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Il Cavaliere

8 12 2013 - 17:18

La semana pasada el senado italiano votó la expulsión de Silvio Berlusconi a causa de la condena que había recibido en agosto pasado por fraude fiscal y el final de su carrera política parece aproximarse rápidamente ahora que ha perdido la protección de los fueros parlamentarios. Fue muy común, sobre todo en el exterior, comparar al Cavaliere con Mussolini, sin precisar muy bien en qué consistiría el parecido, pero dando a entender una supuesta tendencia de los italianos a los liderazgos autoritarios, como si los cincuenta años que separan la caída de Mussolini del debut político de Berlusconi no hubieran ocurrido. Porque su “entrada en la arena” fue precisamente eso: una irrupción que tuvo lugar durante los procesos del mani pulite, los cuales habían hecho implosionar a dos de los tres principales partidos políticos italianos: la Democracia Cristiana y el Partido Socialista.

El nombre del partido que fundó tenía reminiscencias futbolísticas, Forza Italia, y a su alrededor se reunió una coalición heterogénea, de la que también formaban parte fuerzas antagónicas, como los neofascistas de Alleanza Nazionale (en pleno proceso de transformación en un partido de derecha constitucional) y los separatistas de la Lega Nord. En cierto modo, Berlusconi fue capaz de reconstruir gran parte de la coalición que había sostenido a varios gobiernos durante los años ochenta, pero con una diferencia fundamental, que es la que origina tantas comparaciones con Mussolini: la gravitación personal del líder. Era difícil ver en Forza Italia algo más que el séquito de Berlusconi, pero eso era precisamente lo que significaba una transformación del panorama político italiano respecto del sistema imperante en las décadas anteriores. Luego de su triunfo en las elecciones de 1994 se configuró el embrión de un nuevo sistema de partidos, que poco después comenzó a ser llamado “Segunda República” porque en ella estaban ausentes quienes habían sido los principales actores institucionales de la Primera, surgida de las ruinas dejadas por la Segunda Guerra Mundial. Esa Primera República tuvo personalidades políticas cuya influencia era excluyente en sus partidos: Alcide de Gasperi en la Democracia Cristiana y Palmiro Togliatti en el Partido Comunista. Una vez que ambos desaparezcan de la escena, la Primera República será ante todo una república de partidos cuyos elencos dirigentes tendrán una significación sin duda importante, pero en la que el sistema en su conjunto impedirá la aparición de líderes disruptivos. Los dos grandes partidos tenían una fuerte inserción en la sociedad italiana y, pese a las crisis de gobierno recurrentes, sobre todo en la década de 1970, lograron un cierto funcionamiento que permitió caracterizar el sistema como “democracia consociativa”, para indicar que el reparto del poder se autonomizaba de los resultados electorales.

Los gobiernos se formaban a través de acuerdos de la Democracia Cristiana con partidos menores, que sin embargo no podían romper la dicotomía DC-PC, ni tampoco era posible que este último formara gobierno –aunque sí tenía su parte en la administración municipal y regional–, lo que ayudó a mantener durante mucho tiempo un elevado espíritu faccioso en la política italiana, caricaturizado en las zancadillas recíprocas que se hacían el cura Don Camillo y el alcalde comunista Peppone en los relatos de G. Guareschi. El sistema se sostenía en una doble exclusión: la de los neofascistas (por anticonstitucionales) y la de los comunistas (a causa de la política internacional). La Primera República murió junto con la guerra fría: una vez que aquella prohibición tácita de que el Partido Comunista alcanzara el poder hubiera perdido todo sentido con la desaparición del “socialismo real” y la propia conversión de ese partido en el Partito Democratico della Sinistra, las puertas del poder estaban abiertas para la izquierda. Fue allí cuando Berlusconi irrumpió en el escenario de un centroderecha todavía aturdido por el derrumbe de la Democracia Cristiana y ganó las elecciones. A partir de ese momento y hasta hoy se convertiría en la figura central de la Segunda República, alternando gobiernos y períodos en la oposición.

¿Qué esperanzas despertaba Berlusconi entre los italianos? El magnate prometía mayores libertades y menos impuestos; su proyecto quería retomar la senda de la modernización económica que habían emprendido con cierto suceso los gobiernos del CAF (Craxi-Andreotti-Forlani), pero cuyo impulso se había agotado hacia 1990. La crisis cambiaria de 1992 mostraba que a Italia le costaba cada vez más mantenerse a la par en la carrera económica. Como una Margaret Thatcher italiana, Berlusconi prometía liberar los “espíritus animales” y descargar a la sociedad del peso cada vez mayor del Estado. Las reformas se empantanaron rápidamente y la coalición con la que había triunfado se desarmó. Su primera experiencia de gobierno terminó antes de cumplirse un año. A pesar de que posteriormente estuvo al frente de varios ejecutivos y llegó a ser uno de los jefes de gobierno más duraderos desde 1945, sus promesas quedaron incumplidas y la mayor parte de las reformas proyectadas no se realizaron. El personaje televisivo, con su estilo de vida escandaloso, muchas veces sustituía al político, sobre todo en sus últimos años, en los que la gestión cotidiana del gobierno se aproximó a la parálisis, como ocurrió especialmente durante 2011. Su propia presencia parecía ser un hecho anormal, que una vez agotado, permitiría a Italia retornar a la normalidad del sistema político. Pero allí está la ilusión: Berlusconi, con toda su vulgaridad, sus leyes ad personam, sus conflictos de intereses y sus interminables vicisitudes judiciales, forma parte de un cambio más amplio de la política, que incluye a Italia, pero que no se limita a ella; una personalización del poder y un reforzamiento del poder ejecutivo pueden verse en varios países centrales en ese mismo período.

En la década de 1980 Perry Anderson encontraba que las socialdemocracias gobernantes en Europa compartían el hecho de ser ampliamente corruptas y ser un fenómeno político de los países mediterráneos; recordemos que los socialistas estaban en el poder en España, Francia, Italia y Grecia, es decir, casi los mismos países que hoy son incluidos entre los PIGS (las iniciales en inglés de Portugal, Italy, Greece, Spain; PIIGS, si se incluye a Irlanda) –y de seguir así las cosas, no falta mucho para que Francia vuelva a reunirse con ellos–. La “tercera vía”, en cambio, orientará los gobiernos británico y alemán en la década siguiente. Pero entre ambos enfoques de centroizquierda hay un hiato fundamental: durante la década de 1990 se observarán de manera casi inmediata los efectos de la liberalización financiera y de la expansión del comercio internacional, llevando a la socialdemocracia en sus distintas versiones a una alternativa que se repitió en varios países: optar entre el abrazo entusiasta a la globalización (Blair) o aferrarse a la defensa del Estado de bienestar, en una resistencia que la explosión de las comunicaciones y los movimientos de personas y bienes perforaban continuamente. El centroizquierda italiano, que había realizado su aggiornamento poco tiempo antes, pasando del eurocomunismo a un híbrido que siguiendo a Norberto Bobbio podríamos denominar “socialismo liberal”, se encontraba mal parado frente a la discusión, ya que las premisas ideológicas de la socialdemocracia, por fin aceptadas luego de años de desprecio, se habían vuelto anticuadas respecto de las nuevas realidades. La socialdemocracia era la forma política de la sociedad “fordista”, la sociedad de las grandes masas obreras e industriales de las décadas pasadas, y esa industria ahora comenzaba a migrar hacia otras latitudes, en busca de mejores condiciones para la producción.

Entrar en el euro fue la última empresa colectiva conjunta de la sociedad italiana, su último esfuerzo por mantenerse a la par de una Europa que se modela cada vez más según las directivas alemanas. La moneda única, en la cual muchos ven el origen de todos los problemas, le arrebató a Italia el recurso a la devaluación competitiva de la lira (cuando un país devalúa, lo hace contra otros, es decir, contra las monedas de aquellos con los que comercia). Sin embargo, pocos se preguntan cómo funcionarían la economía italiana o la griega si se reintrodujeran la lira o la dracma. La respuesta es evidente: se volverían economías bimonetarias, se utilizaría la moneda local para las transacciones y se ahorraría en la moneda fuerte, razón por la cual seguirían enganchadas al euro de todos modos, y cuando la recuperación económica aumentara el valor de la moneda local, se presentaría de nuevo la necesidad de otra devaluación. (Por otra parte, Gran Bretaña no está en el euro y si bien no sufre la crisis como los países mediterráneos, tampoco escapó a la recesión.) Pero el problema no está en el euro, sino en Europa: el desequilibrio cada vez mayor entre Alemania y sus satélites económicos (Austria, Holanda, Finlandia, República Checa) por una parte y el resto de la Unión, que funciona como mercado receptor de las exportaciones alemanas, sosteniendo así a su industria. Al mismo tiempo, Alemania privilegia la estabilidad económica y monetaria, exigiendo a los restantes miembros la reducción de los déficits públicos y austeridad para el futuro, es decir, la liberalización y las reformas que Berlusconi no había logrado realizar en la década de 1990. Al venir ellas desde fuera, el resultado es la “germanización pasiva” de Europa, como ha señalado Carlo Galli en su libro Sinistra: Alemania es el país fuerte “por su historia, demografía, base productiva, cohesión social, organización del trabajo [y] capacidad de reformar consensualmente el modelo de empresa”.

