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El principio de conveniencia

29 04 2013 - 20:17

Cuando un diario decide publicar la traducción de un artículo sobre determinado tema, no lo hace por los mismos motivos que cuando encarga a un colaborador un artículo acerca del mismo. En este caso, los editores conciben la nota antes, siguiendo su línea distintiva, y ordenan producir el texto a uno de su tropa, con vistas a un efecto “hacia afuera”. Este efecto no se confia a una nota sola, sino que participa de una batería repartida por las distintas secciones del diario; es un vector sumado a otros vectores que, en conjunto, configuran una resultante. En cambio, la importación de un texto internacional tiene por objetivo apuntalar la toma de posición del diario sobre ese tema, dentro de un contexto ideológico, aportando validez y legitimidad al propio discurso: el texto extranjero funda decencia, se lo importa como parámetro de una ética universal.

Acá pretendo comparar dos textos de Página/12 sobre el mismo tema: la desmanicomialización, publicados en distintos años (21/10/2006, 3/9/2012). Uno salió en la sección “Psicología”, bajo el título: El pensamiento del desmanicomializador italiano Franco Basaglia – Ni manicomio ni control social. Es la traducción de un texto de Mario Colucci y Pierangelo Di Vittorio (un psiquiatra y un filósofo italianos, impulsores de la anti-psiquiatría). Gestado en otro lugar del mundo, habla de los textos del reformador de la psiquiatría italiana, Franco Basaglia. La segunda nota apareció a fines de 2012, en la sección Cultura. Se titula: Doble jornada cultural del Frente de Artistas del Borda – Un “no” con toda la razón del mundo y está firmada por María Daniela Yaccar. Sabemos de Yaccar —por su CV, disponible online— que es estudiante de teatro y saxo. Se presenta como “periodista pasante de Cultura & Espectáculos de Página/12”. Su condición de junior sirve para acentuar el contrapunto tanto con el tono especializado del artículo sobre Basaglia, como con la realidad social que reseña en su propia nota.

Vale la pena indicar que el neologismo desmanicomialización, que aparece en ambas notas, es de cuño argentino y no se encuentra ni en la obra de Coluccio-Di Vittorio, ni en la de Basaglia, ni en trabajo alguno sobre psiquiatría de ningún otro país del mundo. (En algunos países el término elegido es “lucha antimanicomial”; en Brasil se llegó a acuñar el verbo “antimanicomializar”.) En un futuro me fijaré si tiene importancia o no, la tergiversación del prefijo y el uso de formas gramaticales que indicarían “acción y efecto de” desmanicomializar, o “sujeto que” desmanicomializa.

El primer copete, redactado por alguien del diario, resume que “en paralelo con Foucault, Basaglia advirtió cómo la psiquiatría puede ser instrumento de control social, más allá de los muros del hospicio_” (los subrayados son míos). En efecto, los autores italianos parafrasean a Basaglia: “El psiquiatra que quiera enfrentar el problema del enfermo mental en sus términos reales, vale decir, sociopolíticos, debe _rechazar toda solución reformista y colocarse o, mejor, colocar al enfermo mental en condiciones de ponerse en el plano de la impugnación que comprenda tanto el rechazo de su viejo papel de excluido como el de futuro integrado”.

Desde su punto de vista especializado, denuncian a la psiquiatría como algo (un instrumento de control social) que no sería lo que parece (una rama de la medicina aplicada al cuidado de la salud mental). Y radicalizando la postura que se extrae como consecuencia, aconsejan a los psiquiatras y a los enfermos mentales que rechacen la solución de una simple reforma y que impugnen el rol de excluidos, tanto como —esto es lo más interesante— el de sujeto que debería integrarse a la sociedad: “Basaglia rechaza tanto la exclusión como la integración del enfermo mental”.

