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Una Temporada en el Infierno

28 01 2005 - 04:59

Pasa con muchas cosas: uno no quiere que su vida se vea invadida por una discusión inadmisible. Pero si uno rehúye a esa discusión, calla, otorga. No podemos ni queremos transformar el site en una bitácora de un escándalo en particular, pero lo que pasa entre 2004 y 2005, entre la Iglesia, el arte y el Gobierno, empezó siendo fascinante y se fue poniendo gris oscuro, a medida que descubríamos que algunas de nuestras peores pesadillas tenían fundamento. Cuando vengan los nazis, tu vecino te denuncia. No es una idea agradable, pero considerar la posibilidad te puede salvar la vida.

Quién sabe adónde termina esto. Empieza acá.

2004, diciembre 1 — los pecados de la ciudad

2004, diciembre 4 — contexto

2004, diciembre 9 — los dos demonios, reloaded

2004, diciembre 10 — duchamp y la brújula de oro

2004, diciembre 15 — dos sugerencias: mr. bean y las disculpas

2004, diciembre 21 — los vecinos de juez

2004, diciembre 23 — nobody expects the spanish inquisition!

2004, diciembre 28 — los diferentes años

2005, enero 3 — ¡salve, amoeba!

2005, enero 28 — dos zippos que no serán

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1 de Diciembre, 04
los pecados de la ciudad

Como quedó claro el mes pasado, la gente que vota cree en Dios. O, mejor dicho, hay mucha gente que cree en Dios y vota. Esto podría explicar, al menos en parte, la tolerancia suprema para con instituciones como la sucursal argentina de la Iglesia católica, que acaba de montar un escándalo de padre y señor nuestro porque en el Centro Cultural Recoleta se exhibe una retrospectiva de León Ferrari. Podríamos encontrar otra explicación, algo más optimista, asumiendo que tanto la prensa como el gobierno han caído en la cuenta de algo importante: es muy peligroso atacar, aunque sea por reacción, las creencias de alguien — las fuerzas divinas, como bien acotaba Robyn Hitchcock hace un tiempo, rara vez intervienen en esos casos, pero preparáte para la carnicería que puede resultar de las iras de tus pares de carne y hueso.

Como estoy convencido de esto último, tiendo a evitar la tentación de responder directamente a las provocaciones de impresentables como el Cardenal Bergoglio. No me hago ilusiones en cuanto a detentar una sabiduría divina de la cual Bergoglio carece. El cree en el protector de su “pequeño rebaño” y yo creo en el Arte; en más o menos cincuenta años sabremos quién tenía razón, y será demasiado tarde en cualquier caso. Por otra parte, Bergoglio no hace más que cumplir con el rol preasignado por Ferrari en su plan provocador, un plan que acaba de demostrar su eficacia a más de tres décadas de haber sido diseñado. ¿Qué gracia tendrían las piezas más fervorosamente anticlericales de Ferrari si no estuvieran denunciando, esencialmente, la existencia de tipos como Bergoglio? (Hay un solo problema con esto: el reloj de mi Mac dice que estamos en diciembre del 2004.)

La obra de Ferrari es más que atendible. Sólo por el hecho de haber formado parte de “Tucumán Arde” en el ‘68, el tipo ya se ganó su lugar en el panteón del arte local de la segunda mitad del Siglo XX. Además de eso, estuvo entre los primeros que empezaron a trabajar con texto en el dibujo y la pintura (aunque parezca mentira, hubo una época en la cual hacer eso realmente quería decir algo). Sin ser un intelectual, o tal vez precisamente por eso, Ferrari se aparecía cada tanto con cosas que podían tranquilamente establecer un diálogo de lo más aceitado con las vanguardias de la época.

Ferrari no es un pelotudo. Insisto en esto porque ya me veo venir el clásico desdén del tipo de editorialista que gente como Morales Solá encarna. Si hacen los deberes se abalanzarán en contra de las ilustraciones de Ferrari para el Nunca Más (que son feas con ganas), y sino igual será fácil subirle el tono a la discusión sacándole puntos a la obra de Ferrari por la vía de aducir implícitamente su indudable naïveté en lo político y social. Pues no. En ese sentido, la discusión está ganada de antemano porque Ferrari es mucho mejor artista de lo que Bergoglio es cura. Ferrari tiene, además, la capacidad de producir obras de valor incluso si la visión del mundo que les subyace es simple o torpe; Bergoglio no sabe hacer un muñequito de plastilina. Si ambos quieren dirimir sus ideas políticas deberán salir a la calle a cagarse a trompadas (espectáculo que, por otra parte, pagaría por ver).

Posiblemente pocos, en la cobertura periodística que se avecina, mencionarán el hecho de que la mamá de Ferrari dirigía un colegio de monjas. No es un detalle sin importancia: como suele suceder, son los que han sufrido a la Iglesia en carne propia quienes la toman como bandera con la compulsión necesaria para sostener obra a lo largo del tiempo. Más puntos para Ferrari, ahí, porque nadie podrá acusarlo de oportunista. Será interesante ver, entonces, cómo se las arreglan los corderos menos aparentes —aquellos que, en la prensa o en el Gobierno de la ciudad decidan asumir un falaz discurso conciliatorio— para no hacer el papel de idiotas. No muy bien, seguramente, si la reciente comunicación de Telerman, Vicejefe de Gobierno de la ciudad, es un indicador atendible.

Me dirijo a usted mediante estas líneas, en relación con su reclamo vinculado a la muestra del artista León Ferrari, a realizarse en el Centro Cultural Recoleta. Lo hago, primordialmente, porque siento un profundo apego por la fe religiosa y entiendo que ninguna ofensa en este sentido merece pasar inadvertida. El respeto por los valores de nuestro pueblo y de sus instituciones más nobles y representativas, como sin duda lo es la Fe Cristiana, es la divisa que guía nuestro accionar de gobierno.

