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Miss Venezuela / Red Eye

22 10 2013 - 21:18

Después de tener esa pelea horrible con los tipos de la aerolínea, se quedó pensando en lo que le había dicho su cuñada; que tal vez eso era una señal, que se volviera para la casa. Se imaginó por un segundo subiendo a Caracas con la valija, con los seis medios kilos de café, la botella de ron. Los tipos de la aerolínea le hicieron dar una mala sangre, querían ver la tarjeta de crédito con la que ella había comprado el pasaje. Nunca llevaba la tarjeta de crédito, ¿para qué, si no la usaba? Les dijo a los tipos de la aerolínea que no podía volver a su casa, que no tenía las llaves, además. ¿Para qué iba a llevarlas, si en Buenos Aires no las necesitaba? Le dieron tantas vueltas, le preguntaron si lo había comprado por Internet. Y su cuñada en el celular que le decía que se volviera, que eso debía ser una mala señal. Ella no usaba tarjeta de crédito para comprar por Internet. ¿Cómo iba a hacer eso? Los pasajes los compraba con dinero. El hombre del banco había venido y le había dicho que podía cambiar los dólares a 40 pero ella se los cambiaba a la nuera, que tiene negocio, a 36. Y con eso se iba al negocio de El Rosal y ahí la chica le compraba los pasajes. A lo mejor la chica los había comprado por internet cuando le pidió la tarjeta. Iba a tener que dar de baja la tarjeta, si había hecho eso la chica. No confiaba en Internet.

A primera vista parecía una escritora o una filósofa. Alguna personalidad de pelo blanco que la embajada argentina en Caracas mandaba de regreso a la patria. Las viejas que no son escritoras, ni intelectuales, se tiñen el pelo y se maquillan. Y si viajan en clase ejecutiva llevan ropa a la moda. Normalmente van perfumadas. Viajar en asientos que cuestan el triple del valor de un pasaje sólo es posible si alguien más paga el precio, o si la aerolínea los da como bonificación. ¿Quién se lo había pagado a esta mujer? ¿Alguna corporación? ¿Algún gobierno? ¿Era parte de una comitiva artística o cultural, o científica? ¿O lo había pagado con su propio dinero?

No me había terminado de acomodar en el asiento y ya sabía bastante de la vida de mi compañera de viaje. Hasta sabía en qué banco tenía la cuenta, y que no, por supuesto que eso no lo tenía declarado. “¿Qué? ¿Tendría que declararlo?”

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Quería escribir una crónica del viaje a Caracas. Había muchas cosas, pero sentía que ya estaba todo dicho. El domingo anterior llegué al aeropuerto y noté que se habían olvidado de buscarme. Pregunté cuál era el transporte más seguro.

“Unas camionetas negras en la puerta”.

Hablo con los tipos de las camionetas negras de cierta compañía de taxis. Suben mi valija a una camioneta gris sin identificación. Les digo que yo quiero ir en una camioneta negra con logo amarillo. “Es lo mismo,” dice el tipo, vestido con el uniforme de los otros conductores. Me muestra que en la guantera tiene el imán amarillo de la compañía, que debería tener adherido a la puerta. El tipo no baja mi valija de la camioneta. Me mira con cara de por favor. Me subo a la camioneta gris. Cada vez que cuento esto me preguntan por qué estaba tan segura de que estaba todo bien y de que era lo mismo camioneta gris que camioneta negra. No sé. Supongo que me agotaba discutir con el tipo. Se supone que Caracas es peligrosa. Era domingo, a las 3 de la tarde y se terminaba un feriado largo. La cola para subir desde la costa a la ciudad era atroz. ¿Qué más podía pasarme?

