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Carlotto o la épica de la inconsistencia

28 11 2013 - 14:31

No me interesa desarrollar una crítica contra la trayectoria de Estela de Carlotto como dirigente de derechos humanos, ni del trabajo de las Abuelas de Plaza de Mayo. Posiblemente, no podría. Amén de críticas puntuales que se pueden formular (una anécdota: a una conocida la llamaron a la casa y le dijeron: “Sos adoptada, naciste en tal año, tenés que venir a hacerte el examen de ADN”. Los padres nunca le habían dicho que era adoptada. Su padre trabajaba en las fuerzas de seguridad durante la dictadura. Finalmente, la chica no era hija de desaparecidos, había sido adoptada normalmente, aunque no lo supiera), creo que es importante que haya una organización no gubernamental dedicada a investigar y –en la medida de lo posible– reparar el crimen más ignominioso que se haya cometido en la historia de este país: el secuestro de bebés. En esa tarea, las Abuelas de Mayo vienen cosechando muchos éxitos, muy importantes para todos.

Sí quiero tomar a Carlotto como exponente de un vicio conceptual gravísimo, que ella llevó hasta extremos insospechados pero que en realidad afecta a la mayoría del arco progresista en la Argentina de hoy. El caso más obvio es, en términos generales, el de los derechos humanos en sí mismos. Su origen es liberal y son las democracias liberales las que los garantizan en mayor medida. Sin embargo, en la Argentina, el movimiento de derechos humanos suele reivindicar figuras o movimientos que no tienen nada que ver con nada de eso: desde los Montoneros, que podían poner una bomba en un comedor de la policía o tener a una persona secuestrada en condiciones infrahumanas durante un año, y el Che Guevara, que, según denuncia Juan Abreu, podía incluso fusilar a un niño, hasta, más cercanos en el tiempo, líderes del terrorismo internacional como Bin Laden y su atentado contra las Torres Gemelas (Vicente Zito Lema, David Viñas y Hebe de Bonafini fueron algunos de los más entusiastas), o figuras como Hugo Chávez o Rafael Correa, de absoluto desprecio por varias de las libertades más elementales, como la de prensa o asociación.

Marcelo Birmajer, en un indispensable manifiesto de reciente aparición, Libro de emergencia, recopila varias de estas contradicciones y se extiende sobre el acto del 24 de marzo de 2013:

En lugar de homenajear a Raúl Alfonsín, que nos guió de las tinieblas de la dictadura al remanso de la justicia y la democracia, se homenajeó, de un modo frenético, al coronel Hugo Chávez Frías, que dio un golpe de Estado el 4 de febrero de 1992. Lo paradójico y escandaloso de la proclama chavista del 24 de marzo de 2013 es que cientos de argentinos exiliados salvaron su vida gracia sa ser recibidos con los brazos abiertos por la Venezuela de Carlos Andrés Pérez. ¡Homenajeamos al militar que mató decenas de soldados y civiles indefensos, en un golpe de Estado contra el presidente venezolano democráticamente electo que permitió a los argentinos exiliados vivir como ciudadanos en Venezuela!

Muchos podrán decir que con su labor asistencial y de redistribución de la riqueza Chávez aseguró otros derechos humanos, como a la vivienda. Esto es falso, planteado así, porque es una dicotomía que inventan, precisamente, figuras como Chávez para justificar sus tropelías sobre las libertades individuales. Muchos otros países crecieron y redistribuyeron su riqueza tanto o más que Venezuela (y no hace falta ir a Finlandia: esto fue algo que ocurrió en muchos países de América latina en la década pasada) sin hacer que, por ejemplo, más de la mitad de los judíos residentes en el país debieran exiliarse en territorios más amigables, como sí ocurrió en Venezuela.

Carlotto fue la oradora principal de ese acto, aunque eso sea incidental. Quiero hablar de otros dos acontecimientos. En junio de 2009, la médica cubana Hilda Molina logró conseguir el permiso que la habilitó para, luego de quince años de intentarlo, salir de Cuba y venir a la Argentina a visitar a su familia. Según cuenta el diario La Nación del 22 de ese mes, “Molina, quien llegó a Buenos Aires el domingo pasado tras ser autorizada por el gobierno cubano a viajar para visitar a sus familiares radicados en la Argentina, después de 15 años de gestiones, opinó que las Madres ‘sufrieron la persecución de una dictadura, y sin embargo reverencian otras dictaduras, como la que hay en Cuba’”. Es decir, expuso con toda crudeza el doble standard de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, y de los organismos de DDHH en general, entre los cuales no debe haber uno solo que cuestione la Revolución cubana (cfr. Silencio, Cuba, de Claudia Hilb).

Carlotto le contestó, haciendo alarde un machismo de primer orden: “Creo que la señora Hilda Molina tendría que estar disfrutando para lo que vino, que es para estar con su familia y sus nietos”. Luego, virando al chauvinismo: “No tiene que juzgar a nadie, menos acá en la Argentina, donde está siendo muy bien recibida y hasta su llegada fue propiciada por el propio Estado”. ¿Los extranjeros son como los invitados a una casa que no conocen demasiado bien, en la que no deberían objetar la comida que se sirve o el color de las alfombras? Carlotto dijo algo más: “Si las Madres defienden al gobierno cubano es porque ‘cada uno tiene el derecho individual y de libertad de elegir una política’”. Todos tienen el derecho individual (¡!) y de libertad (¡!) de elegir una política. Excepto, claro está, por los millones de cubanos que querrían ver terminada la Revolución, o que hacen el intento desesperado de escaparse en los medios más precarios que se puedan imaginar. Se cuentan por decenas de miles los muertos en el trayecto entre Cuba y los Estados Unidos (Juan Abreu, de nuevo: “Ni siquiera tuve que acordarme de los miles de niños y de padres y de madres ahogados y devorados por los peces en el estrecho de la Florida tratando de escapar del Che y su Revolución”).