Si bien la muestra aludida no tiene relación directa con áreas a mi cargo, dada la preocupación manifiesta —en mi carácter de Vicejefe de Gobierno—, tomaré contacto con los responsables del evento y haré cuanto esté a mi alcance, a fin de evitar el potencial agravio sea cual fuere el credo ofendido, puesto que así lo exigen tanto mi conciencia personal, como los principios antes mencionados que en este gobierno nos hemos comprometido a defender.

Eso dice Telerman, y es lo que me permite ventilar momentáneamente mi apenas contenida necesidad de atacar las creencias de otro, esas que dije hace apenas unos párrafos que no había que atacar. En principio porque no hay creencia alguna que pueda ser encontrada en Telerman con un cuentahilos, lo cual hace todo un poco más fácil. Me permito un desvío acá para acotar que por supuesto, inevitablemente, se me pasó por la cabeza que estas declaraciones de Telerman están diseñadas en respuesta a una señora chupacirios, con los ojos rojos de sangre, que le está pidiendo la cabeza de Ferrari. Son pocos los funcionarios que ofrecerían la cabeza propia por defender la de un artista que seguramente no conocen, y en la política es difícil que las palabras valgan algo. Pero, en ese sentido, como comentaba recién en una conversación con amigos, hay algo que extraño del menemismo: la osadía de ese poder obsceno a quien no le importaba en lo más mínimo lo que pensaras de él, y por consiguiente se erigía en tu enemigo por definición. Se les veía en la cara, en la ropa, en cada mínimo gesto: esos tipos no eran como vos, eran peligrosos, y las únicas posibilidades eran la de una confrontación abierta o bien, más razonablemente, la de salir corriendo.

Desde mi óptica, que admito inusual aunque no por ello menos fundamentable, Telerman tiene todo el derecho del mundo a “sentir un profundo apego por la fe religiosa y entiender que ninguna ofensa en este sentido merece pasar inadvertida”. Allá él. Incluso podría entender que Telerman diga eso y después haga cualquier otra cosa. Dependiendo de qué fuera esa cualquier otra cosa, podríamos terminar celebrando su hipocresía, al juzgarla útil. La cosa se complica cuando Telerman declara, en un reportaje reciente:

Con Kirchner, un día la palabra volvió a decir eso que dice. Hacía mucho tiempo que la palabra no decía lo que expresaba. Y en ese sentido, creo que aún no le hemos hecho el suficiente lugar a Duhalde, que creo que es el tipo que comienza a reconciliar el significante con el significado, que hace pensar a la gente “ah, éste dice y después lo hace”. Hoy una de las cosas más interesantes que uno ve hoy en el proceso sociopolítico de la Argentina es la recuperación del lugar de la palabra. La gente nuevamente empieza a obrar en consecuencia de lo que se dice.

Ahí ya no sé qué pensar. O sí sé qué pensar pero no quiero, porque me deprime. Si a esto, sin embargo, sumamos la ignominiosa (y vergonzante) destitución de Quintín, que hasta hace poco organizaba un festival de cine que ni Telerman ni Gustavo López podrían entender (ni el cine ni el festival) incluso si los atáramos a la silla de Clockwork Orange durante seis años, ya empiezo a preguntarme cómo puede ser que a Telerman todavía no lo hayan cagado a trompadas. O, como mínimo, por qué Telerman no es objeto de las iras de la prensa como lo fue el pobre insensato de Don Torcuato Di Tella hace apenas semanas.

Bergoglio, que está como loco, invitó a que el 7 de diciembre “sea un día de ayuno y oración, un día de penitencia en el que, como comunidad católica, pidamos al Señor perdone nuestros pecados y los de la ciudad”.

Yo no conozco mucho a esta gente. Se me confunden, no sé bien quiénes son. Me acuerdo de Pustelnik, que nunca tuvo mucha idea de lo que era el cine, pero por lo menos solía explicitar sus gustos con una gran dosis de libertad. También me acuerdo (yo era chico) de Raúl Fernández, un tipo que hablaba poco y por lo tanto no inspiraba mucha confianza. Retrospectivamente, teniendo en cuenta que, cuando hablaba, no decia nada muy interesante, me lo puedo llegar a imaginar como el tipo de persona que puede cagar a los amigos. Pero no tanto. No tanto. Los pecados de la ciudad, aparentemente, son muchos.

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4 de Diciembre, 04
contexto

The main qualification of the lesser position of painting is that advances in art are certainly not always formal ones,” decía Donald Judd, con bastante razón, hace ya más de treinta años. Partiendo de esa base, no deja de ser curioso que la inequívoca función artística de hacer quilombo haya tardado en revelarse, en el caso de Ferrari, más o menos el mismo tiempo que tardó la frase de Judd en llegar a esta página. En realidad, es revelador.

Hace unos meses (me da fiaca buscarlo, así que quien lo haya dicho se salva del escarnio) alguien relativizaba la relevancia del Di Tella, creo que en respuesta a alguna declaración absurda de Nacha Guevara cuando estaba por asumir en el Fondo Nacional de las Artes. El opinador identificaba al Di Tella con cierto sesentismo démodée, lo cual no parece la mejor manera de atacar algo que existió, precisamente, en la década del sesenta, pero además implicaba evitar el eje de la cuestión: que entre entonces y ahora no-pasó-nada.

No estoy diciendo, claro, que no haya hoy artistas argentinos haciendo las cosas bien. Sí es evidente que se trata de casos más bien marginales más allá de su trascendencia pública — la sociedad discute sobre arte peor de lo que lo hacía entonces, lo cual en algún sentido es sorprendente y en otro no.

