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El predicador altruista

25 01 2014 - 13:42

Es sintomático: cada vez que alguna medida afecta a lo que en este país llamamos vagamente clase media, y esta medida genera, con bastante lógica, discusiones y protestas, reaparece uno de los mantras más asombrosos del progresismo: La clase media sólo sale a la calle y protesta cuando le tocan el bolsillo. Quizás no lo parezca, pero estas pretenden ser unas breves palabras cargadas de admiración para todos aquellos héroes que día a día se ocupan de luchar por cuestiones que no les afectan ni directa, ni indirectamente.

Me refiero al abnegado luchador de causas generales y lejanas que pasa por el supermercado sin chistar y luego descarga su furia en una diatriba contra los balleneros japoneses. También a aquella heroína que ya no puede irse de vacaciones y ocupa ese tiempo libre en aleccionarnos sobre los peligros de los agroquímicos; o aquel hijo pródigo con capacidad de ahorro pulverizada que vuelve al útero materno, no sin antes señalarle con datos precisos la cantidad de niños muertos que ha dejado la coalición de Bush Jr. en los arrabales de Faluyah.

Estos héroes pueblan los hogares de este hermoso país. Parecen brotar del suelo para decirnos que el alunizaje del Apollo fue armado en un estudio de Hollywood, que a América la descubrieron los vikingos, que la mitad de arriba del mundo quiere comerse a la mitad que está abajo. Y mientras tanto, saltando de un pensamiento filantrópico a otro, esquivan las cornadas de la realidad vernácula como toreros altruistas. Mi pregunta es: ¿Cómo hacen estos tipos?

Hace mucho tiempo que vengo dándole vueltas al tema. Quiero saber por qué no soy como ellos, qué hay en mi ADN que me vuelve tan ofensivamente materialista. En primer lugar, tengo un problema grave: como quiero mantener este cuerpo funcionando debo mantenerlo alimentado a intervalos regulares. Me enfrento, entonces, a una encrucijada: o produzco mi propio alimento con mis manos inútiles, o salgo a comprarlo. Como uso mis manos para escribir cosas como ésta, debo pagarle a otro para que lo haga (dejo a criterio del lector si debería pagarle también a otro para que escriba esto).

La mayoría de la gente que integra esta última categoría —la de los hacedores de comida— tiene también el ADN corrompido y espera un pago a cambio de su trabajo. Por motivos que desconozco pero que, según me enseñaron algunos héroes, se encuentra en el oscuro estómago de la ballena capitalista, ese pago varía en forma ascendente y constante, a punto tal que si deseo comprar algo hoy, debería haberlo comprado ayer, y así. Sé que hay luchas más importantes que ésta, que a fin de cuentas sólo me afecta a mí, pero como dije antes: estoy obligado a mantener las tripas funcionando.

¿Y de dónde consigo el dinero para pagarles a los hacedores de comida? Como algunas personas en este país, lo consigo trabajando. Por eso es que algunas veces, cegado por mi atroz individualismo, levanto mis plumíferas armas contra la pretensión de orientar o restringir cómo y en qué debo usar el dinero que gano bajo la poco placentera y gratificante acción de trabajar. Aunque últimamente la mayoría de mi dinero termina en los bolsillos de los hacedores de comida, también me gusta comprar otras cosas cada tanto. Craso error. Como dijo el Profeta Que Odia El Dinero en una de sus canciones: El lujo es vulgaridad.

Por eso en estos días difíciles me encuentro dando brazadas histéricas en un mar de culpabilidad. Salí a la calle en defensa de los hospitales, irrumpe un héroe cada vez que, desanimado, abro la billetera. Quejate también por la educación pública, alcanza a decirme otro, colado en un sueño que tengo donde los hacedores de comida no conocen el dinero. No llego ni siquiera a desmayarme en el sillón de casa, después de una larga jornada laboral, que veo las sandalias de otro saliendo detrás de la cortina. No sé qué va a reprocharme esta vez. Sólo quiero pedirle perdón, piedad por estar a merced de los hacedores de comida; perdón por dejarme manipular por la angustia de la incertidumbre. Prometo, qué digo prometo, juro, que la próxima vez que, al amparo de una crisis, una corporación bancaria se quede con mis ahorros, voy a embarcarme en un bote verde rumbo al Ártico no ya para salvar mi barrio, ni mi país, ni el continente, sino el mundo entero.

Por último, y a modo de reflexión, este humilde servidor reconoce que es relativamente fácil abrazar desde aquí la causa contra el hambre en África. Lo difícil, sin embargo, es aterrizar en Nigeria con un sándwich en la mano.


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