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La tablada Vantage Point

19 01 2014 - 15:03

La Playa de los ingleses

No era un tipo muy discreto, Roger Todd. Se arremangaba la malla hacia adentro para tomar más sol, pero lo hacía de excéntrico. No era un angloargentino; era sudafricano y tenía ese acento exótico, mi preferido. El safre o safreng se parece al australiano pero es distinto. En Australia también existe una tricotomía que divide la lengua en clases. Roger hablaba el Broad Safre, el inglés sudafricano de los trabajadores, se acercaba al Afrikaans.

En Papacharly eramos casi todos angloargentinos. También había moishes y argentinos bienudos pero hace años que la parada 18 de la brava de Punta del Este era la playa de los ingleses (que se había corrido de la parada 2 hacía años por el amuchamiento). Estaban los Horsey, los Guthrie, los McLennan, Darbishire, Williams, los Cohen, los Carlini, los Ralphies, los VanDomsellar, los Perez Mañan, los Hirchbaum, los Dreske, Petersen, los Bersanini, los Mirren, los Ambell, los Varela. Todas familias que desde hacía muchas temporadas bajaban a la playa al mediodía y se quedaban hasta las siete de la tarde. Algunos, como los Horsey y nosotros, llegábamos más temprano, a eso de las diez. Roger Todd, que era novio de la viuda Ana Tessler, también llegaba temprano. Roger era un ex piloto comercial y representaba una firma de helicópteros americana en Durban.

Fue Roger Todd, el sudafricano, quien nos avisó sobre La Tablada.

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El Movimiento justificó la toma del Regimiento de Infantería Mecanizado 3 “General Belgrano” aduciendo que así impedía el golpe de estado planeado por el entonces candidato a presidente Carlos Sául Menem y el ex militar Mohamed Alí Seineldín. Sonaba a presente imperfecto ficticio, pero en ese país, del otro lado del charco (where the grass never seemed brighter), todo podía ser. Todo podía ser un rumor, también, un chimento.

En la playa empezaron a aparecer términos como carapintada, insurrección, golpismo, terrorismo, pueblo y nombres como Vaca Narvaja, Coti Nosiglia, )the black monk), y Enrique Gorriarán Merlo, the commie or the lefty who played golf at the Jockey club.

Era confuso para un chico de doce años. Sobre la arena todos hablaban de fantasmas del pasado, de dirty war, de guerrilleros. Frente al mar, mientras pasaba el señor de los barquillos, uruguayo y tal vez anti tupamaro o tal vez tupa. Pasaba también el vendedor de helados Conaprole, y algunos veraneantes caminando por la orilla frente a la isla de los Lobos. Mi viejo le explicó a Todd dónde quedaba La Tablada, por Lomas del Mirador entre La matanza y Lugano. Se alejaron para hablar. El agua cuando venía les tapaba los pies y disolvía el castillito de arena de las hijas de los Mirren.

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Entraron a las nueve de la mañana, algunos decían que habían entrado a las seis.

Esto fue el 23 de enero, la segunda quincena de las vacaciones, de 1989. Cuarenta y dos nostálgicos integrantes del MTP tomaron por sorpresa la sede militar de la localidad de La Tablada y armaron ese capítulo político/bélico del que no olvido más. Pasaban tanques por la 202 en Don Torcuato, Goldi me contaba que pasaban los tanques. Duró casi dos días, más de treinta horas en las que se movieron 3600 policías y militares. Nunca se dijo exactamente cuantos murieron, aunque los diarios y la revista Gente hablaban de 39, de los cuales 28 eran del MTP. Uno de los miembros había llevado a su hijo. Un colimba hacía guardia con un palo de escoba. A ese también lo mataron.

Escuchábamos estas cosas en la playa, y a la noche seguíamos hablando de esto en los fichines de Las Vegas, por la calle Gorlero. Ese año estaba de moda el Operation Wolf, un juego que tenía una ametralladora incorporada. Era la novedad. Antes disparabas con joystick, ahora teníamos un arma con gatillo sensible, unos pesos uruguayos y fichitas. Diego Cohen contaba que los locos —así les decía— habían entrado en un caminón de Coca Cola como los troyanos. Eso le había dicho su viejo que era psicólogo.

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Mi mamá compró la revista Gente tres días después. No leí nada, solo hojeé y vi los cuerpos rotos, despedazados, carne asada. Vi la locura, Gente queriendo vivir para atrás. La primera guerra mundial a una escala de localidad, de municipio y con protagonistas inexplicables, una película de Olmedo y Porcel pero siniestra y sangrienta.

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El dueño del kiosko

Me acuerdo de todo porque era una guerra. De repente me desperté una mañana de fines de enero y estaba viendo un película de guerra pero que era de verdad. Yo siempre abro el negocio a eso de las seis. A veces ni cierro por los camiones. Pero la anterior había cerrado y esa mañana abrí minutos antes de las seis porque me iban a traer fanta que esa gaseosa yo no la trabajo

Ví un camión de Coca Cola que se desvió de la ruta. Yo a esa hora siempre ponía el casset de Pink Floyd, el del Lado oscuro de luna. Y veo que el camión se lleva puesto encima a un milico, a un gendarme, un pibe. Otro gendarme sale corriendo. El camión entra rompiendo el portón. Era rarísimo. Atrás del camión entraron autos en filita. Seis. Y ahí se sintieron los cohetazos. Me cagué todo pero no podía dejar de mirar. El gendarme que salió corriendo encaró con la ayuda del de la YPF, arrastraron al otro que estaba todo ensagrentado. El pibe contó que gritaban “Viva Rico”, que tenían las caras pintadas. No como payasos sino como camuflado, como los carapintadas que armaron el otro quilombo. Y que tiraron volantitos de propaganda.

Run rabbit run, dig that hole, forget the sun

Mi señora estaba arriba y se despertó por los gritos. Tengo el kiosco abajo, justo debajo de casa. Los vecinos nos encerramos con nuestro hijos porque el lugar se empezó a llenar de militares y policías. Yo no, yo salí a mirar. Muchos salíamos a mirar. Nos mezclábamos con los periodistas. Les dábamos agua y Coca Cola a los periodistas. A los de canal 2 les dejé poner el monitor adentro de mi galponcito y ahí veía también casi todo en directo.

Ahí escuché que no eran carapintadas sino gente de civil. Esto lo dijo el del noticiero, que había minas, que eran un grupo de mujeres y hombres muy jóvenes que apoyaban la onda y la vuelta de la guerrilla de los 70. Yo en los 70 fumaba porro a escondidas, tenías las chapas largas pero no andaba en esa. Yo no quería cambiar el mundo. Yo escuchaba otras letras.

Todos pensaron que esto iba a durar dos horitas. Que los canas y el ejército lo iban a solucionar al toque. Pero no, se estiró horas y horas. El día terminaba y seguían los tiros, los bombazos, la sangre y el espanto de pensar que volvía el caos, porque nadie se hacía cargo oficialmente. Estaban de vacaciones. Parece que fusilaron a algunos. Ver los cuerpos de las minitas rebeldes desnudas todas quemadas no me olvido más ¿Qué hacían esas pendejas ahí? Me parece todo inexplicable. ¿Qué tenía eso de heroico? Clarín dos días después, en la tapa, decía cosas como: subversivos pertenecían al movimiento todos por la patria. ¡Era 1989!

Y en el Clarín del martes decía (porque me los guardé, te juro): Cruenta lucha para recuperar el regimiento de la tablada. Rebrote de la subversión de izquierda. Murió salvador Dalí. Eso no me lo olvido más. El diario, la locura y el bigote.


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