En un solo día, nos encontramos con que Monseñor Laguna “tiene sus dudas sobre si [la muestra de Ferrari] es arte”, el Secretario de Cultura de la Ciudad se ataja diciendo que “se trata sólo de obras de arte”, y Elisa Carrió arenga: “Que todo el mundo tenga claro que ni a Dios ni a Cristo les pasa nada por esas obras”. La comunidad musulmana, por su parte, expresa su “profundo malestar por el contenido” de la muestra de Ferrari.

A la mierda.

Separemos la paja de sí misma: por supuesto que Monseñor Laguna “tiene sus dudas”; llama la atención que tal reconocimiento de ignorancia pueda ser considerado noticia. Lo de López es genial: es como si los funcionarios de la Ciudad hubieran decidido ejercer su gestión con el inconciente en la mano, demostrando lo que son y lo que piensan de la manera más impúdica sin siquiera darse cuenta. “Es nada más que una obra de arte, flaco; no se supone que pueda afectarte de ninguna manera.” Carrió le da, por una vez, la razón al average taxista demostrando que está más loca que una cabra, aunque de una manera algo desagradable al decir que el gobierno de la Ciudad “tendría que haber tenido un poco más de cuidado”. Pero lo de la imperturbabilidad de Jesús se lleva las palmas. Carrió y López acuerdan: ni Dios ni los funcionarios (que son lo que importa) deberían estar perdiendo el tiempo con estas cosas que no se entienden. La comunidad musulmana, qué se yo. De ellos, por las dudas, uno no habla.

Se podría aventurar, con cierto criterio, que este tipo de escándalos son escenario propicio para que el vacío intelectual de sus participantes desfile de este modo desafiante. Pero no estaría de más preguntarse si el debate podría darse en otros términos considerando la historia reciente. A mí, por ejemplo, Paul Mc Carthy me resulta insoportable, pero ante panoramas como este no puedo menos que lamentar la ausencia de alguien como él en la escena del arte argentino reciente. Si el mes pasado hubiera habido, en Recoleta, un tipo pintándose con caca y metiéndose zanahorias en el orto (como Mc Carthy, digo), sería mucho más fácil llevar esta discusión hacia alguna otra parte.

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9 de Diciembre, 04
los dos demonios reloaded

El arte no sirve para nada (debe tener razón Gustavo López).

Hace casi veinte años, cuando se estrenó La Historia Oficial —que, convengamos, porta escasas credenciales para aspirar a la categoría, pero al menos es una película que empieza y termina—, gran parte del progresismo bienpensante cuestionaba la famosa escena del estacionamiento. Era un momento encastrado ahí un poco a la fuerza, nunca supe bien si como remanente de un Subplot de los Dos Demonios que terminó por volar al carajo, o como un post-scriptum políticamente correcto. Dramáticamente no era gran cosa, pero a mí siempre me pareció razonable ese diálogo entre Alterio y Chunchuna Villafañe; una conversación algo apurada en la que se sugería que nadie es tan simple ni tan santo.

Antes (justamente en 1976), Sidney Lumet había dirigido Network, una película en la que quedaba claro lo que podía hacer la televisión en el futuro cercano, sin imaginar (la película) que lo que parecía excesivo entonces sería una nimiedad años después, a la luz de Canal 13. No hay por qué pensar, claro, que una opinión (cualquiera sea) deba ser validada por el simple hecho de aparecer en público a través de una obra consistente. Todo lo contrario, en realidad; los dos Hollywoods de Reagan (el de los ‘50 y el de los ‘80, digo) nos enseñaron a disfrutar del fascismo entrelazado con el arte, sin que hubiera motivos para escandalizarse. Pero uno querría pensar, eso sí, que cuando un tema se instala con la eficacia que, salvando las distancias y las preferencias estéticas, aportaban estas dos películas, se hace más difícil volver atrás. Uno querría pensar, dicho de otro modo, que a partir de Network se hace más fácil pasar a Videodrome, y que de Videodrome no se puede retroceder hasta una discusión victoriana sobre la teta de Janet Jackson.

Bueno, parece que las cosas no funcionan así.

“Quienes conducen hoy los destinos nacionales son, sin eufemismo alguno, genuinos criminales de guerra”, sostienen los sujetos que se reunieron ayer en Recoleta a venerar la memoria (o la persistencia, no sé) de la Virgen, aquella de fertilidad sorprendente. Con bastante más argumentos pero no mucho mejor nivel de discusión, miembros de la agrupación H.I.J.O.S acuden al mismo escenario ofreciendo la consigna “Iglesia, basura, vos sos la dictadura”. Uf.

No es la violencia del enfrentamiento, cabe aclarar, lo que más me inquieta. Como están las cosas, todo permite suponer que si la discusión se planteara en términos menos primitivos, los enfrentamientos resultantes podrían ser incluso más violentos. Sabiendo eso, tal vez, Washington Uranga acaba con la paciencia que le hemos tenido hasta ahora (paciencia justificada por su nombre y apellido, que sólo pueden caerle bien a uno) intentando zanjar las diferencias por la vía de la lobotomía:

“No hay debate cuando se ingresa en el campo de la intolerancia, de las agresiones.”

“Del catolicismo hay influencias positivas y otras que no lo son.”

Jesus-Fucking-Christ!

“Chicos, no se peléen”. Somehow it doesn’t seem like the most efficient approach.

¿Hay “otras voces”, como suele decir Página al ofrecernos el mismo discurso con distinto pitch, como si hubiera un tipo haciendo imitaciones en un rincón de la redacción? Sí, claro que hay. Hay un sacerdote que dice:

“Yo creo que la Iglesia es muy otra; y que la cosa sería diferente si mostrara otros modelos. ¿Qué pasaría si Angelelli y Romero fueran mostrados como modelos de obispos? ¿O Mugica, Ellacuría y otros como modelos de curas? ¿Si Mónica Mignone fuera ejemplo para los catequistas, y su padre Emilio modelo de cristiano en la sociedad civil? ¿Qué pasaría si los obispos hicieran suya la voz de las Abuelas reclamando por sus nietos secuestrados?”

