bastantos, bastardos” quién será lo bastanto bastardo, quién será. Como buena lacaniana, mi psicoanalista tiene sus facturas vencidas. Cuando me la quise deducir en la declaración del impuesto a las ganancias, su número de cuit daba error en el sistema de la afip. Capaz que ella también es kirchnerista.


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