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Cómo perder a un progre en 10 días

14 06 2013 - 19:04

Pocos meses después de que Clarín le comprara La Razón a Spadone, a mediados de 2001 y mientras preparaban la mudanza de la redacción de Río Cuarto a Piedras, a mi viejo Editor de Internacionales del diario de la tarde, como a casi todos en esa redacción, lo rajaron a la mierda. “Te llaman de Personal, pero antes de ir terminá la página”. La indemnización fue a parar a cheques diferidos, devorados por el corralito y la devaluación. Entre la poca perspectiva de conseguir otro trabajo, el país a la deriva y un anhelo histórico de mis viejos de mandar todo a la mierda, en mayo de 2002 nos encontramos los cuatro de la familia tipo viviendo en Miami. Teníamos un Pontiac Grand Am 93, indispensable para esa geografía suburbana, un contrato de alquiler de un dos ambientes y nada más.

Cuando nos fuimos estaba cumpliendo quince. Me flagelaba viendo a Rial tratar con idéntico cinismo los escándalos de la sexualidad de Guido Süller, la práctica de la medicina de Giselle Rímolo, la desazón en el microcentro de los ahorristas y la desesperación, que nunca sabré si era genuina o alentada externamente, de los saqueos en el Conurbano. En la escuela corría con mapas de división política a los que les reemplazaba el territorio argentino por océano al grito de “¡Emigrar o Morir!” y en casa pedía por favor que me sacaran de este país. Y aunque a veces fantaseaba con ser parte de la selección estadounidense de Rugby, o jugar en el equipo de Fútbol Americano de algún high school y estar rodeado de cheerleaders, mi objetivo más presente era algún día, desde la posición en la que estuviera, acabar con ese Grupo Clarín que ponía y sacaba gobiernos con sus tapas y que en una maniobra monopólica había dejado sin laburo a mi viejo y sin lugar a mi familia.

De 2002 a 2005 me dediqué a terminar el secundario en una escuela de 2200 estudiantes, 300 de ellos argentinos, sin sentarme a estudiar ni hacer tareas nunca. Avancé sin problemas, reclamando más exigencia a los profesores porque no aprendía nada nuevo. En los recreos trataba de reclutar gente para agrupaciones políticas juveniles que inventaba, con objetivos más o menos anti-imperalistas y anti-globalización. Por internet me conectaba con gente de todo el continente que pensaba parecido, y pretendía instaurar en muchos países células que algún día se activaran para hacer nunca supe bien qué. Redacté informes sobre motivos por los que estudiantes que se volvían locos, conseguían armas y mataban a sus compañeros. Lograba identificarme con sus padecimientos pero también podía reconocer que, con mis viejos laburando de lo que podían, mi familia subsistía dignamente a pocas cuadras de la playa y sin miedo a caminar por la calle a ninguna hora en particular.

Me conmocionaba en vivo vía Telefé Internacional por Cromagnón, las marchas de Blumberg y la batahola de la estación Haedo. Lagrimeé cuando una mañana ingresé vi en mi escuela carteles postulando pibas a Reina de la Clase, porque me remitían a los de las elecciones para el Centro de Estudiantes del Pellegrini. (Entré al Pellegrini porque mi psicólogo le había dicho a mis viejos que sería bueno que hiciera el curso para sociabilizar con gente más afín que la de mi primaria estatal.) Compré los DVDs de Bowling for Columbine y Farenheit 911 en el día que salieron. Me fanaticé con Bill Maher, Jon Stewart, The Onion y Democracy Now. Leía fascinado Los Mitos de la Historia Argentina porque había tenido a Pigna de profesor en el Pellegrini y era en parte gracias a él que había decidido estudiar Historia. De periodismo ya sabía todo lo necesario después de años con mi viejo en una redacción, y lo que buscaba era una base sólida. En el último año cambié la clase de Pre-Cálculos por Web Design porque el crédito no era obligatorio y al carajo con la matemática.

La última semana de mayo de 2003 me pareció genial que Kirchner hubiera ido personalmente a Entre Ríos a destrabar el conflicto docente. Mi viejo me dijo que le parecía un gesto tribunero, y que todo lo que se sabía de Santa Cruz sugería más del mismo peronismo que ya sabía culpable de muchos de los males que me hicieron llegar al Hemisferio Norte. Mientras todos los argentinos que conocía se sostenían un sentimiento patriótico berreta por el lugar que los había expulsado, yo me vestía de civil apátrida y diagramaba planes de migraciones internas inducidas a nuevos centros urbanos que producirían, y crecerían en torno a un modelo de exportación cuya clave era que nadie metiera la mano en la lata. Sin sentirme orgulloso de ser argentino, creía que estaba haciendo más por el país que todos los que me rodeaban.

