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Respuesta a Horacio González

20 06 2013 - 21:34

Cuando algunos amigos me preguntaron si le respondería a Horacio Gonzalez, yo argumenté que Página/12 no me parecía capaz de aceptar una réplica realmente discordante con el kirchnerismo. Me acusaron de prejuicioso: según ellos ni siquiera un diario como ese dejaría de honrar un derecho a réplica. Estaban equivocados y yo no era prejuicioso: sólo conocía mejor que ellos los límites éticos de un periodismo que privilegia su militancia ante cualquier otra cosa. Ese periodismo nace con miedo a la libertad, tiene miedo de que esta última ponga en evidencia las cegueras y crímenes que acompañan la marcha de su militancia. No tengo duda de que los comisarios políticos de Pagina/12 tuvieron miedo de mi palabra. Lo siento por ellos y por sus lectores. A los editores les digo que fueron cobardes, y a los lectores que ese no es un diario democrático, y que si quieren vivir en democracia se busquen otro diario para leer. Por eso estoy obligado ahora a publicar mi réplica en otro medio. Pero debo avisar al lector que TP no es cualquier medio: es el único que conozco que garantiza cualquier réplica, tréplica, o más todavía. Digo esto para que Horacio sepa que puede responderme con tranquilidad si se anima a continuar el debate.

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Estimado Horacio:

Te agradezco por la crítica de mi libro en Pagina/12 (30/04/2013). El debate intelectual en la Argentina es hoy un bien raro, y practicado cordialmente más todavía. A continuación, mi respuesta.

Tratás mi texto como si fuera literatura de ficción. Me leíste comparándome con Borges, Sartre, Brecht y otros. Tu crítica, en el mejor de los casos, es literaria. ¿A quién le importa en la Argentina que un personaje de esos autores se me parezca? Parece más bien una maniobra tuya para negar la realidad, para poder decir que “Leis no descubre nada nuevo”. ¿Nada nuevo adónde? ¿En la literatura?

Los hechos que revelo te inquietan, por eso intentás negarlos. No puedo creer que no hayas percibido que soy uno de los pocos, si no el único, que se hizo cargo en público de su militancia pasada sin pretender tomar partido de ella, apenas para revelar la verdad que conozco y pedir perdón por mi contribución a la dinámica perversa de los acontecimientos, así como por mi responsabilidad directa en algunos actos en particular. Perdón por las consecuencias, no por las intenciones, insisto. No hay en mí arrepentimiento de mis intenciones, ellas eran nobles y no puedo saber si en otro contexto habrían fructificado para el bien de la Nación. Lo que sí constato con horror son las consecuencias de mis actos en el contexto que se dieron, el cual escapaba completamente de mi comprensión. ¿Por qué te resulta tan difícil entender esto?

Como vos, la mayoría de los que participaron o simpatizaron con la violencia revolucionaria en los años 60 y 70 todavía se niegan a aceptar su parte de lo ocurrido en aquellos años. La mayoría de la generación de los 60 fue guiada por una moral fundamentalista de las intenciones. Eso nos llevó a sobredimensionar las ideas y la retórica por encima de la realidad y de las consecuencias de nuestros actos. Quizás no seas tan consciente de este fundamentalismo porque, precisamente, te quedaste apenas en las intenciones. Yo me envolví en las acciones y estoy obligado a hacerme cargo de las consecuencias. Pero vos también estás obligado, aunque reconozco que tu urgencia y capacidad de percibir este fenómeno no es la misma. Ya que preferís las referencias literarias, te diría que no es igual la percepción sobre los campos de concentración estalinistas (gulags) de aquellos intelectuales que los vieron de lejos, como Sartre y Merleau Ponty, y la de quienes estuvieron dentro, como Solzhenitzyn y tantos otros.

Decís que no quisiste ser “un alma angelical” y que por eso no agarraste las armas. Curioso comentario, ya que continuás justificando angelicalmente con tu discurso a la insensata lucha armada de nuestra generación contra la democracia, mientras yo hace tiempo dejé de hacerlo. Pero no abandoné las intenciones de transformar al mundo para mejor desde una perspectiva universalista e inclusiva. Sólo dejé de ser fundamentalista. Lo que nos vuelve fundamentalistas no es la acción equivocada, sino la creencia de que cualquier cosa que hagamos en nombre de buenas intenciones no afecta nuestras almas y que, por lo tanto, no precisamos hacernos cargo de las consecuencias. Esto se aplica a vos (y a tantos otros argentinos igualmente fugitivos de la historia), que creen que hacer un memorial conjunto de todas las víctimas es una propuesta irrisoria, porque piensan que en una guerra civil o conflicto interno las víctimas deben ser divididas entre inocentes y culpables. Lo tuyo es fundamentalismo puro, pensás que la culpa es siempre del otro. Creés que podés salvarte porque conseguiste evitar las armas, te equivocás. Tenía razón Oscar del Barco cuando se sintió interpelado íntimamente por asesinatos que no eran de su autoría material. Los intelectuales también son responsables si una lucha armada fuera de propósito fue elogiada por ellos en algún momento. En una democracia regida por el Estado de Derecho podrían ser condenados por “apología de la violencia”.