Por su parte, desde el optimismo juvenil de alguien que está haciendo sus primeras experiencias como periodista, Yaccar cubre la noticia de un evento cultural en el Borda. Lo hace sin haberse empapado sobre el tema, libre de trabajos anteriores acerca de psiquiatras y manicomios (no es su especialidad). Su artículo declara una intención política: “El FAB manifestó su postura respecto del proyecto del Ejecutivo porteño de construir un centro cívico en el predio del hospital. Lo hizo a través de recitales, poesía, talleres artísticos y teatro. Y también se pronunció a favor de la _desmanicomialización_”. Se reconoce el apuro con que la nota fue redactada, como suele ocurrir con las que tienen plazo inmediato de entrega. Esto nos regala, transparente, la actitud de la joven que entra de visita por primera vez al hospicio.

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El texto de Coluccio-Di Vittorio refuerza con coherencia una misma idea: Basaglia dice “no” a “la reactivación reformista del hospital psiquiátrico, que termina por volver a proponer sobre nuevas bases la exclusión del enfermo mental”; y también “no” a “la reorganización extrahospitalaria de la asistencia psiquiátrica, que corre el riesgo de integrar en sentido sociopsiquiátrico a una franja cada vez más amplia del cuerpo social.” Además de negarse a que la reforma del hospital sea una solución al problema, también denuncian que el tratamiento psiquiátrico extrahospitalario se inscribe en el mismo sistema de vigilancia y disciplinamiento (castigo, represión) de la sociedad, en su acepción más amplia.

Entonces, Basaglia insiste —y Página/12 tradujo y publicó este artículo— con que hay un momento necesario, imprescindible: la abolición del hospital psiquiátrico. “1) es preciso destruir el hospital psiquiátrico; 2) la destrucción del hospital psiquiátrico no debe determinar una psiquiatrización de lo cotidiano”. Por si no te queda claro, apuntá: “El manicomio puede ser reactualizado, humanizado, medicalizado, pero cualquier forma de supervivencia del hospital psiquiátrico, aunque aparentemente periférica y cuantitativamente reducida, define, a partir de su rol, la lógica de funcionamiento de los circuitos de los que forma parte; viceversa, su destrucción representa la ruptura del propio corazón del mecanismo con el que, en el mundo de la salud, se fabrica la diversidad como inferioridad y se preforman las respuestas para invalidar su existencia”.

Con esto, la línea ideológica del artículo publicado en 2006 queda expuesta suficientemente.

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Vamos a la nota de Yaccar: en su fraseo con saltos y síncopas, conviven el espanto y la atracción fascinada (actitud que Foucault, en Historia de la locura en la época clásica, señala como la forma en que la misma moral que exige el encierro se interesa por los lugares de confinamiento):

En el Hospital José Tiburcio Borda hay hombres con sonrisas desdentadas, contracturas y babas, tal como lo describió la poeta Marisa Wagner, una interna fallecida hace semanas en el servicio femenino del neuropsiquiátrico. En el parque, limitado por los muros de cemento que se alzan en Barracas, deambulan desde temprano soledades que saludan, levantan colillas del piso y manguean cigarrillos, plata, yerba. Lo que sea.

Un arranque poco favorable; la repugnancia deja en ella una primera impresión demasiado fuerte, la empuja a plasmar este fresco horripilante. Es una imagen boschiana difícil de dejar atrás para seguir con la cobertura del evento cultural. De ahí que la periodista se vea obligada a concluir el párrafo usando una frase puente: “Pero, sobre todo, (manguean) un poco de compañía.” Interesante, porque los internados en el Borda “manguean” —término despectivo para decir “mendigan”, inventado por el burgués a quien el pobre “le tiraba de la manga”— bienes de consumo. Aunque no es tan usual que mendiguen “compañía” (a no ser que vean la posibilidad de conseguir otra cosa más tangible), sin embargo Yaccar lo subraya con un “sobre todo”. Pero este puente le sirve para enlazar una declaración poética de Vicente Zito Lema, que dice “La locura no es más que una desesperada búsqueda de amor por otros medios”, y esto da pie a la presentación del poeta septuagenario, quien dio una charla durante el evento.

