Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







La internación

26 07 2013 - 22:05

“Hell is yourself and the only
redemption is when a person
puts himself aside to feel deeply
for another person.“

Tennessee Williams

Hace muchos años estudiaba actuación en Calibán, el teatro de Norman Briski. El método de Norman, incluía el Seminario 1 de Improvisación, donde te separabas en grupos por afinidad. Cada uno trataba de asociarse con la gente que más le gustaba. En algunos grupos recalaban los personajes más populares, se hacían muy concurridos, y había que seguir jugando para que se partieran, para dejar caer a los que no estaban tan bien aglutinados. En ese Seminario 1, te reunías con los compañeros de tu grupo en la casa de alguien, cada uno hablaba de su escena “temida deseada”, de lo que le estaba pasando, y a partir de eso, se armaba algo cuyo desarrollo estaba sujeto a la Improvisación. Salían cosas impensadas cuando pasabas la escena en clase. Imagino que mucho de lo que pasaba tenía que ver con la teoría del Psicodrama. La mayoría de las veces, Norman cortaba la improvisación cuando se estancaba. Primero los compañeros, de pie sobre la silla, daban su devolución, y al final la daba Norman.

El Seminario 2, en cambio, no era para improvisar sino para interpretar. Ahí elegías una escena de una obra. El repertorio era interesante, en general limitado al realismo, pero se leían todos los grosos: los clásicos, los modernos, los del teatro, los del cine: Jean Genet, Tennesse Williams, Sam Shepard, David Mamet, Joe Orton, Becket, por supuesto Shakespeare, Arthur Miller, Strindberg, Ibsen, Chejov, incluso Sartre con su versión de Antígona y también los griegos. Anouilh, Albee, Joe Orton, Osborne. Te elegías una escena, te buscabas compañero y un director, ensayabas y mostrabas. Me acuerdo que ensayaba una escena del Zoo de Cristal, donde interpretaba a Laura, la hermana renga de Tom. El director que habíamos elegido mi compañero y yo era un psiquiatra y psicoanalista, que tenía fama de buen actor. Se llamaba Guillermo. Trabajaba en el Borda, hacía una guardia de 24 horas una vez por semana. Varias veces fuimos a ensayar al Borda. El tenía horas muertas, como es de esperar en una guardia de 24 horas, y había espacio. Había mucho espacio. Lo que me viene a la cabeza cuando me dicen Borda es una sola palabra: sórdido. Para llegar al pabellón donde trabajaba Guillermo recorríamos lo que debía haber sido un parque pero entonces ya era una especie de terreno baldío con árboles grandes. Cuando llegabas al pabellón, escuchabas gritos fuertes que duraban todo el tiempo. A veces interrumpíamos el ensayo para que nuestro Director (de guardapolvo blanco) fuera a ver qué pasaba con el paciente. Si me preguntan hoy, no lo demolería, pero pondría algo lindo; puede ser un museo y parques, con patos y gansos. Creo que hasta se pueden sembrar unas ardillas. El lugar es gigantesco, lo que significa que es inmantenible como hospital con financión estatal. El museo en cambio podría ser con guita de algún banco mundial, del BID, de la CAF.

Los internos que veíamos no parecían estar en “su lugar en el mundo”, más bien parecían estar presos. Los médicos y las enfermeras no la pasaban tan mal. No sé si vieron Grey´s Anatomy, pero el clima que había era ese mismo de la serie; me refiero a esa euforia entre varones y mujeres que pasan muchas horas, que incluso duermen bajo el mismo techo sin ser de una familia y sin estar con sus respectivas parejas. Me refiero a las relaciones entre las personas solamente. El entorno edilicio era como si decidieran hacer Grey´s Anatomy en el infierno. Guillermo nos recibía en la sala de médicos, donde a veces, por ejemplo, acababan de almorzar un pastel de papas y estaba la mesa puesta, psiquiatras y enfermeras con delantales celestes y delantales blancos se reían, se tiraban miguitas de pan y tomaban coca cola, incluso tomaban un vaso de vino tinto, servido de una botella, a la que alguien luego le ponía un corcho y volvía a guardar. Comían en ese sitio inmundo. Eso es algo a lo que nunca pude acostumbrarme, a lque la gente pueda comer en los hospitales públicos.