Trabajé el segundo semestre de 2005 instalando home theaters y plasmas en casas de ricos y famosos, junté la plata suficiente para una Mac, un iPod, entradas para un par de recitales, el pasaje sólo ida a Buenos Aires, como para vivir un año y pico sin laburar. Mis viejos no querían saber nada, pero no pudieron ofrecerme otra alternativa, y yo me dediqué a evadir no muy inconscientemente el sistema de exámenes estandarizados y postulación para becas, para no continuar mi educación allá.

Buenos Aires. En 2006 me bancaron en la mansión de un amigo de mi viejo y terminé el CBC sin sobresaltos. A fin de año ingresé a un call center en inglés que soporté dos meses. Intenté sin éxito mudarme con mi novia, pasé un período de stress por estas y otras razones y arranqué la carrera en Puán en 2007, mientras me mudaba a la casa de una abuela con la cual debí reconciliarme (hasta ese momento no la quería por mandato familiar).

En el primer teórico, Historia de los Sistemas Económicos, al jefe de cátedra que se definía como marxista, no le alcanzaron cuatro horas para definir el título de la materia. Al segundo, Historia de Asia y África Contemporáneas, llegué tan pero tan en punto que ya no había lugar para estar parado dentro del aula. Recordé y evoqué Estúpidos Hombres Blancos de Michael Moore, donde confiesa haber abandonado la universidad por no encontrar lugar para estacionar. Colapsé y decidí tomarme un semestre sabático que mis viejos por teléfono sintieron como una traición. El siguiente semestre decidí lo mismo tras un práctico y un teórico de Sociología de la Historia. Algo no funcionaba y sospeché que me había encontrado con un problema serio.

Comencé un curso de Sonido En Vivo por curiosidad. Y por una cuestión que atribuyo al destino, mis otros abuelos (con quienes también decidí reconciliarme) se ofrecieron a pagarme la carrera de Artes Electroacústicas en ORT. Acepté, pensando que era Producción Musical, que aprendería lo mismo que en cualquier otro instituto en el que te dicen cómo poner el Beta 52 si querés tener el bombo de Pantera. No tenía nada que ver. Conocí la Música Electroacústica y Contemporánea y logré entender, por mí mismo de una vez y para siempre, que el Rock hace 50 años que no transgrede, que para mantenerse joven hay que estudiar permanentemente y que esa matemática que había mandado al carajo, podía acercarme a lo que realmente me interesaba en la vida.

Encontré lo que me apasiona y dejé de sentirme resentido con el país, con la CIA, con Bush y hasta con el Grupo Clarín, incluso antes de la Crisis del Campo de 2008. Hay días en los que pienso que fue un error irme del país y otro error volver, pero la mayoría de las veces pienso que fueron dos excelentes decisiones y que no habría llegado nunca a desparasitarme del Progresismo Falopa si no fuera por toda esta cadena de decisiones.

No vivimos hoy en una Dictadura, pero me exaspera la equidistancia: la idea de escuchar estoicamente las dos campanas cuando sabés perfectamente que una te está mintiendo en la cara sin inmutarse, o de rescatar la pasión política de un tipo cuyo único hobbie conocido eran las cajas fuertes, o de cuestionar el rol, la cobertura y parcialidad de los medios cuando alguien no llega a su casa porque fue raptado y tirado a un basurero, su tren no paró en la estación, o su casa ya no existe porque se la llevó el agua. Creo que nunca fui suficientemente cínico como para anteponer la revisión histórica constante al bienestar general en el presente, pero sí me tragué más de una vez la cortina de humo del rol de los medios, de para quién trabajás, de qué hizo en la dictadura, de desde qué lugar lo decís y de poner en contextos atípicos utópicos hipotéticos cosas que ni deberían plantearse cuando las mismas problemáticas de hace 10 años siguen vigentes. No estoy haciendo más ni menos por el país ni por nadie que cualquier progre: me conformo con no estar hablando pelotudeces.

Optimista con mi propia vida y todo, creo que no hay solución. Ni a la pregunta del rol de los medios ni al transporte público ni a la precariedad laboral ni a los sistemas de punteros y subsidios ni a la plétora de parches que no tratan de visualizar un país a futuro. Vendrá otro 2001. Con mayor o menor indignación y violencia, habrá quienes pidan que se vayan todos pero esta vez en serio, y otros tal vez nos vamos a querer ir de nuevo sin quemarnos la cabeza pensando cómo dar una mano acá.


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