Paradójicamente Berlusconi caerá del gobierno agitando el populismo contra los ajustes exigidos por la Comisión Europea, creándose una situación análoga a las que ya conoció América Latina cuando las fiestas se acaban y llega la hora de pagarlas: gobiernos incontinentes en sus gastos que se presentan como víctimas de poderes externos. Pero la irresponsabilidad tiene un límite y Mario Monti, senador y técnico de prestigio, reemplazó a Berlusconi. Sin embargo, este gobierno “técnico” era en realidad un gobierno que se asemeja más al estado de excepción: el presidente de la República, Giorgio Napolitano, tuvo un papel fundamental en la caída del gobierno de Berlusconi y en la formación urgente de uno que estuviera a la altura de la crisis. Monti, sin embargo, no supo convertir la justificación técnica en adhesión política, pues tenía poco que ofrecer a la sociedad italiana que no sean medidas impopulares y encontraba su mayor apoyo en la canciller alemana. Lo que Perry Anderson había señalado respecto del plano político hace veinticinco años, aparece hoy en el económico: la Europa del Sur y la del Norte divergen profundamente, por más que décadas de guerra fría y Unión Europea hayan disimulado la diferencia. (Una referencia personal: cuando en enero de 2011 visité a mis parientes en la Liguria, proveniente de Milán, comenté cuánto me había impresionado la riqueza que había visto en esa ciudad, aun en medio de la crisis, a lo que me respondieron: “Los milaneses tuvieron la suerte —el subrayado es mío— de ser gobernados por los austríacos más de doscientos años”, ofreciéndome un inesperado y remoto origen de la productividad presente.)

El manejo de la deuda pública es uno de los pocos temas donde Berlusconi puede exhibir algún logro, pero si la sociedad italiana no siente los rigores de la crisis con la misma intensidad que las de la península ibérica, ello se debe al tradicional “familismo” italiano. En efecto, Italia, el país de la raccomandazione, el país en el que sus habitantes siempre fueron criticados por no poder ver más que a la familia y a los amigos (careciendo, por tanto, de cualquier noción de sociedad civil y de normas impersonales), hoy puede contar con una red informal de welfare gracias a la ayuda que muchas personas reciben de sus familias. La crisis impacta de modo diferente en los países afectados porque su origen no es el mismo: en España y Portugal ella está ligada a un nivel altísimo de deuda privada, mientras que en Grecia e Italia es la deuda pública la que se vuelve un peso insoportable. Si la sociedad española, pero también la británica, la irlandesa o la holandesa, se comportaron como cigarras durante los “años locos” de la globalización y el crédito barato, las familias italianas, en cambio, fueron hormigas incansables por su capacidad para ahorrar aun en la adversidad.

Sergio Romano, un ex diplomático y periodista italiano, decía que Berlusconi fue un “gran postergador (procrastinator)”, cuya habilidad política era la de sustituir una cuestión por otra, sin preocuparse por resolverlas. No por eso perdió el favor de muchos italianos, que siguieron votándolo porque veían en él a un garante de la gobernabilidad, una gobernabilidad gris, casi sin logros, y cuya fortaleza mayor era la atomización de sus adversarios de izquierda y centroizquierda, los cuales no consiguieron conformar coaliciones de gobierno coherentes las dos veces que estuvieron en el poder. (El último gobierno de Romano Prodi se sostenía en una coalición tan heterogénea que volvía inalcanzable el más mínimo consenso: su ley de presupuesto de 2008 tenía más de mil enmiendas, todas provenientes del oficialismo.) En las últimas elecciones los polos que habían dominado la política italiana en los últimos veinte años comienzan a disolverse y el tradicional multipartidismo vuelve a asomarse: al centroizquierda se le presenta el Movimento 5 Stelle, dirigido por el cómico Beppe Grillo, una oposición “de izquierda”, que cree encontrar en internet el sucedáneo para reemplazar la actividad política y la falta de inmediatez que ella implica, pero que expresa ante todo un populismo de sectores medios que no se sienten representados por el PD, y el centroderecha de Berlusconi comienza a disgregarse en varios partidos una vez que la fuerza cohesiva del jefe ya no está. Como señaló recientemente Ernesto Galli della Loggia, la posición del Partido Democrático en el sistema actual es, paradójicamente, análoga a la que tenía la Democracia Cristiana en los años de decadencia de la Primera República: ser el único partido que se identifica plenamente con la institucionalidad vigente y que actúa como centro de gravedad de grupos menores, teniendo frente a sí a formaciones políticas con muy pocas posibilidades de conformar un gobierno estable. Una comprobación melancólica que lleva a preguntarse si las dos últimas décadas no resultaron siendo un vacío político para Italia. Berlusconi —con toda la responsabilidad que le cabe luego de años de estar al frente del gobierno— no es una anomalía italiana, la personalización de la política va de la mano con la conformación de “democracias de audiencia”. Su gran fracaso fue su incapacidad para trascender el personalismo y hacer de su séquito un partido político, es decir, para convertir en una institución la novedad que en su momento aportó a la política italiana, incomprensión típica de alguien que siempre se movió dentro de los parámetros del “familismo”.


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