La genialidad de Tenessee Williams tiene bastante que ver con la compasión y el amor que le tiene a sus personajes. Muchos de los personajes de las obras más conocidas son marginales, locos, “anormales”. Gente que depende, como dice la conocida frase de Blanche, la protagonista de Un Tranvía Llamado Deseo, de la cordialidad de los extraños. El final de esa obra incluye a un médico, que viene a llevarse a Blanche al manicomio. Tenessee Williams arma un médico compasivo, un buen tipo, que sabe cómo hablar con Blanche y llevársela. Ese médico te deja un poco más tranquilo con la suerte de la protagonista, se la llevan a un lugar donde va a estar mejor. Ensayar El Zoo de Cristal en el Borda fue bueno para la escena. Laura vivía con su madre y su hermano en un departamento interno, oscuro y pobre de una ciudad del sur de Estados Unidos que no me acuerdo cuál era. La escena ganó “cuerpo” gracias a esos ensayos. No hubo una sola vez que atravesara la reja del Borda (en general era de noche, el invierno estaba terminando y los árboles no tenían hojas) que no agradeciera haber salido de ahí y que no pensara en el terrible destino de cada una de las personas internadas (en general contra su voluntad) en ese lugar espantoso.

————————

El Hospital Penna —como el Borda, igual que el Roffo, el Lanari y el Tornú y supongo que varios más, que gracias a Dios no conocí— tiene también una entrada parquizada, con veredas al aire libre que te llevan al nosocomio y a los distintos pabellones. A diferencia del Borda, que está siempre vacío, este jueves 27 de junio el Hospital General Penna está lleno de gente, filas de personas que esperan con niños en brazos frente a un edificio moderno con el cartel de “Pediatría”. Un hombre sentado en un banco del patio, con los pantalones arremangados se mira una pierna azul, hinchada y la compara con la de al lado, sana. Me acerco a una dependencia de “Cirugía” y una chica espera sentada en una silla de escuela pública mientras se sostiene, ella sola, un suero. En la parte antigua, en una oficina sucia y vieja con el cartel “Enfermería”, una mujer de guardapolvo verde que parece estar bajo los efectos de un narcótico, me mira con ojos extraviados cuando le pregunto dónde pueden informarme sobre la ubicación de una paciente que fue operada durante la noche. Me las arreglo llamando a Leo, el sobrino, y siguiendo las instrucciones que él me da por teléfono. Me indica que busque a su novia, que tiene una camisa blanca y es morocha.

Tengo una carta de la Afip que me ¿acusa? de ser presunta empleadora de personal doméstico, o como políticamente correcto le digan. Me dicen que si antes del 30 de junio no ingreso mis datos y los de mis presuntas empleadas me van a multar. No entiendo para qué tengo que hacer eso. ¿Es para controlar que pague los 95, ahora 135 pesos, por mes, para aportes previsionales y obra social? Ah, sí, eso lo pago, si no me cuesta nada. Es demasiado poco, antes 95, ahora 135 pesos, para cubrir la previsión social ¡la inclusión! de una persona. Me parece, ¿no?

Osecac es la obra social que eligió M., la persona que trabaja en mi casa. La persona que retira a mis hijos de la escuela, que los lleva a la clase de Batería, al taller de Arte, que sale a hacer las compras con el perro. La persona que le enseñó al perro a andar solo, sin correa “porque no es vida para él, andar siempre agarrado”. La persona que le saca los piojos al más chico después de bañarlo, la que lleva la gata al veterinario, la que baldea el patio, la que cocina las mejores empanadas tucumanas de este mundo.

Sobre una camilla, en un pasillo del Penna, descansa M. Su sobrino me dijo por teléfono que estaba “en un nido de perros”. No puedo entrar a verla, no es el horario de visita. Está inconsciente, con respirador, después de una cirugía que duró 5 horas. En el Penna no hay cama. No había cama el miércoles durante todo el día, mientras se esperaba que el personal de Osecac se apersonara. Cuando finalmente llegaron, a las 11 de la noche, la solución que ofrecieron fue un traslado a La Plata. “No hay cama disponible ni en Capital, ni en el conurbano” me dijo el recepcionista del turno noche cuando llamé para reclamar.

“La persona está con un cuadro grave, se puede morir en el viaje”

“Señora, ese argumento no tiene sentido. También se puede morir durante el traslado dentro de Capital”

Los familiares no tienen como acompañarla en La Plata: ¿me van a pagar el remis para ir a verla? ¿Le van a costear el hotel a los familiares? Les grité eso desde mi teléfono fijo, en mi habitación, calefacción al mango, mientras me imaginaba a M en un nido de perros, camilla, guardia, probablemente sin siquiera una frazada para taparse. No sabemos quién la va a operar, ni si la van a operar, ni a qué clínica de La Plata la van a llevar. “Tampoco sabemos quién es el que conduce la ambulancia esos 60 kilómetros, cómo se que no está borracho por ejemplo” volví a gritarle al Supervisor, que a este punto debía estar muy arrepentido de haber aceptado tomar la llamada de una persona indignada que le pasó el recepcionista. Corto. Me duele la garganta. Quiero seguir gritando. Nuestro hijo mayor llora porque me escuchó decir “ustedes la están dejando morir”.

Acordamos, el sobrino y yo, no aceptar el traslado.

Dos horas más tarde, después de que la novia del sobrino, que es policía, se peleara con los médicos de guardia, aceptan atenderla en el hospital a pesar de que es un paciente “con obra social”. Una peritonitis no puede esperar. La peritonitis que el médico de Osecac ni siquiera se dignó a imaginar, no ya a diagnosticar, cuando la visitó en su domicilio el martes a la noche. Ante el dolor agudo en el abdomen, la hinchazón, la imposibilidad de digerir la comida desde hacía cinco días, le recetó una enema. “Si en dos horas no mejora, llamen de nuevo”. Llamar a Emergencias con riesgo de vida en Osecac es un chiste negro: podés pasar cuarenta minutos esperando mientras una voz te dice “OSECAC, la obra social comprometida con su gente”. De repente te atienden, pero como no se escucha bien, te cortan. Y ahí estás de nuevo, con el corazón latiendo a mil por el odio, la bronca y el resentimiento contra este sistema de mierda, inhumano, triste, sólo para pobres.

El miércoles a las 9 de la mañana, cuando te atienden, te dicen que van a mandar la ambulancia para el traslado, pero que la espera es indeterminada: cinco horas es el promedio de espera. Y te dicen que la noche anterior, mandaron la ambulancia, que a las 3:20 de la mañana nadie los atendió. M no quiso abrirles, me dijo el sobrino. Se empacó y dijo que ella ahora estaba descansando, que la enema seguramente le había hecho bien, y que volvieran de día. A las 11 de la mañana, el sobrino de M me dice que la cosa no da para más, que no pueden seguir esperando a Osecac. Llamo al Same para que la busquen. Les digo que los síntomas son dolor agudo y hemorragia, que la persona tiene un cuadro previo, con un diagnóstico cuya indicación es hacer una histerectomía, pero que la obra social hace seis meses que no le asigna un quirófano para la operación: porque no hay turno, porque el médico cirujano está de vacaciones, y ahora porque se supendieron las cirugías “por la gripe A”. El Same llega de inmediato y hacen el traslado al Penna, donde M pasa todo el día, en una camilla, esperando a Osecac.