Reconozco que sos un hombre de buenas intenciones y diálogo simpático. Pero hace falta algo más que eso para ver la continuidad entre los 70 y el presente. El principal componente ideológico y motivacional de aquellos años sobrevive encarnado en el actual populismo kirchnerista que vos bien representás. Me refiero a la utopía de la refundación. En ella se concentra la dosis máxima del fundamentalismo de nuestra generación. Cada vez que una generación quiere refundar la Argentina, para bien o para mal, mueren cientos o miles de argentinos. Esas refundaciones se hacen siempre en nombre de mayorías populares que, existiendo o no, son siempre falsas. El pueblo es una entidad empírica que vive en tiempo presente, no conoce el futuro, ni el pasado. Por eso, seducido y adulado debidamente, se somete fácil a los despotismos y populismos.

La democracia se somete a la voluntad popular, pero la voluntad de la Nación es superior. Esta última comprende al pueblo del pasado, del presente y del futuro. Cuando un actor político persigue la utopía de querer refundar la Nación busca el apoyo popular en ese momento. Pero aun obteniendo la mayoría, ella es falsa, porque no puede legitimar en el presente una acción que envuelve también al pasado y al futuro. La política precisa legitimarse en la continuidad de esfuerzos entre las generaciones pasadas, presentes y futuras. Por eso las utopías que quieren refundar la Nación son tan peligrosas: introducen la división y la guerra civil por su propia naturaleza. La Nación es una entidad superior al pueblo, está por encima de las rupturas populares. Ella representa la continuidad de las instituciones del Estado, de la Constitución y de la voluntad histórica de un pueblo.

No se trata de negar los conflictos inherentes a la realidad social y económica del país. Lo que necesitamos es saber que la Argentina viene evitando hacer política para el conjunto de elementos que componen la Nación. Quiero decir con esto que en un país como Argentina hace falta crecer económicamente y resolver la desigualdad y la exclusión social, pero nada de eso será posible si no se genera un espacio para que los enemigos que ayer se enfrentaron puedan convivir hoy en paz. La Nación es un espacio integrador sin el cual no existe democracia ni Estado de Derecho posibles. Sabiéndolo o no, los partidarios de las utopías que pretenden refundar la Nación son obligados a imponer regímenes autoritarios o dictatoriales para afirmar su triunfo, ya que dilaceran la comunidad y las instituciones transformándolas en algo ingobernable a través de la democracia.

Creer que debíamos refundar la Nación fue el error más grave de nuestra generación. A ese error le llamamos “revolución”. Por ignorancia histórica, característica de los jóvenes, no sabíamos que podíamos ser revolucionarios de otra forma, sin ser fundamentalistas, ni refundacionistas. No es errado levantarse en armas cuando los medios usados no son terroristas y la revolución está dirigida a recuperar la democracia y las libertades perdidas. Es bueno repetir esto para evitar que la nostalgia del guerrillero que nunca fuiste te haga pensar que estoy arrepentido de haber luchado con armas en la mano. Te recuerdo que me levanté en armas contra la dictadura de Onganía, fui preso al inicio del gobierno de Lanusse y amnistiado por Cámpora. Mi error fue no haber parado ahí, y haber ingresado en una organización terrorista para construir la utopía socialista. Mi error fue querer que la Argentina cambiase el nombre por una abstracción, como lo hizo la Unión Soviética en Rusia.

Hoy sé que las únicas revoluciones que valen la pena son aquellas como las de nuestros héroes de la Independencia contra España, o la de los norteamericanos contra Inglaterra. Reniego, sí, de la revoluciones fundamentalistas, refundacionistas y terroristas como las de Francia y Rusia, así como de todos los populismos del mismo tipo, como lo es el peronismo en todas sus variantes (sea de Perón, de Menem o de Kirchner). En este sentido, debemos agradecer al destino que nos haya hecho nacer en una Nación fundada sobre la libertad y la igualdad ante la ley. No todos los países nacen así. Por eso lamento no haber puesto todos mis anhelos revolucionarios en favor de la democracia y la Constitución, en vez de hacer una opción por el totalitarismo socialista.

Como vos, los que critican mi “testamento” no me acusan de mentiroso, sino de equivocado. Puedo vivir con eso, nadie está libre de errar en la interpretación de los hechos. Aun así me pregunto por qué una interpretación supuestamente errada llega a doler más que la mentira insidiosa. La ex-conducción nacional de los Montoneros, por ejemplo, continua negando su autoría en la “ejecución” de José Rucci (el último en hacerlo fue Roberto Perdía en su “enciclopedia” de los Montoneros) y no veo a nadie espantado. Como yo, que tengo certeza absoluta de esa autoría, no son pocos los que conocen ese hecho con la misma certeza. Hay mentiras que degradan moralmente de una forma definitiva a quienes las pronuncian y a quienes la amparan.

Te confieso que estoy cansado de tantas mentiras y falsas retóricas. Somos un país cansado existencialmente, solo la verdad podrá revigorarlo. En eso creo. Espero que no sean pocos los que así lo crean también y actúen con urgencia. No resta mucho tiempo. Y no hablo de nosotros, sino de la Nación.

Héctor Ricardo Leis


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