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Short People

15 02 2014 - 17:44

Hace unos meses se estrenó en los cines porteños Corazón de León, una comedia sobre los amores de una mujer de estatura normal y un hombre de talla baja. El papel de León es interpretado nada menos que por Guillermo Francella. Francella no es el primer actor famoso en interpretar a un hombre pequeño. Gary Oldman ya lo había hecho en la comedia romántica Tiptoes y, antes que él, John Leguizamo en Moulin Rouge!, cuando se metió en la piel de Henri de Toulouse-Lautrec. Este curioso fenómeno es sintomático de una tendencia más generalizada que ya es clara en nuestro incipiente siglo veintiuno: la fascinación mediática con la gente pequeña.

Si bien las únicas dos películas con elenco exclusivamente compuesto de enanos – el western musical The Terror of Tiny Town (1938) y También los enanos empezaron pequeños (1970) de Werner Herzog – son productos del siglo pasado, en la última década y media el cine y la TV han explotado el tema de manera notable. Films como El enano rojo (1998), El embalsamador (2002), Vías cruzadas (2003), Muerte en un funeral (2007; y su remake 2010) y Escondidos en Brujas (2008) son estelarizados por gente pequeña. La última cinta de Scorsese, El lobo de Wall Street, se abre con una febril escena de “lanzamiento de enanos” en una oficina, y el que muchos consideran como mejor film del año, La grande bellezza (dir. Paolo Sorrentino), tiene como coprotagonista a una enana acondrocéfala. Entre los actores de talla baja se destaca Peter Dinklage, ganador de un Globo de Oro por su rol en la miniserie Game of Thrones. Dinklage, sin embargo, no es el único enano que causa sensación en la TV actual. Los reality shows sobre gente pequeña gozan de enorme éxito y son un género en sí mismo en la TV norteamericana. En sus seis temporadas, Little People Big World (2006) siguió la vida de una familia de enanos granjeros en Oregon. The Little Couple (2009) ya lleva cinco temporadas y Pit Boss(2010) —sobre un grupo de enanos, liderados por el carismático Shorty Rossi, que rescata y rehabilita pit bulls maltratados— va por la sexta temporada.

La moda no es exclusiva de la TV septentrional. En estas latitudes fuimos testigos del estrellato de Noelia Pompa en sucesivas temporadas de Bailando por un sueño, conocimos a dos grupos de cumbia, Los Grossos y Las Chikis, compuestos exclusivamente de gente pequeña, y padecimos las entrevistas de Susana Giménez a Nelson de la Rosa, Edward Hernández y, más recientemente, Jyoti Amgo, enanos primordiales que entraron en el Libro Guinness de los Records por su pequeñez. El denominador común en casi todas estos productos es el mismo: presentar a la gente pequeña como gente con la cual el espectador se pueda sentir identificado; presentarla de modo tal que uno se concentre no en lo que lo distingue de ella, sino en lo que lo hermana. Por el contrario, exhibir a la persona de talla baja como un espectáculo y asombrarse abiertamente ante su idiosincrática fisiología es hoy considerado deplorable y cruel.

Durante siglos, sin embargo, esta fue la actitud más común frente al enanismo: asombro y curiosidad desvergonzada. Entre monarcas y nobles, la costumbre de rodearse de enanos se puede rastrear hasta el antiguo Egipto y continúa sin interrupciones en las cortes de Europa y Oriente hasta bien entrado el siglo XIX. En Roma, el emperador Domiciano llegó a reunir tantos enanos que ofrecía desfiles y espectáculos de pequeños gladiadores para sus amigos. En 1710, Pedro el Grande organizó un cortejo nupcial compuesto por setenta y dos enanos de ambos sexos para celebrar la boda de su enano favorito, Valakoff, con una menuda dama de compañía de la princesa Prescovia Theodorovna. Pero la fascinación por los enanos no era sólo cuestión de reyes. Las ferias y circos que ofrecen espectáculos de gente pequeña fueron desde la antigüedad actividades preferidas por las masas ávidas de dispersions ligeras. A mediados del ilustrado siglo XVIII Rummer, una taberna londinense, era famosa por tener una exhibición permanente de enanos, cuya perla era un hombrecillo persa de profuso bigote que medía 1.10 m. y hablaba dieciocho idiomas. A principios de la década de 1990 una discoteca porteña, La Nave Jungla, tuvo una idea bastante similar y contrató como patovicas a hombres de talla baja y músculos de acero; en 2006 abrió sus puertas en El Cairo Enanos del Este, un café cuyos empleados son todos gente de talla baja. Otro ejemplo reciente de esto es el parque temático Imperio de los Enanos en la provincia china de Yunan, ninguno de cuyos empleados pasa del metro treinta de altura.