Además de triste, me siento culpable. Esa culpa de clase que me hace pensar si no debería haberla acompañado a un médico particular, pagando la consulta, si no debería haberme apersonado en Osecac para montar una escena y conseguirle un turno, si no debería haber hecho valer mi palabra de mujer blanca, de clase media, educada. Los médicos se creen dios frente a los demás, pero si esos demás encima son pobres, los médicos se creen un dios que juzga y toma la decisión de si es verdad lo que el paciente dice, y si es necesario invertir en una cirugía para salvarle o prolongarle la vida al paciente. Los médicos y los que gerencian los sistemas de salud.

Alivio un poco la culpa llevándole el jueves a la familia el monto de la segunda quincena de junio y el aguinaldo que debería pagarle a M este lunes, primero de julio. Me voy del Penna sintiéndome buena persona. ¡Ja! qué ironía. La misma persona que se ofuscaba porque los guardapolvos de los chicos habían quedado sin lavar. Gracias a Dios que existe el dinero para aliviar un poco la culpa que da tener dinero.

————————

Jueves, 11 de la noche. Estoy metida en la cama, con el iPad, haciendo el trámite en la Afip para inscribir a M (que ya está inscripta), pero haciendo el trabajo de data entry, de cruce de datos, que debería hacer la misma Afip, pero que me lo piden a mí, con el único objeto de vigilar, de hacerme sentir que saben dónde vivo, quién soy y que van a estar detrás de mí para contar cuánto gano y cuánto gasto. Es jueves 27 y el límite para hacer el trámite es el día 30. Si no, me pueden multar.

Estoy anotando el cuil de M cuando mi celular me anuncia que alguien quiere hablarme: el sobrino de M. Todos sabemos que las llamadas de noche, cuando hay un enfermo grave son malas noticias. Lloramos juntos el sobrino y yo en el teléfono. “No sé si Osecac cubrirá los gastos del traslado. Queremos llevárnosla a Tucumán”. Claro que no los va a cubrir. Imaginate si la llevaban a La Plata. Probablemente le habrían ofrecido sepultura en La Plata, o quién sabe dónde.

No sé qué hacer con el trámite. Lo tengo hecho a medias. Ya anoté mi dirección, como dirección del empleador. Pero no llegúe a ingresar sus datos, que en 72 horas, según el parte del Hospital, estarán en otra base de datos. La última base de datos a la que vamos a parar, cuando se llevan tu DNI, y ya no tenés más nada de qué preocuparte: ni de lavar los platos, ni colgar los guadapolvos, ni de pagar las expensas, ni de haberte patinado todo en el Bingo del Hipódromo. Ni de pedir los turnos para el prequirúrjico en la Obra Social. El prequirúrgico, que M se hizo dos veces, porque al no recibir derivación quirúrgica se le terminaba venciendo, y que le había dado muy bien: un corazón muy fuerte, muy grande también, diría en tono metafórico y a modo de homenaje. Si M vive hasta el lunes, primero de julio, ¿me van a multar por no haberla inscripto? La verdad es que no me importa. Evidentemente, el sistema de inclusión de empleadas de casas particulares en el sistema de salud no funciona.

Por ahora la tristeza es más grande que la bronca que necesito juntar para iniciar acciones legales contra alguien, contra Osecac, contra la Afip, contra el tipo que le recomendó una enema, no sé, contra mí misma por ser presunta empleadora, o empleadora, y colaborar con este sistema desigual de subempleo.

