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Una mujer es una mujer

27 08 2013 - 16:12

En las historias de amor las mujeres son mucho más precisas que los hombres; éstos son muy confusos, no saben demasiado lo que quieren. Por el contrario, cuando la mujer encuentra a un hombre sabe, normalmente, lo que quiere de él; sabe lo que quiere dar y recibir mientras que, en general, para un hombre el amor es una emoción fuerte pero vaga, y no sabe exactamente lo que quiere dar o recibir ya que está demasiado preocupado por los problemas sociales.

François Truffaut

Una pareja se estaba por separar, o —digamos— estaba formalmente acabada, cuando en el drama policial de las relaciones humanas el ente desconocido que escribe la comedia de la vida dio un giro inesperado y de un detalle hizo un mundo. ¿Quién llamaba a la noche? Era una mujer, no hay duda, evidentemente era una mujer. ¿De dónde sacaba el valor para llamar a un cementerio con dos tumbas a las doce de la noche? Qué haces, cómo estás, qué contás, banalidades que desconociendo la respuesta y la cara de la otra persona —¿se ruboriza esta asesina cuando le contesta?— reviven cualquier muerto. Cuando está acabado, el sistema del amor se transforma en cosas francamente macabras: posesión, celos, rabia, bronca y, bueno, al final odio, odio fino, odio fuerte y sostenido. Con estas cosas aparecen los límites de lo que es capaz de hacer cada persona. Los llamados no fueron muchos, pero fueron los suficientes para entender dónde estaba el límite. ¿La cara de alegría al recibir el llamado de otra mujer era fingida o era real? Si era real, ¿era amor? En caso de que no fuera real, ¿hasta dónde llega una persona en su propósito de herir a la otra? ¿Cuál es el límite? El límite es dejar sonar los teléfonos en habitaciones vacías.

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Estuve mirando las estrellas en el techo de una sinagoga. Federico dice que doy turca y que por eso me quieren en heladería Maichel y Supermercado Modelo, porque les doy sefaradí. Amparada en eso entré en la sinagoga, que parece no ser lo mismo que entrar a una iglesia, o al menos para mí no fue lo mismo. Como estoy canchera con el tema de parvé, casher, lejem mishné, shabat, todo esto a fuerza de preguntar con genuino interés, no dudé que podía entrar a una sinagoga. Pensé que lo mínimo que podían hacer era ignorarme, y lo máximo que podían hacer era echarme. ¿Pero qué clase de desalmado echa a una mujer que se sienta a llorar en una sinagoga? Por suerte ninguno, así que hice exactamente lo mismo que hacía en cada internación de mi papá, sentarme en un lugar sagrado para poder llorar pensando, permitiéndome pensar por un segundo, que algo superior tramita el dolor conmigo.

Así que estaba ahí, llorando un poco también porque se me habían roto las medias y están muy caras, cuando se me sentó un señor al lado con algo que en manos de un cura habría sido una biblia pero en este caso me resultaba totalmente desconocido. Perdón, le dije, perdón. Negó con la mano. Interpreté el gesto a mi favor, no pidas permiso para llorar. Hablemos, me dijo, hablemos de lo que pasa. El problema, le dije, es que no sé lo que pasa, pasan muchas cosas. Sabés diferenciar, preguntó, entre esas cosas. Le dije que no y nos quedamos en silencio. ¿Es verdad, retomé, eso que dice la Torá eso de que todos somos polvo de estrellas? Sí, me dijo, más complejo que eso pero para alguien que no es judío esta bien como versión fantasía. Yo seguía llorando. Cuando uno quiere a alguien quiere a alguien, me dijo, pero si se lleva con prisa el amor se lleva con la misma prisa el odio. Soy muy judía, le dije, aunque no sea judía. Le acepté un pañuelo con una estrella de David. Me imagino, me dijo, con todo este drama. Me reí y por un segundo sentí ridícula, lo que logró que me riera de mí misma y me sintiera mejor. Hay tres etapas en el amor, dijo él: en la primera el amor es un amor sólo centrado en uno mismo, se cree que se quiere y hasta se ama al otro pero no se ama más que a uno mismo, la proyección de lo que conocemos por alma está intentando llegar al otro pero aún no lo logra. Si el amor se rectifica, o sea si se hace generoso, llega la segunda etapa en donde el amor es estar juntos pero no sólo en el plano físico, en el plano mental, ese lugar que trasciende el tiempo y ayuda a enfrentar cualquier cosa. La tercera etapa es que lo que fue planeado en el cielo es ahora sólido en la tierra y el devenir de dos es uno.

Es mucho, le dije, yo no sé si estoy para tanto.

¿Evaluaste convertirte al judaísmo?, me preguntó. Sí, le dije, ya sé hacer leicaj. Dios creo a la mujer, empezó, porque no puede estar en todos lados, le terminé yo. Sonrió y yo también. Cómo sabés eso, me preguntó. Sigo a Yiddish Proverbs en Twitter, le contesté. ¿Sabés lo que querés?, me preguntó. Siempre, le dije. ¿Con seguridad? Sí, le dije. Entonces no temas poner tu corazón en el filo de la espada. Y se fue.


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