Primero: no pasaría. Segundo: that is not the point.

Hay un motivo claro por el cual los Dos Demonios vuelven todo el tiempo: como con La Historia Oficial, o Network, o el ejemplo que se les ocurra (hay muchos), todas las partes tienden a dar el conflicto por resuelto. Peor: tienden a darlo por ganado. Ganado son las vaquitas.

¿De dónde sale el concepto de los “Dos Demonios? Del Nunca Más, creía yo —ilustrado casualmente por Ferrari, al menos en su edición más conocida. Y tal vez sea cierto, porque de hecho hay un encabezado en el Nunca Más que dice “dos demonios”, pero abajo no explicita mucho. Y de ninguna manera lo sustenta como teoría. Si es una teoría, digo yo, tendría que ser posible encontrar a alguien que la haya expresado, en algún momento. Sin embargo (aunque es posible que se me esté escapando algo crucial), desde que tengo memoria la “teoría de los dos demonios” sólo ha sido refutada. No muy bien, tampoco, pero no importa eso ahora. Lo que me llama la atención es que todas las menciones a tal teoría se encuentran en declaraciones y escritos de quienes la condenan. Nadie la postula. Más interesante todavía es el hecho de que la gran mayoría de estas condenas se producen como respuesta a algo que, con una regularidad contundente, es cualquier cosa menos el postulado de una teoría. Son en respuesta a un juicio a los Montoneros, o a la escena del estacionamiento en La Historia Oficial, o a la sugerencia de que a Aramburu no se lo llevaron de picnic.

No hay teoría. No hay nada que probar. Hay hechos y opiniones, discutibles en cualquier caso. El que encuentre la teoría, postulada por alguien que la considera una posibilidad cierta, que me la mande.

Esto suena descabellado pero no lo es tanto, me parece. Por un lado los acercamientos al tema siempre han estado teñidos de una falta tal de interés por entender algo, que sería insólito encontrar a alguien enunciando: “Eran los dos malos. ¿Será cierto? Veamos si es cierto…” y abocándose a la tarea con la más mínima seriedad. Tal vez lo haya hecho Sarlo, arriesgo al voleo después de seguir con atención el libro sobre Borges, Evita y Aramburu que editó el año pasado. Pero coincidamos en que no es habitual encontrarse con alguien tratando de entender algo sobre la porción del pasado argentino que en estos días está tan de moda de nuevo. Por otra parte, es comprensible que el lado izquierdo de la disputa que nos lega los Dos Demonios sea quien los empaqueta como teoría para poder refutarlos con efectividad y franqueza: “No. No eran los dos lo mismo. No se puede comparar.”

Mis teorías, que tampoco son tales, pero se parecen mucho más a una teoría que la mencionada más arriba, son dos, correlativas, o tal vez contrapuestas:

1) Sí se puede comparar. Sin comparar no se entiende nada.

2) La comparación sólo tiene sentido si se hace en el mismo campo. En una capa estrictamente legal, política, e incluso militar, la lucha armada y la represión son cosas distintas. En una interpretación causal y parcial de lo que sucedió, podrían tranquilamente ser ambas igualmente monstruosas. En una visión más espiritual, e incluso psicoanalítica (si esta fuera posible), podrían ser ambas igualmente comprensibles y reveladoras de la condición humana.

Este conflicto, que dista mucho de estar resuelto, vuelve periódicamente en distintas formas y es el que subyace en el debate sobre la muestra de Ferrari. La izquierda sigue denunciando a verdugos y censores como si la historia del mundo hubiera empezado en 1975; los devotos siguen escandalizándose por las provocaciones más inocentes mientras, en lo más intimo de sus ceremonias, beben la sangre transfigurada de una persona muerta hace dos mil años; a las mayorías les chupa un huevo todo.

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10 de Diciembre, 04
duchamp y la brújula de oro

Aportando alguna claridad, Ferrari escribe su descargo en Página/12. Es un manifiesto de cierta ternura y una óptica casi infantil: a Ferrari le preocupa el infierno. O, mejor dicho, le molesta que lo anden amenazando con torturas en el más allá, considerando la ubicuidad de la tortura en el más acá. No es una preocupación que yo comparta; mi educación más o menos laica me permitió disfrutar de El Jardín de las Delicias desde muy chiquito, e incluso hoy me cuesta percibir algo extorsivo en aquellos tormentos. Siempre fue evidente para mí que El Bosco no estaba en condiciones de exponer en Recoleta, y por lo tanto se las arreglaba para contrabandear universos que le resultaban fascinantes a través de lo que la policía mística de su época podía esgrimir como pesadilla rectora. Al mismo tiempo, un discurrir agnóstico tiene la ventaja de que el más allá no te asusta con demonios y pajarracos defecando personas enteras en su trono (y la desventaja de que sí te asusta con la nada, el vacío que no funciona como consuelo mejor de lo que lo hacen los infiernos de Ferrari).