Cuando parecía que una cama en Capital era tan importante y me peleé por teléfono con el supervisor de Osecac le dije “Ustedes no le dan una cama porque la discriminan por su trabajo. Si no fuera empleada doméstica, ya estaría ubicada en alguna clínica. Los voy a denunciar al Inadi por discriminación”. En este momento donde todos nos reímos de los progres, y están desprestigiadas las luchas de las minorías por poco relevantes, o por idiotas, diría que si están desprestigiadas es por falsas, por epidérmicas, porque existen sólo en el relato. Un discurso cuidadoso para referirse a la realidad, pero que no la modifica en nada. Sin embargo, es importante no confundirse. Que exista el Inadi, por ejemplo, debe ser algo bueno, más allá de la pelotudez congénita de sus representantes. Que exista la Afip para supuestamente vigilar que los asalariados de clase media presuntamente empleadores de personal de casas particulares paguemos cada mes una suma miserable para costearle la previsión y el seguro social es malo, porque es una falacia. Ninguna caja jubilatoria, ni sistema de salud pública puede funcionar con semejante contribución. Es mentira. Es una activación a nivel de discurso, que deja —ahora sí, me permito el tonito sobrador para con mis iguales— a los progres contentos. Tengo empleada doméstica, sí, pero “la tengo en blanco”. Como si eso, primero, fuera posible y, segundo, te hiciera mejor persona, o le representara algún beneficio a la empleada.

En una sociedad justa, con un estado de bienestar de normal para arriba, las casas particulares no tendrían que recurrir invariablemente a personas que le cuiden los chicos, les hagan la merienda, los retiren de la escuela, los lleven a piano. En una sociedad donde los dineros estuvieran mejor repartidos, las personas de la casa trabajarían menos horas, de modo de poder ocuparse personalmente de sus hijos, sus piojos, sus mascotas, sus talleres de circo y acrobacia. Las empleadas de limpieza tendrían trabajos con empleadores reales, empresas, sociedades anónimas, ongs, cualquier tipo de razón social que no sea una persona privada y limpiarían oficinas, o clínicas, eventualmente las casas de los ricos.

Yo no soy una empresa. Puedo aportar los miserables 135 pesos para que M crea que tiene obra social y que algún día le van a pagar una jubilación, pero no existo como “empleador”. Y ese aporte no blanquea el trabajo de M. Eso es otra falacia de la Afip. Existo como nexo entre M y el sistema. Existo porque tengo un teléfono de línea para llamar al Same cuando al sobrino se le terminó el crédito en el celular después de estar cuarenta minutos esperando que lo atiendan en emergencias. Para llamar a Osecac y putearlos en arameo desde mi teléfono fijo, cuando el sobrino me avisa que camina por Avenida Caseros buscando un locutorio, pero que no encuentra ninguno.

M es propietaria de un departamento en Constitución. Se lo pudo comprar con su trabajo hace casi treinta años. Debe mucho de expensas. Ya no sólo no podría ahorrar para comprarse una propiedad, sino que no le alcanza para pagar las expensas. Le gusta vivir sola, aunque tenga novio. Le gusta darle de comer a los perros de la cuadra. Les lleva las sobras de casa, a los perros. M podría ser un personaje de Tenesse Williams: solitaria, rebelde, marginal, libre. Alguien que siempre dependió de la amabilidad de los extraños. Hoy es un domingo muy triste. Aparecen las cosas que la sobreviven: un par de guantes de goma de color naranja y un gajo de alohe que estaba haciendo brotar para llevarse a su casa.

————————

Este jueves 26 de julio se cumple un mes de la internación de M. ¡Se salvó! Es importante que lo diga, aunque esto podría ser ficción, y podríamos haberla matado en el relato. Pero no se murió. Desafió el pronóstico del médico de guardia sobre su casi nula probabilidad de vida de acuerdo a las complicaciones post-operatorias. La vida es de veras sorprendente. Ella sigue internada en el Hospital, se recupera en la sala de Ginecología. Ayer me atendió el celular cuando la llamé y su voz suena como siempre.

¿La obra social? Bien, gracias. Nunca más aparecieron a ver qué tal estaba su paciente. Mientras tanto, la contribución mensual de ella y de muchas empleadas más se sigue acumulando en algún vórtice misterioso.


————————————

Del mismo autor:
Correspondencia Escolar (01)
Chapelco Devocional
Praise
Conmemoración Fashion
Ayuda
Yoknapatawpha Vive
El Angel Exterminador
Putas #1
Venta Directa y Gripe del Pollo
Papel