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Google quiere que seamos inmortales

22 09 2013 - 16:43

(Este texto fue publicado ayer en el suplemento Sábado, de La Nación.)

Google anunció esta semana la creación de una empresa dedicada a la salud y el bienestar, “especialmente la vejez y sus enfermedades asociadas”. En la jerga aburrida de los comunicados, esto parece decir poco, pero entre líneas (y así lo ha leído casi todo el mundo) el anuncio quiere decir: Google quiere llevarnos a la inmortalidad. En el campo de la biogerontología, poblado hasta hace no mucho por científicos forajidos y excéntricos, el anuncio de Google significa el ascenso de su disciplina a la primera división de las ciencias. Esta gente está convencida de que la vejez es una falla en el sistema, una enfermedad que, como cualquier otra, puede curarse. Hace unos años entrevisté a Aubrey de Grey, uno de estos científicos excéntricos y forajidos (barba y pelo grises hasta el pecho y la espalda, jeans viejos, remera gastada). Venía de dar una charla en las oficinas de Google en Nueva York: “Hay que hablar en todos lados, no parar de nunca de evangelizar”. Debe de estar contento por el anuncio. Ese día, sentado en uno de los banquitos de caoba y cuero del Hotel Algonquin, me dijo: “Ya nacieron las primeras personas que van a vivir 150 años”.

¿Cómo reaccionar frente a una noticia así? En Estados Unidos se dice mucho que la pregunta clave para saber la ideología de una persona es su actitud sobre el aborto. Estar a favor sugiere una visión del mundo; estar en contra, otra. Yo creo, en cambio, que es la reacción frente a este tipo de cuestiones sobre la naturaleza humana la que revela las actitudes más profundas. De Grey habla sobre la posible inmortalidad de nuestros bisnietos y se le hace agua la boca: no ve la hora de que llegue. Otras personas, sin embargo, han reaccionado y reaccionan con disgusto. Les parece que el hombre no debería juguetear con la biología que nos dio Dios o la naturaleza y que las cosas están bien así, con el rango de vida que tenemos actualmente. Enfrentadas a la eternidad, ¿no perderían sentido nuestras vidas, como la de Marco Flaminio Rufo, el personaje de Borges que encuentra la inmortalidad y después le parece más una maldición que una ventaja?

Mi instinto es más parecido al de De Grey que al de Rufo: me entusiasma y me intriga la posibilidad de vivir 150 o 200 o infinitos años, aun cuando no me toque a mí. No puedo explicar por qué. Como las preguntas más centrales sobre nuestras vidas y nuestras ideas, simplemente lo siento así, y me cuesta argumentarlo. Y si me toca a mí, mejor. Si me prometieran una mente clara y un cuerpo apto, no dudaría en aceptar la oferta de Google o De Grey para vivir hasta 2123 o alrededores. Respeto, por las mismas razones, a quienes no les gustaría vivir tanto tiempo ni que otros vivieran tanto tiempo. Son reacciones primarias, casi físicas, a menudo incontrolables, que finalmente cambian con el tiempo cuando el consenso o la coerción los llevan para uno u otro lado.

Los entusiastas de la longevidad están buscando argumentos para calmar a los escépticos. Dicen que sería bueno para la economía (más tiempo trabajando y consumiendo) y que no habría riesgo de superpoblación (las mujeres tendrían hijos más tarde). Los escépticos dicen que en la fase de transición, mientras unos ya tengan acceso a los nuevos tratamientos y otros todavía no, habría dos clases distintas de seres humanos, la más profunda de las desigualdades. Otros avizoran cambios culturales: ¿puede un matrimonio durar 120 años? “La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres”, le hace decir Borges a Rufo en El inmortal. Si viviéramos 150 años, creo, seríamos casi tan preciosos. Pero igual de patéticos.

En este podcast de TP de noviembre de 2008 se puede escuchar una parte de la conversación de Hernanii con De Grey.


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