El aire acondicionado de la camioneta gris no funcionaba. Me enojo con el tipo y le digo que yo debería haber insistido en subir a una camioneta negra. El sigue con que el aire anda, que yo no lo siento porque está muy caliente afuera. Apaga el aire. Abro la ventanilla. El sol me da de lleno en el asiento. Miro para atrás a ver si nos siguen. Grave error. Me mareo ipso facto. “Señor, tengo que vomitar.” Paramos al costado del camino. No vomito. Subo la ventanilla y él vuelve a prender el aire, que no anda, pero es ligeramente mejor que la ventanilla baja. Cuando llegamos al hotel, negocio el precio. No me puede cobrar lo mismo que las camionetas negras porque esta es gris y sin aire. Además el tipo no tenía para darme el vuelto en dólares. Se lleva 21 dólares en lugar de 40. Regatear me pone de excelente humor.

¿Qué más puedo decir de Caracas si me pasé todo el domingo adentro de la habitación de un hotel con el aire acondicionado en 24 grados? Y el resto de la semana dentro de una oficina con el aire a 19 grados. Un mediodía fuimos a un restorant típico de las afueras de Caracas, como si acá fuéramos a una parrilla. Un sitio de carnes, como un quincho gigante con árboles falsos y onda “Hacienda”. Era el último día de escuela y las familias celebraban. Había muchos niños. También grupos de alumnos más grandes con sus familias. Algunos tenían togas y diplomas. La típica mersada familiar de cualquier país del mundo. Las familias en los lugares familiares donde se come mucha carne suelen ser parecidas en todo contexto. Mi última chance de encontrar una historia era la anciana en el avión de regreso. Pelo blanco, sweater roído, nada de maquillaje, y desesperada por hablarme de su vida: Una vida que no tenía el menor interés. Al menos para escribir algo sobre el Miss Venezuela, en Caracas, durante el Madurismo.

Veo en el avión a los dos paraguayos que en la fila interminable para el check-in me habían preguntado si era lejos para ir en coche, desde Ezeiza hasta Asunción. No habían conseguido vuelo directo al Paraguay y estaban apurados. “Además nos gusta conducir” habían dicho a modo de excusa cuando le dije que me parecía que era lejísimo.

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—Yo tengo todo en Nueva York, en el Israel Discount Bank. Es lo que me dejó mi marido. Nosotros teníamos mueblería. Importábamos las sillas del norte de Italia y las vendíamos en nuestros locales, en Altamira. Después en una época que la zona valía mucho, mi marido vendió todos los locales al Banco de Venezuela. Tuvimos mucha suerte. Yo les dije a mis hijos, yo voy a vivir bien. Después ustedes ven lo que queda y se lo reparten. Claro, mi cuñada no quiere que me vaya. Se pone celosa de mis hermanas. Mi cuñada viene todas las tardes hasta mi casa y jugamos a las cartas. Tenía 19 cuando me casé y nos vinimos a a Caracas con mi marido, mi cuñada y mi suegra íbamos para Estados Unidos, pero nos gustó Caracas y nos quedamos.

Hago cuentas. Sesenta años atrás. Mid-century en Caracas. Ojo que no debe haber estado nada mal. Todas esas casas modernistas, con palmeras y vista al Ávila o al Caribe. Pozos de petróleo. Postguerra. Cuando empiezo a quitarme el abrigo, ella me ayuda, como hacen las madres. Aunque el physique du role de ella es de abuela.