Hasta la modernidad – salvo iluminadas excepciones – los hombres de ciencia creían que las malformaciones físicas eran o bien portentos que anunciaban catástrofes venideras, o bien consecuencia de castigos divinos, de la influencia perniciosa de planetas, de animales siniestros o de hechizos. En el Renacimiento pioneros como Ambroise Paré y Fortunio Liceti comienzan a barajar otras explicaciones que evitan apelar a fenómenos sobrenaturales y que abren camino a lo que conocemos como genética y endocrinología. Hoy sabemos que las dos principales causas del enanismo son la acondroplasia (un desorden genético) y distintos trastornos hormonales. La acondroplasia, responsable de casi el 70% de los casos, produce miembros desproporcionadamente cortos, hipertrofia craniana y una pronunciada curvatura de la espina dorsal. Las personas afectadas por deficiencias endocrinas, en cambio, suelen conservar las proporciones normales pero con medidas mucho más pequeñas. Esta nueva manera de entender las causas del enanismo no logró saciar la curiosidad que siguen suscitando las tallas bajas.

Si en el mundo pre-moderno el interés por la gente pequeña se reducía a morbo y curiosidad, la modernidad enmarca esto dentro de una nueva epistemología. En El avance del saber (1605), obra seminal de la ciencia moderna, Francis Bacon exhorta a los nuevos científicos a ocuparse no solo de los fenómenos naturales, sino también de aquellas instancias en que la naturaleza se desvía y produce anomalías. Este nuevo interés científico en lo excepcional y en lo aberrante se combina con otra novedad moderna, consecuencia de la invención del microscopio: una nueva y exacerbada admiración por los micro-organismos. El intelectual renacentista considera que las maravillas de la naturaleza son más evidentes y más fascinantes en lo pequeño que en lo grande. Esto trae consigo grandes avances en la entomología y coincide con un renovado interés en la gente pequeña. A fines del siglo XVI, Carlos IX de Francia y su madre, Catalina de Medici, poseían una colección de casi veinte enanos provenientes de los más diversos rincones de Europa. Felipe IV de España fue uno de los más grandes coleccionistas de gente pequeña , testimonio de lo cual son los magníficos retratos pintados por Diego Velázquez que se pueden ver en el Museo del Prado.

Es evidente que la fascinación con la gente pequeña atraviesa fronteras espacio-temporales, idiomáticas, culturales y sociales. El emperador Domiciano, Fortunio Liceti, Pedro el Grande, Felipe IV, los habitués de la taberna Rummer hacia 1740 y los casi cuatro millones de televidentes que vieron a Noelia Pompa ganar Bailando por un sueño en 2011 comparten esta fascinación, que es una y la misma. Las razones que llevan a un rey a deleitarse con sus enanos de las que llevan al plebeyo a la feria o al circo y de las que hacen que el espectador contemporáneo elija films o shows televisivos sobre gente pequeña no son tan disímiles, aunque sí son complejas y ameritan una elucubración. ¿Por qué nos atrae la gente menuda? De un lado es posible que nos inspire ternura porque la imaginamos indefensa y desvalida. Del otro, es innegable que las anomalías físicas en general, a la vez que suscitan asombro, reconfortan a quien no padece de ellas pues lo reafirman en su “normalidad.” Pero quizás estas razones sean demasiado rebuscadas, quizás sea mera curiosidad ante lo extraño, la misma curiosidad que – según Aristóteles – está en el origen del conocimiento. Aunque esta curiosidad está sin duda transida de morbo frente a lo deforme, de lástima por lo desgraciado y de una embriagante sensación de poder ante lo pequeño. Todas estas pulsiones, tan humanas como el instinto de autopreservación, pueden disfrazarse de ciencia o de solidaridad, pero no dejan de estar arraigadas en el primitivo cocktail de emociones que acabo de describir. Y aún en nuestro Occidente contemporáneo, satrapía de la tolerancia, tiranía de la buena conciencia, lavandería de dos milenios de pecados del hombre blanco, los enanos siguen llamando la atención desde el circo y la feria modernos: el cine y la TV. Y todo indica que lo seguirán haciendo por más civilizados y sofisticados que nos volvamos.


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