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Fútbol cinco contra la barbarie

13 09 2013 - 09:28

(Esta columna fue publicada el 25 de agosto en el suplemento Sábado de La Nación.)

Prohibido jugar con canilleras o botines de colores, prohibido llevar a la novia, prohibido festejar los goles, prohibido bañarse después del partido. Esto señala, entre muchas otras prohibiciones, un email que volvió a circular la semana pasada y que fue leído en programas de radio, compartido en la web y comentado en las redes sociales. El texto original pertenece al bloguero Tomi Olava, pero ha sido tan difundido y celebrado que a esta altura pertenece al dominio público, al espíritu de la época: estas son las reglas morales para jugar al Fútbol 5 en la Argentina de hoy.

La lista, para mí, tiene demasiadas prohibiciones y castigos durísimos (”gatillo”, “puto”) a quienes las incumplen. Además, a pesar de su tono mitad serio y mitad humorístico, siento que quiere congelar al Fútbol 5, impedirle adaptarse o respirar, encorsetarlo en una única manera de ser aun cuando es un fenómeno cultural relativamente reciente (tiene menos de 25 años). Recién nacido, ya está fosilizado. Como nos pasa a los argentinos con un montón de cosas, cuando nos gusta algo queremos que se mantenga así para siempre. ¡No cambies nunca!

Hasta principios de los ’90, los adultos de clase media casi no jugaban al fútbol. Estaban los partidos de oficina, los de solteros contra casados, y poco más. Mi viejo, que es muy futbolero, jugaba dos o tres veces por año en una cancha de básquet en Miramar, a donde íbamos los veranos. Con la popularización de las canchitas de pasto sintético, esto cambió. De golpe, el argentino promedio, fumador y comedor de bifes, se puso a transpirar detrás de una pelota, en canchas aparentemente brotadas de la nada, copiadas de ningún país, que cambiaron el paisaje de la ciudad.

Era también una señal de la época. En una década donde triunfaron los valores de clase media, el Fútbol 5, reglamentado y cronometrado, fue reemplazando al potrero, anárquico e impredecible, como modo futbolero por defecto. Los partidos en canchas poceadas e irregulares, de duración arbitraria, sin travesaños ni redes en los arcos, sin tensión táctica, fueron reemplazados por partidos en canchas de pasto falso pero liso, duración exacta (hay gente esperando), arcos con travesaño, competitividad hasta el último minuto. En el potrero, que era gratis, mandaban el caudillo y el gambeteador; el Fútbol 5, donde hay que pagar, es un juego en equipo, poco tolerante con los caprichosos y los individualistas. Vista con ojos sarmientinos, la popularidad del Fútbol 5 es un triunfo de la civilización sobre la barbarie, una clasemedización del fútbol amateur.

Por eso me parece que el “Reglamento del fútbol 5 con amigos”, que no es nostálgico pero sí estático, refleja algunos valores de esta última década. En el marco civilizado de la nueva canchita, los jugadores descriptos por Olava quieren ser lo menos clasemedieros y lo más populares posibles: no usar ropa nueva ni llamativa, no ser novios ni maridos, no bañarse. Como escribió esta semana Sofía Mercader, “el kirchnerismo es la clase media que adopta la simbología de lo popular, o más bien, adopta cierta moral de lo popular”. El reglamento no es necesariamente kirchnerista (yo no soy kirchnerista y comparto varias de sus reglas), pero sí está necesariamente impregnado de su época. Y esa época muestra que, en una década donde los valores de clase media fueron criticados desde dentro de la propia clase media, muchos futboleros amateurs hicieron la misma combinación: ser lo más rebelde-lumpen-popular posible dentro del alambrado rectangular y civilizatorio de la cancha noventista. Gauchos malos en la Pampa de pasto sintético.


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