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En el sesquicentenario

23 11 2013 - 15:19

El pasado lunes asistí a una celebración excepcional, en el sentido propio del término: el acto en conmemoración del sesquicentenario del Colegio Nacional de Buenos Aires, realizado en el Teatro Colón. Todo depende de las expectativas. Confieso que las mías no eran excesivas pero, a medida que discurría el evento, éstas se iban actualizando, dictando el contraste entre lo que ocurría ante mis ojos y el acto contrafáctico que las incorporaba.

El evento consistió en una serie de números musicales –variados y, en general, bien ejecutados– interrumpidos por una compilación de discursos enviados por exalumnos y editados por José Luis Moure, ex alumno del Colegio, ex profesor y actual presidente de la Academia Argentina de Letras. Esos discursos se referían, en general, a pintorescos detalles edilicios. No hubo intervalo, es decir, no hubo ocasión (más allá de las comidas planificadas de antemano, con grupos preestablecidos) para conversaciones y reencuentros inesperados con compañeros y profesores. Las expectativas y la impaciencia del público fueron creciendo a lo largo de más de tres horas a la espera de un clímax que nunca llegaría, exceptuando, desde luego, el Gloria de Vivaldi (sus 13 movimientos después de más de dos horas de números musicales) y –no es una broma– la melodía insidiosa del que-los-cumplas-feliz.

Éste es un resumen suficiente del acto. No exagero: no estoy escatimando ningún detalle. En un lapso de tres horas no hubo ocasión para homenajear a ex alumnos vitalicios, profesores, académicos, científicos, artistas, etcétera. En los actos periódicos que tienen lugar en el Aula Magna del Colegio, el discurso correspondiente está a cargo de un profesor de la casa. En las ceremonias de graduación, un flamante graduado dice un discurso de confección colectiva. ¿Por qué, en este evento excepcional, no gozamos de la mejor versión de estas regularidades? ¿Convoca de veras a tres generaciones de exalumnos una desabrida pasión por la música y la arquitectura? Inverosímil. Propongo una hipótesis: no hubo otra cosa que música y un discurso sobre nostalgias arquitectónicas porque no podía haberla.

La música es ecuménica. En cambio, cualquier discurso que hubiera afirmado una tesis, esto es, cualquier toma de posición, por más lábil que fuera, hubiera tenido efectos cismáticos sobre una audiencia poblada de cuatro generaciones de exalumnos. Incorporando la extendida idea de una sociedad hiperpolitizada y divisiva, e infiriendo que esa galvanización es máxima en el semillero de la intelligentsia nacional, los organizadores del evento concluyeron que la prudencia dictaba sofocar, antes de que pudiera surgir, la activación de pasiones políticas. En suma, el lunes asistimos a un acto deliberadamente subóptimo porque el clima de corrección política, en conjunción con la degradación de la discusión pública, hubieran tornado cualquier invitación al debate racional en un cóctel explosivo. Acaso no se equivocaron: la mención, entremezclada en una extensa nómina de agradecimientos, al ministro de cultura de la ciudad gatilló una inambigua silbatina. Como resultado de esta opción por la prudencia, el acto no despertó rencores, al precio de no dejar satisfecho a ningún miembro de la vasta comunidad espiritual allí reunida.

Así como la música no es la única forma del arte, las instituciones no son solo edificios: son un conjunto de prácticas concretas ejecutadas por comunidades humanas concretas. El Colegio Nacional es una institución de por lo menos 150 años. Es objeto de visiones encontradas entre graduados y en la sociedad civil: todos los años la siempre renovada tradición de tomarlo lo coloca en las tapas de los matutinos y en la boca de los opinólogos de rigor. La conducta irresponsable de muchos de sus alumnos, su carácter público a la vez que elitista y su excepcionalidad dentro de la tragedia educativa que campea en el país suscitan encendidas polémicas. Ante una extendida percepción de crisis, las instituciones tienen la obligación de darse a sí mismas un debate interno. En lo que sigue, formulo cuatro afirmaciones en torno a algunas de las cuestiones sobre las que me gustaría haber escuchado algo, si no en el mismo Teatro Colón, en ocasión del sesquicentenario del Colegio Nacional.

