Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







Polaroids de locura argentina

15 12 2013 - 09:48

Sabe cómo nos hemos divertido anoche con los changos, don. Vea, si lo hubiéramos hecho la noche anterior, no saqueaban el Chango Más que queda ahí cerca. Todos los vecinos nos hemos puesto de acuerdo. Todos. Yo vivo en el Barrio Diza; bien jodido estuvo ahí. El ferretero nos dio un rollo de alambre y le metimos una barricada a cada cuadra y después cada 50 metros. Le hemos puesto también alambre de poste a poste atravesando la calle para que cuando vengan con la moto les dé en el pecho y los tire . La cagada es que vino un chango del barrio a los pedos, no sabía, y se le ha enterrado el alambre en el cuello, pobre. ¿Sabe que ahí atrás en los monoblocks viven militares? Hemos contado y en un momento teníamos 28 escopetas, tres granadas y bombas de estruendo. Usted en vez de tirar la bomba de estruendo para arriba la tira apuntando a la calle y el escándalo que hace los enloquece y se rajan. Imagínese si les tira una granada en medio de que están saqueando un súper. No deja nada. Capaz que mata como cien personas. Hay dos Chinos ahí cerca. De uno la señora nos ha dado una caja con botellas para que rompamos y pongamos en la barricada. Si llega a pasar la motito le destroza las ruedas. No, en serio, qué fulero que estuvo. Pero no los hemos dejado pasar. Llegaban, les metíamos dos tiros de advertencia a la calle y se iban. Como será, que me contaban que en el Chivero estaban todos preparados porque se venían subiendo los del Sifón y claro, los del Chivero estaban asustados. Por más que sea una villa, mire si los de la otra villa les saquean lo poco que tienen. Había una viejita con nosotros… ¡qué caliente estaba la viejita! “¿A mi edad me van a venir a chorear lo poco que tengo y he juntado con tanto sacrificio? Yo los mato a los delincuentes esos. LOS MATO”. ¿Acá se baja, don? Son 10 con 20. ¿Tiene cambio?

En estos días los remiseros no te hablan de fútbol, te cuentan su historia en la noche de los saqueos. Y uno les cree; por más farolero que sea por definición un taxista, en Tucumán manejar un remise está en la base de la pirámide de trabajos disponibles. O atendés un kiosco o manejás un remís. Y los que atienden kioscos y manejan remises viven, por lo general, en la periferia. Esos barrios humildes que rodean al centro tucumano y en los cuales la horda motochorra se cebó sin piedad, saqueando a los pobres, que son los más indefensos; igualando para abajo, como si fueran agentes estatales motorizados en plena política redistributiva del modelo inclusivo. La horda motochorra recorrió los márgenes de la ciudad asolando a los supermercados de los barrios y a los almacenes que, una vez vulnerados, eran reducidos a la nada por los propios vecinos. Ya lo habíamos visto en el 2001 y lo contamos acá mismo. Esa vez también fueron los vecinos saqueando al vecino con almacén, aunque el kirchnerismo, en su afán de revisionar la historia, lo narre como “la épica de los desposeídos contra el ajuste neoliberal”. ÉPICA LAS PELOTAS. La larga noche del 2001 fue un vale todo. Era el territorio nacional transformado en zona liberada por los punteros del partido que terminó empujando a De la Rúa al helicóptero, con la colaboración de la policía que se retiró y dejó hacer. Y cuando volvió a escena fue para proteger a los hipermercados, abandonando a los comercios de barrio a la buena de Dios. Y Dios esa noche también estaba en otra cosa. En ese momento me volví un escéptico absoluto sobre el futuro argentino. Si la cana se retira de las calles y tu vecino, porque te puede chorear sin que nadie lo detenga, va y te chorea, sobre eso que se acaba de instalar como norma no podés construir nada. Y no se vuelve, hermano. No se vuelve nunca más.