—Dos varones y una hembra tengo. Al principio yo tampoco me acostumbraba a decir hembra. Tengo cinco nietos, todos varones, el más grande vive conmigo, tiene 26. Con mi marido lo criamos, y él cuando murió mi esposo tenía 15, sufrió mucho pobrecito, pobrecito. Los nietos que están arriba, en Estados Unidos, no los veo mucho. El chiquito es un diablo, tiene cinco años. Pero es diablo, diablo. El otro día me empujó y yo lo reté, le dije le vas a romper todos los huesos a la abuela. Me sacó la lengua así. Y después se fue y agarró uno de esos papeles que yo tengo de cuando juego a las cartas con mi cuñada y me hizo el dibujito de una cara y escribió JITA. Cara Jita. Mi nuera lo malcría mucho porque lo tuvo de grande. Y mi hijo le tiene celos, es celoso de la madre. Iba a tener otro, pero mi nuera dice, la verdad que no me animo. La familia de mi nuera es muy buena. Ellos tienen fábrica en el interior, están muy bien, aunque ahora bueno, no es tan fácil, no. Tengo casi 80 años. Cumplo 79 el 25 de julio. El otro día mi cuñada se enojaba porque yo me senté ahí en una paredcita esperándolas a ella y a mi hija que venía del Farmatodo y me puse a charlar con unos viejos. Cuando les dije que tenía 80 me dicen, pero usted está muy bien, y yo les digo cuando aparece mi cuñada. Ella está muy bien, y eso que también tiene 80. Y mi cuñada enojada que yo le dije a los viejos su edad. Porque ella es de las que no quiere decir la edad. A mí me gusta hacerla enojar.

Las dos elegimos lo mismo para la cena. Comentamos que las berenjenas de la salsa estaban amargas. Las dos las hacíamos en escabeche.

—A mí me enseño mi mamá.
—¿Y tu marido vive?
—¡Sí! (¿Ya parecería tan vieja como para merecer la sospecha de ser viuda?)
—Yo extraño mucho al mío. La pasábamos muy bien juntos, siempre andábamos juntos, viajábamos mucho.

Evidentemente lo que había despertado la pregunta era el hecho de que yo –también– viajaba sola. Tomamos vino con la comida. Dos vasos cada una. Untamos los pancitos con manteca y nos los comimos junto con el vino.

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El evento de lanzamiento del reality Miss Venezuela que fui a organizar había salido bien: la societé venezolana, las agencias de publicidad, y varios famosos de la televisión nacional habían caminado la alfombra roja. La ambientación tenía fallas. Los muebles eran falsos, las alfombras eran feas, los cojines eran viejos. Pero nadie parecía notarlo. Todos nos felicitaban. Los muebles eran provincianos. El papel tapiz con el logo del sponsor y el logo de la corona cubrían una pared de piso a techo, la araña gigante con coronitas transparentes sobre la barra circular de la di-jey había sido muy comentada. Los encargados de la ambientación eran dos arquitectos que hablaban de las casas que ofrecían como locación diciendo “esta fue Premio Nacional 1959”, etc. Uno de ellos formado en Roma, me habían advertido. El whisky, el ron, el vodka, el vino, los pasapalos, los tequeños, las pantallas, el discurso, los dos videos, el loop, las fotos subidas a Instagram, Osmel Sousa, el streaming en vivo de la alfombra roja. A priori me preocupaba que el público del cable antichavista por antonomasia rechazara el evento por estar vinculado a un canal de televisión abierta oficialista.

—No es oficialista VV —me dijeron.
—¿Ah, no?

Recibe propaganda oficial, pero interpretan la fantasía de que a algunas cosas se oponen. Así es el negocio. Nada que objetar. Tal lo sintetizó un invitado al evento, vendedor de publicidad en otro canal abierto. Me dice que ellos hacen negocios con todos. Que no existe eso de ser o no ser oficialista. Está muy borracho y me habla de Quino y Mafalda cuando percibe mi acento argentino. Claro que no existe ser o no ser oficialista, porque ya no quedan canales de televisión no oficialistas.

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—¿Qué tal el transporte público en Caracas?
—Ahora dicen que el metro anda un poco mejor. La chica de limpieza llega puntual. Ella lo toma. Me dice que anda mejor
—¿Es chavista?
—Es colombiana. La que tengo en el departamento de Margarita, esa sí, es chavista.
—Qué lindo, un departamento en la playa.
—Está bien ubicado, frente al mar. Pero el trabajo que da. Se oxida con el mar. Mis hijos van. No hacen nada. Me dicen, mamá, se estropeó la nevera, mamá, se arruinó el grifo del baño. Es un trabajo.

Amago con leer. Consecuencias, de Penelope Lively.

—Qué buen hábito la lectura, yo antes leía mucho, ahora nada, no me puedo concentrar. Será que ya estoy vieja.

Nada. Tampoco íbamos a poder comentar un libro, o una película. Abrí la compu y leí las notas que había tomado antes de que mi compañera empezara a monologar:

“Los militares revisan los bolsos encima de unas mesas muy viejas y destartaladas de madera terciada. Los militares tienen cuchillos, supongo que los usan para abrir equipajes o cosas, o son parte del uniforme. Se dedican a lanzarlos de punta contras esas mesas de madera que como están tan viejas no importa que se marquen, pero el gesto es intimidatorio.”

Al final me dormí. Me despertó la azafata para el desayuno.

—¡Cómo dormiste!

Mi mamá también festejaba cuando hacía la siesta o cuando comía varias porciones de Pascualina. Al final iba a terminar escribiendo una cosa sentimental donde una anciana, que todavía recordaba el léxico rioplatense, pero que hablaba como una venezolana, me arropaba en el avión y me hablaba de lo difícil que es conseguir mantequilla en Caracas. “Mi cuñada y yo siempre cocinamos con mantequilla, ahora estamos frgadas”. Igual que mi mamá, siempre había cocinado con manteca. La margarina era algo para salvajes.

No anoté nada sobre el chileno, que en la fila interminable de Migraciones estaba delante de mí y me preguntó si yo también había ido a Venezuela a dar clases. El trabajaba en LAN, vivía en Estados Unidos y regresaba de dar capacitaciones en el interior. Dijo así: “Si los gringos hiciera una inspección en este aeropuerto cerrarían los vuelos a Estados Unidos. No existe ninguna seguridad. Estuve en Valencia alojado en un hotel del que me tuve que ir porque era un desastre: La tabla del inodoro estaba rota y cuando me paré me agarró la pierna y me hizo salir sangre, me tuvieron que dar puntos en el hospital” No conocía de nada al señor chileno pero me lo imaginé con los calzoncillos bajos, mordido por una tabla de inodoro. Usaba unos anteojos parecidos a los del protagonista de Breaking Bad. “Las lámparas no funcionaban, el baño estaba sucio. Me cambié de hotel, y también apestaba. Al final no me cambié más.”

También había tomado estas notas sobre el día del evento de Miss Venezuela:

Marina descubre en el evento que otra compañera de trabajo es la hija de la hermana de la que era la novia de su hermano cuando ambos se mataron en un accidente de auto. “Los dos tenían 17 años”,” Ella era más hermosa todavía que Andrea. En el carro iban 6, los únicos dos que se mataron fueron ella y mi hermano. Es Caracas. Todos nos conocemos” Todos son las familias que mandaban a sus hijos al Humboldt, al San Ignacio. Las notas no eran malas. Pero seguía sin ver ninguna historia. No sabía eso de Marina. Sabía que tenía cinco hermanos varones. Ahora sabía que había tenido cinco, que le quedaban cuatro. Hace unos años podría haber considerado como tema la lucha de clases. La oligarquía de Venezuela como el origen de todos los males. Estos hijos de esa cierta clase acomodada hoy son mis amigos. Son personas. No puedo hablar de ellos en general como representantes de una clase. Puedo, pero no sé muy bien cómo explicarlo.

—Lo que más voy a extrañar es a mi nieto que vive conmigo. Es lo que más quiero en el mundo.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—El está con la cocaína. Anda en eso. Y la madre, mi hija, me dice que es culpa mía. Ella no lo quiere en su casa para que no sea mal ejemplo a sus otros hijos. Yo no sé. El me decía, abuela no te vayas, abuela no te vayas. Me dice ¿por qué te vas abuela? Y yo le dije, Me voy por vos, tengo que alejarme porque te hago mal. Lo traje acá una vuelta (acá, allá en los aviones es siempre un problema) y no le gustó, se volvió. Yo le doy todo. Y ahora se tiene que internar, pero si estoy yo, no puede. La madre me dice que no le dé plata. Yo lo mandé a Londres, a una escuela de Música. A los seis meses me llama y le digo ¿dónde estás? Estaba en Portugal. Dice que en Londres no se adaptaba. Después se fue a España.

—¿Pero te vas mucho tiempo?
—Me voy por seis meses.
—Ah, por eso tu cuñada no quería que te vayas. Te vas un montón de tiempo. ¿Tus hermanas viven solas?

En realidad la pregunta era “¿tus hermanas todavía viven?”

—Yo soy la menor. Éramos 4 mujeres. La otra que también se casó, ya murió, hace 5 meses. Las otras dos, como no se casaron —ojo, tuvieron sus aventuras, pero no se casaron— viven juntas. Tienen 4 perritos. Me vienen a esperar.

Me imaginé a las tres hermanas como a las Trillizas de Bellville, pero en un departamento de Caballito, con los cuatro caniches, tomando café venezolano y ron.

Volví a la compu para escribir sobre el evento: Jesús Zambrano, Mister Venezuela, usaba frac y camisa con voladitos. Gabriela Isler, Miss Venezuela 2012, lucía la banda arriba de un vestido minúsculo. Las otras ex señoritas que habían logrado alguna coronación también habían ido al evento con la banda cruzada. Parecía una broma. El tocado de la socialité venezolana es mucho más esmerado que el de la argentina. Ningún hombre tiene barba ni usa el pelo largo. No se ven Amados Boudous, ni Lorenzinos de pelo largo. El maquillaje es pesado y la peluquería no admite el look natural. Todas las cámaras le piden nota al entrenador de las misses. Una ex miss entrada en años, peinada como Wendy Zulca, lleva un vestido mostaza que parece un disfraz de dama antigua. Al final, Osmel Sousa y Viviana Gibelli caminan la alfombra roja y se da comienzo al evento. Durante las palabras de bienvenida me doy cuenta de que no se puede bajar la luz de sala y me amargo. Siento que todo se ve como una boda, pero a nadie más le parece. Osmel Sousa es como si Roberto Giordano fuera muy famoso. Muy famoso. Y fuera rubio, con mechitas, y usara chalinas. No queda nada de la ambientación. Marina vino con su esposo y su hermano mayor. El esposo es cantaor gitano, y me dedica tangos cantados como flamenco. A pedido de Marina, hace una versión de “Barney el dinosaurio” también en tono flamenco. El hermano mayor de Marina es un economista a punto de mudarse a Belice. Lo invitaron para presentarle a Cristine, que en un momento se va al baño y no vuelve más. Después nos dijo que tardó porque no podía subirse el cierre de la braga y que tuvo que llamar a la chica de la caja del bar asomada desde el baño para que la ayudara a vestirse. Paso un rato tratando de visualizar eso de la braga y el cierre hasta que me avisan que braga se le dice a la prenda de ropa que se conoce como enterito. Los mozos vuelcan el whiski de nuestros vasos de vidrio en otros de telgopor y nos invitan a retirarnos. Me preguntan que qué hacen con las botellas que sobraron. Les digo que guarden el vino y nos llevamos la única botella de wiski sobrante al bar del hotel, con nuestros vasos de telgopor.

El economista dice que el problema es la distorsión.

—Esta gente distorsiona los datos, se mete con el mercado creando un desastre. Yo trabajé para el gobierno. Sé de qué se trata. Esto es una monarquía, donde sólo se benefician los pertenecientes a la corona, y su corte. Desde Bolívar en adelante, todos han trabajado y robado para la corona. Esto siempre fue la barbarie. Acá todos bárbaros. Bolívar tiene muchas contradicciones. Sí, si, yo también trabajé para el gobierno. Tengo un amigo que se metió después de mí como Ministro de Crédito Público. Le dije no te metas ahí. ¡Se fue a Rusia a comprar unos satélites! Después me contó que lo visitó el ministro este argentino y le preguntó dónde estaban los 19,200 millones que faltaban, que el Comandante supremo se los había prometido, y ahí se consiguió con la verdad, pero no lo dejaban renunciar. Un día vino a mi casa a contarme que se iba para el carajo sin avisar. Tenía un pasaje. Vino con una botella de Prosecco a festejar la renuncia y a hablarme de Antonini Wilson. Le tuve que pedir que se fuera directo al aeropuerto. Yo tengo un chamo, un trabajo en el sector privado. Me dejó la botella. Mi sobrino decía que estaba mejor, pero andaba con una loca, que era más puta. Ahora no está en mi casa. No lo puedo dejar solo. La última vez que vine, cometí el error de dejarle la llave, ay, el desastre que había hecho cuando volví, toda la casa llena de vagos. El dice abuela, abuela, yo me quiero curar, pero no puedo. El me dice cuando anduvo tomando. Anoche no había ido a dormir. Cuando corté con mi cuñada, la madre me llamó al aeropuerto también para decirme y me preguntó si yo le había dado plata.
—¿No le diste, no? —El me pidió. Era para ir a la peluquería. Mi hija se enojó, ¿pero yo cómo voy a imaginarme que no es para ir a la peluquería?

En efecto, en Venezuela, todos los hombres llevan el pelo bien cortado y van afeitados. ¿Cómo iba a pensar que no era para ir a la peluquería?

—Cómo se conoce que ese de ahí es venezolano –cambia de tema, la abuelita—, toma coca cola en un vaso lleno hasta el tope de hielo picado. En casa de mis hijos nunca falta la botella de coca cola en la mesa.

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La crónica del Miss Venezuela no empezaba nunca.

El avión aterriza en Buenos Aires. Ninguna de las dos nos persignamos. Salgo a toda velocidad. Me alejo de mi compañera de viaje sin saludar. Me hubiera gustado conocer a las mellizas de Bell Ville, pero ella iba muy despacio. Me las podía imaginar cómo quería. Me di cuenta que sabía todo sobre la familia del marido, que eran italianos, del norte, que habían venido a Argentina a mitad de siglo, o un poco antes. Que tenían una mueblería en el norte de Italia. Que no se mencionaban ninguna guerra en el relato. Que se habían puesto una panadería en Castelar, “allá fabricaban muebles, en Bs As fabricaban pan. Bah! Elaboraban” Que después se quisieron ir a Estados Unidos y se quedaron en Venezuela. Podrían haber sido fascistas o nazis. O tal vez eran de los aliados. O hebreos, como le dicen en Venezuela a los judíos. ¿Judíos panaderos? No me sonaba. O nada, tal vez no eran fascistas, ni comunistas, ni aliados. Eran capitalistas mudándose a América. Perdón, mudándose a Argentina. ¿Venía a Argentina alguien que no escapara de alguna guerra que pusiera su vida o su fortuna en peligro? A priori me parece que no. Que a este páramo sólo llegaron fugitivos, refugiados y piratas.

No sabía nada sobre la familia de ella. Tampoco sabía cómo se llamaba. Pero sí sabía que tenía un nieto a punto de entrar en rehabilitación, al que por algún motivo temía no volver a ver, una casa de la que no se había llevado las llaves, dos hermanas ancianas con cuatro perros que la esperaban en Buenos Aires, una cuñada a la que adoraba y con quien jugaba a las cartas todos los días, una hija en Estados Unidos, otra en el interior de Caracas. Un hijo casado con la heredera de una familia acaudalada de Venezuela, y una fortuna atesorada en el Israel Discount Bank of New York que no estaba declarada en ningún país.


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