Carlotto también le dijo a Molina que debería “hacer silencio sobre temas políticos”, pero no se privó de afirmar que “la revolución que encabezó Fidel Castro y su hermano fue una liberación del pueblo, con errores y virtudes”. ¿Hilda Molina es una víctima directa de la Revolución y no puede hablar acerca de ella, pero sí puede hacerlo Carlotto, que vive en una democracia como la Argentina, anhelada por millones de cubanos? ¿Cómo se puede ser tan espantosamente cínico? ¿Cómo puede hablarse con tanta ligereza del padecimiento de tanta gente? Carlotto hace una defensa esteticista del Estado de excepción. Se trata de una frivolidad que, al concernir a la vida de tanta gente, no es sino una forma de la maldad.

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Digresión: hace unos días, uno de los dos Presidentes de hecho que tiene la Argentina, Ricardo Lorenzetti (el otro, de incorporación más reciente, es Jorge Capitanich), decidió que debía balancear un poco la política argentina, que debía estabilizarla, asegurar su gobernabilidad, y largó el fallo sobre la ley de medios favorable al gobierno dos días después de algo parecido a una derrota en las elecciones. El resultado de ello fue, obviamente, que la oposición perdiera toda visiblidad en los medios de prensa y que el gobierno volviera a tomar la iniciativa. A eso se le sumó la farsa de la enfermedad de Cristina Kirchner (sin poner en duda que estuviera enferma, tampoco puede ponerse en duda el calibre de la puesta en escena) y luego su regreso y los cambios en el Gabinete. Hoy la oposición dejó de existir, una vez más. Gracias, señor Juez, pero a usted no lo votó nadie.

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En el contexto de ese fallo (y, en sentido más amplio, de las sostenidas amenazas del gobierno kirchnerista contra la libertad de expresión, que denuncia brillantemente Birmajer en su libro), la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú y su colega Joaquín Morales Solá viajaron a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (de la cual, dicho sea de paso, Venezuela se retiró durante la presidencia de Chávez) para poner en conocimiento de la comunidad internacional lo que ellos consideraron como una situación grave. Cuando Ruiz Guiñazú volvió del viaje, recibió en su casa una inspección de la AFIP (parece un chiste: alguien denuncia violaciones al derecho a la libre expresión y en consecuencia se le manda una agencia recaudatoria de impuestos a la casa, como si Echegaray fuera el sheriff de Robin Hood). “Llegué de la OEA y la AFIP me estaba esperando en mi casa”, dijo la periodista, que a la sazón había sido denunciada días antes por Hebe de Bonafini como “colaboradora de la dictadura”. No vale la pena extenderse sobre esto; los ejemplos son múltiples como lo es la malignidad de cada uno de ellos. Si alguien quiere defender la actual gestión pese a todo, adelante. Esa es su evaluación de costos y beneficios. Pero no se puede decir que en la Argentina hay plena libertad de expresión. Se puede decir que la libertad de expresión es una charada burguesa, ese tipo de cosas, pero lo que no se puede es tener todo al mismo tiempo.

Sin embargo, Estela de Carlotto sí lo dijo: “Hay plena libertad de expresión porque de las cosas que yo estoy escuchando que se dicen unos y otros nunca en mi larga vida lo he escuchado. Acá no se puede decir que se persigue a nadie, que se discrimina nadie, hay libertad para los que usamos la información de elegir qué información queremos recibir”. Que la Presidenta mencione ciudadanos de a pie con nombre y apellido para amedrentarlos por cadena nacional, o que la AFIP se use como policía de la opinión: nada de eso constituye siquiera una mácula. Luego agregó, en un gesto de una inconsistencia realmente épica: “Mirá, si la inspección me la hacen a mí, que yo estoy tranquila porque cumplo, no me molesta”.

Uno pensaría que este análisis es miserable. Pero lo cierto es que hoy Estela de Carlotto es la principal dirigente de derechos humanos de toda la Argentina. Nadie duda de su relevancia. Así y todo, considera que puede defender al gobierno en todos y cada uno de sus actos (es decir, volver a las Abuelas de Plaza de Mayo una línea interna del peronismo), cuando, por su rol en la sociedad, debería estar controlándolo, y llega incluso a verbalizar una versión más civilizada del “Algo habrá hecho”: “Yo cumplo, no me molesta”, “Yo no hice nada, que a mí no me jodan, que jodan al de al lado, que andará en algo”. Carlotto logró desnaturalizar por completo toda noción de derechos humanos, en tres niveles de gravedad: primero, porque los volvió un instrumento de un partido político; segundo, porque ese partido es el que está en el poder; tercero, porque ese partido y ese gobierno violan sistemáticamente (la AFIP es sistemática por definición) uno de los derechos por los cuales ella debería estar velando más que nadie.


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