Puede ser que, para Yaccar, esta frase de Zito Lema haya tenido el valor estético que le permitió emerger del siniestro inicial. Pero mirándola bien, dice poco y nada. Porque no sólo la locura, sino cualquier cosa, puede ser concebida como “una desesperada búsqueda de amor por otros medios”: comprarse zapatos, cantar en la ducha, enviar spam, aceptar un puesto como ministro de economía. Sucede que a la frase citada le está faltando “lo uno” que se contrapondría a “lo otro”; los medios de buscar amor “no-locos”, distintos de estos “otros medios” que constituirían la locura. Si estos otros medios de buscar amor vienen a ser algo que no es la seducción normal, entonces el panorama de la locura sería vastísimo (aunque la seducción “normal” puede ser una cosa bastante loca, ¿no?). Pero dudo que la locura de los pocos “elegidos” para quedar internados en el Borda sea un concepto tan extenso como lo que insinúa esa frase ampulosa.

Cuando Yaccar dice que estas soledades que deambulan piden, sobre todo, compañía, compone un gesto de estudiante de teatro: la mueca de la caridad burguesa — esa curiosidad luego devenida piedad, humanitarismo, solicitud social- confeccionada con los rasgos de la autocomplacencia: “Yo, a pesar del asco que me dan sus babas, me inclino hacia los que sufren, estoy dispuesta a acompañarlos por un rato. Soy buena gente, hice algo por ellos, mi conciencia está tranquila”. ¿Por qué no le creo? Porque enseguida se pone de relieve que el propósito de su discurso habilita cualquier artimaña, escamoteo, falacia.

Yaccar describe a esta como una “jornada cultural en la que el FAB le dijo ‘no’ al centro cívico que Macri pretende construir en el predio del hospital. Aseguraron que ese proyecto es una punta de lanza de un polo inmobiliario.” Ella subraya un nombre, el de Macri, contra quien está dirigido el texto; luego le atribuye pretensiones de las que no hay constancia: él pretende construir algo en el predio del hospital Borda. El hospital Borda no es propietario de ningún predio: el terreno y el edificio pertenecen al estado porteño, que lo destinó a ese fin y podría dejar de hacerlo, tal como hizo en su momento con la penitenciaría de Las Heras y Salguero, el Arsenal de Garay y Pozos, la cárcel de Caseros o el asilo de Recoleta. Esto, además, anuncia el proyecto de un “emprendimiento inmobiliario” aún más hipotético, ni siquiera insinuado por el gobierno de la ciudad.

Y llegué a lo que me importa:

“A la adversidad, el FAB respondió el sábado y ayer con recitales, poesía, talleres de mural, murga y mimo, y teatro.”

¿Cómo es esto? ¿Qué cosa considera esta nota que es “la adversidad”? ¿Que destruyan el manicomio? ¿Pero no es esto lo que en el artículo sobre Basaglia se postulaba como “absolutamente necesario”? ¿Cómo armonizar con la consigna-bandera de la “desmanicomialización”? Yaccar, ahora, deberá hacer malabarismo:

“Las actividades se sucedieron en la puerta del colorido galpón del FAB, la contracara física y espiritual de esos pasillos kilométricos y silenciosos por los que transcurren seiscientas vidas.”

El galpón —descripto con vivacidad, en contraste con el edificio tétrico del hospital— es lo que el gobierno de Macri proyectaba demoler en 2012 (y su gobierno hizo en 2013). “Lo que vemos hoy es gente que viene a divertirse, a pasarla bien, a estar un rato tranquila y contenta con la misma situación de la vida”. ¿Macri sería el monstruo que no quiere que la gente vaya a divertirse, pasarla bien y estar un rato tranquila en el manicomio? Es lo que parecería desprenderse del análisis del texto.

