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Condiciones objetivas

18 05 2013 - 19:23

Después de lo que escribieron Leis, Gargarella y Quintín, creo que ya no tengo nada original para decir respecto del fallecimiento de Videla. Pero la vanidad es grande, así que procedo a unas pocas líneas.

En la Edad Media les hacían juicios a animales. Michel Pastoureau, en su alucinante Historia simbólica de la Edad Media occidental, repasa algunos de los casos mejor documentados. Entre ellos, el de la cerda del vizcondado de Falaise, Francia, en 1386. La cerda había asesinado a un bebé de tres meses, al que le comió la cara y un brazo. Le hicieron un juicio que duró una semana, se le puso un defensor oficial, se la vistió para el proceso (guantes incluidos) y luego de todo eso se alcanzó una sentencia. Fue condenada a que se le cortara el hocico y se le hicieran algunos tajos en una de las piernas, para colgarla y que se desangrara. Con intención pedagógica, fueron llevados a presenciar el juicio no solo el dueño del animal y el padre del chiquito muerto (como castigo por no haber cuidado de su hijo), sino también los otros chanchitos del pueblo, para que vieran morir a la cerda criminal y aprendieran del delito.

La administración moderna de la Justicia, las constituciones y el derecho penal ofrecen un panorama absolutamente distinto, por supuesto. En particular, el artículo 18 de la Constitución nacional argentina dice: “Quedan abolidos para siempre la pena de muerte por causas políticas, toda especie de tormento y los azotes. Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquélla exija, hará responsable al juez que la autorice”. No solo cambiaron los sistemas legales y simbólicos; cambiaron, antes bien, las escalas de valores que los sustentan.

En primer lugar, los reos solo pertencen al ámbito de los seres humanos: en la Modernidad, los animales dejaron de ser moral y jurídicamente responsables. En segundo lugar, la justicia no se administra ya como venganza simétrica, y por eso en el Occidente civilizado no les cortan las manos a los ladrones, ni, en general, se asesina a los asesinos (la pena de muerte es la negación de la civilización). Valores más cercanos a la justicia moderna son la confesión, el arrepentimiento y el perdón más que la venganza, la retribución o, incluso, el ejemplo. La cerda es exhibida ante los cerditos para que aprendan que no deben comerse a los bebés. Hoy en día, el mismo argumento se esgrime en favor de las penas carcelarias elevadas: el “castigo ejemplar”, como si el condenado pudiera valer más como un medio (educativo, en este caso) que como un fin en sí mismo.

Nuestra Constitución impide los revivals medievales (en su letra los impide, al menos). “Las cárceles son para seguridad y no para castigo de los reos” y es ilegal “cualquier medida que conduzca a mortificarlos”. El término “seguridad” puede interpretarse en sentido amplio: seguridad del cuerpo social ante el peligro que pueda constituir un preso; y de los presos en sí mismos, ante los posibles linchamientos u otras venganzas en su contra. Como sea, la cárcel no debe funcionar como un castigo (más que el que configura, en sí misma, la privación de la libertad). En el caso de los mayores de 70 años, se concede el arresto domiciliario porque la cárcel, a esa altura, no es sino “una medida que a pretexto de precaución conduce a mortificarlos”. Un comunicado reciente del Servicio Penitenciario Nacional aclara el nuevo régimen de arrestos domicilarios, y respecto de su cuarto inciso, que reglamenta la figura legal para los adultos mayores, dice: “El supuesto del interno mayor de 70 años no presenta mayores problemas de interpretación, puesto que la edad constituye una condición objetiva del sujeto”. Y sin embargo…

Videla murió en su celda, enfermo, a sus 87 años, solo, sin la compañía de sus familiares ni de sus amigos. Nadie debe morir de viejo en una cárcel, como dice Héctor Leis en su columna de hoy. Eso es precisamente lo que la Constitución y el código penal buscan impedir. Se trata de un derecho, una garantía. Todos los humanos tienen garantías. El hecho de que a Videla se lo haya condenado demuestra que es un ser humano, porque nosotros ya no juzgamos animales. No es un dato menor. Al ser juzgado y condenado, Videla fue reintegrado al circuito de la vida civilizada, de la democracia liberal, de los humanos que se relacionan entre sí, que pagan por sus deudas, que tienen obligaciones y, al mismo tiempo, derechos. El Estado de derecho se pone a prueba en estos casos, que son los más difíciles: poco mérito tiene darle el beneficio del arresto domiciliario a un evasor impositivo de 90 años. Por ser los más difíciles, son también los más obvios. El Estado argentino fracasó a la hora de salvar esta paradoja.


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