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Rational Choice para todos

20 05 2013 - 20:57

Un tic recurrente de los kirchneristas (y de los no no-kirchneristas) se da en dos pasos. Primero, realizar una justificación de cualquier acción cuestionable del gobierno y sus aliados desde un instrumentalismo rudimental, apresurado en asumir una correspondencia óptima entre fines y medios. Y, acto seguido, acusar a quienes miramos con asombro de “no entender” la política real, de ser ingenuos o —lo que resulta insoportable— de ejercer un idealismo sin costos. (Es común que en la discusión política el kirchnerista mande a leer a los demás a Maquiavelo y a Weber — a éste en El Político y El Científico).

Si bien otros ya escribieron sobre esto (recuerdo varias entradas de Gargarella al respecto) es interesante explicitar la lógica argumentativa, en su versión más sofisticada, que funciona más o menos así:

El primer paso es afirmar implícita o explícitamente que los políticos son sujetos racionales que buscan maximizar poder (“actions are taken in light of beliefs to best satisfy desires” o alguna de sus variantes), una afirmación ampliamente aceptada en la ciencia política, especialmente la que se produce en Estados Unidos. Los senadores quieren ser reelectos, los ministros pretenden acumular recursos presupuestarios, los secretarios quieren ser ministros, los punteros ampliar sus redes clientelares, etc. Esta máxima es universal. Pero el kirchnerista sólo la aplica a los políticos kirchneristas (los opositores son más malos que racionales o, en su defecto, no tienen agencia, son empleados de actores económicos). Ergo, todo lo que hacen los políticos (kirchneristas), especialmente aquello más cuestionable, es racional. Cualquiera de nosotros en su lugar, con los mismos recursos y la misma información, haría lo mismo, se sugiere. O fracasaría como político.

Esta última afirmación implica un giro interesante. Se deriva racionalidad de una acción; al no poder observar el proceso decisorio, se asume que todo lo que hace el funcionario es una correspondencia óptima entre medios (por ejemplo, ley de lavado) y fines (conservar el poder). Pero lo más importante de este procedimiento es que pasa rápidamente de un individualismo metodológico –conocido como rational choice– a una argumentación prescriptiva. Pasa de “es racional” a “está bien”.

Si querés aprobar la AUH y ganar elecciones presidenciales, te dicen, es racional (está bien) hacer pactos con tipos como Insfrán, por ejemplo. Pero este paso asume que

1. Los políticos tienen todos los mismos objetivos (esto es, la misma “función de utilidad”, salvo que tengan el gen del mal: “Macri reprime porque le gusta”).

2. Que todos invierten la misma cantidad de esfuerzo en alcanzar estos objetivos.

3. Que una vez que se evalúa la información disponible hay una decisión que es superior a todas las demás (i.e. es un juego con un solo resultado de equilibrio) y

4. Que hay una sola forma de maximizar utilidad en el contexto de externalidades negativas y positivas (la del homo economicus autárquico).

El rational choice, acusado desde la izquierda antiimperialista de económico y anti-social (“la gran teoría de la alta modernidad”), es una herramienta útil para analizar la realidad. Muchas acciones sociales pueden ser observadas desde el punto de vista de individuos maximizando su utilidad dentro de un conjunto estable de preferencias, acumulando cantidades óptimas de información (en contraste con otros enfoques, como la teoría de los sistemas, las teorías funcional-estructuralistas, el psicoanálisis, etc.) Pero el problema es otro.

Para seguir con el ejemplo: que yo sepa, por más que supongamos que para ganar el favor de los votantes formoseños hay que hacerse insfranista, con todo lo que ello implica, la provincia de Formosa no es pivotal en la elección nacional, ni en la Cámara de Diputados. Y hay muchas formas de aprobar leyes en el Senado y “construir” consensos. Por ejemplo, en vez de ayudar al gobernador a “cercar” la provincia para que haga lo que se le antoja, se le puede competir electoralmente a nivel subnacional o se pueden intercambiar votos por obra pública, aunque esto último sea financieramente más costoso.

Sí, el pork barrel y los puentes que conducen a la nada existen en muchos lados. No me horrorizo ni los festejo. Son mejores alternativas que darle piedra libre a la represión y las mafias, etc. Más importante aún, creo que la política está justamente en estirar los márgenes de los puntos 1, 2, 3 y 4 (especialmente 1 y 3).

Los políticos tienen que ganar elecciones, pero algunas elecciones, mejor perderlas.

Siempre hay más de un curso de acción.

Por ejemplo, en vez de aliarte con Insfrán, podés buscar consenso con otros actores que no usen tu apoyo político para violar derechos humanos. Hay formas más o menos centralizadas (e informadas) de decidir sin necesidad de darle el gobierno a los tecnócratas. Como escribió Kenneth Arrow hace ya muchos años,

I am old-fashioned enough to retain David Hume’s view that one can never derive ‘ought’ propositions from ‘is’ propositions. The two issues, method and value, are distinct.


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