El debate instalado gracias a Bergoglio (que enseguida volvió a refugiarse en su cueva después de haber lanzado el grito de guerra) se pone más interesante si uno lo explora en sus manifestaciones más oblicuas. La más diagonal de todas —tan diagonal que podría, tranquilamente, parecer caprichosa su inclusión aquí— es la nota sobre el mingitorio de Duchamp que firma un tal Sebastián Dozo Moreno. En el limitado espacio que La Nación le permite, el tipo se lanza a una ambiciosa deconstrucción de esa obra de Duchamp y del gesto que ésta constituye, con el fin de sugerir que el arte moderno es una mierda porque no se entiende o porque es un asco. Ni hace falta leer lo que dice ni hay nada nuevo aquí, ni se trata de una visión particularmente argentina. Si bien los argumentos del profesor Dozo sólo pueden resultar sorprendentes para quien haya entrado a dos o tres galerías de arte en su vida, hay que tener en cuenta que no tanta gente frecuenta galerías de arte y (algo más significativo aun) que lo que le preocupa a Dozo no es tanto la existencia de obras que lo superan sino su validación institucional — una recompensa que llega, como siempre, un poco tarde, y de la mano en este caso del Brit Pack noventista y sus consecuencias. No será difícil encontrar motivos para denostar al Turner Prize (pese a que en la última edición hicieron los deberes, y que a mí Whiteread me gusta). Al mingitorio de Duchamp, sin embargo, no hay con qué darle, y cabe preguntarse por qué La Nación estaría dispuesta a hacer el ridículo de una manera tan flagrante.

La respuesta obvia, dados la fecha de publicación y el clima reinante, es que también este traspié deviene del escándalo provocado por la exposición de Ferrari. En cuanto esta tensión se hizo pública quedó claro que La Nación no iba a poder resistirse a una descalificación en términos artísticos. Curiosamente, sin embargo, y pese a la babosidad de los funcionarios competentes, demasiadas voces autorizadas llovieron refrendando a Ferrari desde rincones demasiado diversos del planeta como para permitir semejante margen de maniobra. Después de todo, La Nación encarna a una derecha que suele hacer los deberes en el ámbito cultural y no les debe hacer gracia este tironeo entre valores religiosos y valores artísticos. Pero la tentación es irresistible. Sabiendo que contaría con aliados de escasa relevancia en un ataque directo contra Ferrari, Dozo se vale de aliados aun peores (pero prolijos, como Kim Howells) para atacar, directamente, a la dirección mayoritaria del arte en los últimos treinta años. Nice try.

Una característica inquietante de Internet es su implacabilidad. Unos meses atrás, el Señor Dozo (en su intimidante, awe-inspiring condición de “profesor de literatura”) había publicado otra nota en La Nación, reproducida luego en “Panorama Católico Internacional” que sí vale la pena leer. Mediante un procedimiento similar al empleado con Duchamp, “Preguntas sobre Harry Potter” se ocupa de demostrar lo que todos sabemos: que la saga de JK Rowling no es sino un manual para inducir a los niños a prácticas satánicas. Estos ingleses son de temer. Primero Damien Hirst y después el anticristo.

No sé cómo se me había pasado en su momento. El estilo de Dozo y su particular proceso deductivo elevan su nota sobre Harry Potter bien por encima de la medianía vacilante y miserable que define a la prensa escrita en Argentina. Dozo está loco de atar, y lo exhibe en construcciones sublimes, como la aclaración entre paréntesis al final de este párrafo:

En otra escena del libro, una “figura encapuchada” también bebe sangre para fortalecerse (beber sangre es una de las más típicas prácticas de la magia negra).

Yo, más que nadie, soy víctima propicia para este tipo de literatura; me resulta tan extrema, tan osada que al final termino por encariñarme con tipos como Dozo. Problema, sin embargo: tipos como Dozo nos cagan la vida. Sin extrapolar, sin siquiera salir del terreno de la literatura juvenil, esta bitácora nos conduce naturalmente a una noticia terrible: como si prescindir de Stoppard no hubiera sido suficiente, los responsables de la adaptación al cine de la trilogía de Philip Pullman han decidido eliminar en ella toda referencia a la Iglesia. Para quienes no hayan leído a Pullman: los malos son la Iglesia. Ocupan un cuarenta por ciento del libro. De eso se trata la trilogía. La decisión implica algo así como una remake de Alien sin monstruo, o una de Gremlins sin bichos. Dozo, contento. La mínima consistencia necesaria para entender algo en el mundo, en problemas.

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15 de Diciembre, 04
dos sugerencias: mr. bean y las disculpas

¿Cuán bruto (o cuán torpe) puede ser el director de prensa del Arzobispado de Buenos Aires? Mucho. Esto es lo que dice:

“Aquí la opinión en contra ha sido unánime de todos los credos, entonces me parece que si esto es un gobierno democrático, como dice ser el doctor Ibarra, debería por lo menos atender un reclamo legítimo, y eso es lo que hace la Justicia”

Ya le gustaría a Ibarra ser Luis XIV, pero hasta ahora no lo ha dicho en público, que yo sepa. Obviemos también la confusión del presbitero Marcó (apellido, no verbo) entre el Estado y la Justicia. Lo de “todos los credos” es peor.

Y sí, a todos los credos Dios los cría; ellos, en fin. Pero ni son todos los credos (vamos, quiero ver la adhesión de Monjes Budistas) ni, si lo fueran, tendría la referencia alguna validez, de todos modos. Todos los credos o muchos objetan juntos, razonablemente, la práctica de quien ofende a uno de ellos. El problema es que ofender a nuestros contemporáneos es lo que hacemos cada vez que nos ponemos a discutir más o menos seriamente sobre algo. Y también es, o debería ser, un derecho inalienable.

Por algún motivo, ignorancia o conveniencia, el debate sobre la muestra sí o la muestra no viene girando sobre sí mismo sin advertir que sus características son mucho menos locales de lo que parecen. Hay una infinidad de precedentes en la historia, para atrás y para adelante (sí, haciendo los deberes se puede ver el futuro) y hay, además, unas cuantas instancias similares que vale la pena señalar, sucediendo en otras partes del mundo, ahora mismo. Dos de ellas podrían venirle bastante bien al Gobierno de la Ciudad, si tuviera idea de que existen. Consideremos los párrafos que siguen como una ofrenda de buena voluntad hacia el ibarrismo: si hacen algo como lo que sigue, me retracto de todo lo que dije de ellos.

