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Quijotista

29 06 2013 - 10:45

Desde hace años intento entender qué es lo que me pasa, comparándome inevitablemente con lo que creo que le pasa a quienes me rodean. ¿Cómo no hacerlo? ¿Cómo no jugar al contraste? La serie de acciones más mafiosas que recuerdo haber llevado a cabo en mi vida de 26 años se remonta al primer y segundo año de la primaria. Estaba de alguna manera enemistado con Hernán, le robaba a escondidas algún contenido de su cartuchera. Algo importante y notorio — una regla, por ejemplo— sólo para verlo perder su compostura, que ya de por sí era propensa a perderse. Pero este pibe lloraba por cualquier cosa y yo enseguida me arrepentía. “Mirá, Hernán, la encontré” terminaba diciéndole, sacando la regla de la nada (muy sospechoso) para devolvérsela y que dejara de llorar. Así era yo con mis enemigos, un llorón combatiendo a otros llorones, poniéndome un sobretodo de impostada maldad que nunca llegaba lejos.

En el pasillo cronológico que va desde mi infancia hasta mi preadolescencia, mi libro de cabecera era “Ahora, el bambú”: Una serie de cuentos folklóricos orientales con fuertes moralejas arraigadas en la honestidad, la voluntad interior, el respeto a los maestros y los mayores, la Verdad y el Karma, en el cual no creo porque reza que hay que privarse de hacer cosas malas para evitar que le pasen a uno después. Es egoísta, también. Consumí mucha cultura oriental a temprana edad por un interés personal que aun no puedo entender; las fábulas de honor y justicia resonaban en mi mente y en los pasillos del Colegio Alemán de Temperley donde alguna vez me aventuré a narrarlas para mis amigos.

Aprendí a leer solo, antes de entrar a pre-escolar. Agarraba el diccionario y le decía a mi mamá “Acá dice tal palabra, no?” y ella me decía “Sí ¿Cómo sabés?” y yo contestaba “Me suena a que dice eso”. Para mí las letras y las palabras tenían cara de la letra que eran, y cara de la palabra que eran. Las reconocía por la cara. Tengo desde entonces una fuerte relación con las palabras, y sólo creo en torcerlas por diversión: para poner apodos, modificar mi nombre, jugar a la dislexia. Jamás para hacer caso omiso del peso que tenían cuando las dije.

Vivo perplejo y dolorido por la amarga pinchazón de la memoria de pez colectiva que me rodea. Los lapsos de convicción se acortaron a duraciones impensadas para mí, que ya me rehusaba a tomar en serio a la gente que cambiaba su pensar en giros de 180° al transcurrir sólo unos años. ¡Quizás debí agradecer que al menos pasaban años! Noto que los hoy los discursos se acomodan por semestre, por trimestre, a veces a lo largo de una misma charla en la que uno expone las falencias del otro y este otro solamente puede recurrir a una gambeta desprolija que lo sitúa en una incómoda posición respecto de aquella en la que arrancó el debate, incierto, tambaleando. Esto es el nivel general. Adhiero a que cambiar de opinión de forma coherente en el tiempo demuestra altura, humildad. Pero esto no se aplica a cambios rotundos e inmediatos, que remodelan percepciones dando lugares a suspicacias. Tal vez soy un poco injusto por declarar que detecto un S.D.C (Síndrome de Déficit de Convicción, como un A.D.D aplicado a la convicción) porque en realidad pensándolo bien, la gente de la que hablo está convencida todo el tiempo. No es un déficit, es sólo que cambia aquello que la convence, extremadamente rápido.

Trato de analizar las cualidades estructurales del grupito de gente, de seguro un microclima, con quien coincido en este dolor. Analizo nuestro accionar y nuestras trayectorias casi como si el problema mayor comparativamente fuésemos nosotros y no los forros con cara de concreto que defienden con igual vehemencia un lunes lo que denostaban el domingo. La reflexión a la que llego gira en torno a una enfermedad que nos diagnostico y de la cual no pienso renegar: el Quijotismo.

El Quijotismo abarca nuestras vidas desde las relaciones laborales a las interacciones sentimentales o humanas en general, nos revela como la clase de gente que lloraría frente a un rival si eso es lo que hace falta para lograr que el rival entienda quiénes somos. El Quijotismo no viene adosado a una actitud de “superadismo” que sí, por otra parte, se percibe en quien es tan canchero que te alecciona viviendo en el mismo país que vos, en el cual no es seguro que ni vos ni él lleguen enteros a laburar si se tomaron el tren en Padua. El Quijotismo no contempla ser canchero porque además de que el contexto no está para cancheros (aunque los haya) es un hecho que ninguno de nosotros, Quijotistas, creció rodeado de gente que le haga sentir que ser honesto sea algo bueno, canchero o piola.