Allan Bloom describió de este modo su primer contacto con la Universidad de Chicago:

A los quince años vi por primera vez la Universidad de Chicago y, en cierto modo, tuve la sensación de que había descubierto mi vida. Nunca había visto edificios que evidentemente se hallaban dedicados a una finalidad superior, no a satisfacer una necesidad o una utilidad, no simplemente a industria o a comercio, sino a algo que podía constituir un fin en sí mismo. (…) Se trataba, seguramente, de los falsos edificios góticos. En el transcurso de mi educación aprendí que eran falsos y que el gótico no me gusta realmente. Pero señalaban un camino de sabiduría que conduce al lugar de reunión de los grandes. (…) Estos edificios constituían un acto de reverencia a la vida contemplativa, realizado por una nación más dedicada que ninguna otra a la vida activa. (…) La promesa de estos edificios se cumplió plenamente para mí.

¿Cuál era la promesa contenida en esos edificios? La arquitectura sentimental abre paso aquí a la idea de universidad como encarnación de los principios de la educación liberal: aquélla que, como se han encargado de definir autores como Strauss, Oakeshott, Minogue y el propio Bloom, ofrece un catálogo lo más amplio posible de las posibilidades de realización humana; que invita a una iniciación en la vasta herencia de interpretaciones que la humanidad ha hecho de sí misma (la “conversación entre las grandes mentes”, en términos de Strauss); que libera al individuo de los prejuicios de la época que contingentemente habita; en suma, que lo emancipa, como escribió Oakeshott, del “mero hecho de vivir”. Lo propio de estas instituciones es la transacción personal entre maestro y discípulo: una relación conversacional, no dogmática, que transmite el legado civilizatorio a la vez que lo somete a discusión crítica; que, además de información, transmite discernimiento y virtudes (las referencias obligadas son: The Voice of Liberal Learning, de Michael Oakeshott [1989]; The Concept of a University, de Kenneth Minogue [1973]; The Closing of the American Mind, de Allan Bloom [1987], y varios artículos de Leo Strauss). Prosigue Bloom:

La esencia de mi ser ha sido informada por los libros que aprendí a estimar. Ellos me acompañan todos los minutos de cada día de mi vida, haciéndome ver y ser mucho más de lo que yo habría visto o sido si la suerte no me hubiera introducido en una gran Universidad en uno de sus más grandes momentos. He tenido profesores y alumnos como jamás hubiera podido soñar. Y, sobre todo, tengo amigos con los que puedo compartir reflexiones acerca de lo que es la amistad. (…) Todo esto, naturalmente, mezclado con las debilidades y fealdades que la vida necesariamente contiene.

A diferencia de Bloom, sospecho que no fui al Colegio en uno de sus más grandes momentos; de hecho, como recordó recientemente mi amigo Eugenio Monjeau, sencillamente no puedo saber si fui al mejor colegio de la Argentina. Pero estoy seguro de que el pasado lunes, en el Colón, estuve rodeado de hombres y mujeres que podían afirmar legítimamente que habían estudiado en los mejores años del Colegio. Ellos no pudieron describir su experiencia y las generaciones más jóvenes no pudimos escucharla –una verdadera lástima–. No hubo, entonces, experiencias personales que permitieran destilar reflexiones sobre la naturaleza de la actividad que se desarrolla en el Colegio.

Tampoco hubo afirmaciones sobre un tópico todavía más polémico: las relaciones entre el Colegio y la sociedad en su conjunto. Horacio Sanguinetti no se cansaba de evocar la figura de un arriero imaginario que, desde el Chaco, financiaba con sus impuestos nuestra educación de privilegio. Con ese ejercicio de empatía intentaba mostrar que cualquier privilegio en un marco de desigualdades exige una ética que pocos estarían dispuestos a observar: la que exige no romper (literalmente) el Colegio, no perder el tiempo, y que el entonces rector sintetizaba elegantemente con las tres máximas de Ulpiano: honeste vivere, alterum non laedere y suum cuique tribuere. Esto no equivale a afirmar, como es habitual, que la función de la universidad, del Colegio, o de cualquier institución de élite consiste en servir a la sociedad. Mis compañeros más belicosos sostenían, incluso, que el Colegio debe desaparecer; con el objeto de redimirnos de una condición tan ignominiosa, proponían un faltazo masivo a nuestra propia ceremonia de graduación.