Ejemplo I: Sorry Day.

The Vacuum es una revista irlandesa de arte que tuvo la desdichada idea de publicar dos números temáticos seguidos, uno sobre Dios y otro sobre el diablo, a quien por las dudas no asigno mayúscula inicial (Kyser Doso podría denunciarme en La Nación). Alguien se quejó al concejo municipal de Belfast, habiendo descubierto un hecho horrendo que sonará familiar, sin duda: The Vacuum tenía un subsidio estatal. El Belfast Council decidió, claro, suspender el subsidio y además exigirle a The Vacuum que “pidiera disculpas” a los ciudadanos y a los miembros del Concejo (!) for “any offence which may have been caused by previous publications”. Los editores de The Vacuum, entre quienes no se cuenta Gustavo López, decidieron publicar el “Sorry” issue y organizar el “Sorry Day”.

He ahí una idea para el Gobierno de la Ciudad.

Ejemplo II: La campaña de Rowan Atkinson.

En el Reino Unido, Blunkett viene amagando desde hace un tiempo con una ley contra la ofensa religiosa, otro concepto que debería sonar en perfecta armonía con lo que venimos escuchando acerca de la muestra en Recoleta. Podremos no estar de acuerdo sobre Mr. Bean, pero es evidente que el Atkinson de civil no se chupa el dedo. Con notables reflejos y una dosis de osadía que ya nos gustaría ver en el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Atkinson dijo ante el parlamento una serie de cosas que nos encantaría escuchar en boca de Nito Artaza. Como esto, por supuesto, es imposible, propongo que las diga Ibarra. Es más, propongo que las copie, las traduzca, y se las apropie. Seguro que Atkinson no se ofende.

Sería bueno, eh, escuchar a Ibarra decir algo como esto:

“Race and religion are fundamentally different concepts, even if for many individuals, the two are inextricably linked. To criticise a person for their race is manifestly irrational and ridiculous but to criticise their religion, that is a right. That is a freedom. The freedom to criticise ideas – any ideas – even if they are sincerely held beliefs – is one of the fundamental freedoms of society and a law which attempts to say you can criticise or ridicule ideas as long as they are not religious ideas is a very peculiar law indeed.”

O, mucho mejor aun, algo como esto:

“All this points to the promotion of the idea that there should be a right not to be offended when in my view, the right to offend is far more important than any right not to be offended. The right to ridicule is far more important to society than any right not to be ridiculed simply because one represents openness, the other represents oppression.”

Todos sabemos que es absurdo esperar algo así de Ibarra o López o Telerman o de alguien, ahí. Esto obedece a otra cosa que también sabemos, aunque no sé si en estos términos que para mí son novedosos: que dichos funcionarios se parecen mucho más a Nito Artaza que a Rowan Atkinson.

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21 de Diciembre, 04
los vecinos de juez

Lo cierto es que, si hay algo de justicia en esta tierra, buena parte de la responsabilidad en todo esto, le terminará cayendo al gobierno porteño, cuya defensa de su derecho a exponer las obras de Ferrari fue algo así como: “Creo que podríamos tener el derecho a exhibir incluso cosas como las de este señor, pero ni siquiera estoy seguro.”

Si esos son los que están a favor, pensó más de un cruzado, pues vamos a por ellos. Ahi salieron entonces los “grupos católicos” en Córdoba para lograr en tiempo record que el gobierno municipal suspenda otra muestra de arte, esta vez sobre la navidad. El intendente Luis Juez, otro de la troika progre que encabeza Anibal Ibarra, aunque en general un poco más pícaro (tampoco se necesita ser Piluso para eso), justificó la decisión de su gobierno en que “si hay algunos vecinos que no quieren no se hace”.

La va a tener jodida Juez, porque en general siempre hay “algunos vecinos” a los que no les gusta algo. Digamos que si es fiel a sus palabras, Juez no va a poder aumentar los impuestos, pedir conciliación obligatoria en un conflicto, o proponer hacer un torneo de surf en La Cañada, por mencionar ejemplos a la bartola.

Ya al borde de los límites que fijó Sarmiento hace 150 años, Juez se puso bien del lado bárbaro, o rural o Republicano a-la-Bush, para decir que “acá no estamos en Buenos Aires y no van a venir a quemar la Legislatura”. Che, pará un poco. Se supone que no estar en Buenos Aires es un problema, no una hazaña.

Parece que la obra polémica de la muestra —llamada “10 mil miradas diferentes sobre Navidad”— en este caso era la imagen de una pareja cogiendo que representaban, según el autor, a la Virgen María y al Espíritu Santo engendrando al Niño Jesus encarnado en un hombre con cabeza de pájaro.

Juez la tiene complicada porque, igual que en el caso de Ferrari, los artistas no lo obligaron a exponer nada, ni siquiera le pidieron. Fue el gobierno quien los llamó, y ahora se siente forzado a recurrir a un argumento del estilo del “no me di cuenta.”

Estúpidos y cruzados hay en todos lados. Yo me tuve que ir hasta Montreal para ver una muestra gigante de Picasso Erótico, porque nadie quiso exhibirla en Nueva York. Pero al menos el director del MoMA fue un cagón consecuente que defendió públicamente su postura —lo que permitió discutirla y enfrentarse con argumentos, algunos más iluminados y otros no, pero argumentos al fin— y no un canalla que después de hacer algo que evidentemente le parecía bien chancletea para atrás por dos giles que tiran huevos, con o sin sotana.

¿Para cuando una buena agresión al mundo musulmán? Digo, como para experimentar reacciones diferentes.