Previsiblemente, los párrafos que siguen remachan sobre el mismo clavo:

“Se supo que Macri no solamente quiere desalojar el taller protegido 19 –donde los internos aprenden, entre otras cosas, pintura y carpintería–, que funciona metros detrás del galpón del FAB, sino que directamente buscaría quedarse con las 14 hectáreas del Borda.”

“Se supo” corre por cuenta de Yaccar, que no menciona sus fuentes. En esta nota, Macri ya no es parte del gobierno sino. Él, en persona, quiere desalojar el taller del manicomio (donde los confinados aprenden pintura y capintería… ¿para integrarse a la sociedad?) y quedarse con 14 hectáreas de terrenos fiscales, para su propio beneficio.

Las acusaciones son pueriles. Que exista un grupo resistente a la decisión de demoler ese galpón no significa que dicha decisión no haya sido aprobada por la legislatura y varios gremios convocados. No es una decisión personal de Macri. Pero eso no es lo que me importa, sino que, en el mismo párrafo, vuelve a Zito Lema, quien —según Yaccar— “repudia la construcción del centro cívico allí, porque supone que Macri quiere tirar todo abajo para hacer su gran negocio soñado de Puerto Madero 2”.

Entonces, ¿los desmanicomializadores, invocando a los pioneros que promueven las destrucción del hospital psiquiátrico, luchan en contra de quien según ellos quiere tirarlo abajo, para defender el hospital psiquiátrico? ¿O qué hacen? ¿Cómo se los debe entender?

Para esclarecernos, Yaccar transcribe la palabra de Alberto Sava, líder del Frente de Artistas del Borda, artista y psicólogo social (nunca estuvo internado en el Borda, ni lo quiere estar; otro pelito blanco que saca su cuota de prestigio con lo de “yo sé, de eso de estar con los locos en el manicomio”):

“Cuando hablamos de desmanicomialización no hablamos del cierre de este edificio, sino de que se convierta en un hospital general.”

Convertir el Borda en un hospital general, ¿no significa el cierre del edificio? ¿Cómo se hace la reforma de las instalaciones obsoletas y ruinosas, para convertirlas en un hospital general moderno, sin desalojar a los locos ni destruir el edificio? Aparte, de nuevo, el creador de la teoría que legitima a Sava y el FAB, ¿no decía que hay que destruir el hospital psiquiátrico y rechazar la futura integración? ¿Qué hacemos con los principios de Franco Basaglia?

La cuestión sobre estos principios se aclara, por sí sola, en la nota de Yaccar. Ahí consta lo que opinó Zito Lema:

“Conocí al Borda con intervenciones militares, distintos médicos y corrientes. No imaginé que iba a estar bajo la dirección de un delincuente, un canalla. Macri, violador de los derechos humanos, portador de los actos del mal, merece estar preso”.

¿Macri es el director del Borda? En esta parrafada, de tono medieval por momentos, se sintetiza el objetivo de la nota, donde los principios de Franco Basaglia huelgan: lo principal es atacar a Macri, lo más violentamente posible. Yaccar tampoco escatima repetir las declaraciones de los locos, si le convienen:

“Marcelo Peralta, un peronista nacionalista vertical, pero ni montonero ni guerrillero, estaba indignado. ‘Lamentablemente tenemos este demonio que está en la jefatura porteña que se llama Mauricio Pu Macri. Es una cosa de terror.’ Marcelo escribió en un papel ‘Ibarra presidente 2015’ y se lo alcanzó al legislador del Frente Progresista Popular, quien llegó el sábado al acto del FAB.”

Y otro, Luis, “en silla de ruedas” (más gestos teatrales):

“Los malos gobiernos quieren cerrar el Borda. ¿A dónde vamos a ir a parar?”

Conclusión: es preciso destruir el hospital psiquiátrico pero los malos gobiernos quieren cerrar el Borda.

¿Todavía no lo entendés? Ni por el principio de realidad, ni por el principio placer: hace rato que Página/12 se rige únicamente por el principio de conveniencia.


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