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La ideología y la nostalgia

8 09 2013 - 11:26

(Esta columna fue publicada ayer en el suplemento Sábado de La Nación.)

En Después de mayo, Olivier Assayas cuenta un verano de su juventud, o de un personaje muy parecido, en la París de principios de los ’70. Demasiado jóvenes para haber participado del Mayo del ‘68 pero igual de intoxicados por las ganas de sacudir el mundo, los contemporáneos de Gilles, el protagonista, deambulan endurecidos por el maoísmo radical o ablandados por el situacionismo, igual de radical pero más juguetón. Buscan una hoja de ruta que refleje sus ansiedades políticas pero también sexuales y espirituales: los jóvenes de fines de los ’60 y principios de los ’70 repudiaban la sociedad de sus padres, por conformista, consumista y conservadora, y soñaban con derrumbarla y reemplazarla por otra.

En la película, los personajes tienen discusiones sobre matices políticos (¿es Simon Leys, que escribió un libro denunciando el apoyo de la izquierda francesa a Mao, un agente encubierto de la CIA?), pero todos están de acuerdo en que la sociedad en la que viven está podrida desde sus raíces hasta sus ramas. En un momento, Gilles critica a su padre, guionista, como el padre de Assayas, de una serie de TV basada en las novelas policiales de Simenon: “Tengo derecho a despreciar la televisión que vos hacés”.

Viendo estas escenas, que Assayas relata con cariño pero con distancia, no pude dejar de notar que muchos de esos mismos jóvenes, hoy ya señores y señoras mayores, recuerdan ahora aquella sociedad, la de sus padres, como un paraíso perdido: entre 1945 y 1975, dice el relato habitual, Europa, pero también Estados Unidos y Argentina, vivieron sus décadas de crecimiento dorado, con igualdad y Estado de Bienestar, antes de la irrupción del neoliberalismo que arrasó con todo. La sociedad conformista y de ascenso social, de las nuevas clases medias universitarias, que aquellos estudiantes querían bombardear (incluso literalmente), hoy se ha convertido en un modelo nostálgico. Esto incluye al kirchnerismo, para cuyo relato la Argentina era un país “próspero y equitativo”, como lo calificó Horacio Verbitsky, antes del Rodrigazo de 1975 y la dictadura de 1976, a pesar de que Verbitsky y sus contemporáneos de 1972 y 1973 creían que la Argentina merecía ser sacudida hasta sus cimientos.

Lo que quería decir era otra cosa. Hay dos tipos de nostalgia de los ‘60s. La progresista, que extraña el mundo económicamente homogéneo anterior a la crisis del petróleo y la inflación de los ’70, y la conservadora, que extraña el mundo culturalmente homogéneo anterior a la autonomía sexual, la cultura de masas y las crisis de autoridad. Cada una de esta nostalgias elige un sacudón e ignora el otro. El progresismo celebra la creciente autonomía individual de gays, mujeres y miembros de minorías, pero desprecia la creciente autonomía individual de la vida económica, más cerca del mercado y más lejos del Estado. Casi como en un espejo, un conservador típico le dio la bienvenida a la retirada del Estado en cuestiones económicas pero protestó ante la retirada del Estado para regular la autonomía personal, como las reformas en divorcio, matrimonio igualitario y (no en Argentina) aborto. Progresismo: control económico, laissez faire social. Conservadurismo: control social, laissez faire económico.

Ambas posturas me parecen, bien miradas, contradictorias o incompletas. La historia social de las últimas décadas, a veces impulsadas por los gobiernos y otras veces a pesar de ellos, es una historia de mayor autonomía personal, tanto en lo privado como en lo económico. Pelearse con una y agitar la otra debería exigir un esfuerzo argumentativo importante. Más importante del que normalmente recibe.


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