Mi amigo el Hugo se fue a pasear unos gringos en camioneta por todo el cinturón montañoso, desde Mendoza hasta Salta, y de regreso iba a hacer una parada en Tucumán para que almorzáramos juntos. El martes iba a llegar y llamarme por teléfono, y no dio señales de vida. Lo tuve que rastrear por twitter. Decía “Estoy en Tucumán, lo que he visto y vivido hoy es indescriptible. Conocí esta noche la anomia de cerca; es horrible, muy horrible”. El Hugo es grandote, morrudo, practicó en su juventud rugby y es muy dado a agarrarse a las piñas cuando la ocasión exige una justicia rápida. Y Tucumán lo dejó espantado. Al otro día, cuando me llamó me dijo “elegí un bar, tomemos un café y de ahí nomás me vuelvo a Mendoza. No me quedo ni un minuto más aquí”. Me contó que había seteado el GPS para que lo dejara en la casa de un amigo en Yerba Buena, la zona más linda de Tucumán, y cuando dobló en una calle, cerca de su destino, vio una barricada y un grupo de gente con armas. “Me asusté y pegué el volantazo. Más tarde me di cuenta de que eran vecinos y me hubiera convenido seguir hacia ahí”. Pero no estaba avisado, así que dobló en sentido contrario y terminó en una de las villas que rodean la zona residencial. “Aceleré por entre medio de los pozos y el humo de las quemas y terminé al lado de una vía. Había como treinta tipos con palos que vieron el auto y se me vinieron al humo. Le metí un rebaje en reversa y huí. Anduve dando vueltas hasta que encontré de nuevo el pavimento y otra barricada y me mandé para allá a toda velocidad”. Pobre Hugo. Ya era de noche cuando los tipos de la barricada vieron llegar el auto a las chapas. Lo rodearon apuntándole con las armas. “Me bajé con las manos en alto explicándoles que era mendocino, que estaba de visita, que por favor me dejen pasar”. Uno lo llevó a su casa, lo hizo sentar para que se tranquilizase, le sirvió un vaso de agua. “Yo me he hecho cagar con cada nene jugando al rugby y afuera también, y te juro que esta vez me temblaban las manos”.

En Tucumán hemos pasado unos días de mierda, cuyas consecuencias andá a saber hasta donde llegarán. Por lo pronto las armerías agotan stock y tener un revólver o escopeta en la propia casa se ha vuelto un tópico de la conversación. Imaginate el año que viene un escenario semejante al de estos días, con muchos más vecinos armados hasta los dientes y, con el antecedente de que ahora se los corrió a los tiros la horda motochorra recargada de fierros. Va a ser un baño de sangre. ¿Va a ser? Ya lo fue. Escribí en twitter que en Tucumán se contabilizaban cuatro muertos y alguien me contestó “esa matemática anda mal, en la esquina de mi casa sin ir más lejos voltearon a dos”.

La vida en los días posteriores a las 48 horas en el infierno se va rearmando como puede, pero quedó en al aire una tristeza muy difícil de despejar. Es que el nivel de marginalidad que salió a la superficie ha sido de una escala muy difícil de imaginar, aún para los más descreídos. Claro, después lo razonás en frío y te das cuenta: tirarle un centro a los sectores que viven en la pobreza, pero sin sacarlos de la pobreza en donde se hacinan, es el caldo de cultivo ideal para la marginalidad. Los números falopa que afirman que la escuela anda bárbara mientras, por detrás, los maestros reciben instrucciones para que los chicos aprueben y pasen de grado COMO SEA, también han hecho lo suyo. Es cada vez más difícil horadar las capas de maquillaje gubernamental bajo las que se esconde la cara oculta del “éxito” argentino, hasta que estalla una crisis como ésta y te encontrás al borde de la disolución.

Sí, disolución.

No se me ocurre otro nombre para lo que hemos visto en estos días. La foto del bebito abandonado en medio de un saqueo; el padre que lleva al hijo con él en moto a robarse un elecrodoméstico, y lo mete de cabeza en la generación perdida; los tipos que se fueron en un remís a saquear un Vea; los que arrasaron un súper chino y desmantelaron hasta el inodoro. Y mientras esto pasaba en Tucumán, y ya había pasado en Córdoba, y estaba por pasar en Chaco, la presidenta pariodaba los cacerolazos en un escenario, bailando la murga de los 30 años de democracia después de cantar el himno al lado de una vedette. Podría ser una extensión institucional del humor de Capusotto, si en el medio no hubieran quedado más de diez muertos, ciudadanos que lo han perdido todo y una policía que alentó los saqueos y obtuvo el aumento de sueldo que pedía luego de poner de rodillas a los gobernadores con una metodología feroz.

Es el Far West, pero al revés. El western narra las dificultades de un grupo de pioneros que trata de constituir un Estado en medio de un territorio hostil, conquistado a través de la violencia. Es una comunidad que empieza y para ello se paga su propia maestra, su propio sheriff, su médico, su cura y su enterrador. Y el héroe, el cowboy, es el que interviene para terminar con los últimos restos de violencia y dejan preparado el terreno en el que se va a construir un orden que no puede contener a los que andan por la vida a los tiros, como él. Por eso la película termina con el cowoby yéndose hacia la lejanía. La película argentina empieza en ese punto, con el cowboy viniendo de la lejanía y desensillando acá, donde el Estado está disolviéndose entre el choreo de la dirigencia política, la corrupción policial y los vecinos que toman la justicia en mano propia. El territorio ideal para los que, como él, andan a los tiros por la vida.