Un día, revisando una pila de basura en el patio de un amigo, nos encontramos con un bidón de kerosene. Cuando el padre nos preguntó más tarde por qué teníamos ese olor “A Raid” encima, le contesté “Es por el kerosene”. Mi amigo me gritó “¿Por qué sos tan honesto?” y no me habló por el resto del día. Otra vez, en clase, cuando ante la típica pregunta de rutina de “¿Qué querés ser de grande?” uno contestó “LADRÓN” y no pude evitar pensar qué clase de contención tendría en la casa.

Supongo que mis padres, influencia directísima indudable, alimentaron ese quijotismo al principio (y por qué no, en ocasiones, hoy también). Suena típico decir que tus padres te alentaron a ir por un camino de rectitud. Lo llamativo es que alguien no olvide con la adultez la mayoría de las premisas de su infancia. O peor aún, lo más común es que los mayores le digan a uno que, ajustándose a la adultez en la cual uno mora, ya se tiene que olvidar de ciertas cosas un poco infantiles o adolescentes. Entiendo que la adolescencia está vista como el chispazo final o el punto más alto del Quijotismo infantil de uno antes de morir, como una supernova del Quijotismo.

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Hace 11 años que mis padres viven y trabajan en el exterior tras encontrar lo que acá estaba visto como un lujo y debería ser básico. No se fueron a Suecia o a Canadá, siguen en latinoamérica. Soy el hijo de un empresario de la publicidad que salió a laburar de cualquier cosa a los 16 para mantener a su vieja y hermanos (uno enfermo), y de una docente retirada por problemas de salud, hoy guía de museo. Mis constantes apuestas por seguir en el país a toda costa siempre fueron un punto de conflicto con ellos. Pretendí siempre aplicar mi empatía y comprender de qué manera sus ánimos fueron abatidos una y otra vez en este país por circunstancias como no poder evitar que una empresa se vaya a pique o en el mejor de los casos salga empatada, o cobrar en patacones la mitad de cada uno de los tres sueldos de colegios del estado (patacones emitidos por la provincia que dependiendo el día, no te aceptaban para pagar impuestos provinciales). Pretendí entenderlos pero nunca quise compartir su sentir, y quería poner a prueba acá mi fuerza para no quebrarme. Al margen de que la apuesta por un futuro decente no debería ser un juego extremo de ESPN. Hice de cuenta que sí, que estaba bien lo de “pelearla acá”, como mal se dice. Porque vivir no debería ser pelearla, salvo que tengas un impedimento físico que te lo obstaculice a cada día.

En ocasiones llegan a mi casa (dirigidas a mi padre, el real destinatario) cartas del Instituto Belgraniano Argentino invitándonos, como descendientes directos de Manuel Belgrano, a alguna misa en conmemoración de su nacimiento o de su muerte. Nunca fui porque no soy demasiado afín a las ceremonias religiosas. (Una vez me acordé de “Sálvame Jebús” durante un velatorio en una iglesia de Olivos y tuve que salir a la calle para no pasar un papelón.) Pero aún así no puedo evitar pensar en la historia de Manuel Belgrano. A diferencia de la mayoría de los próceres que Anteojito reformuló para adaptar a nuestra capacidad cognitiva de niños, disfrazándolos de algo mucho más heroico y “limpio” de lo que realmente eran, considero que es aquel que más se acercaba a esa imagen impoluta. Creo que Belgrano —basándome en la imagen promediada entre la historia suave y la historia profunda y crítica— era verdaderamente honesto, lo cual no es tan fácil decir de cualquier padre fundador de una nación o del creador de alguno de sus símbolos patrios. Simplemente honesto. Honesto dentro y fuera de su contexto. No puedo evitar pensar en esa enorme cantidad de generaciones que pasaron, hasta mi padre (su 3er chozno) y hasta mi persona. Me pregunto si la honestidad se trastoca y se diluye para convertirse en su pariente con trastorno obsesivo compulsivo: El Quijotismo. Pienso mi generación como a una cuyas cualidades se erosionaron en relación a la anterior. Veo a mi padre como a un Quijotista que dejó la enfermedad en el umbral de su adultez para aprender a jugar el juego, para aprender a sufrir menos, y acercándome a los 30 (faltan cuatro años) noto palpable mi incapacidad para hacer esto mismo. Me siento como una fotocopia en momentos de malaria de tóner, menos legible, mal sacada.

