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Moreno Todoterreno

20 11 2013 - 21:57

Se va el tipo que entró a Clarín a patotear a los directores, se dice. Lo que no se dice es que con él entró también Kicillof, ahora ungido ministro de Economía. ¿Moreno o Kicillof? ¿Abal Medina o Capitanich? ¿Cuál es peor? Como diría Juana Molina, es totalmente inverosímil. Por lo pronto, recordemos que para asumir su nuevo cargo, Capitanich debe abandonar la gobernación para la que fue votado hace poco, y romper una vez más toda relación entre la vida política argentina y el amplio dominio de la verdad: hace apenas una semana aseguró que se haría cargo de la responsabilidad “para la que [fue] votado”.

Dado el decurso de la política nacional desde el regreso de la democracia (siempre peor), es cuanto menos imprudente suponer que algo bueno pueda salir de todo esto. La (presunta) caída en desgracia de Moreno solo puede alegrarnos desde el punto de vista personal. Y ni siquiera. Porque, en realidad, ahora Moreno es Ministro Plenipotenciario de Primera y se va a vivir a la ciudad más linda del planeta, a comer panini de jamón crudo y queso en El Greco, entre los espíritus de gente seguramente desconocida para él pero igualmente reconfortante. Moreno tiene varias causas judiciales abiertas, todas relacionadas con el ejercicio de sus funciones públicas. Sin embargo, es destinado a Roma. Si termina siendo condenado en alguna de las causas que tiene abiertas, ¿va a volver a la Argentina? Todo esto nos lleva a pensar que en realidad ni siquiera podemos alegrarnos por sus penurias personales, toda vez que deja una ciudad caótica como Buenos Aires, capital de un país empobrecido, para ir a cobrar un sueldo de miles de euros y a cimentar en millaje el edificio de la impunidad.

Otra digresión: ¿por qué el destino elegido es Roma y no, en su lugar, Angola? Moreno estuvo estrechando lazos allí hace un tiempo, como todos sabemos. El comercio con ese país es pujante. Las cosechadoras argentinas están revolucionando la economía de esa antigua colonia, que recién ahora encuentra, gracias a las gestiones del secretario, la verdadera independencia. ¿Por qué no, también, Venezuela? ¿O Irán? Si Europa, como no se han cansado de decir, está en crisis, si se acaba el mundo tal como lo conocemos y en realidad la Argentina está siendo sabia, se está aliando con el futuro, ¿por qué no puede Guillermo Moreno ir a forjar ese camino in situ? ¿Por qué lo condenan a vivir entre condes y galas de ópera, pudiendo estar trabajando codo a codo con los ayatolás o los expropiadores de electrodomésticos?

Las preguntas se multiplican (¿le venderán a Moreno euros a precio oficial para su larga estadía?) pero son todas, como decía, mezquinas, pequeñas, y es tiempo de hablar de política. Lo que deja Moreno como legado no es sino la expresión más cristalizada de lo que deja el kirchnerismo. Sin duda, uno de los peores vicios de la democracia, practicado en estos años con una consistencia infernal: el criptogobierno. El poder en las sombras. Se habla mucho del estilo de Moreno, que también es, por supuesto, el estilo de toda la gestión: la agresión constante, la mala educación, la absoluta carencia del sentido del ridículo, etcétera. Pero el estilo no es lo más grave. Hay algo más, que se va sedimentando y cuyo hábito será difícil de erradicar: una forma de gobierno opaca, absolutamente reticente a la publicidad. “Son injustas todas las acciones que se refieren al derecho de otros hombres cuyos principios no son susceptibles de ser publicados”, dice Immanuel Kant. Norberto Bobbio elabora el punto: “De esta manera de plantear el problema deriva que la obligación de la publicidad de los actos gubernamentales es importante no solo, como se dice, para permitir al ciudadano conocer las acciones de quien detenta el poder y en consecuencia de controlarlas, sino también porque la publicidad es en sí misma una forma de control, es un expediente que permite distinguir lo que es lícito de lo que es ilícito”.

Moreno, instrumental en el cepo al dólar, en la intervención del INDEC, en el cepo publicitario, en el uso de la AFIP para amedrentar opositores, es el primer abanderado del gobierno secreto. Pero no solo es él. Antes que él estuvo Néstor Kirchner, que formuló todos los principios de la maquinaria (powered by Alberto Fernández, actual paladín del institucionalismo argentino). Todo un sistema montado de la misma manera.

Actualmente, el gobierno busca que se vote un nuevo código civil, 2700 artículos que deberán ser aprobados en unos pocos días y para cuyo trámite no busca el oficialismo ningún consenso con la oposición. No se entiende bien quién redactó qué cosa, ni se discutieron los artículos en jornadas, universidades o medios de comunicación, como podría haberse esperado.

Pese a la oposición de la comunidad judía y de la ciudadanía en general, se aprobó un pacto con Irán cuyas motivaciones son hoy desconocidas, en una sesión secreta de la que no se tienen noticias.

El público llega incluso a dudar que la Presidenta sea efectivamente abogada, y nadie cree verdaderamente que su ingente fortuna la hizo ejerciendo esa profesión, haya sido exitosa o no.

Se intuye que Máximo Kirchner es uno de los principales operadores políticos del gobierno, instituido como tal tan solo por su condición de hijo de la Presidenta, puesto que no cumple ningún cargo como funcionario estatal. Sus amigos se suceden en puestos clave del Estado.

El vicepresidente se vio involucrado en un negocio sucio con una imprenta de billetes, y como resultado de ello, antes que verse él fuera de su cargo, fueron desplazados un procurador, un juez y un fiscal.

Nadie conoce el algoritmo por el cual se decide quién puede comprar moneda extranjera, cuándo ni cuánto. Aun cuando los papeles correspondientes obren en poder del solicitante, es probable que se encuentre con problemas aleatorios, como que la página de la AFIP no funciona durante la noche, o los viernes a la tarde, antes de que la gente salga de viaje.

El gobierno falsea estadísticas públicas. Nadie sabe hasta cuándo seguirá haciéndolo, cuáles son precisamente las razones por las que lo hace ni con qué criterio afecta tal o cual parámetro, llegando incluso al bizarro punto de modificar valores de años anteriores en mediciones interanuales para que, por ejemplo, el crecimiento de la construcción parezca mayor de lo que realmente fue.

Nadie entiende bien cómo se administran los cientos de millones de pesos que van a parar a los organismos de derechos humanos y que desembocan en Schoklender y sus imperios inmobiliarios.

Se miente con las cifras de desnutrición, de rendimiento educativo, de muertos por desastres naturales o por crímenes violentos, de viviendas construidas, etcétera.

Sobran los ejemplos. Cuando pase este gobierno, posiblemente venga uno de Daniel Scioli, Sergio Massa o, ahora, Jorge Capitanich, personajes todos que intervinieron activamente o al menos refrendaron, por acción u omisión, todas y cada una de las prácticas mencionadas más arriba. ¿Es esperable que esto cambie en el futuro inmediato? Si esta es la nota definitoria del kirchnerismo, ¿cuán diferente podrá ser el poskirchnerismo? ¿Se va a sanear el INDEC, la AFIP se va a limitar a cobrar impuestos, se explicarán las políticas cambiarias? La ausencia de Moreno nos alegra a todos pero no nos acerca ni un milímetro a esa meta.


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