El lunes a la noche la policía se autoacuarteló y alentó la ola de saqueos. (Al día de hoy se multiplican en off los testimonios que los vieron con handy comandando la horda de motitos y ya hay 9 policías detenidos y procesados por sedición). Los colectivos pararon a las 9 de la noche y el servicio de taxis colapsó. Encima había llovido. Nos volvimos con mi esposa caminando a casa, atravesando el centro vacío a una hora inusual. Los negocios tenían las vidrieras cubiertas de cartón y de diarios y en las esquinas se apiñaba la gente esperando inútilmente un remís. Pensé en lo afortunados que éramos de vivir en el centro y tener que caminar sólo unas pocas cuadras. Imaginate a los que tenían que volverse caminando a los barrios en los que ya arrasaba la horda motochorra.

El martes lo pasamos encerrados en casa, siguiendo los saqueos a través de las cuentas de twitter de los periodistas tucumanos, que, celular en mano, fotografiaban y subían lo que iban viendo. La televisión local brilló por su ausencia. No fue novedad. Las provincias tienen, de hecho, una ley de medios tácita desde hace una eternidad: te desafío a que encuentres un canal de televisión provincial que no dependa directa o indirectamente del Estado. Después del mediodía, momento en que ya se registraban saqueos, Canal 10 pasaba Cuestión de Peso y Canal 8 una novela de Gabriel Corrado. A medida que el día avanzaba se sumó la cadena de wattsap de mi hija menor con sus compañeras de colegio, que cuando se hizo de noche alcanzó niveles de terror. “Dice fulanita que están cagados de miedo porque a seis cuadras de la casa entraron a saquear”. “Dice menganita que está asustada porque en el barrio de los abuelos estaban saqueando y ahora no responden el teléfono”. “Dice sutanita que pasaron frente a su casa y el padre le dio un tiro a uno en el pie”. A la noche se corrió la bola de que un grupo grande se estaba preparando para abrir el penal de Villa Urquiza.

“Quieren crear psicosis” decían los oficialistas de acá y de allá. Con los canales locales transmitiendo la realidad de Suiza, la dinámica de los hechos yendo más rápido que la actulización del home de La Gaceta, con el whatssap y twitter como sucedáneos de la cadena del ladrido de los 101 Dálmatas, el Estado en retirada y su brazo armado acuartelado y comandando los saqueos, ¿de qué psicosis me hablás? Lo que había era miedo. El más básico y puro miedo.

Terminé la noche escuchando la radio. Hacía mucho tiempo que no escuchaba radio tucumana y mucho menos AM. En LV12 estaban Los Duendes de la Noche, un programa que ni sabía que sigue existiendo. A principios de los 80 lo conducía el Pichi Di Lullo, y era uno de los pocos programas que, antes de Malvinas, pasaban rock nacional. Trasnochaba haciendo los planos de colegio con las canciones de fondo y alguno que otro saludo de los oyentes. Tantos años después, los saludos se habían convertido en llamados al aire, algunos desesperados y otros de resignación. Todos de gente humilde. Y decían cosas parecidas. Llamaban desde muy lejos; escuchaban tiros y no sabían a qué distancia de sus casas se estaban disparando; habían llamado a la policía y no les contestaban las llamadas. Hablaban todos muy despacio, casi en silencio, como pidiendo permiso. Tarde ya, de madrugada, mientras los barrios de la ciudad ardían, una señora me hizo moquear: “Lo tengo a mi marido en la esquina, estoy muy preocupada. Entro y salgo, entro y salgo… así que, ¿sabe qué hice para tranquilizarme? Me puse a amasar”.

Queda mucho para contar y no hay catarsis que alcance. En este momento el principal problema es que quedan 10 días para Navidad y Tucumán demostró que puede ser tierra de nadie con la menor chispa que encienda la pradera. Vivimos minuto a minuto, como en la Tele, y todo se va viendo a medida que se desarrolla. Eso sí: hay consenso que en dos días envejecimos diez años, así que… ¡felices 40 años de democracia, compatriotas del resto del país!


————————————

Del mismo autor: