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Elegía Indie

13 08 2013 - 15:49

Sumar dos pérdidas al mismo tiempo no hace que se cancelen pero definitivamente aliviana el dolor. Aún cuando una no sea una pérdida real, sino la pérdida de una ilusión sobre algo que nunca se tuvo. Años atrás mi primera novia me hizo leer un texto de Eco, del libro Entre Mentira e Ironía, en el que cita, comenta (y practicamente roba) a un tal Achille Campanile. Lo leí divertido la primera vez. Lo leí yendo al velorio del abuelo de mi mejor amigo, y se lo di para que lo leyera, la segunda, la vez en que definitivamente me entró. Y lo leí ante cada muerte cercana y no tanto de allí en adelante. Me preparó para sufrir lo menos posible la muerte, hace 3 años, de la abuela con la que vivía, a quién el cáncer, una hernia hiatal y ya no me acuerdo qué más, le dieron varios años de gracia bajo el Síndrome de los Tres Chiflados). Una muerte siempre inminente que me allanó el camino para sufrir otras menos que la mayoría.

Por eso, y por la efectividad de los psicofármacos, van tres días sin haber derramado una lágrima por la muerte del hijo de mi prima, un nene divino y absolutamente brillante de sólo cuatro años. Lo que pueda decir de él es poco. En vida daba que hablar. Soy creyente, a mí manera. Me parece cientificamente constatable que de no haber una fuerza superior, un equilibrio que va más allá de la voluntad de todos los hombres del mundo, todo se habría ido al carajo hace rato. Pero me resigné a no comprender la mayoría de las cosas. Y no logro ni quiero aceptar que esta vida es un pequeño pasaje a lo que sea que venga luego.

La noche anterior a su muerte decidí matar la ilusión. Venía de un corte abrupto y complicado y decidí enamorarme del amor mismo. Para ese lugar dí con la persona con mejor physique du rôle. Fue un mes de idas y vueltas. Primero dije todo lo que no tenía que decirle, y luego todo lo que tenía para decir. Sabía a la perfección cuáles serían las repercusiones. Amar sin ser amado; toda la sabiduría del mundo condensada en la fusión de dos estilos poéticos tan antagónicos que no se distinguen.

El sábado por la mañana me desperté con la noticia de la muerte y la misión de avisarle en persona a mi abuelo, el bisabuelo de la criatura. La muerte de la ilusión estaba tan fresca que no lograba asimilar de ninguna forma la del chico. Esa noche llega mi tío, el abuelo del nene, de Estados Unidos. Se entera del desenlace en Ezeiza, pero vuela nueve horas sospechándolo todo. Intuyo que allí decidió darse por enterado y hacer el llanto pertinente, porque lo vi casi tan calmo como a mí mismo. En la madrugada del domingo encaramos un road trip desde Retiro digno de película del Sundance. Tres generaciones viajando a la costa por el fallecimiento del único miembro de la cuarta.

Ocupé el lugar de una figura cínica tanto detesto, el cronista que recolecta imágenes e información a pesar del dolor, y ni siquiera por rigor profesional. Por qué las caras de velorio, si el entierro fue ayer. Rubias naturales y forzadas, con ojos humedecidos. Cuarentones de primeras canas, anteojos cuadrados y ropa de marca con caras largas. Televisor de pantalla chatísima con Disney Channel, niños correteando, sillones eléctricos. Señoras tomando café en la mesita del té de jugete. Frases incómodas, repetidas una y otra vez al oído, lo que no debe decirse, y se dice que no debe decirse, mientras se dice (“Esto parece un velorio goy”, “No se les puede decir nada, pero no debían operarlo en Mar del Plata con la fama que tiene”, “No creo que vuelvan a ser padres”). Cajas y cajas de empanadas tucumanas picantes y de distintos sabores pero un solo tipo de repulgue. Nespresso de máquina, de 6 dólares los 10 cartuchos, para todos. Guiños del destino según la abuela, que logra borrar el llanto mientras los enumera. (“En el momento en que murió en la clínica, en el Departamento se cortó la luz por un instante”, “Le pedí un libro a mi hija para pasar el rato, sacó cualquiera y me dio uno de Brian Weiss”, “Los padres y él miraban una semana antes el vídeo de su bris”, “Abuela, estoy viendo cómo nací”, “Jamás le gustó hablar por teléfono o Skype, y esos días habló y se saludó con todos sus familiares”, “Los santos mueren en Shabbat”, “El día anterior al viaje a la clínica el perro se puso a llorar desconsoladamente y cuando salieron, cruzó la calle, quiso ir con él, nunca había pasado”).

Me consoló saludar (y “consolar”) a los padres. Y verlos abrazarse entre ellos y encontrar banal todo, todo, todo lo demás que podía pasar en esa casa, en mi cabeza, en el televisor controlado desde un iPad que ya mostraba el loop de candidatos votando por internas sin contrincantes, en los ingeniosos tweets que se me ocurrían y jamás, por suerte, llegué a envíar, y en las poquísimas recorridas al TL y al stalkeo del objeto de mi ilusión, que fiscalizaba mesas y lo relataba cómicamente y en otro contexto no hubiera dejado de favear.

Campanile habla del caso de los oficiales saludando rígidos el andar del cajón de un niño. De aquellos desvergonzados y precoces que se animan a lo eventual antes de tiempo.

Tal vez antes de tiempo, llegó el inevitable diálogo sobre la posible mala praxis, si el doctor se negaba a llevarlo a un lugar con una Terapia Intensiva por plata, si hay que armar una Fundación para que la causa prospere, que ya hay Fundaciones que se dediquen a esto, que hay que encomendar la vida a que no le pase a nadie más. Y que no, no nos reprochemos el haberlo llevado a Mar del Plata porque en el FLENI hubiera pasado otra cosa y hubiera muerto igual. Por más que era solamente un quiste. Que estaba destinado. Que su misión en la vida ya estaba cumplida. Que era un viejo sabio que venía a terminar algo de la vida anterior.

A mí me agrada la resignación. Siento simpatía por aceptar lo inevitable lo más dinámicamente posible. Pero lo prefiero desde lo abstracto; esto de la predestinación me incomoda. Por eso también incomoda el qué hubiera sido si no pasaba, el cómo no hice tal cosa diferente, el de ahora en más haré el bien o valoraré lo importante, después de lo que ya no permite nada.

Coroné los meses más felices de mi vida ejecutando un pas de deux con el cortísimo límite de la tarjeta de crédito para comprarme fideos y galletitas de agua. Y eso no los hace menos felices, pero sugiere una cosa: Quién gobierna, quiénes se reciclan y se suceden en una hegemonía eterna en la que los que queremos que no nos jodan nos quedamos afuera, cuánto tengo en el banco, lo que sufro por no haber sido correspondido, no deberían ser impedimentos para el aquí y ahora. Junto con el poder de resignarme, esto último es lo único que tengo.


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