Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







Piglia

24 08 2013 - 13:42

En una entrevista publicada en Radar Libros, Ricardo Piglia habla de su regreso a la Argentina. No tiene, al menos en la entrevista, las mejores palabras para los Estados Unidos, país en el que pasó los últimos años. Explica: “Si uno tiene que decir cómo es esta sociedad, la respuesta se manifiesta en el crimen. Cuando no escribimos novelas policiales es porque nos estamos desviando de la lógica de las relaciones que hay en el mundo. El género policial habla muy bien de lo que es el capitalismo. Es un gran género anticapitalista, como lo es la ciencia ficción”. La interpretación es un poco forzada; podría decirse que Marlowe, por ejemplo, que trabaja en el sector privado y cobra por su trabajo, practica a la perfección los preceptos del famoso “Plan” de Benjamin Franklin (“Industry”, “Sincerity”, “Temperance”, “Justice”, etcétera), y que en realidad se trata de un héroe que continuamente salva al capitalismo, a sus valores verdaderos, de sus desviaciones inevitables.

Como sea, si el crimen es para Piglia el punto focal del análisis sociológico, político, histórico o literario, uno no puede no preguntarse cómo es posible que manifieste en otra entrevista sentir un “afecto emocional” por el chavismo, o “mirarlo con simpatía”, si Caracas es una de las ciudades con la mayor cantidad de homicidios del planeta. Bandas de narcotraficantes se enfrentan a tiros con la policía en la vía pública; grupos paramilitares entran a comercios y acribillan a toda la clientela. Entonces, o bien es una ciudad extremadamente capitalista, aun después de varios años de chavismo, o el problema no es tanto el capitalismo como la violencia. Ciudades como New Orleans o Baltimore (la ciudad más fea de los Estados Unidos, se suele decir) no se le acercan a Caracas en la cantidad de crímenes violentos. La pregunta, en términos generales, es: ¿cómo se puede expresar simpatía por un régimen que, después de diez años de gobierno, no solo no pudo lidiar con el problema de los homicidios sino que lo vio empeorar? Yo creo que no se puede. Pero, sobre todo, no se puede si se pone “el crimen” como parámetro indiscutido de la valoración moral del capitalismo.

Luego desarrolla Piglia una crítica de la autocrítica de la izquierda: “Los de la derecha y los antiguos miembros de la izquierda, cuando quieren encontrar la razón de por qué a la Argentina no le va bien, le echan la culpa a la izquierda actual. La gente liberal, ex marxistas o no, no hacen lo que hacen los buenos liberales, que es ver qué piensa o pensó la derecha para ver si alguno la entiende, sino que están todo el tiempo buscando la responsabilidad de la izquierda, desde las Madres a los ‘70. El discurso cultural básico de análisis es ése: qué hizo la izquierda”. A priori, no parece cierto que la derecha le eche la culpa a la izquierda; de hecho, la derecha no suele hablar de sí misma como la derecha, ni de los demás como la izquierda, así que mal podría atribuir las responsabilidades de esa manera.

De la propuesta de Piglia se desprende que ni Claudia Hilb, ni Héctor Leis ni Oscar del Barco deberían decir las cosas que dicen y que, en cambio, deberían concentrar sus esfuerzos en una crítica de la derecha. Como si esa crítica no hubiera sido hecha, por un lado; y, por el otro, como si la izquierda no debiera autoexaminarse, en busca de algún tipo de lección o aprendizaje. Si el deseo de Piglia se volviera realidad, Leis no podría discutir el asesinato de Rucci, ni Hilb reprocharle a la intelectualidad latinoamericana progresista su silencio respecto del totalitarismo castrista. ¿Ese sería un escenario mejor acaso? El fin de ese camino es el pensamiento único. Si la izquierda no dice: “Hicimos mal en matar a Rucci”, ¿quién debería decirlo? ¿Mariano Grondona, de nuevo?

Luego, el entrevistador le pregunta a Piglia por la situación política actual. En lugar de hablar del gobierno, es decir, del Estado, de quien detenta el poder, de la clase dirigente sospechada en gran medida de actos de corrupción, de los responsables (ya no individuales, no hace falta ir tan lejos, sino como grupo político) de las tragedias ferroviarias que acabaron con la vida de tantos trabajadores, de las patotas sindicales asociadas con el gobierno (o con quien fuera), Piglia elige hablar de la oposición. No solo eso: toda su respuesta sobre la situación política actual consiste en atacar a la gente que apoya “el voto calificado” (“Lo que piensan muchos es que tendría que haber voto calificado, pero no se animan a decirlo. Lo usan a Borges para decir eso. Piensan que Pino Solanas vale más que alguien que vive en la villa, pero no se animan a decirlo”). En lugar de criticar al más poderoso por las cosas que realmente hace o dice, elige criticar al débil por las cosas que no hace ni dice. Extraña veta del anticapitalismo. ¿Quién habla hoy en la Argentina del voto calificado? Nadie. ¿Quién dijo, por ejemplo, que “la pelota la tienen los sindicatos y los bancos” y “no los suplentes que ponen en las listas”? La Presidenta de la Nación.

Interrogado por los intelectuales, Piglia dice que “una de las desgracias de la Argentina es que la función de los intelectuales la están cumpliendo los periodistas”. Esto es enteramente falso. Me extrañaría que Piglia no lo supiera. El kirchnerismo no tiene, prácticamente, intelectuales, y sí tiene periodistas. El antikirchnerismo, en cambio, si se permite el término, ya que no está organizado como grupo político, tiene a figuras como Beatriz Sarlo, Luis Alberto Romero, Natalio Botana o Roberto Gargarella. ¿Los intelectuales no cumplen su función? Yo leo columnas de estas personas todos los días, y sé que algunos forman grupos de crítica política e intelectual, como el Club Político Argentino o la Plataforma 2012. Algunos integran incluso partidos políticos más o menos tradicionales.

En la misma respuesta, llama Elisa Carrió “el carnaval intelectual” y la critica duramente por haber nombrado a su instituto de formación política “Hannah Arendt”. Le parece que no hay nada “más kitsch” que eso. Así, mientras Piglia se ocupa de los nombres de la oposición, el país se llena de plazas, parques, avenidas y escuelas “Néstor Carlos Kirchner”.


————————————

Del mismo autor: