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Ay, los jóvenes de hoy

6 10 2013 - 13:05

Indignada por la inestabilidad conyugal de sus compatriotas, la columnista de The Atlantic escribió: “Nuestros matrimonios jóvenes estallan contra el culto moderno al individualismo, la adoración del becerro de oro del Yo”. La columnista dijo esto en 1907, pero podría haberlo hecho dicho la semana pasada. Adolescentes de todo el mundo están siendo catalogados en estos días como la “Generación Me Me Me (Yo Yo Yo)”, según una tapa reciente de la revista Time, y de ser más egoístas y materialistas que sus padres y hermanos mayores.

La tentación de denunciar a los jóvenes es tan antigua como irresistible. Desde hace por lo menos cien años, en Estados Unidos pero también en Argentina, cada camada de adultos ha creído, con un poco de bronca y otro poco de envidia, que la generación siguiente es más sexual e individualista que la suya. Esto siempre ha sido así y da la impresión, lamentablemente, de que seguirá haciendo así. A medida que se superponen y reemplazan, los miembros de cada generación sienten que ellos representaban la mezcla justa entre autonomía personal y valores tradicionales, entre espontaneidad y buenos modales, entre rebeldía y autoridad. En cambio, los jóvenes de ahora, han dicho cuarentones y cuarentonas en 1920, 1950, 1980 y 2010, se han corrido demasiado para el lado del narcisismo, el capricho, el consumo y la inmediatez. Están, como ya decía la columnista de The Atlantic, todo el día mandándose mensajitos, sus vidas vaciadas de romance, siempre atentos a cómo son percibidos. No respetan a nadie.

Todo esto me interesa porque el mes que viene cumplo 40 y hace años me prometí no alimentar este bucle de acusado-acusador. A principios de los ’90, a mis compañeros de generación y a mí nos decían que la “cultura del videoclip” nos estaba friendo el cerebro, que ya no leíamos libros y, lo más grave, que no mostrábamos entusiasmo por la política. Cuando escuchábamos estos diagnósticos suspirábamos, pensando: estos tipos no entienden nada. Por eso me sorprende (y me deprime un poco) ver a algunos de aquellos compañeros de generación ser a veces tan duros con los que ahora tienen veinte.

Una de las mejores críticas al artículo reciente de Time se publicó en Perspectives on Psychological Science, una revista de psicología, donde observaron que los adultos están naturalmente inclinados a creer que los jóvenes son cada vez más narcisistas. Por un lado, porque se olvidan de que ellos mismos han cambiado (han madurado) y son ahora menos narcisistas que hace 30 o 40 años. Y, por otro, agrego yo, la infancia y la juventud son las épocas que más influyen en nuestra identidad: como ya casi no pertenecemos a religiones organizadas o comunidades étnicas o tribus políticas cerradas, tendemos a idealizar y a tomar como ancla aquellas reglas que explican quiénes somos. El mejor rock y el mejor fútbol de la historia, han dicho oleadas de argentinos, casi siempre en serio, ocurrieron justo cuando yo tenía 17 años.

En estas sentencias sobre el declive moral de la juventud detecto, apenas escondida debajo de la superficie, una melancolía por el paso del tiempo. Frases como “las chicas de ahora tienen sexo a los 14” o “en mi época nos divertíamos con juguetes de madera” revelan para mí una extraña mezcla de pánico y envidia, una admisión de que la juventud de hoy (la fiesta de hoy) es ajena, y que su juventud ya no existe. Como un suspiro: es imposible idealizar el pasado y criticar a los jóvenes sin sentirse un poco viejo. En 1907 y ahora.

(Este columna fue publicada en la edición de papel del suplemento Sábado, de La Nación.)


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