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Apunte febril para una epistemología del bananismo

11 06 2013 - 11:43

Proust empieza En busca del tiempo perdido con algunas de las páginas más memorables de la historia de la literatura. El protagonista se está quedando dormido; las cosas que estaba pensando hasta hacía un momento pasan a formar la materia de los primeros sueños de la noche. La manera en que ese fenómeno tiene lugar es bastante extrema: el personaje siente que él mismo “pasaba a convertirse en el tema de la obra, en una iglesia, en un cuarteto, en la rivalidad de Francisco I y Carlos V”. Aquí se produce uno de los milagros proustianos: entendemos lo que está diciendo, porque es muy sencillo, pero no es algo que podamos experimentar por nosotros mismos. ¿Quién no quisiera creer que se convirtió en un cuarteto de cuerdas? Proust lleva al lector a un anhelo constante de experiencias, de las experiencias del propio autor. Empresa imposible, porque para tenerlas habría que, precisamente, ser Proust. Entendemos que los árboles de Balbec le estén hablando, y la escena nos conmueve y nos lleva a desear que a nosotros, alguna vez, también nos hablen los árboles.

Dicho esto: no soy Proust, pero el momento en que más me le acerco es cuando tengo fiebre. En particular, cuando me voy a dormir afiebrado. Entro en un delirio que dura varias horas (del que soy consciente, porque me despierto constantemente), por el cual mi cuerpo se transforma en una entidad asediada por un enemigo. Una vez sentí que era una fortaleza medieval que estaba siendo atacada por los bárbaros. La respuesta al ataque es siempre la misma: no puedo dejar de moverme y, por lo tanto, casi no puedo dormir. Distintas voces, en el caso del castillo, distintos alférez, tenientes, cocineros, discuten sobre cuál es la mejor manera de hacer frente al invasor: cuál es la posición correcta. Boca arriba, para un costado, para el otro, con una pierna levantada y la otra no, etcétera. No sé si, como le pasaba a Proust, esta narración siempre tiene que ver con lo que hubiera leído o pensado momentos antes de dormir, o a lo largo del día. Pero sí fue lo que me pasó ayer (en momentos de lucidez me despertaba y decía: “Tengo que escribir esto mañana”).

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Me acosté con 37°7. Al rato empezó el delirio, que incluso pude explicarle a mi novio en un momento en que los dos estábamos despiertos. Sentí que mi cuerpo ¿era? ¿cobijaba? una reunión de todo el staff de Chequeado. Durante el día había intercambiado algunos mails con dos amigos sobre Chequeado, de tono muy crítico. No me gusta Chequeado, y ahora los tenía administrando mi cuerpo, siendo mi cuerpo, y decidiendo qué posiciones me convenía adoptar para afrontar la fiebre y, sobre todo, poder estar listo hoy para las tareas del día. Escuchaba a distintos miembros de su mesa directiva diciendo: “Tiene que escuchar una conferencia a las 18.30, pero a las 10.30 tiene una reunión: que se ponga boca arriba”, “No es una conferencia, es más bien un concierto: puede dormir con la cara hacia el costado”. Cosas que no tenían la menor relación el problema verdadero que estaba atravesando, o que, mejor dicho, no aportaban ninguna solución.

Chequeado es una pequeña corporación periodística que incluye una profusa actividad en diversas redes sociales, un portal propio e intervención en algunos medios gráficos, como el diario La Nación, y que define su tarea como “la verificación del discurso público”. Llevan a cabo lo que se llama “periodismo de datos”: una especie de contralor informado del discurso político, económico, histórico. Valiéndose de diversas herramientas —que incluyen, por ejemplo, la consulta con especialistas en cada rubro pero, también, la utilización de las estadísticas del INDEC y otros organismos de distintos niveles del Estado— no solo “chequean” a algunos de los principales referentes políticos argentinos, sino también a diversos medios periodísticos. Tienen un cuerpo de redactores-investigadores que se ocupan de elegir alguna pieza de información (un discurso de Cristina, una nota de Página/12) y contrastarla con algunas de las herramientas disponibles. De ese proceso sale un veredicto. Las posibilidades van de “Verdadero” a “Falso”, pasando por “Dudoso”, “Verdadero pero”, “Apresurado”, “Discutible”, “Insostenible”, etcétera.

