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Cazador blanco, corazón blanco.

25 06 2013 - 10:26

Hoy cumplo años y sólo me sirve para comprobar que todo lo que pensé o me dijeron que iba a mejorar es mentira. Me gustaría decir que algunas cosas sí y otras cosas no, pero la verdad es que cada año que pasa siento más las cosas. En la adolescencia los excesos ante el dolor —amoroso, ¿tengo que aclarar?— están permitidos y son hasta celebrados, pero en la vida adulta no. Supuestamente mientras más crecés, es más fácil. Algunos te dicen que te tenés que tomar las cosas con más humor y otros que no es para tanto. Salir de esa lógica es comprobar que, en líneas generales, lo que te piden es que sigas funcionando sin hacer mucho drama y que llores en la ducha, donde las líneas de las lágrimas se confunden con las gotas de agua. Lo taxativo de la adolescencia y el sentimiento de inmortalidad de la juventud más temprana se empieza a desvanecer, no bajo la teoría de que todos vamos a morir, sino bajo la imposibilidad de seguir soportando otro golpe más y fingir que lo que tenía que superarse en tiempo record, tomate unos días, no se supera y queda ahí, crece, va ocupando lugar en el corazón hasta que no quedan más que los gestos que se suponen adultos, en la forma del cinismo, la incredulidad ante el amor, el sexo sin amor, el vamos viendo, el no proyectemos nada, y ahí se forma la falsa libertad vinculada al dinero y a la cama que te hace más preso del terror incluso en los límites de tu casa, ese lugar que querés compartir, pero en el cual terminas lavando los platos, en total soledad.

Estuve intentando explicarle a alguien el conjuro que lanzo sobre determinados objetos: magia blanca que nace en el corazón de volver a creer, cuando inicio un vínculo que no tiene bases sólidas porque no tiene aún pasado, pero al cual es necesario marcar, de manera invisible, para sellar el día donde empecé a tener esperanza. En ese momento realmente quería que nos fuera bien y ese deseo de alguna manera tenía que cobrar forma. Entonces me compré un vestido, y pensé que la tela era la armadura suave de lo que para mí era riesgo puro, y que en los botones que sostenían el cuello con espalda decubierta en forma de diamante eran los que iban a sostener mi fragilidad ante los hechos. Intenté ser valiente pero llegué quebrada. ¿Qué pasó? ¿Funcionó en aquel momento? ¿Era una prenda luminosa o es nada más un vestido más entre tantos? ¿Logré hacer pasar el efecto a través y por las cosas o no lo logré? ¿Se involucró la otra persona en eso y así logramos involucrarnos los dos? ¿Fue un movimiento fino desde otra manera de ejercer, con timidez, el arte, o fue solamente la amabilidad de vestirse bien? ¿Quién vió todo esto que yo ví? ¿Quién se proyectó en la ilusión de hacer de algo nuevo algo difícil de olvidar para los dos? ¿Le gustó todo esto? ¿Los roces eran una intención o eran un movimiento sin sobrecarga eléctrica? ¿Estuvo todo bien? Si, pero no sé, pero no, pero sí, pero no sé. ¿Y ahora? ¿Sigue? ¿Es algo o es nada? ¿Y la incertidumbre? ¿Qué hacemos con el corazón? ¿Se rompe o no se rompe? ¿Late o no late? ¿Está todo bien? No, creo que no, pero escribo sobre esto con el mayor de los cariños.

No especulo en nada (un suicidio constante, sostenido). No mido y eso incluye también las consecuencias. Entendí que de la adolescencia me traje conmigo un montón de cosas. Cuando me gusta alguien, me gusta. Cuando quiero a alguien lo quiero. Cuando me peleo con alguien me peleo, cuando me separo me separo. Convicción y arrebato. Sigo con los mismos ritos, leo la cosas veinte veces, guardo las entradas de los recitales, me enoja que las entradas de cine ahora se destiñan, escucho las canciones en repeat, me pongo a llorar revisando historiales de conversaciones, espero ansiosa el ruido del gtalk, me quedo mirando extrañada la pantalla cuando no tengo respuesta, soy ansiosa y digo todo el tiempo lo que siento. Me angustio y completo las frases de las otras personas. Intento develar los misterios ajenos y entro en ese lugar de la misma manera que a los 15. Tengo 30 años pero no se como son las cosas, no estoy más canchera que hace diez, quince años atrás. Colapso en ese mismo abismo, a mitad de camino entre la felicidad y la tristeza. Me sigo desbordando de la misma manera, mantengo inquietudes similares, sigo igual de asustada que antes, más asustada que antes. No acepto las reglas de los 30. No me importan nada. Vamos viendo, relajados. No, vamos —si querés— con paciencia y con cuidado, pero con la tensión de que lo que tenemos explota. Rompamos todo, no nos escondamos en la experiencia. Todo es nuevo, todo empieza otra vez. A veces me detengo a mirar a esta persona y no se quién es. ¿Quién es? ¿Quién sos? ¿De dónde saliste? La experiencia, todos estos años, no me dicen quién sos vos y tampoco me advierten del efecto que podrías tener sobre mi vida y hago lo mismo que hago siempre, borro el pasado, lo que aprendí lo olvidé, lo deshago para armar otra cosa.

¿Qué es la patria? Es este nuevo territorio que tengo que conquistar. Todos los amores que tuve y que tengo son las construcciones, mis propios edificios, el trabajo manual, una ciudad entera. Acá esta lo que tenía para decir, esto es lo que tenía para decir.


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