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El olimpo medio vacío

5 10 2013 - 08:19

Hace mucho mucho tiempo, cuando yo era progre, lo detestaba a Sebreli. Me parecía un reaccionario, un derechista, un repetidor de clichés, alguien que provocaba mi espanto e indignación al decir que los indígenas eran vagos y así era lógico que los conquistadores los conquistaran porque la humanidad avanza.

Con el tiempo (y especialmente durante lo que va de este siglo, cuando el ascenso del progresismo al poder fue demostrando su carácter reaccionario, opresivo, conservador y oscurantista) me resultó inevitable empezar a sentir cierta simpatía por Sebreli. Por dos motivos: por un lado se mantuvo en su postura opuesta al reinado de lo progre (demostrándome que en algo tenía razón), por otro su personaje de viejo un poco maniático y harto de haberlo visto todo me empezó a dar ternura. No es común que las figuras públicas muestren rasgos de humanidad, y él los conserva.

Ahora hay otro clima de época, incipiente, todavía no definido, que empieza a despegarse del régimen kirchnerista que entró en decadencia. Un clima de cuenta regresiva. Y entonces aparecen manifestaciones de oposición, de desprecio, de explicación de todo lo que estuvo mal en todos estos años, y por momentos parece que empezara a ponerse de moda eso en lo cual yo me convertí (un progre arrepentido, que como converso abomina de aquello que alguna vez fue).

En este contexto surgió el boom discreto de El Olimpo vacío, una película que tiene como centro a Sebreli y adoptando su punto de vista entusiasmó a muchos opositores al populismo actual. Sospecho que muchos de los que la vimos compartimos la condición de haber sido progres antes, hasta comprobar lo horroroso que puede ser el progresismo en el poder. Y también que muchos experimentamos sentimientos parecidos hacia la figura de Sebreli.

Esa ternura que ahora me inspira Sebreli está en la película: aparece como un personaje querible con quien uno quiere quedarse a conversar, y eso es lo mejor. Vi la película con ganas, pero al salir tenía una sensación de engaño o de fraude modesto: no una irritación como para odiarla pero sí reparos serios que en ese momento no salían de la vaguedad: ¿es esto el problema? O bien: ¿es esto lo que pasa?

Tuve problemas tanto con la película como tal como con el pensamiento de Sebreli propiamente dicho.

La historia se podría resumir así: un autor analiza a cuatro personajes argentinos de la vida real como mitos, bajo la hipótesis de que esos mitos son herramientas de construcción del poder de los populismos, dando por sobreentendido (sobreentendido con el que estoy de acuerdo y no me interesa discutir) que los populismos son malos. Los personajes míticos (“arquetipos de la argentinidad”) son Gardel, Evita, el Che Guevara y Maradona.

La película está dividida en partes, una parte dedicada a cada uno de los personajes, con el hilo conductor de entrevistas con Sebreli como expositor. En cada una de las partes hay un entrevistado “defensor” del personaje mítico. En el caso de Gardel, José Gobello; en el de Evita, Antonio Cafiero; en el del Che Guevara Osvaldo Bayer; en el de Maradona, Victor Hugo Morales.

Primer problema de la película: las hipótesis de Sebreli intentan referirse a los personajes míticos, pero los “defensores” defienden a las personas. Esto genera muchas confusiones. Para el tipo de persona que soy yo, es claro que los defensores están elegidos de manera que me provoquen un rechazo inmediato (me lo provocan), y entonces en base a ese rechazo yo apoye por espanto las hipótesis de Sebreli. Si los que defienden son malos, entonces quien ataca tendrá razón. Esto llega a su punto máximo cuando Cafiero hace alusión a la hombría de Sebreli. Algo tan violento no puede sino ponerme del lado de Sebreli, pero yo fui ahí a entender lo que Sebreli sostiene, y comprobar que Cafiero es malvado no me ayuda a entenderlo.

Uno podría decir: “Si Sebreli no habla en contra de las personas sino de los mitos y su construcción, ¿por qué entonces estos tipos defienden a las personas? No tiene nada que ver”. Pero Sebreli no explica mucho cómo opera esa construcción de los mitos a los cuales se refiere, y entonces SÍ habla de las personas. Que las personas eran en realidad tal o cual cosa. Eso no explica por qué son mitos ni por qué son utilizados, y en cambio da lugar a que la discusión gire en torno a si Gardel era o no golpista, si Evita era déspota o accesoria, si el Che Guevara era egoísta o si Maradona es acomodaticio. Y entonces seguimos sin entender mucho.

Acá viene mi problema principal con todo el desarrollo de Sebreli. Él sostiene en sus hipótesis (no sólo en el libro en el cual está basada la película sino ya muy de antes) que el poder populista construye y utiliza los mitos como herramientas de dominación, para distraer o para ejercer el poder sobre la población. Sus enunciados no están alejados de definir a la población sometida como “masa” o “pueblo”, nociones más o menos igual de vagas. Esta idea es igual de conspirativa y simétrica a la que el gobierno kirchnerista trata de imponer sobre “los medios monopólicos”, que “construyen relato” para “crear opinión pública”.