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23 de Diciembre, 04
nobody expects the spanish inquisition!

El crescendo sería interesante si no fuera tan peligroso. Demostrando una voluntad de complacer a los vecinos propia de Ned Flanders, veloz, inaudita, el intendente de Córdoba despidió ahora a los funcionarios provinciales que habían autorizado la muestra en la cual se exhibían obras irrespetuosas, agraviantes, blasfemas.

”[Las condiciones que establece el municipio] son hacer una muestra que tenga motivos navideños, que permita la posibilidad de expresión de una amplio marco, pero que no genere polémica ni conflicto social”

No hace falta rebatir algo así, con citarlo es suficiente.

Sí hace falta, lamentablemente, señalar la responsabilidad que le toca en este momento a los funcionarios y a los medios — responsabilidad que vienen eludiendo, demostrando una cobardía pasmosa y una educación que dejó heridas incurables en generaciones enteras a las que considerábamos redimibles. Si Clarín publica esa noticia con impavidez, la Defensora del Pueblo insiste con el “desagravio”, el ibarrismo sigue diciendo que, después de todo, “es sólo arte” y las manifestaciones de repudio a este avance apabullante de todos los retrocesos juntos quedan limitadas al escaso círculo de influencia de intelectuales más o menos libertarios y de la izquierda que respeta sus tradiciones, estamos bien jodidos.

A ver si se entiende: no es este precisamente un debate, pero si lo fuera no sería sobre el aborto, ni la nacionalización de la banca, ni sobre el uso de antidepresivos, ni sobre la legalización de las drogas blandas, ni sobre la política exterior y Cuba, ni sobre de qué color deberíamos pintar las paredes del dormitorio. Todas estas cosas son opinables. Vos tenés tu verdad y yo la mía, esas boludeces. La situación en el caso de Ferrari que ahora se replica mal respecto de esta muestra en Córdoba está dejando al descubierto a un país siniestro del que sólo valdría la pena escapar: un país en el cual una de las instituciones más decadentes del planeta no tiene más que alzar su voz para establecer un nivel de censura que años atrás sólo podía instalarse con altas dosis de violencia. No es que yo quiera ver de nuevo esas dosis de violencia, claro — más bien todo lo contrario. Por eso, de pronto, el tema se vuelve preocupante.

Podrá decirse que en otras partes del mundo la censura también está a la orden del día, incluso en países que históricamente se han jactado de todo lo contrario, USA being paramount. Y es cierto, pero en Argentina no volaron las torres, ni hay excusa para entregar de esta manera los consensos más elementales que se establecieron solos, por reducción al absurdo, después de los años de dictadura que aparentemente están muy presentes en el verbo y la evocación de la mística militante pero le chupan un huevo al gobierno y sus satélites en cuanto a sus desprendimientos culturales que afloran hoy como si nada hubiera pasado, como si los últimos treinta años de la historia del mundo hubieran sido, también, un simple recreo libertario.

Hasta este momento, Bergoglio y Ferrari habían venido sosteniendo una versión casi simpática de discusiones bastante poco novedosas en modo Titanes en el Ring. Algunas excrecencias de este match (lo de Pierini, particularmente) eran alarmantes, pero la discusión en sí misma tenía el atractivo berreta, irresistible, de la lucha en el lodo. Los despidos en Córdoba cambian las cosas. Todo se pone mucho más espeso, y el riesgo del silencio por parte de los medios y noslosrepresentantes es que la agenda se radicalice. Si esto sucede, existiría la posibilidad de que tengamos que desestimar a otra generación más — la que crecerá creyendo que el oscurantismo es algo normal en el mundo moderno.

¿Dónde está Nun? ¿Dijo algo? La ley y las instancias burocráticas suelen confundirme, pero algo me dice que si el gobierno no sale ya a hablar de esto, estamos en problemas. Y lo que temo es que si lo hace, pueda ser aun peor.

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28 de Diciembre, 04
los diferentes años

No todos los años son iguales, como se verá más adelante. Existe la posibilidad, entonces, de que el fallo por la reapertura de la muestra de Ferrari no sea un chiste del día de los inocentes. Tanto mejor si es así, aunque evitemos también ponernos demasiado contentos porque nos enyesan una pierna — claro que el yeso es mejor que nada, pero personalmente preferiría evitar la fractura.

O no. Me tienta contradecirme instantáneamente: el accidente y su yeso podrían ser la mejor opción, después de todo. En muchos sentidos. No sólo en la línea “si no te mata te hace más fuerte”, sino también entendiendo al accidente de Ferrari como una puesta en escena de la relación entre fuerzas muy peligrosas que apenas se insinúan; un ensayo de otra batalla peor, triste y sanguinaria, que al terminar bien podría incluso prevenirla. Algo de eso insinúa Wainfeld en el análisis del escándalo y sus resultados que publica hoy. Sólo que la conclusión de Wainfeld, prosaica y realista, anuncia expresiones más rabiosas en lo que lee (correctamente, creo) como un conflicto latente.

No hay final feliz en el análisis de Wainfeld, y se me ocurre sugerir, con la módica perspectiva que da el césped helado de Kingston Upon Thames, que demasiados años de peronismo le impiden a él descartar interlocutores en la interna permanente a la que (seguramente no por elección personal) se reduce el universo sobre el cual escribe todos los días. Como no se trata, sin embargo, de las leyes de la física, preferiría pensar que semejante pragmatismo es no sólo innecesario sino también contraproducente. Nadie, y menos yo, osaría negarle a la Iglesia y a los sectores más retrógrados que le sirven de base para sostener sus corroídos cimientos el evidente lugar de poder que distraídamente detentan. Pero ese respeto ciego por el poder (otra vez, quite peronista) no está escrito en piedra, y no hay ningún fundamento atendible para discutiir con Torquemada. Algunos actores existen, como los fantasmas, sólo porque nosotros les otorgamos la entidad que ellos reclaman para sí. Podremos resistir, tal vez, a la avalancha de oscurantismo haciendo uso de los instrumentos usados que nos legó la política. Pero mucho mejor sería combatir a los fantasmas mediante otras armas de eficacia superior. Declarar que no existen es una de ellas.