En una época donde los expertos en educación se complacen en reproducir el sentido común progresista, que se combina de manera perversa con lógicas de mercado, me parece importante defender una idea que es ahora más impopular que nunca: como sostienen los autores que cité arriba, la sociedad debe permitir y fomentar a las instituciones educativas de excelencia. La sustitución de la educación por la socialización (que Oakeshott denunció hace cincuenta años) es lo que pone en peligro la autonomía de las instituciones educativas y su función no sólo de producir sino de conservar, críticamente, el mejor legado de las generaciones pasadas. Las mejores instituciones educativas no son líneas de producción que proveen de insumos tecnológicos al mercado ni de intelectuales a la esfera pública. La indagación teórica es, en ellas, un fin que no tiene otra justificación que él mismo: es necesario que existan lugares donde se aprenda a pensar bien, y que la mayor cantidad de gente tenga la oportunidad de pasar por ellos en algún momento de su vida. La existencia de estas instituciones resulta especialmente relevante para contrarrestar la curvatura intelectual que, según Tocqueville, imprime al intelecto el imperio de la opinión pública en una sociedad democrática, y que en la Argentina puede apreciarse en la reducción del debate público a una guerra de slogans.

Más improbable hubiera sido escuchar cualquier tesis sobre las relaciones entre el Colegio y la política. En este punto soy todavía menos original. Como el país, el Colegio ha dado artistas y científicos de fuste, pero flaco favor le ha hecho a la construcción de una cultura política pluralista. Todo lo contrario: en él reviven, en su versión liliputiense, restos humeantes de la lógica pretoriana que según O’Donnell caracterizó buena parte de la historia política argentina. Si queremos que la Argentina deje de sorprender por el desfase entre su grado de desarrollo económico y cultural y su grado de desarrollo institucional, parece obvio que el cambio debe operarse al nivel de las élites, comenzando por aquellos lugares donde se educan quienes ocuparán posiciones estratégicas en el Estado.

Por último, quisiera subrayar una nota distintiva relativamente indiscutida (en los hechos, pero no en su evaluación) del Colegio: es una de las contadas instituciones argentinas en las que el esfuerzo individual es el único determinante, desde el ingreso al egreso, de los logros que dentro de ella se obtienen. No volví a encontrar esto en ninguna otra institución educativa de las que transité. Reglas claras en un país típicamente caracterizado por la inestabilidad (y mala calidad) de sus reglas. En el persistente paisaje de prebendarismo, capitalismo de amigos, y todos los exponentes de ese amiguismo mal entendido que subtiende a la estructura moral de la Argentina, el Colegio sigue apareciendo como una saludable excepción. Esa es la ética que subyace a una afirmación de Bernardo Houssay, que nos incomoda más por lo que tiene de exótica que de arrogante: “Llegué a todas las posiciones sin haber recurrido jamás a ninguna influencia o recomendación y eso mismo aplico a los demás con quienes tengo contacto”.

Expuse algunas afirmaciones deliberadamente impopulares. Hubiera querido escuchar, aunque sea, las tesis contrarias en el acto del Teatro Colón, pero la moda progresista de la corrección política canceló esa posibilidad. Aunque esta crónica puede parecer –contra su propia intención– provinciana, creo que no lo es: abrigo la convicción, quizás atípica para un politólogo, de que buena parte de la crisis argentina tiene hondas raíces intelectuales. Un debate informado sobre estas cuestiones es una tarea necesaria; para eso sirven, después de todo, los números redondos de los aniversarios. Sería una picardía perder la oportunidad cuando dejarlas pasar es ya una obstinada tradición nacional.


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