Si uno sospecha y desconfía de esas definiciones del kirchnerismo (y sabe que no son verdad, básicamente porque las opiniones y las acciones de las personas no son tan influenciables por lo que diga el diario) ¿por qué creer en la hipótesis simétrica de que ya no los medios sino un estado populista construye esos mitos y “el pueblo” obedece? ¿Por qué esos mitos son centrales en el ejercicio de la dominación y no elementos accesorios o decorativos? Es fácil imaginarse a los supuestamente “dominados por los mitos” formular hipótesis de café sosteniendo cosas parecidas a las que sostiene Sebreli (“los milicos utilizaron el mundial y la guerra de Malvinas para tapar sus quilombos”). Si una “víctima de los mitos” puede formular la misma hipótesis sobre la distracción de los mitos hay algo que no cierra, y me resulta sospechoso.

Hace ya muchos años, cuando todavía internet era novedad y las páginas porno escandalosas, circulaba el chiste de que sin importar de dónde uno arrancase, si empezaba a seguir links y dentro de esos links otros links y así sucesivamente, en algún momento iba a terminar en una página porno. Algo parecido a eso es lo que pasa acá con la imaginería del mundial 78 y la guerra de Malvinas. La plaza llena con “el mismo pueblo que tres días antes había estado abucheando a Galtieri en la misma plaza” (en la película Sebreli no dice “el mismo pueblo”, pero la suma de clichés respecto de cómo los militares organizaban jugadas para ejercer la demagogia va en ese sentido). Y toda esa acumulación de capas de pueblo para explicar los mitos populares que son fundantes del pueblo se torna recurrente, tautológica, paralizante: el pueblo es eso que crean los mitos populares que se construyen para dominar al pueblo.

Si se viene hablando de la articulación del poder con los personajes populares míticos ¿era necesario terminar hablando de Malvinas y el Mundial ’78? Ninguno de los personajes abordados tuvo nada que ver con ninguno de los dos hechos, a menos que se haga (como hace Sebreli) una sucesión de relaciones muy vagas y traídas de los pelos. El más cercano de esos personajes es Maradona, y su figura mítica dio el salto al ganar el mundial ’86, con Alfonsín en el poder. ¿Alfonsín era el líder populista construyendo mitos? ¿Maradona es el individuo que se crea como mito a sí mismo? ¿En qué momento se crea? ¿Quién hace uso de él?

Voy intentando entender y me va irritando cada vez más la presencia de Mundial ’78 y Malvinas en la película (y en la obra de Sebreli) por lo desubicados que me resultan esos temas. Y jugando a seguir la idea de la creación de los mitos populares, se me ocurre pensar (por qué no) que Mundial ’78 y Malvinas podrían ser los mitos fundacionales opuestos a los mitos de dominación de los poderes populistas. Mitos creados por la ciudadanía bienpensante, aquellos que no se sumaron a festejar esas bestialidades (los que sí se sumaron, como se sabe, fueron otros: los mismos que votaron menemismo y que dentro de algún tiempo serán quienes en su momento votaron kirchnerismo). Como por definición lo que encarna a las figuras míticas de Malvinas y Mundial ’78 es el pueblo dominado por un poder populista, la ciudadanía bienpensante necesita permanentemente la presencia y el estímulo de Malvinas y Mundial ’78 como alivio y recordatorio de que ellos no estuvieron ahí.

Sobre la parte final de la película, cuando ya los cuatro mitos fueron visitados como encarnación o contrucción de los poderes populistas de turno a lo largo de la historia, aparece la coincidencia del kirchnerismo eligiendo a esos cuatro arquetipos como representantes de la argentinidad para la feria del libro de Frankfurt. Cada una de las partes (Sebreli y la funcionaria representante del gobierno kirchnerista) dicen desconocer previamente la construcción del otro, y entonces se da la coincidencia mágica que pareciera corroborar las hipótesis de Sebreli: el gobierno más populista de la historia es una especie de metapopulismo que construye metamitos fundacionales, que corresponden exactamente con los abordados por Sebreli, como si fuera una coincidencia científicamente previsible.

Al principio dije que una de las cosas que me habían acercado a Sebreli fue el hecho de que en todo este tiempo se mantuviera contrario al reinado de lo progre. Ahora que lo pienso y repaso mis recuerdos de las entrevistas que se ven en la película, me doy cuenta de que no hace mención a lo progre en absoluto, sino solamente a lo populista. Que coincidimos en la oposición a lo que yo llamo reinado de lo progre, pero que para él es sólo otra manifestación populista, ese poder que como Dios proviene de ninguna parte. Y veo que pasa por alto lo progre como fenómeno actual que, pienso, no proviene de un poder populista, sino que más bien lo precede y lo propicia. Y me parece que sólo con la pieza populista no se arma el rompecabezas, se termina más o menos en el mismo lugar.


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