Se puede defender la posición de que Chequeado es un órgano kirchnerista, creo, de dos maneras, o con dos argumentos, de distinto tipo. Uno es más coyuntural, y tiene que ver con el espacio que le dan a distintas figuras políticas y con el grado de veracidad que le asignan a sus discursos (o, suponiendo que ese grado es más o menos objetivo, con la elección de discursos falsos o verdaderos según el emisor de que se trate).

Como ejemplo, me ciño al spot de Chequeado llamado “Scrabble”. Allí, aparecen distintos fragmentos de discursos políticos, y se les otorga una calificación. El primer fragmento es de Cristina Kirchner:

Hemos permitido que todos los partidos tuvieran el mismo acceso a la publicidad pre electoral. — ENGAÑOSO

Luego, Mauricio Macri:

La coparticipación se repartía 50-50, hasta hace muy poco 60-40 y hoy es 75 (para Nación) y 25 (para las provincias).— FALSO

Después vienen dos fragmentos más con sus respectivas calificaciones (Daniel Scioli y un dirigente agroganadero), luego una especie de declaración de principios en off y, finalmente, hablan algunos referentes periodísticos defendiendo la tarea de Chequeado. Ellos son: Reynaldo Sietecasse, María O’Donnell, Ernesto Tenembaum, Juan Pablo Varsky y Robert Cox. Todos dicen cosas más o menos parecidas: que es necesario tener información clara y objetiva, concisa, no sesgada, que es el periodismo del futuro, que es indispensable algún filtro en la enorme cantidad de información que circula minuto a minuto en Internet y en el mundo, etcétera.

La pregunta obvia es: ¿por qué Cristina recibe un “Engañoso” y Macri un “Falso”? Que el sesgo sea tan evidente no lo vuelve menos verdadero (como cuando uno le cuenta a un amigo que está haciendo algo muy malo con la esperanza de normalizarlo: si el otro no abandona la conversación ahí mismo, no deja de ser su amigo o no llama a la policía, es que tan malo no es). Suponiendo que ambos fragmentos fueran efectivamente “Falso” y “Engañoso”, ¿por qué no eligieron otros que, al menos, recibieran el mismo calificativo?

Creo que el periodismo de Chequeado está bien en un contexto republicano. En un país más o menos normal en el que la palabra tiene algún valor, un correlato con la realidad. En que la verdad equivale a la correspondencia con lo que existe. En el que si un presidente es denunciado por corrupción, renuncia, o si una agencia de impuestos es sospechada de presión a opositores, el presidente echa a todos los responsables y da además un discurso informando al pueblo sobre la situación. En la Argentina, eso no pasa. Las estadísticas oficiales de inflación, pobreza y desempleo son falsas. Ya sobre la base de este precedente, ¿qué clase de verdad puede predicarse de los dichos presidenciales, o ministeriales por tal caso? Una verdad mezquina, pequeña y mentirosa. La verdad banana. La verdad que está detrás del molesto juego infantil: “El aire es libre”. Sí, es libre, eso es indiscutible. Es trivialmente verdadero. No por eso tenés derecho a taparme los ojos o amagar a pegarme en la nariz. ¿Qué quiere decir que Cristina está siendo “engañosa” respecto de la publicidad pre electoral si el Fútbol Para Todos es un medio de propaganda oficialista?

Dejando de lado sesgos puntuales y discutibles (y, quizás, falsos: tal vez el video fue un error), la desgracia de Chequeado radica ahí, en la normalización. En suponer que la neutralidad es posible en un contexto absolutamente excepcional.

