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El Testamento de los Dos Gatos

22 07 2013 - 21:32

Me contaron la historia de una pareja que tenía dos gatos, el gato gris era de ella y el gato negro era de él. Los que habían elegido eran los gatos pero eso no importó cuando se separaron y él decidió en venganza llevarse el gato de ella y dejarle el gato de él. El gato de él nunca la eligió a ella tanto como a él y el gato de ella hizo lo que pudo. Pero los dos tuvieron que vivir con un gato que todo el tiempo añoraba estar con otra persona y le quería ronronear a otro dueño, que cada vez que escuchaba el ruido de las llaves y se abría la puerta se decepcionaba, que decidía dormir solo cuando antes, en invierno, cumplía con amor su tarea de gatofactor, que ya no los cuidaba en el baño durante la ducha para ver si se resbalaban, que estaba constantemente viviendo con una persona mientras su deseo pertenecía para siempre a otra y su amor inútil no encontraba coordenadas para dar sin medida un cariño que se acumulaba sin parar en un cuerpo caliente que había perdido su encastre en el mundo.

Cuando mi mamá se muera voy a quedar oficialmente sola en el armado de la familia convencional. Mi papá se murió ya hace unos años. Después de estrenar en los 80 la tercera cadena de hijos únicos, no queda nadie. Y el futuro es incierto porque yo hasta ahora no he demostrado interés alguno en reproducirme. Una vez dije que tendría un hijo para que mi bienes, mi casa y todo lo que hay en ella, no formaran parte de una larga cadena de peleas, regalos y robos, para finalmente terminar con un cartel sobre Avenida San Juan de remate auspiciado por el Estado Nacional. Estuve pensando que si la cosa sigue así, por las dudas, me atropelle un colectivo o justo me tome el tren que no frena, tengo que dejar las cuestiones legales en orden. ¿Quién se quedaría con todas mis cosas?

Estuve pensando que hay que darle un poco a cada persona que significa algo en mi vida. Me quedan entonces los amigos y las amigas, la familia elegida, pero no sé qué es justo para cada uno. Tengo un montón de ropa y toda es buena pero ¿alguien se quiere poner la ropa de una amiga muerta? Espero, por favor, que sí, porque no tengo ganas de que un moza que quiere ser actriz se ponga un vestido mío rescatado, una ganga, del ejército de Salvación o de la Quinta Avenida. Los libros sé quién se los puede quedar, tengo un nombre pero me lo reservo. Odiaría que fueran a una biblioteca pública o, peor, terminaran en una biblioteca popular. Tampoco quiero que los venda el nazi de Parque Rivadavia.

La perra se la voy a dejar a Daniel, que vive en Mar del Plata, para que pueda empezar de nuevo y nos evitemos la triste historia de la perra que va a la tumba todos los días demostrando fidelidad eterna y unos años después la misma nota con la conmovedora perra que terminó muriendo de tanto extrañar. Ella también tiene derecho a empezar de nuevo. Los gatos: uno se lo dejo a Matías y el otro se lo dejo a Ana. Ellos decidirán por mí, porque van a saber lo que es bueno para mí incluso en el más allá. Todos los instrumentos se los dejo a los miembros de mi banda con la esperanza de que hagan otra banda mejor, infinitamente mejor. Los vinilos se los dejo a Raffo, porque hay que tener mucha paciencia para corregirme las comas, y la paciencia es una forma de cariño que me gustaría retribuir. Los CDs se los dejo a Sebastián y los cassettes también. La novela que nunca terminé y la que si terminé se las dejo a Leandro, porque es el único que va a hacer exactamente lo contrario de lo que le diga que tiene que hacer en la nota de instrucciones finales. Las cámaras y los negativos se los dejo a Martín para que siga mirando el mundo por mí. Con lo que escribí a mano voy a pedir que me entierren.

El buda de China se lo dejo a Luciana, porque hace tres semanas que pide por mi felicidad desde que se enteró que vivo con el terror de perderla. La vajilla antigua se la dejo a Tamara, porque creo que es la única que no la va romper. Los libros de Bolaño se los dejo a Natalia, junto con el acolchado mitad violeta y mitad turquesa que usamos juntas tantas veces en todas esas noches que volvimos de bailar para que se sienta abrazada siempre por mí. La casa, mi hogar mi individualidad hecha ladrillo, se las dejo a mis amigos, el centro más firme, ellos saben quiénes son, para que nunca más tengan que pagar alquiler. Hay más cosas, pero a grandes rasgos esto es todo lo que tengo.

No me estoy deseando la muerte ni la estoy invocando, no la siento venir, no creo que este cerca. Pero está, existe, es un movimiento ineludible. No la acepto, es verdad, creo realmente que no me voy a morir nunca. Pero estuve pensando mucho en la muerte en relación a la vida, lo cual me trajo cierto alivio. Pienso mucho en la liviandad con la que muchos se toman la muerte, la propia y la ajena, en las sentencias: nacés solo, morís solo. Como acto reflejo siempre pensé que es así. Y, de hecho, para muchos es así: nacen solos y mueren solos. Pero no es así, al menos yo no me imagino irme sola, no en mi memoria, no en cada sentimiento que puse sobre el otro. Creo que tengo chances de irme muy acompañada y ese es el primer signo de que algo hice bien en todos estos años. No me voy a morir sola, me voy a morir con lo que cada persona que amé y amó construyó en mi.

Me cuesta mucho vivir con esa certeza, la de no tener familia. Pero vivir vivo igual, porque estoy decidiendo no morir. La ecuación para mí siempre fue que es muy difícil que alguien me quiera, pero hace poco invertí eso y pensé, con bastante miedo, si es fácil dejarse querer por mí. Llegué a la conclusión de que no, no es fácil, no debe ser fácil para el otro dejarse querer por mi, debe ser en algunos momentos bastante difícil. Mi constante y sostenida necesidad de reafirmación del vínculo, el abismo si me quedo sin la palabra del otro, el ocultamiento de lo que pienso realmente, la imposición de las reglas de mi vida, mis prioridades, las certezas que tengo como verdades labradas en piedra. Y sí, es difícil. No lo dudo porque el mismo trabajo me lleva quererme a mí. Después de once años de análisis entendí que mis sentimientos son míos y mis decisiones también, y que la que necesita vivir así soy yo. Hay gente que no necesita vivir así ¿Entonces no me quiere? ¿Necesariamente no me quiere?

No sé vivir sin la confirmación de que pertenezco a la vida del otro, si no me lo dice. Pero ese es un asunto mío, son las certezas complicadas que me tocaron de que a veces uno tiene la vida que le tocó y la que me tocó a mi es una vida de familia breve que va desapareciendo como si fuera un aviso de greenpeace, de salvemos al último ejemplar de esta especie. El último eslabón de la candena de esta especie, Perez Bellas, soy yo. Estoy sosteniendo ahí como puedo el último rastro de una familia que no hizo nada que merezca ser recordado, pero a veces pienso que ese es el destino de todos, ¿no? Incluso el de aquellos que para las fiestas necesitan poner mesas para veinte personas. Sólo que es un poco más fácil entre tanto ruido, entre tantos primos primeros y segundos, nietos, sobrinos y demás disimular esos precipicios.

Sí, pienso mucho en todas estas cosas y por eso cuando quiero, cuando quiero de verdad, no me detengo a pensar si el otro se ahoga o directamente no me quiere o me quiere menos. Me sobra tanto que esta bien, esta todo bien. Nos puedo querer por los dos.


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