Cuando era más chico, me fui con ellos en una de las distintas excursiones laborales que emprendieron. Ahí no dependía de mí, no estaba la opción de quedarme. Conocí en este breve exilio a otro argentino infectado por el Quijotismo, y nos prometimos volver al país (muy a pesar de nuestros padres) y, entre otras cosas, formar una banda. Un tiempo después fundamos juntos Casa Cultural Rechazando Coimas, un espacio cultural informal con cierta ética punk (dentro de la ética punk que puede tener un laburo) donde hasta hoy más de 100 bandas tocaron, Kartopfeln (la nuestra) grabó su disco, e incontables artistas plásticos y visuales expusieron su obra. La premisa principal era: No les vamos a cobrar a las bandas. Si venís de algún lugar donde la música no está vista como un hobby, es lo razonable. Esto obviamente hizo que nuestros pares (generalmente los mayores) se nos cagaran de risa en la cara. Cabe destacar que en países que el superadismo autóctono siempre menospreció, como Chile o Perú, lo normal es esto de NO cobrar a las bandas, y entender que tu ingreso esa noche es gracias al músico, y que la ganancia no es el músico en sí o su desembolso.

Argentina está vista como el país con las peores condiciones para los músicos en la región. Se nos caía la cara de vergüenza (nuevamente, por el Quijotismo) cuando las bandas que venían a tocar nos trataban casi como héroes por no haberles pedido guita, o porque les regalásemos cerveza, e incluso por sacar algo de plata para un eventual flete. Sigo teniendo gente a mi alrededor refiriéndose a esta etapa de mi vida, éticamente hablando, como algo que va a disiparse con el avance de la adultez, enmarcando el idealismo (que nunca dije tener, solo pretendo no ser un explotador) en el portarretrato de la juventud, algo a dejar atrás. Esta misma gente a la vez me dice que no me preocupe, que si cobrara no sería un explotador de trabajadores, porque la música no es un trabajo. ¿Cómo harán en otros países para vivir los que administran un espacio cultural o club de rock sin cobrarle a las bandas? ¿Alquileres más bajos? ¿Impuestos más bajos? ¿Más subsidios? (No creo) ¿Más cultura de pagar por el arte? ¿Más gente consume? ¿Estudiaron en Hogwarts? Debate para otro momento.

Me quedo en que: Dentro del contexto de una sociedad que, al no pagarle a los músicos, no los ve como trabajadores, haremos todo lo que sea necesario mientras no rompa nuestro esquema de valores, para no cobrarle nunca a las bandas. Esta decisión me llevó a una reflexión interesante al ver las reacciones de la gente a esta determinación: Ellos no harían lo mismo que nosotros, pero les parece admirable. Ellos —ellos, ¿eh?— personalmente no lo harían, pero para ellos está bueno que alguien lo haga. El Quijotismo nace en la gente que encuentra infecciosa la acción “admirable” del otro, y la gente que me manifestaba esto tenía todas las vacunas dadas.

El Quijotismo, una enfermedad sin épica (porque ni quien la padece ni quien la analiza busca la épica en lo malo), en la atmósfera de sufrimiento que conlleva no le otorga ninguna clase de altura moral a quien la padezca, que esto quede claro.

No se registran casos de Quijotismo adquirido por contagio a una edad avanzada, pero sí hay casos (y son la mayoría) de pacientes curados en el umbral de la adultez o ya adentrados en ésta. Sólo es contraída a una temprana edad y alojada en el organismo hasta el día en que los gestos admirables en otros dejen de hacer mella en uno, dejen de inspirar a uno a querer emularlos, o uno mismo deje de tener inclinaciones hacia una idea glorificada de la honestidad por iniciativa propia. Retomando el punto de que en Internet se encuentra todo: Si usted desea auto-diagnosticarse, tal vez encuentre aquí la lista de síntomas que le permita constatar que efectivamente padece de Quijotismo. Tal vez usted también padezca este mal. Y yo podría encontrar aquí dentro de algún tiempo (si es que cambié) mi perdición. Porque estoy enfermo y a diferencia de los sanos afortunados, no puedo ir en contra de estas palabras. Ya las dije.


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