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El otro día Cristina Kirchner dijo: “A mí nunca me van a oír hablar mal de nadie”. Una vez dicho eso, ¿hay que seguir escuchándola? ¿Cuál es la utilidad de Chequeado?  Cuando Eduardo Amadeo dijo que la reforma del consejo de la magistratura nos acercaba a algo parecido al régimen nazi, Chequeado hizo toda una investigación sobre la justicia nazi y explicó que, en realidad, la Argentina no se parece a la Alemania nazi por tales y cuales razones. Luego, escribieron otro artículo en el que detallaban en qué punto de la reforma podríamos estar lesionando principios constitucionales, y en cuál no, y cuál sería la mejor manera para…

Chequeado funciona como si viviéramos en un país republicano, sin advertir (o sin manifestar: no es lo mismo) que no es el caso, y tomando todas las iniciativas oficialistas contra, precisamente, la posibilidad de ese país republicano, como si fueran una ley más, una de esas que se hacen en los países en que la división de poderes está asegurada. Es una paradoja que, evidentemente, no les importa en lo absoluto. Sería como imaginar que en 1939 un Consejo Judío para el Transporte inspeccionara cuántos judíos entraban en cada vagón de tren y cuán confortablemente estaban viajando. Si las condiciones que a ellos les concernían estaban aseguradas, adelante.

Cuando se hizo la ley de medios (antes de que Chequeado existiera, creo), ya había muchos obsesionados con la neutralidad (como los hay hoy en día), que explicaban que la ley era buena por este artículo y este otro, sin prestarle atención al hecho elemental de que esa ley puede ser buena en abstracto, pero con la salvedad de que las leyes en abstracto no existen: se implementan en países que tienen gobiernos y poblaciones. Y que una ley de medios que le da más poder al Estado, en tiempos de un equipo de gobernantes que no muestran la menor observancia republicana desde que eran gobernadores de provincia, es un problema, amén de cualesquiera atributos positivos que la ley pueda tener. Hoy estamos viendo un monopolio estatal informativo que se extiende como la mancha voraz, mientras que el diario La Nación está por quebrar por la falta de publicidad oficial. Cada iniciativa del gobierno va a tener un coro de defensores tímidos (o de críticos tímidos, es casi lo mismo) en los términos de su valor abstracto, de su propia “verdad”. Chequeado (que puede tener buenas intenciones; como no puedo juzgarlo, no me interesa como problema, aunque no deja de inquietarme que actualmente figure Randazzo, el Respetable, con un esplendoroso “Verdadero”) viene a darle una forma civilizada a todo esto: un think tank de la neutralidad.

Esta neutralidad es peligrosa porque, por supuesto, es falsa. No se puede predicar el valor de verdad de algo en una situación en que todo lo que importa es falso. Cuando fue la reforma del consejo de la magistratura, el CELS, dirigido por Horacio Verbitsky, presentó algunas objeciones de procedimiento y de fondo. El oficialismo se hizo eco de estos señalamientos. En Visión 7 se dijo: “Nunca se vio un debate parlamentario en el que el oficialismo recibiera y aceptara las propuestas de la oposición de esta manera y se debatiera con esta altura”. De la mano de la neutralidad y las críticas constructivas, en un pase de magia, Horacio Verbitsky se transformó en la oposición.

Chequeado se entretiene en pequeñeces, en decirme cómo tengo que poner la pierna o para qué lado poner la cabeza, mientras tengo 38° de fiebre y lo que debería hacer es ir al médico o, por lo menos, tomar un Ibupirac. Normaliza una situación absolutamente anormal, como si fuera una maestra de cuarto grado que le pone “Insuficiente” a un alumno que le está sacando un ojo a otro con un compás. Al funcionar solo en un ambiente republicano y a la vez estar funcionando en la Argentina, Chequeado quiere decir que estamos en un ambiente republicano y ajustar un tornillo por acá y otro por allá. Chequeado solo debería poder formularse como utopía, como promesa. Funcionaremos cuando este sea un país normal. Mientras tanto, habrá que hacer periodismo desde la resistencia.  


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