El fallo (dos a uno) es elocuente y bienvenido en cuanto se sienta a empollar libertad de expresión y cuida sus huevitos como lo más importante del mundo. También es, sin embargo, confirmación de que estamos a años luz de discernir entre libertad y diversidad, distinción que me parece necesaria en una sociedad (o una gestión de gobierno) que aspire a algo más que transcurrir.

“Si toda la actividad cultural del gobierno sólo incluyera cierto tipo de arte, sí podría pensarse que se está, al menos oblicuamente, ante una forma de imponer ciertas visiones. La diversidad es la protegida en un Estado de Derecho.”

Los jueces, que deberían saber más de esto que yo, por algo son jueces, parecen confundir las garantías de diversidad que sí corresponden al Estado —en cuanto no habría nadie más en condiciones de asegurarnos el colchón básico de libertades que necesitamos para existir— con la política cultural (o artística, en este caso; otros dos conceptos que se confunden) de un determinado gobierno. Esta confusión no es un detalle. Si, como dicen ellos, “toda la actividad cultural del gobierno sólo incluyera cierto tipo de arte” se estaría (digo yo) ante una política cultural relevante, una que es al mismo tiempo statement y motor productivo. Este “cierto tipo de arte” sería, idealmente, el que es bueno, el que expresa una (cualquiera) visión del mundo de una manera personal y significativa.

El Juez Corti, con sus mejores intenciones, dice que: “El Gobierno no impone aceptar los criterios estéticos de las muestras artísticas que realiza. Basta considerar la oferta cultural del Gobierno a través de los diferentes años y organismos culturales (teatros, museos, centros culturales) para apreciar la pluralidad y diversidad de posiciones y actitudes estéticas que dicha oferta plasma”. Ni se da cuenta (espero) de que esto es lo mismo que jactarse de sus amigos judíos en una discusión sobre Auschwitz. El Gobierno tampoco impondría “aceptar los criterios estéticos” de nada, incluso si los tuviera. Pero no los tiene. Lo cual sólo sería aceptable desde una perspectiva más “americana” de la cosa, justamente la perspectiva que ningún funcionario argentino se atrevería a refrendar.

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3 de enero, 05
¡salve, amoeba!

Ahora que los medios encontraron su Grial del Mes y Bergoglio no escucha, ocupado como está haciendo proselitismo a los pies de quemados y agonizantes, fuí a ver la muestra curada por Baldessari en el ICA: 100 Artists See God. Horrible el display, todos los cuadros juntos como en un altar a la Difunta Correa, pero muy interesante el contenido, especialmente la ambiciosa instalación del primer piso, mucho mejor aun de lo que es si uno la imagina, como yo de entrada, autoría de una sola persona y no de los caprichos de Baldessari y sus amigos. No pude evitar acordarme de Peperino Pómoro al verlo a William Wegman haciendo de cura en el apartado confesional (“So you were provoked? It’s OK then. Don’t worry. You may go.”) y como consecuencia lógica salí del ICA preguntándome, otra vez, cómo y dónde se establece la delgada línea que separa el arte conceptual de la comedia, la performance del stand-up comedy, y así.

Más llamativo aun fue encontrar, entre los 100 artistas comisionados, a uno que expresaba mi propia visión del mundo, o más bien (mejor aun) mis propias compulsiones. Para algunos Dios era una rana crucificada y para otros un huevito con patas y anteojos. Había un neón reproduciendo fielmente la firma de Warhol y un rack llleno de remedios, para variar, prolijamente organizados por adivinen quién. Pero abajo de todo, en la ampliación excesiva de una foto sencilla y sin pretensiones, se exponía la gloria divina absoluta, cortesía de Cindy Bernard: la sucursal Hollywood de Amoeba, sin duda la mejor disquería del planeta. No sé cuánta gente podría entender el chiste, ni sé si es un chiste (de nuevo, la relación se repite). Menos personas aun tendrían la claridad de ofrecer esa respuesta ante una pregunta de carácter trascendente. Y no me cuento entre ellas pero sé que Cindy Bernard tiene razón, y lo sabía antes de ver la foto. Ante semejante comunión espiritual, las categorías de arte o comedia importan bastante poco.

Calzándome el gorro en Embankment para protegerme del viento más helado, me invadió la certeza (de constatación reciente) de que una muestra como la del ICA no podría haber sido posible en Córdoba ni, de ahora en más, en Buenos Aires. Y a partir de ahí una suerte de depresión retroactiva, o nostalgia anacrónica — la extraña sensación de ser un exiliado, algo que no me había pasado jamás en mi vida pese a haber vivido fuera de Argentina durante casi una década. Peor: la sensación recurrente de que la historia, lejos de acabar, retrocede — un miedo distinto aunque también instaurado circa 9/11, que se confirma de a poco, cada vez más, en instancias menores pero repetidas, cuando uno menos lo espera, anunciando lo peor en distintos tonos e idiomas, como si de pronto las colas de las películas que uno va a ver fueran no las del mes que viene sino las del mes pasado, y las del anterior, y las del anterior, hasta el infinito, hasta que uno se muere o nace o vaya uno a saber qué pasa cuando se acaba lo que conoce.


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Del mismo autor:
7. Dénouement
6. Noche
5. Tardecita
4. Siesta
3. Almuerzo
2. Matutinas
1. Residuo Nocturno
Al-Fon-Sín
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